Santa Teresa de Jesús, Moradas del castillo interior

Les dejamos con una lectura inigualable. Muchos no tendrán acceso a ella. Nosotros somos afortunados. Se trata de la obra mística “Las Moradas” de la doctora de la Iglesia Sta. Teresa de Ávila. Cuando hoy tanta gente busca el vacío de muchas maneras, con el yoga, con la huida del silencio, con las pasiones que no hacen sentir, con el activismo asfixiante, etc., nuestra santa Teresa nos conduce a lo que hoy resulta insólito, pero que es lo verdadero del corazón o alma humana, donde habita en su morada más interior el Espíritu Santo.

 

Os dejamos tras celebrarse el quinto nacimiento de la carmelita española, con la lectura extractada en párrafos significativo tomados de SANTA TERESA DE JESÚS, Moradas del castillo interior, Bruguera, Barcelona, 1984:

 

 Para llegar a este centro, el alma debe ir progresando por grados de renunciamiento. Las puerta de entrada al castillo son la oración y la meditación. El ama se que penetra en la primera está ya en gracia, pero como la luz que le llega de la morada central, donde está Dios, es muy tenue, tiene aún que guiarse por el propio conocimiento. En esta primera morada, todavía hay “sabandijas” −amor propio, defectos personales, egoísmos, apegos a las cosas exteriores− y legiones de demonios que estorban al alma en su deseo de pasar a la segunda morada.

 Para entrar en las segundas, es del todo necesario conformar su voluntad con la de Dios, mediante la liberación de lo que no es indispensable. El alma siente todavía nostalgia de las cosas del mundo −hay algunas “sabandijas”− y vacila, no sabe si volver atrás o seguir adelante. Sin embargo, las potencias ya no están pasivas, sino que ayudan, y la llamada de Dios se percibe de una manera más intensa y su luz, de una manera mas clara y distintas.

En los terceras, se consigue ya el dominio total de los sentidos y se saborea ya algún anticipo de los placeres de las moradas posteriores. Las almas que llegan hasta aquí, ya se preservan de los pecados veniales, son amigas de penitencia, tienen horas de recogimiento  y adquieren como un derecho de poder continuar asta las últimas. En ellas hay, sin embargo, el peligro del orgullo, de creerse seguras en el buen camino, de creerse ya instaladas en la perfección.

En las cuartas, empieza la gran aventura espiritual: el alma llega a la “oración de quietud” y se halla en actitud meramente receptiva, a la espera sólo de las mercedes de Dios. Sin embargo, es necesaria la ayuda del Espíritu Santo, porque el demonio aún la combate. A ella ya no sabe lo que le pasa porque todas sus potencias están “embebidas”. Además, gusta ya de algunas “suspensiones”

En las quintas, tienen lugar los desposorios −no el matrimonio− místicos: como un avista, una cita instantánea con el Esposo. Las potencias ya no actúan −ni la memoria, ni la imaginación, ni el entendimiento−, y empiezan los uniones. El alma ya se ha transformado.

En las sextas se intensifica la unión. El alma goza ya de visiones “imaginarias” e “intelectuales”. Aquí hay ya seguridad de que todas las señales son de Dios y no del demonio, y el Esposo cierra las puertas del castillo para que el alma ya no pueda volver atrás.

 El matrimonio místico se consuma en las séptimas.  (Introducción, pp.17-18)

 

Moradas primeras

Considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante u muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. (Moradas Primeras, cap. I, p.34)

Este castillo tienen muchas moradas, unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados, y en el centro y mitad de todas estas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma. (Moradas Primeras, cap. I, p.35)

Yo sé que quien esto no creyere, no lo verá por experiencia, porque es muy amigo de que no pongan tasa a sus obras. (Moradas Primeras, cap. I, p.36)

Ya habréis oído en algunos libros de oración aconsejar a el alma que entre dentro de sí; pues esto mismo es. Decíame poco ha un gran letrado que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía u tullido, que, aunque tiene pies y manos, no los puede mandar; que así son, que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí, porque ya la costumbre la tiene tal, de haber siempre tratado con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas, y con ser de natural tan rica y poder tener su conversación, no menos que con Dios, no  hay remedio. Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria, quedarse han hechas estatuas de sal, por no volver la cabeza hacia sí, así como lo quedó la mujer de Lot por volverla. Porque, cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal, que, como sea oración, ha de ser con consideración; porque la que no advierte con quién habla, y lo que pide, y quién es quien pide, y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios. (Moradas Primeras, cap. I, p.37)

Almas tullidas. (Moradas Primeras, cap. I, p.38)

Alguna vez en un mes rezan llenos de mil negocios, el pensamiento casi lo ordinario en esto, porque están tan asidos a ellos, que, como adonde está su tesoro, se va allá el corazón. (Moradas Primeras, cap. I, p.38)

Es bien dificultoso lo que querría daros a entender, si no hay experiencia. (Moradas Primeras, cap. I, p.39)

Ninguna cosa le aprovecha, y de aquí viene que todas las buenas obras que hiciere, estando así en pecado mortal, son de ningún fruto para alcanzar gloria, porque, no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de El, no puede ser agradable a sus ojos; pues, en fin, el intento de quien hace un pecado mortal, no es contentarle, sino hacer placer al demonio, que, como es las mismas tinieblas, así la pobre alma queda hecha una misma tiniebla. (Moradas Primeras, cap. II, p.39)

 Es de considerar aquí que la fuente y aquel son resplandeciente, que está en el centro del alma, no pierde su resplandor y hermosura, que siempre está dentro de ella y cosa no puede quitar su hermosura; mas si sobre un cristal que está a el sol se pusiere un paño muy negro, claro está que, aunque el sol dé en él, no hará su claridad operación en el cristal. . (Moradas Primeras, cap. II, p.40)

Oí una vez a un hombre espiritual que no se espantaba de cosas que hiciese uno que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. (Moradas Primeras, cap. II, p.40)

Lo que hemos de pedir a Dios en nuestras oraciones; porque si El nos guarda la ciudad, en vano trabajaremos.

