
En la liturgia de la palabra de la misa de hoy, 17 de octubre, el evangelio según san Lucas 12,1-7, trata de algo importantísimo y de lo que poco o no suficiente se habla: del infierno, de los pecados ocultos, del juicio, del miedo… y de la misericordia de Dios.
El infierno es una realidad y, como tal, un peligro a temer. De las 38 parábolas de los evangelios en 21 se advierte sobre el infierno y de la necesidad de estar preparados para el día del juicio. Todo aquel que hace cosas —por ocultas o auto-ignoradas que sean— contrarias a la voluntad de Dios y a su misericordia, corre el serio riesgo de que cuando, al final, todo quede al descubierto y se conozca, la excesiva maldad oculta que aparezca bloqueará la gracia divina haciendo inviable la misericordia salvadora (aunque para Dios nada hay imposible). Hay que temer y temer muy seriamente, con coraje, este encanallamiento invisible que ensoberbece alejándonos de Dios, origen y final nuestro. Hay que temer la irresponsabilidad del mal uso que hacemos de nuestra libertad, pues al final puede convertirse la posible causa de rechazo definitivo la misericordia de Dios ofrecida en y por Cristo. Todos tenemos hechos ocultos, pecados, que hemos reflotado, de los que nos hemos arrepentido y sacados a la luz, por el sacramento de la Confesión; aunque aún arrastremos la pena de estas desgracias, tenemos la confianza absoluta en que Dios amor-misericordioso está dispuesto a acogernos y salvarnos
Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,1-7):
En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos:
«Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis de noche se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el sótano se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones.»
La existencia del infierno es una verdad de fe. Aunque no sabemos si en él hay algún ser humano condenado definitivamente. La Iglesia nunca se ha manifestado en tal sentido; como si lo ha hecho en el caso del cielo, donde afirma que ya hay muchos santos, justos, beatificados, que gozan de la presencia de Dios.
Aunque se sea gran pecador y todo lo descubierto en el juicio final sean horrendas tinieblas…, tengamos presente, con piadosa confianza, que Dios, que lo puede todo, es infinitamente misericordioso y que la sangre derramada por Cristo en la cruz tiene gran poder. Confiemos en el Señor, que está dispuesto a salvarnos; la confianza en su misericordia en aquel momento definitivo nos acogerá en su seno, y como dice al final del texto evangélico: “no tengáis miedo”. El miedo queda exorcizado por la confianza en un Dios Padre misericordioso que tiene su vista puesta en sus hijitos.
Finalizamos con estas líneas de Marie Dominique Molinié en su obra El coraje de tener miedo:
Si no aceptamos confesar que en cierto sentido nuestra salvación eterna no está asegurada, es que rechazamos tener confianza. Si se ha hecho casi imposible hablar del infierno a los cristianos, no es porque tienen miedo, sino porque no quieren tener miedo. Ya no pueden soportar este dogma, porque no tienen confianza. Por eso, si creyeran en el infierno, no teniendo confianza, estarían perdidos.
Lo que yo llamo el coraje de tener miedo es sencillamente el coraje de creer en infierno. Y digo que el rechazo de este coraje es un rechazo de tener confianza, por consiguiente, un peligro muy grande de condenarse… En cierto sentido, el único. Si hay un punto en que la generación actual está en peligro, es éste.
Abrid el Evangelio: encontraréis que habla del infierno unas sesenta veces; veinte veces explícitamente, pero claramente.
