
El Evangelio (Jn 11,45-57) de la liturgia del 28 de marzo, nos habla de cómo los jefes judíos trataron de armarse de razones para autoconvencerse de que debían matar a Jesús.
Tal día como hoy sábado previo a la Pascua, Jesús, consciente del riesgo que corría, se hallaba en Efraín: «Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.«
Por aquel entonces Jesús era muy popular: su fama se había extendido entre la gente no solo de Jerusalén, también de otros lugares, lugares próximos: «Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús.»
A lo largo de tres años, Jesús había predicado el reino de Dios, revelando un rostro de Dios más cercano, tierno, íntimo y paternal, para el que todos eran sus hijos, más universal, sin exclusión de nadie, y lo había hecho con autoridad y acompañado de milagros. El último prodigio había sido la resurrección de Lázaro, tras cuatro días muerto, en una población cercana a Jerusalén; noticia que había se había extendido rápidamente: «algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.» Esta cada vez mayor popularidad inquietaba a los fariseos, escribas, doctores de la ley y dirigentes judíos, de modo que: «Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: `¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación´».
Esta causa de que los romanos vieran a Jesús como un peligroso líder político que aglutinara al pueblo contra el imperio que les tenía sometidos no parece muy consistente, pues como luego se verá a Pilato no le preocupaba lo más mínimo la existencia de Jesús; fue una causa propiamente judía la que propició las acusaciones contra él. Aunque la expresión del sumo sacerdote Caifás tenía alcance teologico-profético: «conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera». «Habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte.»
Fueron varias las causas por las que acabaron con la vida de Jesús, además de las reseñadas, podríamos añadir el que Jesucristo, se mostrará con ese trato tan cercano e íntimo, de relación filial y estrecha vinculación con Dios, como Padre; el que se le identificara ya como más que un profeta, como el Mesías; el que la plenitud de la ley comportaba una visión nueva y más profunda de la misma, unido a la misericordia por los pecadores y proscritos, provocó un rechazo de los doctores de la ley, fariseos y escribas, que en un intento -paradójico- de querer defender a Dios terminaron matando al mismo Dios, en la figura de Jesucristo.
Detrás de estas causas que motivaron ese movimiento asesino contra Jesús, estuvo, claro, la mano que movía la cuna: Satanás. La influencia del Maligno que obra en los corazones para impetrarles el odio contra todo lo que haga referencia a lo santo, fue la causa de las causas que llevaron a colgar, como un maldito, al Hijo de Dios de una cruz.
Y he aquí la paradoja: dando muerte a Jesús, se dio vida, vida eterna, a la Humanidad. He aquí que justamente cuando Jesús moría, con la apariencia de un fracaso, fue cuando Satanás perdió la posibilidad de rendir a Jesús y que este renegará de su misión: amar hasta el extremo, para que asumiendo la carne humano, por amor, la elevara a la santidad de acceso al reino de los cielos.
Lectura del santo evangelio según san Juan (11,45-57):
EN aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron:
«¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación».
Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
«Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».
Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.
Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.
Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban:
«¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?».
Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.
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Palabras del papa Francisco
(Homilía Santa Marta, Sábado, 4 de abril de 2020)
Hacía tiempo que los doctores de la ley, incluso los sumos sacerdotes, estaban inquietos porque sucedían cosas extrañas en el país. Primero ese Juan, que al final lo dejaron estar porque era un profeta, bautizaba allí y la gente iba, pero no había otras consecuencias. Luego llegó este Jesús, señalado por Juan. Empezó a hacer señales, milagros, pero sobre todo empezó a hablarle a la gente y la gente lo entendía, lo seguía, y no siempre observaba la ley, y esto los inquietaba mucho. “Este es un revolucionario, un revolucionario pacífico… Este atrae al pueblo, el pueblo lo sigue…” (cf. Jn 11,47-48). Y estas ideas les llevaron a hablar entre ellos: “Mira, a mí esto no me gusta… eso otro…”, y así entre ellos tenían este tema de conversación, de preocupación también. Luego algunos fueron a él para ponerlo a la prueba, y siempre el Señor tenía una respuesta clara que a ellos, los doctores de la ley, no se les había ocurrido. Pensemos en esa mujer casada siete veces, viuda siete veces: “Pero en el cielo, ¿de cuál de estos maridos será esposa?” (cf. Lc 20,33). Él respondió claramente y ellos se fueron un poco avergonzados por la sabiduría de Jesús y otras veces se marcharon humillados, como cuando quisieron apedrear a esa señora adúltera y Jesús dijo al final: “Los que estén sin pecado tiren la primera piedra” (cf. Jn 8,7) y dice el Evangelio que se marcharon, empezando por los ancianos, humillados en ese momento.
