El servicio, característica del cristiano

En el Evangelio Mc 10,32-45  de la misa de hoy, 27 de mayo, Jesús anuncia la pasión que ha de padecer, de la entrega de su vida, puesta al servicio a los demás. En ese momento la madre de Santiago y Juan pide a Jesús que sus hijos esté en un lugar privilegiado junto a Él en su reino. Jesús le dirá que esa asignación corresponde al Padre. Ante esta petición, los demás discípulos se quejan; pero Jesús les calma y les dice que no han de discutir por el puesto, sino que lo importante es tener espíritu de servicio; la entrega de la vida por los demás es la característica fundamental de pertenecía al reino de Dios.

En la lógica del mundo, reinar quiere decir ser servido; en la lógica divina, reinar quiere decir ponerse al servicio de los demás.  La lógica de los que son de Jesús es otra bien distinta a la lógica de las ambiciones de los hombres: «Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos».

Jesús es el primero en vivir según ese estilo que propone para sus seguidores: «Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».

El amar sirviendo a los demás, gastando —dando— la vida por los otros, es el dinamismo del reino del cielo, de estar bajo su reinado, bajo el influjo de gracia del Espiritu de Dios. Es pues el servir lo que caracteriza a los que son de Cristo: el servicio mutuo, fraterno.

 «La gloria de Dios, es amor que se hace servicio, no poder que aspira a la dominación. No poder que aspira al dominio, ¡no! Es amor que se hace servicio.» (Papa Francisco).

El señorío de Dios es interior y liberador, ya que su ley no es un mandato impositivo, sino una invitación y un ánimo a ser serviciales. Entrar en la dinámica del reinado es hacer lo que Jesucristo hace: conducirse bajo el dinamismo de un amor misericordioso que se plasma en el servicio gratuito a los otros, y especialmente a los más desfavorecidos.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 32-45:

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos iban camino de Jerusalén y Jesús se les iba adelantando. Los discípulos estaban sorprendidos y la gente que lo seguía tenía miedo. Él se llevó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder: «Ya ven que nos estamos dirigiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; van a condenarlo a muerte y a entregarlo a los paganos; se van a burlar de él, van a escupirlo, a azotarlo y a matarlo; pero al tercer día resucitará».
Entonces se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte». Él les dijo: «¿Qué es lo que desean?» Le respondieron: «Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús les replicó: «No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?» Le respondieron: «Sí podemos». Y Jesús les dijo: «Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; eso es para quienes está reservado».
Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió entonces a los Doce y les dijo: «Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos».

.…o0o….

 

Palabras del papa Francisco

 (Ángelus, 17 octubre 2021)

El Evangelio de la Liturgia de hoy (Mc 10,35-45) cuenta que dos discípulos, Santiago y Juan, piden al Señor sentarse un día junto a Él en la gloria, como si fueran “primeros ministros”, o algo así. Pero los otros discípulos los escuchan y se indignan. A este punto Jesús, con paciencia, les ofrece una gran enseñanza: la verdadera gloria no se obtiene elevándose sobre los otros, sino viviendo el mismo bautismo que Él recibirá, dentro de poco tiempo, en Jerusalén, es decir, la cruz. ¿Qué quiere decir esto? La palabra “bautismo” significa “inmersión”: con su Pasión, Jesús se sumergió en la muerte, ofreciendo su vida para salvarnos. Por tanto, su gloria, la gloria de Dios, es amor que se hace servicio, no poder que aspira a la dominación. No poder que aspira al dominio, ¡no! Es amor que se hace servicio. Por eso Jesús concluye diciendo a los suyos y también a nosotros: «el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor» (Mc 10,43). Para hacerse grandes, tendréis que ir en el camino del servicio, servir a los otros.