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Palabras del papa Francisco
(Papa Francisco- Audiencia general, 28 de junio de 2017)
La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, se debe creer que Jesús está delante de nosotros, y no cesa de acompañar a sus discípulos. La persecución no es una contradicción al Evangelio, sino que forma parte de él: si han perseguido a nuestro Maestro, ¿cómo podemos esperar que nos sea evitada la lucha? Pero en medio del torbellino, el cristiano no debe perder la esperanza, pensando en haber sido abandonado. Jesús nos tranquiliza diciendo: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mateo 10, 30). Como diciendo que ninguno de los sufrimientos del hombre, ni siquiera los más pequeños y escondidos, son invisibles ante los ojos de Dios. Dios ve, y seguramente protege; y donará su recompensa. Efectivamente, en medio de nosotros hay alguien que es más fuerte que el mal, más fuerte que las mafias, que los entramados oscuros, que quien se lucra sobre la piel de los desesperados, que el que aplasta a los demás con prepotencia… Alguno que escucha desde siempre la voz de la sangre de Abel que grita desde la tierra. Los cristianos entonces deben hacerse encontrar siempre “en el otro lado” del mundo, el elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino dóciles; no vendedores de humo, sino sometidos a la verdad; no impostores, sino honestos. Esta fidelidad al estilo de Jesús —que es un estilo de esperanza— hasta la muerte, será llamada por los primeros cristianos con un nombre bellísimo: “martirio”, que significa “testimonio”.
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Catena Aurea
Teófil
Se esforzaban los fariseos por coger a Jesús en alguna palabra para separar de El a las turbas; pero todo se volvía contra ellos, porque acudían cada día a millares las gentes, y deseando aproximarse a Cristo, se empujaban mutuamente. Aquí se ve que tan poderosa es en todas partes la verdad y tan débil el engaño. Dice, pues: «Entre tanto, habiéndose juntado alrededor de Jesús tanto concurso de gentes que se atropellaban unos a otros, comenzó a decir a sus discípulos: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es hipocresía».
San Gregorio
Como que los enemigos de Jesús eran burladores, advertía a sus discípulos que se guardasen de ellos.
San Gregorio Nacianceno, in eadem Cat. graec
Se aprecia la levadura porque hace el pan que da la vida; pero se menosprecia porque representa una reprensión, la malicia antigua y agria.
Teófil
Llama levadura a la hipocresía, porque altera y corrompe las intenciones de los hombres en que penetra; y ninguna cosa hay que corrompa las costumbres como la hipocresía.
Beda
Porque así como una pequeña cantidad de levadura corrompe toda la masa de harina ( 1Cor 5,6), así el disimulo priva al alma de toda la sinceridad y verdad de las virtudes.
San Ambrosio
Nuestro Salvador nos dio esta preciosa enseñanza de guardar la sencillez y de practicar la fe, para que no caigamos en la costumbre de los pérfidos judíos de hacer que nuestras obras estén en oposición con nuestras palabras; porque en el último día el secreto de nuestra conciencia y las diferentes reflexiones, que en nuestro interior nos acusan o nos defienden, serán manifiestas ( Rom 2). Por esto añade: «Mas nada hay tan oculto que no se haya de manifestar», etc.
Orígenes, in Cat. graec. Patr
Dice esto refiriéndose a aquel día en que Dios juzgará los secretos de los hombres. O bien porque por mucho que alguno se empeñe en ocultar las buenas acciones de otros por medio de infamias, el bien no puede estar oculto naturalmente.
Crisóstomo, in Matth homil. 35
Como diciendo a sus discípulos: Aun cuando ahora os llamen seductores y hechiceros, vendrá tiempo en que todo se sabrá, se declarará la calumnia y brillará vuestra virtud. Por lo que todo lo que yo os hablo en este pequeño rincón de la Palestina lo predicaréis en todo el orbe con atrevimiento y con la frente levantada, sin tener nada que temer. Y por esto añade: «Así es, que lo que dijisteis a oscuras, se dirá en la luz del día», etc.
Beda
Dice esto también, porque todo lo que dijeron los apóstoles en las tinieblas de la persecución y en las sombras de las cárceles había de predicarse públicamente con la lectura de sus hechos en la Iglesia extendida por todo el orbe. Y en verdad, cuando dice: «Se pregonará sobre los tejados», habla según la costumbre de la Palestina, en donde acostumbran a estar sobre los tejados, los cuales no están en declive como los nuestros, sino formando figura perfectamente plana e igual (esto es, una superficie plana). Dice, pues: «Se pregonará sobre los tejados»; esto es, al descubierto, para que todos lo oigan.