Un espejo para la humildad, mirando como cosa buena que hagamos no viene su principio de nosotros, sino de esta fuente adonde está plantado este árbol de nuestras almas y de este sol que da calor a nuestras obras. (Moradas Primeras, cap. II, p.41)

El está, que jamás por encumbrada que esté le cumple otra cosa, ni podrá aunque quiera; que la humildad siempre labra como la abeja en la colmena la miel, que sin esto todo va perdido. Mas consideramos que la abeja no deja de salir a volar para traer flores, así el alma en el propio conocimiento; créame, y vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios. (Moradas Primeras, cap. II, p.43)

Es cosa tan importante este conocernos, que no querría en ello hubiese jamás relajación, por subidas que estéis en los cielos, pues, mientras estamos en esta tierra, no hay cosa que más nos importe que la humildad. Y así torno a decir que es muy bueno y muy rebueno tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que volar a los demás, porque este es el camino (Moradas Primeras, cap. II, p.43)

Y a mi parece jamás  nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios; mirando su limpieza veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes. (Moradas Primeras, cap. II, p.44)

Nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado  para todo bien, tratando, a vueltas de sí, con Dios, y si nunca salimos de nuestro cieno de miserias es mucho inconveniente. (Moradas Primeras, cap. II, p.44)

Pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí desprenderemos la verdadera humildad, y en sus santos, y ennoblecerse ha el entendimiento. (…) Terribles son las ardides y mañas del demonio para que las almas no se conozcan ni entiendas sus caminos. (Moradas Primeras, cap. II, p.45)

Como el demonio siempre la tiene tan mala (intención), debe tener en cada una muchas legiones de demonios para combatir, que no pasen de unas a otras, y como la pobre alma no lo entiende, por mil maneras nos hace trampantojos, lo que no puede tanto a las que están más cerca de donde está el Rey, que aquí como aun se están embebidas en el mundo y engolfadas en sus contentos y desvanecidas en sus honras y pretensiones, no tienen la fuerza los vasallos del alma, que son lo sentidos y potencias que Dios les dio de su natural, y fácilmente estas almas son vencidas, aunque anden con deseos de no ofender a Dios y hagan buenas obras. Las que vieren en este estado han menester acudir a menudo, como pudiesen, a Su Majestad, tomar a su bendita Madre por intercesora y a sus santos para que ellos peleen por ellas, que sus criados poca fuerza tienen para se defender. A la verdad, en todos estados es menester que nos venga de Dios. (Moradas Primeras, cap. II, p.45)

Así me parece debe ser un alma, que aunque no está en mal estado, están metida en cosas del mundo y tan empapada en la hacienda u honra u negocios, como tengo dicho, que, aunque en hecho de verdad se querría ver y gozar de su hermosura, no le dejan ni parece que puede descabullirse de tantos impedimentos. Y conviene mucho para haber de entrar a las segundas moradas que procure dar de mano a las cosas y negocios no necesarios, cada uno conforme a su estado. Que es cosa que le importa tanto para llegar a la morada principal que, si no comienza a hacer esto, lo tengo por imposible y aun estar sin mucho peligro en la que está, aunque haya esta entrado en el castillo, porque, entre cosas tan ponzoñosas, una vez u otra es imposible dejarle de morder. (Moradas Primeras, cap. II, p.46)

Mirá que en pocas moradas de este castillo dejan de combatir los demonios. (…) no nos engañe hecho ángel de luz (->IICor, 11,14, El diablo se disfraza del ángel de luz para iluminar un bien para un mal, o un mal con apariencia de bien, etc. m) (Moradas Primeras, cap. II, p.47)

 

  Moradas segundas

Es de los que han ya comenzado a tener oración y entendido lo que les importa no se quedar en los primeras moradas, mas no tiene aun determinación para dejar muchas veces de estar en ella, porque no dejan las ocasiones, que es harto peligro. (Moradas Segundas, cap. Único, p.49)

 Así éstos entienden los llamamientos que les hace el Señor, porque, como van entrando más cerca de donde está Su Majestad, es muy buen vecino y tanta su misericordia y bondad que, aun estándonos en nuestros pasatiempos y negocios y contentos y baterías del mundo, y aun cayendo y levantando en pecados, porque estas bestias son tan ponzoñosas y peligrosa su compañía, y bulliciosas, que por maravilla dejarán de tropezar en ellas para caer, con todo esto, tiene en tanto este Señor nuestro que le queramos y procuremos su compañía, que una vez u otra no nos deja de llamar para que nos acerquemos a El; y es esta voz tan dulce, que se deshace la pobre alma en no hacer luego lo que le manda, y así, como digo, es más trabajo que no lo oír. No digo que son estas voces y llamamientos como otras que diré después, sino con palabras que oyen a gente buena, y sermones, y con lo que leen en buenos libros y cosas muchas que habéis oído, por donde llama Dios, y enfermedades, trabajos, y también con una verdad que enseña en aquellos ratos que estamos en la oración, sean cuan flojamente quisierdes, tiénelos Dios en mucho. (…) Bien sabe Su Majestad aguardar muchos días y años, en especial cuando ve perseverancia y buenos deseos. (Moradas Segundas, cap. Único, p.50)

¡Oh Jesús, qué es la baraúnda que aquí ponen los demonios y las aflicciones de la pobre alma, que no sabe si pasar adelante u tornar a la primera pieza! (Moradas Segundas, cap. Único, p.51)

Claro está que es menester muchas curas para sanar, y harta merced nos hace Dios si no morimos de ello. (…) Todo infierno juntará para hacerle tornar a salir fuera. ¡Ah, Señor mío, aquí es menester vuestra ayuda, que sin ella no se puede hacer nada! (Moradas Segundas, cap. Único, p.52)

Que no hay mejores armas que las de la Cruz. (Moradas Segundas, cap. Único, p.53)

No son estas las moradas adonde se llueve la maná; están más adelante, adonde todo sabe a lo que quiere un alma, porque no quiere sino lo que quiere Dios. (Moradas Segundas, cap. Único, p.53)

Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene; no hay para qué le aconsejar lo que nos ha de dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos. Toda la pretensión de quien comienza oración, y no se os olvide esto, que importa mucho, ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda, a hacer su voluntad conformar con la de Dios, y, como diré después, estad muy cierta que en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente tuviere esto, más recibirá del Señor y más adelante está en este camino. (Moradas Segundas, Cap. Único, pp.53-54)