Estamos frente a dos lógicas diferentes: los discípulos quieren emerger y Jesús quiere sumergirse. Detengámonos sobre estos dos verbos. El primero es emerger. Expresa esa mentalidad mundana por la que siempre somos tentados: vivir todas las cosas, incluso las relaciones, para alimentar nuestra ambición, para subir los peldaños del éxito, para alcanzar puestos importantes. La búsqueda del prestigio personal se puede convertir en una enfermedad del espíritu, incluso disfrazándose detrás de buenas intenciones; por ejemplo cuando, detrás del bien que hacemos y predicamos, en realidad nos buscamos solo a nosotros mismos y nuestra afirmación, es decir, ir adelante nosotros, trepar… Y esto también lo vemos en la Iglesia. Cuántas veces, los cristianos, que deberíamos ser servidores, tratamos de trepar, de ir adelante. Por eso, siempre necesitamos verificar las verdaderas intenciones del corazón, preguntarnos: “¿Por qué llevo adelante este trabajo, esta responsabilidad? ¿Para ofrecer un servicio o para hacerme notar, ser alabado y recibir cumplidos?”. A esta lógica mundana, Jesús contrapone la suya: en vez de elevarse por encima de los demás, bajar del pedestal para servirlos; en vez de emerger sobre los otros, sumergirse en la vida de los otros. Estaba viendo en el programa “A sua immagine” ese servicio de las Cáritas para que a nadie le falte comida: preocuparse por el hambre de los otros, preocuparse de las necesidades de los otros. Mirar y abajarse en el servicio, y no tratar de trepar para la propia gloria.

Y ahí está el segundo verbo: sumergirse. Jesús nos pide que nos sumerjamos. Y ¿cómo sumergirse? Con compasión, en la vida de quien encontramos. Ahí [en ese servicio de Cáritas] estábamos viendo el hambre: y nosotros, ¿pensamos con compasión en el hambre de tanta gente? Cuando estamos delante de la comida, que es una gracia de Dios y que nosotros podemos comer, hay mucha gente que trabaja y no logra tener la comida suficiente para todo el mes. ¿Pensamos en esto? Sumergirse con compasión, tener compasión. No es un dato de enciclopedia: hay muchos hambrientos… ¡No! Son personas. ¿Y yo tengo compasión por las personas? Compasión de la vida de quien encontramos, como ha hecho Jesús conmigo, contigo, con todos nosotros, se ha acercado con compasión.

Miramos al Señor Crucificado, sumergido hasta el fondo en nuestra historia herida, y descubrimos la manera de hacer de Dios. Vemos que Él no se ha quedado allí arriba en los cielos, a mirarnos de arriba a abajo, sino que se ha abajado a lavarnos los pies. Dios es amor y el amor es humilde, no se eleva, sino que desciende, como la lluvia que cae sobre la tierra y trae vida. ¿Pero qué hay que hacer para ponerse en la misma dirección que Jesús, para pasar del emerger al sumergirse, de la mentalidad del prestigio, esa mundana, a la del servicio, la cristiana? Requiere compromiso, pero no es suficiente. Solos es difícil, por no decir imposible, pero tenemos dentro una fuerza que nos ayuda. Es la del Bautismo, de esa inmersión en Jesús que todos nosotros hemos recibido por gracia y que nos dirige, nos impulsa a seguirlo, a no buscar nuestro interés sino a ponernos al servicio. Es una gracia, es un fuego que el Espíritu ha encendido en nosotros y que debe ser alimentado. Pidamos hoy al Espíritu Santo que renueve en nosotros la gracia del Bautismo, la inmersión en Jesús, en su forma de ser, para ser más servidores, para ser siervos como Él ha sido con nosotros.

Y recemos a la Virgen: Ella, incluso siendo la más grande, no ha tratado de emerger, sino que ha sido la humilde sierva del Señor, y está completamente inmersa a nuestro servicio, para ayudarnos a encontrar a Jesús.

