
Esta alergia a la Tradición, a la doctrina legada, trasmitida por aquellos que nos han precedido en el camino de la Verdad, de la fidelidad -a veces, hasta el martirio- a Nuestro Señor Jesucristo, no es otra cosa que una falta de fe.
Dios tiene una especial predilección por aquellos que todo el mundo desprecia, por los excluidos, los descartados, los miserables, los pordioseros, los apestados (que tienen la peste y/o que apestan)… Los malditos, en definitiva. El Evangelio (Mc 1,40-45) de hoy 15 de enero nos habla de la actitud de Jesús ante estos intocables, en este caso con lepra.
Hoy, 14 de enero, entre otros santos celebramos al profeta San Malaquías. Antes de sus datos biográficos, hemos elegido el tercero de su tres breves textos, de donde concluimos rasgos proféticos sobre el fin de los tiempos:

El Evangelio según san Marcos (1,21-28) de la misa de hoy, 13 de enero, nos cuenta un acontecimiento que será común de la vida pública de Jesús: su predicación potente se ve ratificada por los hechos de salvación milagrosa de los que acuden a él para ser sanados física y espiritualmente.
«Debemos invocar a Jesús: invocarlo allí, donde sentimos que las cadenas del mal y del miedo aprietan con más intensidad.» (Papa Francisco).
La cristonofobia desde siempre ha existido: desde que el mundo es mundo, ya antes de que Jesucristo pusiera pie en nuestra tierra, existía el odio a lo cristiano, a Cristo Nuestro Señor. Las fuerzas del mal, opositoras a la Creación, especialmente la del ser humano, salida de la Trinidad, de Palabra o Verbo de Dios por medio del cual se hizo todo, Cristo, Imagen y Semejanza. Desde entonces el Maligno, Satanás y sus secuaces se afán en destruir esa maravillosa obra del Creador. A la que Jesucristo –todo un Dios- ha salvado de manera grandiosa, dando su vida, para que las personas humanas ni nada se pierdan.
