
La aspiración de ciertas pseudorreligiones, como la Nueva Era, y los problemas que se plantea la filosofía moderna son un esfuerzo de las tinieblas por apoderarse de la luz.

Como decíamos, aunque se quiera reprimir y hasta anular la naturaleza del ser humano, su dimensión profunda más propia y verdadera, habrá momentos en que para poder respirar de esa asfixia del alma, romperá ese casco de hielo bajo el cual se halla sumergido. Y entonces buscará satisfacer esa necesidad de lo trascendente, y se agarrará a cualquier cosa.
En España —que es lo que nos toca más cerca—, según las estadísticas, aumenta la corrupción, la violencia, los delitos, la exacerbación sexual, la inmoralidad, la insolidaridad y la mala educación. Y también aumenta la apostasía religiosa. Se puede trazar dos líneas que marchan al unísono, en paralelo, avanzan el empeoramiento de la calidad social y la práctica religiosa. Estas dos realidades son un hecho incontestable, y lo es también su mutua incidencia.
Decíamos –aquí– que «el ser humano es religioso por naturaleza… Por eso todo intento de extirpar la espiritualidad… ¡fracasará!»; pero cabe la posibilidad de acabar con el ser humano como tal, acabando con su naturaleza espiritual, animalizándolo, reduciéndolo a instintos.