 

 

 (Ángelus, 21 octubre 2018)

La página del Evangelio de hoy (cf. Marcos 10, 35-45) describe a Jesús, que una vez más y con gran paciencia, intenta corregir a sus discípulos convirtiéndolos de la mentalidad del mundo a la de Dios. Le brindan la ocasión los hermanos Santiago y Juan, dos de los primeros que Jesús encontró y llamó a seguirlo. Ya han recorrido un largo camino con Él y pertenecen al grupo de los doce Apóstoles. Por eso, mientras se dirigen a Jerusalén, donde los discípulos esperan con ansia que Jesús, con ocasión de la fiesta de Pascua, instaure finalmente el Reino de Dios, los dos hermanos se arman de valor, se acercan y dirigen al maestro su petición: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (v. 37). Jesús sabe que Santiago y Juan están animados por un gran entusiasmo por Él y por la causa del Reino, pero sabe también que sus expectativas y su celo están contaminados por el espíritu del mundo. Por eso responde: «No sabéis lo que pedís» (v. 38). Y mientras ellos hablaban de «tronos de gloria» en los que sentarse junto a Cristo Rey, Él habla de un «cáliz» para beber, de un «bautismo» a recibir, es decir de su pasión y muerte.

Santiago y Juan, siempre mirando al privilegio esperado, dicen deprisa: ¡sí «podemos»! Pero tampoco aquí se dan cuenta de lo que verdaderamente dicen. Jesús preanuncia que su cáliz lo beberán y su bautismo lo recibirán, es decir, ellos también, como los demás apóstoles, participarán en su cruz, cuando llegue el momento. Sin embargo —concluye Jesús— «sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado» (v. 40). Como diciendo: ahora seguidme y aprended el camino del amor «con pérdida», y el Padre celestial se hará cargo del premio. El camino del amor es siempre «con pérdida», porque amar significa dejar a parte el egoísmo, la autorreferencialidad, para servir a los demás. Jesús se da cuenta de que los otros diez Apóstoles se enfadan con Santiago y Juan, demostrando así que tienen la misma mentalidad mundana. Y esto le ofrece la inspiración para una lección que se aplica a los cristianos de todos los tiempos, también para nosotros. Dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros; sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor» (v. 42-44). Es la regla del cristiano. El mensaje del Maestro es claro: mientras los grandes de la Tierra construyen «tronos» para el poder propio, Dios elige un trono incómodo, la cruz, desde donde reinar dando la vida: «Tampoco el Hijo del Hombre —dice Jesús— ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (v. 45).

El camino del servicio es el antídoto más eficaz contra la enfermedad de la búsqueda de los primeros puestos; es la medicina para los arribistas, esta búsqueda de los primeros puestos, que infecta muchos contextos humanos y no perdona tampoco a los cristianos, al pueblo de Dios, ni tampoco a la jerarquía eclesiástica. Por lo tanto, como discípulos de Cristo, acojamos este Evangelio como un llamado a la conversión, a dar testimonio con valentía y generosidad de una Iglesia que se inclina a los pies de los últimos, para servirles con amor y sencillez. Que la Virgen María, que se adhirió plenamente y humildemente a la voluntad de Dios, nos ayude a seguir a Jesús con alegría en el camino del servicio, el camino maestro que lleva al Cielo.

…….

 

Palabras del papa Benedicto XVI

 (Homilía de la Misa con motivo del Consistorio Público Ordinario para la creación de nuevos cardenales, 20 noviembre 2010)

 La Palabra de Dios que se acaba de proclamar nos ayuda a meditar precisamente sobre este aspecto tan fundamental. En el pasaje del Evangelio (Mc 10, 32-45) se nos presenta el icono de Jesús como el Mesías —anunciado por Isaías (cf. Is 53)— que no vino para ser servido, sino para servir: su estilo de vida se convierte en la base de las nuevas relaciones dentro de la comunidad cristiana y de un modo nuevo de ejercer la autoridad. Jesús va de camino hacia Jerusalén y anuncia por tercera vez, indicándolo a los discípulos, el camino a través del cual va a llevar a cumplimiento la obra que el Padre le encomendó: es el camino del don humilde de sí mismo hasta el sacrificio de la vida, el camino de la Pasión, el camino de la cruz. Y, sin embargo, incluso después de este anuncio, como sucedió con los anteriores, los discípulos manifiestan toda su dificultad para comprender, para llevar a cabo el necesario «éxodo» de una mentalidad mundana hacia la mentalidad de Dios. En este caso, son los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, quienes piden a Jesús poder sentarse en los primeros puestos a su lado en la «gloria», manifestando expectativas y proyectos de grandeza, de autoridad, de honor según el mundo. Jesús, que conoce el corazón del hombre, no queda turbado por esta petición, sino que inmediatamente explica su profundo alcance: «No sabéis lo que pedís»; después guía a los dos hermanos a comprender lo que conlleva seguirlo.