 No os desaniméis, si alguna vez cayeres, para dejar de procurar ir adelante, que aun de esa caída sacará Dios bien. (Moradas Segundas, cap. Único, p.54)

Miren que es peor la recaída que la caída; ya ven su pérdida, confíen en la misericordia de Dios y no nada en sí, y verán cómo Su Majestad le lleva de unas moradas a otras y le mete en la tierra adonde estas fieras ni le puedan tocar ni cansar, sino que él las sujete a todas y burle de ellas, y goce de muchos más bienes que podría desear, aun en esta vida, digo. (Moradas Segundas, cap. Único, p.55)

El mismo Señor lo dice, que quien anda en el peligro en él perece, y que la puerta para entrar en este castillo es la oración.  (Moradas Segundas, cap. Único, p.55)

Conociéndonos y considerando nuestra miseria y lo que debemos a Dios, y pidiéndole muchas veces misericordia. (Moradas Segundas, cap. Único, p.56)

 

Moradas Terceras

Harto gran miseria es vivir en vida que siempre hemos de andar como los que tienen los enemigos a la puerta, que ni pueden dormir ni comer sin armas, y siempre con sobresalto si por alguna parte pueden desportillar esta fortaleza. (Moradas Terceras, cap. I, p.57)

 Bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia. (Moradas Terceras, cap. I, p.58)

Ejercitaros en la oración tan continuo y estar tan retiradas de las cosas del mundo y tenerlas a vuestro parecer aborrecidas. (Moradas Terceras, cap. I, p.59)

Las almas que han entrado a las terceras moradas (…) De éstas, por la bondad del Señor, creo hay muchas en el mundo; son muy deseosas de no ofender a  Su Majestad, aun de los pecados veniales se guardan, y de hacer penitencia amigas, sus horas de recogimiento, gastan bien el tiempo, ejercítanse en obras de caridad con los prójimos, muy concertadas en su hablar y vestir y gobierno de casa los que las tienen. (Moradas Terceras, cap. I, p.59)

No bastó al mancebo cuando le dijo el Señor que si quería se perfecto. (­Mt 19,21) (Moradas Terceras, cap. I, p.60)

Lo más ordinario vienen de aquí las grandes sequedades en la oración. (Moradas Terceras, cap. I, p.60)

Estas almas se ven que por ninguna cosa harían un pecado, y muchas que aun venial (Moradas Terceras, cap. I, p.60)

Este amor (que le tenemos), hijas, no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras. (Moradas Terceras, cap. I, p.61)

Dejamos todas las cosas del mundo y lo que teníamos por El, aunque sea las redes de san Pedro. (Moradas Terceras, cap. I, p.61)

Si persevera en esta desnudez y dejamiento de todo, que alcanzará lo que pretende. (Moradas Terceras, cap. I, p.61)

Saquéis de las sequedades humildad, y no inquietud, que es lo que pretende el demonio; y creé que adonde la hay de veras, que aunque nunca dé Dios regalos, dará una paz y conformidad (Moradas Terceras, cap. I, p.62)

Muchas veces quiere Dios que sus escogidos sientan su miseria, y aparta un poco su favor, que no es menester más que a usadas que nos conozcamos bien presto. (Moradas Terceras, cap. II, p.63)

Ni tenemos hacienda, ni la queremos, ni procuramos (Moradas Terceras, cap. II, p.65)

No está el negocio en tener hábito de religión u no, sino en procurar ejercitar las virtudes y rendir nuestra voluntad de Dios en todo, y que el concierto de nuestra vida sea lo que Su Majestad ordenare d ella, y no queramos nosotras que se haga nuestra voluntad, sino la suya. Ya que no hayamos llegado aquí, como he dicho, humildad, que es el ungüento de nuestras heridas; porque si la hay de veras, aunque tarde algún tiempo, vendrá el zurujano, que es Dios, a sanarnos. (Moradas Terceras, cap. II, p.65)

La célebre frase de Erasmo: “Monachatus non est pietas”, en términos vulgares: “El hábito no hace el monje” (Moradas Terceras, cap. II, pie p.65)

Las penitencias (…) tiene gran discreción en hacerlas, porque no dañen a la salud. (Moradas Terceras, cap. II, p.65)

Sé que no está el negocio en lo que toca a el cuerpo, que esto es lo menos; que el caminar que digo es con una grande humildad, que si habéis entendido, aquí creo está el daño de las que no van adelante (…), no sólo deseamos,  sino que procuremos, nos tengan por la más ruin de todas. (Moradas Terceras, cap. II, p.66)

No está la perfección en los gustos, sino en quien ama más. (Moradas Terceras, cap. II, p.67)

 

Moradas Cuartas

Comienzan a ser cosas sobrenaturales. (Moradas Cuartas, cap. I, p.71)

En estas moradas pocas veces entran las cosas ponzoñosas, y, si entran, no hacen daño, antes dejan con ganancia; y tengo por muy mejor cuando entran y dan guerra en este estado de oración, porque podría el demonio engañar, a vueltas de los gustos que da Dios, si no y hubiese tentaciones, y hacer  mucho más daño que cuando las hay, y no ganar tanto el alma. (Moradas Cuartas, cap. I, p.72)

Los gustos comienzan de Dios (Moradas Cuartas, cap. I, p.73)

Lo que tengo de experiencia de este estado, digno de estos regalos y contentos en la meditación, es que, si comenzaba a llorar por la Pasión, no sabía acabar hasta que se me quebraba la cabeza; si por mis pecados, lo mismo. (Moradas Cuartas, cap. I, p.73)

Para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en penar mucho, sino en amar mucho, y así, lo que más os despertare a amar, eso haced. Quizá no sabemos qué es amar, y no me espanté mucho, porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios y procurar, en cuanto pudiéremos, no le ofender, y rogarle que vaya adelante la honra y la gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia Católica. Estas son las señales del amor (Moradas Cuartas, cap. I, p.74)

Lo ordinario vuela el pensamiento de presto, que sólo Dios puede atarle cuando nos ata así. (Moradas Cuartas, cap. I, p.75)

