Estatalismo acaparador

Los estados cada vez están adquiriendo un poder mayor, acaparan la verdad (la única verdad existente: la marcada por los límites de la ley), todo lo demás no es digno de ser obedecido, seguido o tenido por verdad. De modo que el que dicta las leyes —desde su tribuna de poder— ha venido a ser el sustituto de Dios, que desde el monte Sinaí dictara por escrito las tablas de la ley, para que no nos olvidáramos con el tiempo que las llevábamos inscritas en la naturaleza —lo cual ya está ocurriendo, en un mundo irracionalizado por la materia y sometido a la pulsión del capricho—. Esto se presta a la fácil manipulación por quienes obstentan el poder, pues un individuo o sociedad, sin conciencia ni criterios propios de conducta  —marcados por los principios morales de la ley natural o divina—, queda a la interperie expuesto a la verdad que dicte el Leviatan de turno con sus tentáculos de poder.

El Estado, pues, ha venido a convertirse es un dios laicista —Leviatán—, que impone totalitariamente su voluntad. De manera que —se ve venir— es de temer  que en su pretensión de imponer su verdad, ideología, y modelar la sociedad y a los ciudadanos según un pensamiento y una moralidad…, que sustituyan los existentes. Nadie se puede retraer al agobiante y sofocante presión medio-ambiental que posibilita hoy excepcionalmente  la panpresencia de a través de la tecnología que invade todos los espacios a los que nadie puede escapar. 

Con el subterfugio de perseguir el fin de hacer a la gente más feliz, la política estatal acabará por sustituir a la religión y establecer una nueva moralidad y un nuevo orden social. De modo que el Estado se constituya en el único dispensador de verdades. La religión acabará siendo relegada al ostracismo, arrinconada, maltratada, y la educación privada o no pública, suprimida.

La ferocidad del Estado acabará por eliminar cualquier competidor, para totalizar su pensamiento único verdadero. Cualquier otro competir se ha de doblegar ante el poder omnímodo del Estado, pues, cuenta además de estar legitimado para el uso de la fuerza, también es el hacedor de las leyes; dirige la economía, sometiendo a los poderes económicos; dirige la educación, los planes de estudios; interviene directa o indirectamente, en los medios de comunicación, inyectando dinero a base de publicidad, realizando concesiones, etc.; manipula de alguna manera a los grupos de presión y ONGs a base de subvenciones y ayudas.

En fin que el Estado se ha vuelto todopoderoso, sin que encuentro ningún obstáculo a su afán expansionista de acaparar más y más poder. Tenía dos obstáculos: la familia, a la que ha desarbolado, haciéndola explosionar en una atomización que prácticamente la ha hecho extinguirse, y en cualquier caso, dejarla sin fuerza y sin autoridad; y el otro obstáculo imposible de doblegarse al Estado, sin decaer en sus principios, valores, verdades, dogmas, exigencias éticas, doctrina y Palabra escrita revelada para siempre, es la religión cristiana y la Iglesia. Ambas realidades —dimensionadas en la libertad espiritual— se constituyen en las piedras —”ingobernables”— en el camino.., a las que el Estado se ha propuesto aplastar.

Mas temprano que tarde, si sigue esta dinámica de estatalización de las sociedades, el choque va a ser inevitable, pues la Iglesia y la religión no pueden quitarse del medio, desaparecer, simplemente, y dejar que el Estado haga y deshaga a capricho, contra el hombre y la voluntad de Dios.    

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