¿Cuál es, pues, el camino que debe recorrer quien quiere ser discípulo? Es el camino del Maestro, es el camino de la obediencia total a Dios. Por esto Jesús pregunta a Santiago y a Juan: ¿estáis dispuestos a compartir mi elección de cumplir hasta el final la voluntad del Padre? ¿Estáis dispuestos a recorrer este camino que pasa por la humillación, el sufrimiento y la muerte por amor? Los dos discípulos, con su respuesta segura —«podemos»— muestran, una vez más, que no han entendido el sentido real de lo que les anuncia el Maestro. Y de nuevo Jesús, con paciencia, les hace dar un paso más: ni siquiera experimentar el cáliz del sufrimiento y el bautismo de la muerte da derecho a los primeros puestos, porque eso es «para quienes está preparado», está en manos del Padre celestial; el hombre no debe calcular, simplemente debe abandonarse a Dios, sin pretensiones, conformándose a su voluntad.

La indignación de los demás discípulos se convierte en ocasión para extender la enseñanza a toda la comunidad. Ante todo Jesús «los llamó a sí»: es el gesto de la vocación originaria, a la cual los invita a volver. Es muy significativa esta referencia al momento constitutivo de la vocación de los Doce, al «estar con Jesús» para ser enviados, porque recuerda claramente que todo ministerio eclesial siempre es respuesta a una llamada de Dios, nunca es fruto de un proyecto propio o de una ambición, sino que es conformar la propia voluntad a la del Padre que está en los cielos, como Cristo en Getsemaní (cf. Lc 22, 42). En la Iglesia nadie es amo, sino que todos son llamados, todos son enviados, todos son alcanzados y guiados por la gracia divina. Y esta es también nuestra seguridad. Sólo volviendo a escuchar la palabra de Jesús, que pide «ven y sígueme», sólo volviendo a la vocación originaria es posible entender la propia presencia y la propia misión en la Iglesia como auténticos discípulos.

La petición de Santiago y Juan y la indignación de los «otros diez» Apóstoles plantea una cuestión central a la que Jesús quiere responder: ¿Quién es grande, quién es «primero» para Dios? Ante todo la mirada va al comportamiento que corren el riesgo de asumir «aquellos que son considerados los gobernantes de las naciones»: «dominar y oprimir». Jesús indica a los discípulos un modo completamente distinto: «No ha de ser así entre vosotros». Su comunidad sigue otra regla, otra lógica, otro modelo: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos». El criterio de la grandeza y del primado según Dios no es el dominio, sino el servicio; la diaconía es la ley fundamental del discípulo y de la comunidad cristiana, y nos deja entrever algo del «señorío de Dios». Y Jesús indica también el punto de referencia: el Hijo del hombre, que vino para servir; es decir, sintetiza su misión en la categoría del servicio, entendido no en sentido genérico, sino en el sentido concreto de la cruz, del don total de la vida como «rescate», como redención para muchos, y lo indica como condición para seguirlo. Es un mensaje que vale para los Apóstoles, vale para toda la Iglesia, vale sobre todo para aquellos que tienen la tarea de guiar al pueblo de Dios. No es la lógica del dominio, del poder según los criterios humanos, sino la lógica del inclinarse para lavar los pies, la lógica del servicio, la lógica de la cruz que está en la base de todo ejercicio de la autoridad. En todos los tiempos la Iglesia se ha esforzado por conformarse a esta lógica y por testimoniarla para hacer transparentar el verdadero «señorío de Dios», el del amor.