Teófil
O se dirige a los fariseos con estas palabras, como diciendo: ¡Oh fariseos!, lo que habláis entre tinieblas (esto es, las tentaciones que contra mí forjáis en vuestros negros corazones), será sacado a la luz del día. Porque yo soy la luz y por mi luz se conocerá todo lo que tramáis en las tinieblas. Así lo que habéis hablado al oído en las alcobas (esto es, todo lo que habéis dicho murmurando al oído), se pregonará sobre los tejados, pues es tan inteligible para mí como si se hubiese predicado sobre los tejados. También puede entenderse esto diciendo que la luz es el Evangelio, y los tejados las almas elevadas de los apóstoles; porque todo lo que se dijeron entre sí los fariseos se ha publicado después en la luz del Evangelio por el gran oráculo del Espíritu Santo reposando sobre las almas de los apóstoles.
San Cirilo
Como la causa de la infidelidad es de dos tipos, sea que proceda de una malicia natural o de un temor accidental, para que no haya alguno que, aterrado por el miedo, se vea obligado a negar a Dios, a quien conoce de todo corazón, añade con mucha oportunidad: «A vosotros, empero, que sois mis amigos, os digo: No tengáis miedo de los que matan el cuerpo», etc.
San Cirilo, in Cat. graec. Patr
No parece que se dirige esta sentencia a todos, sino únicamente a los que aman a Dios de todo corazón, los cuales conviene que digan ( Rom 8,35): «¿Quién nos separará del amor de Jesucristo?» Y los que no son así, son débiles y están expuestos a caer. Por cuya razón dice el Señor ( Jn 15,13): «Que nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos». ¿Por qué, pues, no ha de ser muy conveniente que devolvamos a Cristo lo que de El hemos recibido?
San Ambrosio
Dice también que no se debe temer la muerte pues la inmortalidad la compensará con creces.
San Cirilo, ubi supr
Debe advertirse que hay preparadas coronas y honores para premiar los trabajos de aquellos que sufren la ira de sus semejantes, y que esta persecución tiene término con la muerte; por cuya razón añade: «Y hecho esto ya no pueden hacer más».
Beda
Por tanto es en vano la locura de los que arrojan los miembros muertos de los mártires para que los despedacen la fieras y las aves, porque esto no impide que la omnipotencia de Dios vuelva a darles vida resucitándolos.
Crisóstomo, in Matth homil. 35
Considera cómo el Señor procura que sus discípulos sean superiores en todo, enseñándoles a menospreciar aún la misma muerte por terrible que sea. También les da a conocer la inmortalidad del alma, cuando añade: «Yo quiero mostraros a quién habéis de temer: temed a aquél que después de quitar la vida puede arrojar al infierno».
San Ambrosio
La muerte es el fin de la naturaleza, no de la pena. Por tanto, a la muerte debe considerársela como término de los sufrimientos corporales, mientras que la pena del alma es eterna, por cuya razón sólo a Dios debe temerse, cuyo poder no limita la naturaleza, sino que le está sometida. Y concluye diciendo: «A éste es, os repito, a quien habéis de temer».
Teófil
De aquí se deduce que para los pecadores la muerte es un suplicio, porque después de los sufrimientos que ocasiona la muerte, vienen a caer en las penas del infierno. Pero si examinamos con atención estas palabras, entenderemos que dicen algo más. No dice, pues, el que arroja, sino el que puede arrojar al infierno. Esto es así porque no son lanzados a la pena (eterna) inmediatamente todos los que mueren en pecado, sino que sucede a veces que (la temporal) se perdona en virtud de los sufragios y las oraciones que se hacen por los difuntos.
San Ambrosio
Había inspirado el Señor el amor de la sencillez, había levantado la virtud del alma, sólo la fe vacilaba; y la robusteció usando de un ejemplo sencillísimo, con estas palabras: «¿No es verdad que cinco pajarillos se venden por dos cuartos, y con todo ni uno de ellos es olvidado de Dios?» Como diciendo: ¿Si Dios no se olvida de los pájaros, cómo se olvidará de los hombres?
Beda
Un dipondio era una moneda de muy poco peso y constaba de dos ases.