Ni nos ha de turbar no lo hemos de dejar, que es lo que pretende el demonio; y por la mayor parte, todas las inquietudes y trabajos vienen de este no entender. (Moradas Cuartas, cap. I, p.76)

En cada cosita que Dios crió hay más de lo que se entiende, aunque sea una hormiguita. (Moradas Cuartas, cap. II, p.79)

Los contentos que tengo dicho que se sacan con la meditación, porque traemos con los pensamientos ayudándonos de las criaturas en la meditación y cansando el entendimiento; y como viene, en fin, con nuestras diligencias, hace ruido cuando ha de haber algún hinchamiento de provechos que hace en el alma. (Moradas Cuartas, cap. II, p.79)

Esta otra fuente viene el agua de su mesmo nacimiento, que es Dios; y ansí como Su Majestad quiere, cuando es servido, hacer alguna merced sobrenatural, produce con grandísima paz y quietud y suavidad en lo muy interior de nosotros mesmos. (Moradas Cuartas, cap. II, p.79)

“Dilataste cor meum”, dice que se ensanchó el corazón, y no me parece que es cosa, como digo, que su nacimiento es del corazón, sino de otra parte aún más interior, como una cosa profunda. (Moradas Cuartas, cap. II, p.80)

Una fragancia, digamos ahora, como si en aquel hondón interior estuviese un brasero adonde se echasen olorosos perfumes; ni se ve la lumbre ni donde está, mas el calor y humo oloroso penetra toda el alma y aun hartas veces, como he dicho, participa el cuerpo. (Moradas Cuartas, cap. II, p.81)

Aquel purísimo oro de la sabiduría divina. Aquí no están las potencias unidas, a mi parecer, sino embebidas y mirando como espantadas qué es aquello. (Moradas Cuartas, cap. II, p.81)

En los efectos y obras de después se conocen estas verdades de oración, que no hay mejor crisol para probarse. (Moradas Cuartas, cap. II, p.81)

Después de hacer lo que los de las moradas pasadas, humildad, humildad; por ésta se deja vencer el Señor a cuanto dél queremos. Y lo primero en que veréis si la tenéis es en no pensar que merecéis estas mercedes y gustos del Señor ni los habéis de tener en vuestra vida. (Moradas Cuartas, cap. II, p.82)

Sólo se da a quien Dios quiere y cuando más descuidada está muchas veces el alma. (Moradas Cuartas, cap. II, p.82)

 Los efectos de esta oración son muchos. (…) Un recogimiento también me parece sobrenatural, porque no es estar en oscuro, ni cerrar los ojos, ni consiste en cosa exterior. (…) El alma se entra dentro de sí y otras veces se sube sobre sí. (Moradas Cuartas, cap. III, p.83)

El gran Rey, que está en la morada deste castillo, su buena voluntad, por su gran misericordia quiérelos tornar a El, y, como buen pastor, con un silbo tan suave (…); y tiene tanta fuerza este silbo del pastor, que desamparan las cosas exteriores, en que estaban enajenados, y métense en el castillo. (Moradas Cuartas, cap. III, p.84)

No penséis que es por el entendimiento adquirido, procurando pensar dentro de sí a Dios, ni por la imaginación, imagínándole en sí. Bueno es esto y excelente amera de meditación, porque ese funda sobre verdad, que lo es estar Dios dentro de nosotros mismos. (Moradas Cuartas, cap. III, p.84)

Cuando Dios nos quiere hacer esta merced. Tengo para mí que, cuando Su Majestad la hace, es a personas que van ya dando de mano (despreciando)a las cosas del mundo. (Moradas Cuartas, cap. III, p.85)

Y es disposición para poder escuchar que procuren no discurrir, sino estarse atentos a ver qué obra el Señor en el alma; que, si Su Majestad no ha comenzado a embebernos, no puede acabar de entender cómo se pueda detener el pensamiento de manera que no haga más daño que provecho (Moradas Cuartas, cap. III, p.85)

 (La primera razón) En esta obra de espíritu, quien menos piensa y quiere hacer, hace más; lo que hemos de hacer es pedir como pobres necesitados delante de un grande y rico emperador, y luego bajar los ojos y esperar con humildad. Cuando por sus secretos caminos parece que entendemos que nos oye, entonces es bien callar, pues nos ha dejado estar cerca dél, y no será malo procurar no obrar con el entendimiento, si podemos, digo.  (…) Quiere el Señor que le pidamos y consideremos estar en su presencia, que El sabe lo que nos cumple. (Moradas Cuartas, cap. III, pp.85-6)

La segunda razón es que estas obras interiores son todas suaves y pacíficas, y hacer cosa penosa, antes daña que aprovecha. Llamo penosa cualquier fuerza que nos queramos hacer, como sería para detener la respiración, sino dejarse el alma en las manos de Dios, haga lo que quisiere de ella, con el mayor descuido de su provecho que pudiere y mayor resignación a la voluntad de Dios.

La tercera es que el mismo cuidado que se pone en no pensar nada, quizá despertará el pensamiento a pensar mucho.

La cuarta es que lo más sustancial y agradable a Dios es que nos acordemos de su honra y gloria y nos olvidemos de nosotros mismos y de nuestro provecho y regalo y gusto. Pues, ¡cómo está olvidado de sí el que con mucho cuidado está que no se osa bullir, ni aun deja a su entendimiento y deseos que se bullan a desear la mayor gloria de Dios, ni que se huelgue de la que tiene) Cuando Su Majestad quiere que el entendimiento cese, ocúpale por otra manera y da una luz en el conocimiento tan sobre la que podemos alcanzar, que le hace quedar absorto. (…) Sin ninguna fuerza ni ruido procure atajar el discurrir del entendimiento, mas no el suspenderle, ni el pensamiento, sino que es bien que se acuerde que está delante de Dios y quién es este Dios. (…) dejarse en los brazos de su amor. (Moradas Cuartas, cap. III, pp. 86-86)