Esto hacía crecer esta conversación entre ellos: “Debemos hacer algo, esto no está bien…”. Luego enviaron a los soldados a buscarlo y volvieron diciendo: “No pudimos atraparlo porque este hombre habla como nadie”… “Ustedes también se dejaron engañar” (cf. Jn 7,45-49): enojados porque ni siquiera los soldados pudieron atraparlo. Y también, después de la resurrección de Lázaro —lo hemos oído hoy— muchos judíos iban allí a ver a las hermanas de Lázaro, pero algunos iban allí para ver bien qué había sucedido y referirlo, y algunos de ellos fueron y les dijeron a los fariseos lo que Jesús había hecho (cf. Jn 11,45). Otros creían en Él. Y esos que fueron, los charlatanes de todos los tiempos, que viven llevando las habladurías… fueron a informarles. En ese momento, ese grupo que se había formado de doctores de la ley hizo una reunión formal: “Esto es muy peligroso y tenemos que tomar una decisión. ¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos —reconocen los milagros—; si le dejamos continuar así, todos creerán en él, es un peligro, el pueblo irá tras él, se separará de nosotros” —el pueblo no estaba con ellos —. “Vendrán los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación” (cf. Jn 11,48). En esto había parte de verdad, pero no toda, era una justificación, porque habían encontrado un equilibrio con el ocupador, pero odiaban al ocupador romano, aunque políticamente habían encontrado un equilibrio. Así que hablaban entre ellos. Uno de ellos, Caifás —era el más radical—, era sumo sacerdote, dijo: “¿No se dan cuenta de que les conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que se arruine toda la nación?” (cf. Jn 11,50). Era el sumo sacerdote e hizo la propuesta: “Eliminémosle”. Y Juan dice: “Pero esto no lo dijo por sí mismo, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús debía morir por la nación… A partir, pues, de aquel día decidieron matarlo” (cf. Jn 11,51-53). Fue un proceso, un proceso que comenzó con pequeñas inquietudes en tiempos de Juan el Bautista y luego terminó en esta sesión de los doctores de la ley y los sacerdotes. Era un proceso que crecía, un proceso que estaba bien seguro de la decisión que tenían que tomar, pero nadie lo había dicho tan claramente: “Hay que eliminar a este”.
Este modo de proceder de los doctores de la ley es precisamente una figura de cómo actúa la tentación en nosotros, porque detrás de ella estaba obviamente el diablo que quería destruir a Jesús y la tentación en nosotros generalmente actúa así: comienza con poco, con un deseo, una idea, crece, contagia a otros y, al final se justifica. Estos son los tres pasos de la tentación del diablo en nosotros, y aquí están los tres pasos que dió la tentación del diablo en la persona del doctor de la ley. Empezó con poco, pero creció, creció, luego contagió a otros, tomó cuerpo y al final se justificó: “Es necesario que uno muera por el pueblo” (cf. Jn 11,50), la justificación total. Y todos se fueron a casa tranquilamente. Dijeron: “Esta es la decisión que teníamos que tomar”. Y todos nosotros, cuando somos vencidos por la tentación, terminamos tranquilos, porque hemos encontrado una justificación para este pecado, para esta actitud pecaminosa, para esta vida que no está de acuerdo con la ley de Dios. Deberíamos tener el hábito de ver este proceso de tentación en nosotros. Ese proceso que hace cambiar nuestros corazones del bien al mal, que nos lleva por el camino en bajada. Algo que crece, crece lentamente, luego contagia a otros y al final se justifica. Es difícil que las tentaciones nos lleguen de golpe, el diablo es astuto. Y sabe cómo tomar este camino, lo tomó para llegar a la condena de Jesús. Cuando nos encontramos en un pecado, en una caída, sí, debemos ir y pedir perdón al Señor, es lo primero que debemos hacer, pero luego debemos decir: “¿Cómo llegué a caer? ¿Cómo comenzó este proceso en mi alma? ¿Cómo creció? ¿A quién he contagiado? ¿Y cómo al final me he justificado para caer?”.
