Parece una evidencia fáctica el que hay una notable caída moral, una negación de la conciencia (en el sentido de no ser obedecida ni escuchados sus dictámenes). Lo cual habla bien a las claras de la pérdida interioridad humana y espiritualidad. Esto supone, ni más ni menos, que la aniquilación de la condición humana propiamente, de su genuina naturaleza.
¿Y cómo se está llegando a este desenlace tan desalentado y quizá irreversible, en definitiva, tan gravísimo? Para llegar a esto a acabar con la conciencia y la ley natural, tan propio y genuino de la especie humana a lo largo de toda su existencia, ha habido un proceso de demolición colosal, como cabe imaginar por su suma relevancia. Se ha sustituido la ancestral voz de la conciencia, su imperativo a decidirse al bien, por la concupiscencia del capricho, decidirse por el inclinación o impulsividad caprichosa de cada cual, pura subjetividad, emocionalidad o gusto, sin a tenerse a nada más. Así de simple y así de gravísimo. Esa caprichosidad, que parece tan vacua, volátil o inconsistente procede de las que «filosofías» encargadas de negar el orden natural, inspirador de la moralidad que estipula qué es el bien y qué el mal, qué lo natural y qué lo contra-natura o desorden. El superhombre nietzscheano, que está por encima de la Naturaleza, de su ley, de sus valores, de la conciencia, de su voz, de Dios; el hombre es ahora quien dispone eso. Todo tiene el sabor del fruto mordido del paraíso. Un Prometeo revivido, y nunca del todo desparecido. A Nietzsche, y su nihilismo, le han seguido otros y otras filosofías que a lo largo del siglo XX han ido demoliendo la figura del ser humano. Ahí están todas las corrientes materialistas, el marxismo cultural, el estructuralismo, la escuela de Frankfurt… y algunos personas «ilustres», que dijeron del ser humano perlas como «es un conjunto de fuerzas electromagnéticas» (B. Russell), «es cosa entre cosas» (Levi–Strauss), «es sólo una máquina compleja» (Lamettrie), “¡Dios ha muerto! ¡Matemos ahora al hombre!” (Stirner), «hoy no es tanto afirmar la muerte de Dios, cuanto la muerte del hombre…» (Foucault)… Con esto se llega a la perdida de humanidad; como C. S. Lewis afirmaba:»La conquista final del Hombre ha demostrado ser la abolición del Hombre». Es decir, al despojar al hombre de su condición humana, se le ha convertido un artefacto. Al ser humano, hecho persona según la naturaleza otorgada por Dios, sería difícil de manipular, dominar y hacer de él lo que se quisiera; pero alguien (algo) convertido en un artefacto, reducido a física y química, sin responsabilidad moral, sería fácil de estar a disposición de la barbarie. Esto sí es peligroso, más que ninguna bomba atómica; esto es la amenaza más seria de muerte para el ser humano que ha existido en toda su historia. Nos encaminamos temerariamente hacia algo definitivo…
La abolición del ser humano (I)
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