El temor que solía tener a los trabajos, ya va más templado, porque está más viva la fe, y entiende que, si los pasa por Dios. Su Majestad le dará gracia para que los sufra con paciencia, y aun algunas veces los desea, porque queda también un gran voluntad de hacer algo por Dios. Cuando va más conociendo su grandeza, tiénese ya por más miserable; como ha probado ya los gustos de Dos, ve que es una basura los del mundo; vase poco a poco apartando de ellos y es más señora de sí para hacerlo. En fin, en todas las virtudes queda mejorada, y no dejará de ir creciendo si no torna atrás… (Moradas Cuartas, cap. III, p.88)

Cuando se cosa verdaderamente de Dios, que aunque hay caimiento interior y exterior, que no le hay en el alma, que tiene grandes sentimientos d34e verse tan cerca de Dios, ni tampoco dura tanto, sino muy poco espacio, bien que se torna a embebecer. (Moradas Cuartas, cap. III, p.90)

Esta morada es la que más almas creo entran. (Moradas Cuartas, cap. III, p.91)

 

Moradas Quinta

Creo fuera mejor no decir nada de las que faltan, pues no se ha de saber decir, ni el entendimiento lo sabe entender, ni las comparaciones pueden servir de declararlo, porque son muy bajas las cosas de la tierra para este fin. Envía, Señor mío, del cielo luz, para que yo pueda dar alguna a estas vuestras siervas, pues sois servido de que gocen algunas de ellas tan ordinariamente de estos goces, porque no sean engañadas transfigurándose el dominio en ángel de luz, pues todos sus deseos se emplean en desear contentaros. (Moradas Quintas, cap. I, p.92)

 En alguna manera podemos gozar del cielo en la tierra, que nos dé su favor para que no quede por nuestra culpa y nos muestre el camino y dé fuerzas en el alma para cavar hasta hallar este tesoro escondido, pues es verdad que le hay en nosotras mismas. (Moradas Quintas, cap. I, p.93)

No hay mejor prueba para entender si llega a unión u si no, nuestra oración. No penséis que es cosa soñada, como la pasada; digo soñada, porque así parece está el alma como adormizada, que ni bien parece está dormida ni se siente despierta. Aquí, con estar todas dormidas, y bien dormidas a las cosas del mundo y a nosotras mismas, porque en hecho de verdad se queda como sin sentido aquello poco que dura, que ni hay poder pensar aunque quieran, aquí no es menester con artificio suspender el pensamiento; hasta el amar, si lo hace, no entiende cómo, ni qué es lo que ama, ni que querría; en fin, como quien de todo punto ha muerto al mundo para vivir más en Dios, que así es una muerte sabrosa, un arrancamiento del alma de odas las operaciones que puede tener, estando en el cuerpo; deleitosa, porque aunque de verdad parece se aparta el alma de él para mejor estar en Dios, de manera, que aun no sé yo si le queda vida para resolgar (respirar). Ahora lo estaba pensado y paréceme que no; al menos, si lo hace, no se entiende silo hace. Todo su entendimiento se querría emplear en entender algo que lo que siente, y , como no llegan sus fuerzas a esto, quédase espantado, de manera que, si no se pierde del todo, no mena pie ni mano, como acá decimos de una persona que está tan desmayada que nos parece está muerta. (Moradas Quintas, cap. I, p. 93-94)

Aquí, por agudas que son las lagartijas, no pueden entrar en esta morada, porque ni hay imaginación ni memoria ni entendimiento que pueda impedir este bien. Y osaré afirmar que, sin verdaderamente es unión de Dios, que no puede entrar el demonio ni hacer ningún daño, porque está Su Majestad tan junto y unido con la esencia del alma, que no osará llegar, ni aun debe de entender este secreteo. Y está claro: pues dicen que no entiende nuestro pensamiento, menos entenderá cosa tan secreta, que aun no lo fía Dios de nuestro pensamiento. ¡Oh, gran bien, estado adonde este maldito no nos hace mal! Así queda el alma con grandes ganancias, por obrar Dios en ella, sin que nadie le estorbe ni nosotros mesmos. ¿Qué no dará quien es tan amigo de dar, y puede dar todo lo que quiere? (Moradas Quintas, cap. I, p.95)

Fija Dios a sí mesmo en lo interior de aquel alma de manera que, cuando torna en sí, en ninguna manera pueda dudar que estuvo en Dios y Dios en ella. (Moradas Quintas, cap. I, p.96)

Comienza a tener vida este gusano, cuando con la calor del Espíritu Santo se comienza a aprovechar del auxilio general que a todos nos da Dios, y cuando comienza a aprovecharse de los remedios que dejó en su Iglesia, así de continuar los confesiones como con buenas lecciones y sermones, que es el remedio que un alma, que está muerta en su descuido y pecados y metida en ocasiones, puede tener. (Moradas Quintas, cap. II, p.100)

Así como ha sido el que ha puesto la mayor costa, así quiere juntar nuestros trabajillos con los grandes que padeció Su Majestad y que todo sea una cosa. Pues, esa, hijas mías, prisa a hacer esta labor y tejer este capuchillo, quitando nuestro amor propio y nuestra voluntad, el estar asidas a ninguna cosa de la tierra, puniendo obras de penitencia, oración, mortificación, obediencia, todo lo demás que sabéis; que así obrásemos como sabemos que somos enseñadas de lo que hemos de hacer. (Moradas Quintas, cap. II, p.100-1)

El mismo descontento que dan las cosas del mundo nace un deseo de salir dél, tan penoso, que si algún alivio tiene es pensar que quiere Dios viva en este destierro, y aun no basta, porque aun el alma, con todas estas ganancias, no está tan rendida en al voluntad de Dios, como se verá adelante, aunque no deja de conformarse (…).  En alguna manera, quizá procede de la muy grande que le da de ver que es ofendido Dios, y poco estimado en este mundo, y de las muchas almas que se pierden, así de herejes como de moros. (Moradas Quintas, cap. II, p.103)

Como aquel alma ya se entrega en sus manos y el gran amor la tiene tan rendida, que no sabe ni quiere más de que haga Dios lo que quisiere de ella, que jamás hará Dios. (Moradas Quintas, cap. II, p.104)

Demostrar el amor que tenía a su Padre en padecer tanto por El, moderaría los dolores, como acaece acá a los que con fuerza de amor hacen grandes penitencias, que no las sienten casi, antes querrían hacer mas y más, y todo se le hace poco. (Moradas Quintas, cap. II, p.105)