La vida de Jesús es siempre un ejemplo para nosotros y las cosas que le sucedieron a Jesús son cosas que nos sucederán, las tentaciones, las justificaciones, las personas buenas que están a nuestro alrededor y tal vez no las sentimos, y las malas personas, en el momento de la tentación, tratamos de acercarnos a ellos para hacer crecer la tentación. Pero no lo olvidemos nunca: siempre, detrás de un pecado, detrás de una caída, hay una tentación que empezó pequeña, que ha crecido, que ha contagiado y al final encuentro una justificación para caer. Que el Espíritu Santo nos ilumine en este conocimiento interior.
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Catena Aurea
Beda.
Los que van a anunciar a los fariseos son aquellos que viendo las buenas obras de los siervos de Dios, los persiguen con su odio y se esfuerzan en infamarlos.
Teofilacto.
Era conveniente admirar y ensalzar a Aquel que tales prodigios obraba, pero ellos más bien maquinan darle la muerte. «Y los príncipes de los sacerdotes y los fariseos juntaron concilio», etc.
San Agustín In Ioannem tract., 49.
Ellos no dicen: «Creemos». Estos hombres perdidos se ocupaban mejor de hacer daño y de matar, que de la manera de salvarse a sí mismos. Y, sin embargo, temían y se consultaban unos a otros: «¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchos milagros».
Crisóstomo In Ioannem hom., 64.
Todavía lo llaman hombre los mismos que acababan de tener una prueba tan grande de su divinidad 1.
Orígenes In Ioannem tom.,28.
Es de considerar, oídas sus palabras, su necedad y su ceguera. Su necedad, porque ellos habían sido testigos de los muchos milagros que había hecho y, sin embargo, creían poder conspirar contra El, como si El mismo no tuviera poder para burlar sus maquinaciones. En esto consistía también su ceguedad, porque era preciso que Aquel que había hecho tantos milagros se desembarazase de sus asechanzas, a no ser que creyesen que realmente hacía milagros, pero que estos milagros no los hacía en virtud del divino poder. Así, ellos determinaron no dejarlo ir, creyendo que esto sería un gran impedimento para los que creían en El, y que así los romanos no les quitarían su ciudad y nación. «Si lo dejamos así, creerán todos en El», etc.
Crisóstomo ut supra.
Con estas palabras querían atemorizar al pueblo, haciéndoles ver el peligro en que estaban de que se sospechase que querían declararse en poder independiente; palabras que equivalen a estas otras: Si los romanos lo ven seguido de la muchedumbre, sospecharán que queremos erigirnos en poder independiente, y destruirán la ciudad. Pero todo lo que decían era pura ficción, porque ¿cuáles eran los motivos para sospechar esto? ¿Iba El acaso rodeado de gente armada y seguido de escuadrones? ¿Acaso no buscaba los desiertos? Pero para que no se pensara que esto lo decían con el intento de preparar su muerte, dicen que toda la ciudad está en peligro.
San Agustín ut supra.
O bien, temían que si todos creían en Cristo no quedase nadie para defender la ciudad y el templo de Dios contra los romanos, porque bien sabían que la doctrina de Cristo era contraria al mismo templo y a las leyes de sus antepasados. Temían, pues, perder los bienes temporales, y nada les importaba perder la vida eterna, en que no pensaban. Pero a pesar de todo esto, finalmente los romanos, después de la pasión y de la resurrección del Señor, hicieron desaparecer la ciudad, destruyéndola.
Orígenes ut supra.
Mas, según el sentido místico, los gentiles ocuparon el lugar de los circuncisos, pues por la caída de éstos vino la salvación a las naciones. En lugar de los gentiles son puestos los romanos, pasando de este modo la soberanía a quienes hasta entonces habían ejercido allí sus derechos. También la gente fue arrebatada de entre ellos, porque el que fue pueblo de Dios dejó de serlo.
Crisóstomo ut supra.
Pero mientras ellos vacilaban y proponían ese consejo para deliberar, diciendo: «¿Qué hacemos?», uno, descaradamente y con la mayor crueldad, gritó: «Mas uno de ellos, llamado Caifás, que era el sumo pontífice de aquel año».
San Agustín ut supra.