Venerados hermanos elegidos para la dignidad cardenalicia, la misión a la que Dios os llama hoy y que os habilita a un servicio eclesial todavía más cargado de responsabilidad, requiere una voluntad cada vez mayor de asumir el estilo del Hijo de Dios, que vino entre nosotros como quien sirve (cf. Lc 22, 25-27). Se trata de seguirlo en su entrega de amor humilde y total a la Iglesia su esposa, en la cruz: es en ese madero donde el grano de trigo, que el Padre dejó caer en el campo del mundo, muere para convertirse en fruto maduro. Para esto hace falta un arraigo todavía más profundo y firme en Cristo. La relación íntima con él, que transforma cada vez más la vida a fin de poder decir con san Pablo «ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20), constituye la exigencia primaria para que nuestro servicio sea sereno y gozoso, y para que pueda dar el fruto que el Señor espera de nosotros.

 …oo0oo…

Catena Aurea

Beda, in Marcum, 3, 40

Los discípulos recordaban lo que el Señor les había anunciado sobre lo mucho que habían de hacerlo padecer los príncipes de los sacerdotes y los escribas y por ello se asombraban al ir a Jerusalén. «Continuaban su viaje subiendo a Jerusalén, y Jesús se les adelantaba».
 

Teofilacto

De este modo demuestra que va al encuentro de la pasión y que no rehuye la muerte por nuestra salvación: «Y estaban sus discípulos como atónitos y le seguían llenos de temor».
 

Beda, in Marcum, 3, 40

De temor de ser ellos mismos sacrificados o por lo menos de que cayese en manos de sus enemigos aquél, cuya vida y magisterio formaban su dicha. Previendo, el Señor que ánimo de sus discípulos había de perturbar su pasión el, les predice lo que en ella había de sufrir y la gloria de su Resurrección. «Y tomando aparte de nuevo a los doce, comenzó a repetirles», etc.
 

Teofilacto

Les habla así para confortarlos, puesto que estando prevenidos sufrirían después esta prueba mejor que si los tomara de sorpresa y a la vez manifestaba que iba a padecer voluntariamente, porque es evidente que el que prevé su pasión y no le huye se entrega espontáneamente a ella. Y tomó aparte a sus discípulos porque convenía que revelase el misterio de su Pasión a sus más íntimos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65, 1

Les predice los pormenores de su Pasión, a fin de que conociéndolos detalladamente, no los sobrecoja después ninguno de ellos. «Nosotros, les dijo, vamos, como veis, a Jerusalén, donde el Hijo del hombre», etc.
 

Glosa

Es decir, el que debe padecer, porque la Divinidad no puede padecer: «Será entregado -esto es, por Judas- a los príncipes de los sacerdotes, y a los escribas y ancianos, que le condenarán a muerte -juzgándole reo de muerte-, y le entregarán a los gentiles -al gentil Pilato-, y le escarnecerán -sus soldados-, y le escupirán, y azotarán, y le quitarán la vida».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65, 1

Y para que se consuelen con la esperanza de su Resurrección del dolor que les causa su pasión y muerte añade: «Y al tercer día resucitará». Y puesto que no les ocultaba las tristezas y oprobios que habían de sobrevenirle justo era que le creyesen en cuanto a lo demás.

 

San Juan Crisóstomo homiliae in Matthaeum, hom. 65, 2

Los discípulos oyendo hablar frecuentemente a Cristo de su reino juzgaban que no había de tener lugar éste después de su muerte, y por tanto, anunciada su muerte, se acercaron a El para hacerse luego dignos de los honores de su reino. «Entonces se acercaron a El Santiago y Juan», etc., pues avergonzados del sentimiento humano que los animaba, se acercaron a Cristo, llevándolo aparte de los discípulos. Mas como no ignoraba el Salvador lo que iban a pedirle y queriendo obligarles a que lo declaren abiertamente, les pregunta: «¿Qué cosa deseáis que os conceda?»
 