La verdadera unión se puede muy bien alcanzar, con el favor de Nuestro Señor, si nosotros nos esforzamos a procurarla con no tener voluntad, sino atada con lo que fuere la voluntad de Dios (Moradas Quintas, cap. III, p.106)

Venturosa el alma que la ha alcanzado, que vivirá en esta vía con descanso y en la otra también, porque ninguna cosa de los sucesos de la tierra la afligirá, si no fuere si se ve en algún peligro de perder a Dios u ver si es ofendido. (Moradas Quintas, cap. III, p.107)

Estas penas pasan de presto, que, como dije de los gozos en la oración, parece que no llegan a lo hondo del alma, sino a estos sentidos y potencias. Andan por estas moradas pasadas, mas no entran en la que está por decir postrera, pues para esto es menester lo que queda dicho de suspensión de potencias. (Moradas Quintas, cap. III, p.107)

Las más cierta señal que, a mi parecer, hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dio son se puede saber, aunque hay indicios grandes para entender que le amamos; mas el amor del prójimo, sí. (Moradas Quintas, cap. III, p.109)

Obras quiere el Señor, y que, si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esta devoción y te compadezcas de ella, y, si tiene algún dolor, te duela a ti, y, si fuese menester, lo ayunes porque ella lo coma, no tanto por ella como porque saber que tu Señor quiere aquello. Esta es la verdadera unión con su voluntad. (Moradas Quintas, cap. III, p.110)

Pedid a Nuestro Señor que os dé con perfección este amor del prójimo, y dejad hacer a Su Majestad, que El os dará más que sepáis desear, como vosotras os esforcéis y procuréis en todo lo que pudierdes esto, y forzar vuestra voluntad para que se haga en todo la de las hermanas, aunque perdáis de vuestro derecho, y olvidar vuestro bien por el suyo, aunque más contracción os haga el natural, y procurar tomar trabajo, por quitarle al prójimo, cuando ofreciere. (Moradas Quintas, cap. III, p.111)

Oración de Unión. Se desposa Dios con las almas espiritualmente. ¡Bendita sea su misericordia, que tanto se quiere humillar! (Moradas Quintas, cap. IV, p.113)

 

Moradas Sextas

Adonde el alma ya queda herida del amor del Esposo y procura más lugar para estar sola. (…) En esta oración no se ve nada que se pueda decir ver, ni con la imaginación. (Moradas sextas, cap. I, p.118)

Los que tenía por amigos, se apartan de ella, y son los que le dan mejor bocado y es de los que mucho se sienten. (Moradas sextas, cap. I, p.119)

Que ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios, que a deshora con una palabra sola suya a una ocasión, que acaso sucedió, lo quita todo tan de presto, que parece no hubo nublado en aquel alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo. Y como quien se ha escapado de una batalla peligrosa con haber ganando la victoria, queda alabando a Nuestro Señor, que fue el que peleó para el vencimiento; porque conoce muy claro que ella no peleó, que todas las armas con que se podía defender… (Moradas sextas, cap. I, p.123)

Porque si reza es como si no rezase, para su consuelo, digo, que no se admite en lo interior, ni aun se entiende lo que reza ella misma a sí, aunque sea vocal, que para mental no es este tiempo en ninguna manera, porque no están las potencias para ello (Moradas sextas, cap. I, p.124)

El mejor remedio, no digo para que se quite, que yo no le hallo, sino para que se pueda sufrir, es entender en obras de caridad y exteriores y esperar en la misericordia de Dios, que nunca falta a los que en El esperan. (Moradas sextas, cap. I, p.125)

Muchas veces estando la misma persona descuidada y sin tener la memoria en Dios, Su Majestad la despierta, a manera de una cometa que pasa de presto o un trueno, aunque no se oye ruido, mas entiende muy bien el alma que fue llamada de Dios (…) Siente ser herida sabrosísimamente, mas no atina cómo ni quién la hirió; mas bien conoce ser cosa preciosa, y jamás querría ser sana de aquella herida. (Moradas sextas, cap. II, p.126)

El amado claramente que está con el alma, y parecer que la llama con una seña tan cierta, que no se puede dudar, y un silbo tan penetrativo para entenderlo el alma, que no le puede dejar de oír; porque no parece sino que, en hablando el Esposo, que está en la séptima morada, por esta manera, que no es habla formada, toda la gente que está en las otras no se osan bullir, ni sentidos ni marginación ni potencias. (Moradas sextas, cap. II, p.127)

Estaba penado ahora si sería que en este fuego del brasero encendido, que es mi Dios, saltaba alguna centella y daba en el alma, de manera que se dejaba sentir aquel encendido fuego, y como no era aun bastante para quemarla, y él es tan deleitoso, queda con aquella pena, y a el tocar hace aquella operación. (…) es dolor sabroso, y no es dolor (Moradas sextas, cap. II, p.127)

Las hablas con el ánima (…) pueden ser de Dios, y también del demonio y de la propia imaginación. (Moradas sextas, cap. III, p.131)

La segunda razón, una gran quietud que queda en el alma y recogimiento devoto y pacífico, y dispuesta para alabanzas de Dios. (Moradas sextas, cap. III, p.132)

La tercera señal es, no pasarse estas palabras de la memoria en muy mucho tiempo, …) una certidumbre grandísima. (Moradas sextas, cap. III, p.132)

Si son favores y regalos del Señor, mira con atención si por ellos se tiene por mejor, y si mientras mayor palabra de regalo, no quedare mas confundida, crea que no es espíritu de Dios, porque es cosa muy cierta, que cuando lo es, mientras mayor merced de hace, muy más en menos se tiene la misma alma y más acuerdo trae de su pecados, y más olvidada de su ganancia, y más empleada su voluntad y memoria en querer sólo la honra de Dios. (Moradas sextas, cap. III, p.137)

Veréis lo que hace Su Majestad para concluir este desposorio, que entiendo yo debe ser cuando da arrobamientos, que la saca de sus sentidos, porque, si estando en ellos se viese tan cerca desta gran Majestad, no era posible, por ventura, quedar con vida. (Moradas sextas, cap. IV, p.138)