Podía uno preguntar, ¿cómo es que se dice que era pontífice de aquel año, siendo así que el Señor había establecido un único sumo sacerdote, que no debía tener sucesor sino después de su muerte? Es preciso admitir que la división y la ambición habían conducido más tarde a los judíos a tener muchos pontífices, que servían alternativamente cada año, y quizá en un mismo año había muchos, a los cuales sucedían otros en el año siguiente.
Alcuino.
Cuenta Josefo, que este Caifás había comprado por dinero el pontificado de aquel año.
Orígenes In Ioannem tom.,30.
Una prueba de la maldad de Caifás son las palabras «pontífice de aquel año», porque exponen que bajo su pontificado nuestro Salvador ejerció el ministerio de su pasión. Y sin embargo, como fuese pontífice de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni pensáis que os conviene que muera un hombre».
Crisóstomo In Ioannem hom., 65.
Como si dijera: Vosotros estáis tranquilos y miráis esto con poco interés, pero tened en cuenta que es preciso despreciar la salvación de un solo hombre para salvar el bien común.
Teofilacto.
Esto lo dijo él con una intención depravada. Sin embargo, la gracia del Espíritu Santo se valió de sus palabras para presagio del porvenir: «Mas esto no lo dijo de sí mismo, sino que siendo pontífice profetizó», etc.
Orígenes ut supra.
No todo el que profetiza es profeta, como no todo aquel que sigue la justicia es justo, como por ejemplo el que hace alguna obra por la gloria humana. Caifás, pues, profetizó, es verdad, y sin embargo no era profeta, como sucedió a Balaam ( Núm 23). Alguno podrá decir que Caifás no profetizó por inspiración del Espíritu Santo, ya que el espíritu maligno puede también dar testimonio de Jesús y profetizar acerca de El conforme a aquellas palabras ( Lc 4,34): «Sabemos quién eres, santo de Dios». Porque su intención no es hacer fieles a los que lo escuchan, sino incitar en el pretorio contra Jesús a los que confiaban en El, para hacerlo morir. Por otra parte, las palabras «os conviene» -que forman parte de su profecía-, o son verdaderas o falsas. Si son verdaderas, se sigue que se salvarán todos aquellos que se esfuerzan en el pretorio por incitar al pueblo contra Jesús y, después de su muerte por el pueblo, llegarán a conseguir lo que les conviene. Si no son verdaderas, es evidente que el Espíritu Santo no inspiró esta profecía, porque el Espíritu Santo no puede mentir. Pero si alguno cree que Caifás es en esto verídico, ( Heb 2,9) hallará claro que Jesús ha abrazado la muerte por todos, y que El es Salvador de todos los hombres, principalmente de los fieles. Encontrará también que todas las palabras que están en este lugar, comenzando por aquellas ( 1Tim 4,10): «Vosotros nada sabéis», son una verdadera profecía. Porque nada sabían los que ignoraban que Jesús es la verdad, la sabiduría, la justicia y la paz. Y lo que a ellos convenía era que éste solo -en cuanto hombre- muriera por el pueblo, pero no en cuanto imagen de Dios invisible ( Col 1,15), bajo cuyo respecto no está sujeto a la muerte. Y como poderoso que es, quiso destruir y borrar en sí mismo la culpa de todo el género humano. En las palabras «mas esto no lo dijo de sí mismo», se nos ha enseñado que nosotros, hombres, decimos algunas cosas por nosotros mismos sin que ninguna fuerza extraña nos induzca a ello, mientras que hay otras que las proferimos por influencia de otro poder, aun cuando nosotros no lo podamos apreciar en toda su extensión, disponiéndonos así a escuchar lo que se dice, pero sin fijarnos en la intención de las palabras. Así Caifás no dijo nada de sí, ni conoció que lo que decía era una profecía, porque ignoraba el sentido de las palabras que proferían sus labios ( 1Tim 1,7). Así, en la Epístola de San Pablo a Timoteo se encuentran algunos doctores de la Ley que ni saben lo que dicen ni lo que afirman.
San Agustín ut supra.
Aquí también podemos aprender que los hombres malos pueden también vaticinar lo futuro con espíritu profético, lo cual, sin embargo, el evangelista atribuye al sagrado ministerio, porque Caifás era pontífice, esto es, sumo sacerdote.
Crisóstomo ut supra.