Teofilacto

Los discípulos citados creían que subía a Jerusalén para reinar allí y que padecería después lo que había predicho, y pensando de este modo deseaban sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda. «Concédenos, respondieron, que en tu gloria nos sentemos, uno a tu diestra y el otro a tu izquierda».
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 64

San Mateo expresa que no fueron ellos sino su madre quien habló así, manifestando al Señor la voluntad de sus hijos. San Marcos nos hace saber brevemente que fueron ellos los que hablaron y no su madre.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65, 2

Bien puede decirse que fueron la madre y los hijos los que hicieron esta súplica, porque, viendo que el Señor los distinguía de los otros, creían alcanzar lo que deseaban, y a fin de conseguirlo más fácilmente, empeñaron a su madre para que se lo rogara también a Cristo.
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 64

En fin, el Señor, según San Marcos y San Mateo, les contestó a ellos en vez de a su madre. «Mas Jesús les replicó: No sabéis lo que pedís.»
 

Teofilacto

Es como si dijera: No reinaré temporalmente en Jerusalén, como creéis, y todo lo que se refiere a mi reino está fuera del alcance del entendimiento humano: el sentarse a mi lado es muchísimo más que lo que corresponde al orden de los ángeles.
 

Beda, in Marcum, 3, 40

O bien no saben lo que piden, suplicando al Señor el asiento de la gloria que no merecían todavía.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65, 2

O dice : no sabéis lo que pedís, como si dijera: Vosotros habláis de honor, y yo lucho y me fatigo, porque no es éste tiempo de premios, sino de combates, de peligros y de muerte. «Podéis beber, dice, el cáliz que yo voy a beber», etc. De este modo los atrae para encender más su deseo de participar de su suerte.
 

Teofilacto

Al cáliz y al bautismo los llama su cruz: al cáliz como una bebida tomada dulcemente por El y al bautismo por que por él nos purificamos de nuestros pecados. Pero no entendiéndolo ellos respondieron: «Sí que podemos», porque creían que hablaba de un cáliz material y del bautismo que usaban los judíos lavándose antes de comer.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65, 2

Respondieron en el acto, esperando ser atendidos en lo que pedían. «Pues tened por cierto, les dijo Jesús, que beberéis el cáliz que yo bebo», etc. Es decir, seréis dignos del martirio y padeceréis como yo.
 

Beda, in Marcum, 3, 40

Pero se preguntará alguno cómo bebieron Santiago y Juan el cáliz del martirio, o cómo fueron bautizados con el bautismo del Señor, cuando la Escritura dice que sólo el apóstol Santiago fue degollado por Herodes y que Juan murió de muerte natural. Pero si leemos las historias eclesiásticas, en las que se refiere que martirizaron a Juan, echándole en una caldera de aceite hirviendo y que en seguida fue desterrado a la isla de Patmos, veremos que estuvo pronto al martirio y que bebió el cáliz de la confesión, que bebieron los tres jóvenes en un horno encendido, aunque el tirano no derramó su sangre.

«Pero eso de sentarse a mi diestra», etc.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65, 2