Una manera hay que estando el alma, aunque no sea en oración, tocada con alguna palabra que se acordó u oye de Dios, parece que Su Majestad, desde lo interior del alma, hace crecer la centella que dijimos ya, movido de piedad de haberla visto padecer tanto tiempo por su deseo, que, abrasada toda ella como un ave Fénix, queda renovada y piadosamente, se puede creer, perdonadas sus culpas. (… Y así limpia, la junta consigo, sin entender aun aquí nadie sino ellos dos; ni aun la misma alma entiende de manera que lo puede después decir, aunque no está sin sentido interior, por que no es como a quien toma un desmayo u parajismo, que ninguna cosa interior ni exterior entiende. Lo que yo entiendo en este caso, es que el alma nunca estuvo tan despierta para las cosas de Dios ni con tan gran luz y conocimiento de Su Majestad. (Moradas sextas, cap. IV, p.139)

Roba Dios toda el alma para sí y que, cm a cosa suya propia y ya esposa suya, la va mostrando alguna participa del reino que ha ganado por serlo; que, por poca que sea, es todo mucho lo que hay en este gran Dios y no quiere estorbo de nadie, ni de potencias ni sentidos, sino de presto manda cerrar las puertas de estas moradas todas, y sólo en la que El está queda abierta para entrarnos. (Moradas sextas, cap. IV, p.142)

Aunque es verdad que son cosas que las da el Señor a quien quiere, si quisiésemos a Su Majestad como El nos quiere, a todas las daría; no está deseando otra cosa, sino tener a quien dar, que no por eso se disminuyen sus riquezas (Moradas sextas, cap. IV, p.143)

Aunque se quita, quedarse la voluntad tan embebida y el entendiendo tan enajenado, y  durar así día y aun días, que parece no es capaz para entender en cosa que no sea para despertar la voluntad a amar, y ella se está harto despierta para esto y dormida para  arrostrar a asirse a ninguna criatura. (Moradas sextas, cap. IV, p.144)

Los deseos de hacer penitencia, grandísimos, y no hace mucho en hacerla, porque con la fuerza del amor, siente poco cuanto hace, y ve claro que no hacían mucho los mártires en los tormentos que padecía, porque, con esta ayuda de parte de Nuestro Señor, es fácil. (Moradas sextas, cap. IV, p.144)

Parece que quiere Nuestro Señor que todo entiendan que aquel alma es ya suya, que no ha de tocar nadie en ella. (…) El la amparará de todo el mundo, y aun de todo el infierno. (Moradas sextas, cap. IV, p.145)

Otra manera de arrobamientos hay, u vuelo del espíritu. (…) Aun algunos hemos leído que el cuerpo con ella, sin saber adónde va u quién la lleva u cómo. (Moradas sextas, cap. V, p.146)

Con un ímpetu grande se levanta una ola tan poderosa, que sube a lo alto esta navecica de nuestra alma. (Moradas sextas, cap. V, p.145)

No tiene con qué pagar, supla la piedad y misericordia que siempre tuvo con los pecados. Quizá le responderá lo que a una persona que esta muy  afligida delante de un crucifijo en este punto, considerando que nunca había tenido qué dar a Dios ni qué dejar por El. Díjole el mismo Crucificado, consolándola, que El le daba todos los dolores y trabajos que había pasado en Su Pasión, que los tuviese por propios para ofrecer s su Padre. (Moradas sextas, cap. V, p.148)

 Esta paréceme de gran provecho, para que entendáis lo que se contenta Nuestro Señor de que nos conozcamos y procuremos siempre mirar y remirar nuestra pobreza y miseria, y que no tenemos nada que no lo recibimos. (Moradas sextas, cap. V, p.148)

Cuando torna a sentirse en sí, es con tan grandes ganancias y teniendo en tan poco todas las cosas de la tierra, para en comparación de las que ha visto, que le parecen basura. (Moradas sextas, cap. V, p.150)

Ni el demonio podría representar cosas que tanta operación y paz y sosiego y aprovechamiento dejan en el alma, en especial tres cosas muy en subido grado: conocimiento de la grandeza de Dios, porque mientras más cosas viéramos de ella, más se nos da a entender; segunda razón, propio conocimiento y humildad de ver cómo cosa tan baja, en comparación del Criador de tantas grandezas, la ha osado ofender, ni osa mirarle; la tercera, tener en muy poco todas las cosas de la tierra, si no fueren las que puede aplicar para servicio de tan gran Dios. (Moradas sextas, cap. V, p.150)

En esta morada son muy continuos los arrobamientos, sin haber remedio de excusarlos, aunque sea en público, y luego las persecuciones y murmuraciones. (Moradas sextas, cap. VI, p.151)

Nos pongamos delante del Señor y miremos su misericordia y grandeza, y nuestra bajeza, y dénos El lo que quisiere, siquiera haya agua, siquiera sequedad. El sabe mejor lo que nos conviene. (Moradas sextas, cap. VI, p.155)

Y tengo para mí, que es con razón, porque tanto gozo interior de lo muy íntimo del alma y con tanta paz y que todo su contento provoca a alabanzas de Dios, no es posible darle el demonio. Es harto, estando con este gran ímpetu de alegría, que calle y pueda disimular, y no poco penoso. Esto debía sentir san Francisco, cuando le toparon los ladrones, que andaba por el campo dando voces, y les dijo que era pregonero del gran Rey; y otros santos, que se van a los desiertos por poder pregonar lo que San Francisco: estas alabanzas de su Dios. Yo conocí uno, llamado fray Pedro de Alcántara, que creo lo es, según fue su vida, que hacía esto mismo, y le tenían por loco los que laguna vez lo oyeron. ¡Oh, qué buena locura, hermanas, si nos la diese Dios a todas! Y qué mercedes os ha hecho de teneros en parte que, aunque el Señor os haga ésta y deis muestras de ello, antes será para ayudaros que no para murmuración, como fuera de si estuvierais en el mundo, que se usa tan poco este pregón que no es mucho que le murmuren. (Moradas sextas, cap. VI, pp.156-7)