Glosa
El as es al peso lo que la unidad es al número, y el dipondio equivale a dos ases.
San Ambrosio
Acaso dirá alguno, como dijo el Apóstol ( 1Cor 9,9): «¿Será que Dios se cuida de los bueyes?»; porque éstos valen más que los pájaros. Pero una cosa es el cuidado y otra el conocimiento.
Orígenes, in Cat. graec. Patr
Se conoce por estas palabras hasta dónde llega la acción de la divina Providencia, que se ocupa hasta de las cosas más pequeñas. En sentido místico los cinco pájaros significan justamente los sentidos espirituales, que perciben las cosas sublimes y que son superiores a los hombres. Por ellos el hombre anda viendo a Dios, oyendo su divina voz, gustando el pan de la vida, percibiendo el olor de los perfumes de Cristo y tocando al Verbo vivo. Los que son vendidos por un dipondio -a vil precio- por los que consideran como necedades las cosas espirituales, no caen en olvido delante de Dios. Se dice, no obstante, que el Señor se olvida de algunos por sus malas acciones.
Teófil
O estos cinco sentidos se venden por dos ases, esto es, por el Nuevo y el Antiguo Testamento. Por esta razón no son olvidados de Dios; porque de aquellos cuyos sentidos se entregan al Verbo de vida para estar dispuestos al alimento espiritual, nunca se olvida el Señor.
San Ambrosio
O bien, el pájaro bueno es aquel a quien la naturaleza concede medios para volar; la naturaleza nos ha concedido la facultad de volar, pero la voluptuosidad nos la ha quitado. Esta carga el alma de los malos con el alimento de los vicios, y la abate reduciéndola a la realidad de una masa corpórea. Si, pues, los cinco sentidos del cuerpo buscan el alimento de las miserias mundanas, no pueden volar para conseguir los frutos de acciones más sublimes. Es, por tanto, mal pájaro aquel que hubiere perdido la facultad de volar por el vicio de la miseria del mundo. Estos son como los pájaros que se venden por un dipondio, esto es, por el precio de los placeres temporales. De esta manera el enemigo nos vende a vil precio como esclavos cautivos en guerra; mas el Señor, que nos hizo buenos servidores suyos a su imagen, estimó su obra en lo que valía y nos redimió en un precio muy elevado.
San Cirilo, in Cat. graec. Patr
Se cuida mucho de conocer la vida de los santos, conforme a lo que sigue: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados». De este modo indica que conoce perfectamente todo lo que a ellos se refiere; porque las cuentas manifiestan un cuidado solícito y diligente.
San Ambrosio
Finalmente, el número de los cabellos no debe considerársele como cómputo, sino que da a entender su perfecto conocimiento y se dice con toda propiedad que están contados, porque contamos todo lo que queremos guardar.
San Cirilo, ubi sup
Hablando en sentido espiritual diremos, que la cabeza del hombre es su entendimiento y sus cabellos los pensamientos que están patentes a Dios.
Teófil
También puede considerarse como cabeza de cada uno de los fieles su correspondencia con Cristo, y por sus cabellos las obras de mortificación corporal que Dios cuenta y que considera dignas de su providencia.
San Ambrosio
Si, pues, la majestad de Dios es tan grande que conoce en su ciencia hasta un pajarillo cualquiera y el número de nuestros cabellos, ¿cómo puede decirse que el Señor desconozca el corazón de los fieles o que los menosprecie, justamente El, que conoce cosas tan insignificantes? Por eso, concluyó diciendo: «Por tanto, no tenéis que temer: más valéis vosotros que muchos pajarillos».
Beda
No debe leerse que sois muchos, como si se tratara del número, sino que sois más que muchos, esto es, de mayor importancia para Dios.
San Atanasio, ora. 3, contra Arrianos
Pregunto a los arrianos que si Dios, desdeñando el hacer otras cosas, sólo hizo a su Hijo, en el cual trasladó su poder, para hacer todo lo demás; entonces ¿cómo se extiende su providencia hasta cosas tan pequeñas como son el cabello y el pájaro? Porque todo aquello a que atiende con su providencia lo creó con su palabra.
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