Aquí se ofrecen dos cuestiones, a saber: si debe sentarse alguno a la derecha del Señor y si no tiene el Señor de todo lo creado potestad de dar este lugar a aquéllos para quienes está preparado. En cuanto a lo primero, diremos que ninguno se sentará a la derecha ni a la izquierda, porque aquel trono es inaccesible a toda creatura humana y por tanto dice: «Sentarse a mi diestra o a mi siniestra, no es mío darlo a vosotros», como si algunos hubiesen de sentarse. Contesta en verdad a los que le preguntan condescendiendo con su intención, puesto que no conociendo aquel trono excelso, ni la cátedra que está a la derecha del Padre, lo que en realidad pedían era la supremacía sobre los demás y el principal de los doce tronos, que habían oído prometer a los apóstoles. En cuanto a lo segundo, diremos que está en la potestad del Hijo de Dios el conceder tal don, por lo que dice San Mateo: «Se ha destinado por mi Padre «, es como si dijera: «Se ha destinado por mí» ( Mt 20,23), y así es que San Marcos no dice por mi Padre. Por tanto lo que dice Cristo es en resúmen: Moriréis por mí pero esto no basta para que alcancéis el primer puesto, porque el que llegue al martirio con virtud superior a la vuestra alcanzará mucho más que vosotros. Los que por sus obras lleguen a hacerse los primeros, ésos serán los destinados a la primacía. De este modo el Señor los instruye para que no se forjen ilusiones, a la vez que no quiere contristarlos.
 

Beda, in Marcum, 3, 40

O bien: no está en mi arbitrio el darlo a vosotros, es decir, a los soberbios, puesto que lo eran aún. Está destinado para otros: sed vosotros humildes, y será para vosotros para quienes está preparado.

 

Entendiendo los (otros) diez dicha demanda, dieron muestras de indignación contra Santiago y Juan. Mas Jesús, llamándolos (todos) a sí, les dijo: «Sabéis que los que tienen la autoridad de mandar a las naciones las tratan con imperio y que sus príncipes ejercen sobre ellas el poder. No debe ser lo mismo entre vosotros; sino que quien quisiere hacerse mayor, ha de ser vuestro criado; y quien quisiere ser entre vosotros el primero, debe hacerse siervo de todos. Porque el Hijo del hombre no vino a que le sirviesen, sino a servir y a dar su vida por la redención de muchos». (vv. 41-45)
 

Teofilacto

Los demás apóstoles soportan con dificultad que Santiago y Juan pretendan distinguirse y por esto dice: «Entendiendo los (otros) diez dicha demanda, dieron muestras de indignación contra Santiago y Juan», porque sienten envidia como hombres dominados aún por las pasiones humanas. Pero no se mostraron indignados hasta que vieron que los rechazaba el Señor, puesto que disimularon su indignación mientras pareció que los distinguía. Pero si entonces los apóstoles se mostraron imperfectos, después se cedieron la supremacía con insistencia, porque el Señor los curó llamándolos a sí primeramente para consolarlos, lo que se da a entender en las palabras: «Mas Jesús, llamándolos todos a sí», y demostrando después que buscar los honores y desear la primacía era cosa de los gentiles. Y continúa. «Mas Jesús les dijo: Bien sabéis que los que tienen la autoridad de mandar a las naciones las tratan con imperio, y que sus príncipes ejercen sobre ellas el poder». En efecto, los príncipes de los paganos se conducen en el poder con violencia y tiranía. Y concluye: «No debe ser lo mismo entre vosotros».
 

Beda

Con estas palabras les enseña que será mayor el que fuere menor y que llegará a ser señor el que se hiciere siervo de todos, siendo en vano, pues, que unos pretendan inmoderadamente y que los otros sufran por ellos; porque para llegar a lo más alto de la virtud el verdadero camino es la humildad y no el poder. Después les propone un ejemplo para que si no les mueve lo dicho, se avergüencen a la vista de los hechos, dice: «Porque aun el Hijo del hombre no vino a que le sirviesen, sino a servir y a dar su vida por la redención de muchos».
 

Teofilacto

Lo cual es más que servir, porque ¿hay algo más grande y admirable que morir por aquél a quien se sirve? Pero descendiendo el Señor hasta nosotros en su humildad y sirviéndonos obtuvo su gloria y la nuestra, porque antes de hacerse hombre era conocido sólo de los ángeles y después de su encarnación y de su crucifixión no solamente tuvo su gloria, sino que hizo partícipe de ella a otros y dominó por la fe al mundo entero.
 

Beda

No dijo que daba su vida por la redención de todos, sino de muchos, es decir, de los que quisieren creer.

 

 ACTUALIDAD CATÓLICA


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.