Que es porque Dios es suma verdad, y la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. (Moradas sextas, cap. X, p.183)

 

Moradas Séptimas

La grandeza de Dios no tiene término, tampoco le tendrán sus obras. (Moradas séptimas, cap. I, p.190)

Espiritualmente ha tomado por esposa, primero que se consuma el matrimonio espiritual métela en su morada, que es esta sétima. (Moradas séptimas, cap. I, p.191)

El Señor la junta consigo; mas es haciéndola ciega y muda, como lo quedó san Pablo en su conversión, y quitándola el sentir cómo u de qué manera es aquella merced que goza, porque el gran deleite que entonces siente el alma es de verse cerca de Dios. Mas, cuando la junta consigo, ninguna cosa entiende, que las potencias todas se pierden. Aquí es de otra manera. Quiere ya nuestro buen Dios quitar las escamas de los ojos y que vea y entienda algo de la merced que le hace, aunque es por una manera extraña; y metida en aquella morada por visión intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una tintas, y por una noticia admirable que se da a el personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas tres personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas que dice el Evangelio que dijo el Señor: que venía El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma, que le ama y guarda sus mandamientos (Jn 14,23).  (Moradas séptimas, cap. I, p.193)

Están en lo interior de su alma, en lo muy muy interior; en una cosa muy honda (Moradas séptimas, cap. I, p.193)

Aunque no es con esta tan clara luz, siempre advierte se halla con esta compañía, digamos ahora como una persona que estuviese en una muy clara pieza con otras y cerrasen las ventanas y se quedase oscuras; no porque se quitó la luz para verlas, y que hasta tornar la luz no las ves, deja de entender que están allí. (Moradas séptimas, cap. I, p.194)

Los efectos. El primero, un olvido de sí, que, verdaderamente, parece ya no es, porque toda está de tal manera, que no se conoce ni se acuerda que para ella ha de haber cielo ni vida ni honra, porque toda está empleada en procurar la de Dios, que parece que las palabras que le dijo Su Majestad hicieron efecto de obra, que fue que mirase por sus cosas, que El miraría por las suyas. Y así de todo lo que puede suceder no tiene cuidado, sino un extraño olvido, que, como digo, parece ya no es, ni querría ser en nada, anda, sino es para cuando entiende que puede haber por su parte algo en que acreciente un punto de gloria y honra de Dios, que por esto ponía muy de buena gana su vida. (Moradas séptimas, cap. III, pp.201-2)

Tienen también estas almas un gran gozo interior cuando son perseguidas, con mucha más paz que lo que queda dicho, y sin ninguna enemistad con los que las hacen mal u desean hacer, antes les cobran amor particular, de manera que, si los ven en algún trabajo, lo sienten tiernamente, y cualquiera tornarían por librarlos de él, y encomiéndanlos a Dios muy de gana. (Moradas séptimas, cap. III, p.202)

 La diferencia que hay aquí en esta morada es lo dicho: que casi nunca hay sequedad ni alborotos interiores que los que había en todas las otras a tiempos, sino que está el alma en quietud casi siempre; el no temer que esta merced tan subida puede contrahacer el demonio, sino estar en un ser con seguridad que es Dios, porque, como está dicho, no tienen que ver aquí los sentidos ni potencias, que se descubrió Su Majestad al alma y la metió consigo adonde, a mi parecer, no osará entrar el demonio ni le dejará el Señor (Moradas séptimas, cap. III, p.204)

En llegando aquí el alma, todos los arrobamientos se le quitan, si no es alguna vez, y ésta no con aquellos y vuelo de espíritu; y son muy raras ves, y ésas casi siempre no en público, como antes, que era muy de ordinario (Moradas séptimas, cap. III, p.205)

 O es que halló su reposo, o que el alma ha visto tanto en esta morada, que no se espanta de nada, o que no se halla con aquella soledad que solía, pues goza de tal compañía. (Moradas séptimas, cap. III, p.205)

Estos efectos, con todos los demás que hemos dicho, que sean buenos en los grados de oración que quedan dichos, da Dios, cuando llega el alma a Sí, con este ósculo que pedía la esposa (Cantar de los Cantares 1,2), que yo entiendo aquí se le cumple esta petición. Aquí se dan las aguas a esta cierva que va herida, en abundancia (Sal 41,2). Aquí se deleita el tabernáculo de Dios (Ap 21,3). (Moradas séptimas, cap. III, p.205)

Si ella está mucho con El, como es razón, poco se debe acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene. Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras. Esta es la verdadera muestra de ser cosa y merced hecha de Dios, porque poco me aprovecha estarme muy recogida a solas, haciendo atos con Nuestro Señor, proponiendo y prometiendo de hacer maravillas por su servicio, si, en saliendo de allí, que se ofrece la ocasión, lo hago todo al revés. (Moradas séptimas, cap. IV, p.209)

Para tener estas fuerzas para servir, deseemos y nos ocupemos en la oración. (…) Creéme, que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo, y no le hacer mal hospedaje no le dando de comer. ¿Cómo se lo diera María, sentada siempre los pies, si su hermana no le ayudara? (Moradas séptimas, cap. IV, p.212)

Algunas veces nos pone el demonio deseos grandes porque no echemos mano de lo que tenemos a mano para servir a nuestro Señor en cosas posibles, y quedemos contentas por haber deseado las imposibles. (Moradas séptimas, cap. IV, p.213)

No hagamos torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen, y como hagamos lo que pudiéremos, hará Su Majestad que vamos pudiendo cada día más y más. (Moradas séptimas, cap. IV, pp.213-4)

Interior y exteriormente ofrezcamos a el Señor el sacrificio que pudiéremos, que Su Majestad le juntará con el que hizo en la cruz por nosotros al Padre, para que tenga el valor que nuestra voluntad hubiere merecido, aunque sean pequeñas las obras. (Moradas séptimas, cap. IV, p.214)

 

Es muy amigo de humildad. Con teneros por tales que no merecéis aun entrar en las terceras, le ganaréis más presto la voluntad para legar a las quintas, y de tal manera le podéis servir desde allí, continuando a ir muchas veces a ellas, que os meta en la misma morada que tiene para Si. (Conclusión, p.215)

 

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