¡Mira cuán grande es la virtud del Espíritu Santo, que de una inteligencia depravada hace salir palabras proféticas! Mira también cuán grande es la virtud y la dignidad del pontificado, pues hecho pontífice, aunque indigno, Caifás profetiza sin saber lo que dice. La gracia no toca más que a la boca, pero no llega al corrompido corazón.
San Agustín ut supra.
Caifás, pues, sólo profetizó de la nación judía, en la que estaban las ovejas de que el mismo Señor había dicho ( Mt 15,2): «No soy enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel». Pero el evangelista sabía que había otras ovejas que no eran de este redil, a las cuales convenía conducir, y por eso añadió: «Y no solamente por la nación, mas también para juntar en uno los hijos de Dios que estaban dispersos». Esto se dijo de la predestinación, pues entonces no había ni ovejas ni hijos de Dios.
San Gregorio Moralium 6, 13
Los perseguidores hicieron, pues, todo lo que maliciosamente habían maquinado. Prepararon su muerte para arrancar la fe que en El tenían los creyentes, pero la fe creció por los mismos medios que los incrédulos habían empleado para extinguirla. No convirtió en obsequio de su piedad, lo que la crueldad humana fraguó contra El.
Orígenes
Llenos de ira por las palabras de Caifás, decretaron la muerte del Señor. «Y así, desde aquel día pensaron cómo le darían la muerte». Y en verdad, si Caifás no profetizó por inspiración del Espíritu Santo, fue otro espíritu el que pudo a la vez hablar por la boca de un impío y excitar a sus camaradas contra Cristo. Mas el que ve aquí la inspiración del Espíritu Santo, dirá que así como muchos para constituir su depravada doctrina, se acogen a la palabra de las Escrituras dirigidas al bien general, así los oidores de esta verdadera profecía pronunciada contra Cristo, no tomándola en su verdadero sentido, se reúnen en consejo para dar muerte a Cristo.
Crisóstomo ut supra
Primero lo buscaban para darle la muerte, y ahora dan la sentencia.
Notas
- Según la definición del Concilio de Calcedonia (451): «ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre de alma racional y de cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado( Heb 4,15); engendrado del Padre antes de todos los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad, y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo» ( Dz 148).
Orígenes In Ioannem tom.,28.
Después que los escribas y fariseos se juntaron para condenar a muerte a Jesús, El, teniendo más cautela, no conversaba ya con los judíos con tanta confianza. Y se retiró, no a una ciudad popular, sino a una que estaba lejos y apartada. «Por lo cual no se mostraba ya Jesús en público entre los judíos», etc.
San Agustín In Ioannem tract., 49.
No por defecto de su poder (el que, si hubiera querido, le habría permitido hablar en público con los judíos y no le habrían hecho nada); mas El dejó este ejemplo a sus discípulos, para enseñarles que no hay pecado en que sus fieles se aparten de las miradas de los perseguidores y, ocultándose, prefieran evitar el furor de los malvados, que sería más terrible manifestándose en público.
Orígenes ut supra.
Porque no es digno de censura para el que confiesa a Jesucristo el no evitar confusión en el momento del combate, y no rehusar la muerte por defender la verdad. Es asimismo prudente no dar ocasión exponiéndose a una prueba tan grande, no solamente por la incertidumbre del éxito de parte nuestra, sino también para no dar ocasión a los otros para que hagan mayor su impiedad y su perversidad. Porque si el que da ocasión de pecado, no se librará del castigo merecido, ¿qué castigo no merecerá aquel que no evita el pecado del perseguidor? El Señor no se fue solo. Antes bien, para no dar ocasión alguna a los que lo perseguían, llevó consigo a sus discípulos. «Y allí moraba con sus discípulos».
Crisóstomo In Ioannem hom., 64.
¿Qué impresión piensas que debió ser la de los discípulos, viéndolo humanamente salvado, es decir, viéndolo buscar como hombre un asilo que lo oculte y lo ponga a salvo de las manos de sus perseguidores? Mientras que todos se regocijan y celebran fiesta, ellos se ocultan y corren graves peligros; sin embargo, permanecen con El, conforme a aquellas palabras ( Lc 22,28): «Vosotros sois los que permanecisteis conmigo en mis tentaciones».
Orígenes ut supra.
Místicamente hablando, debemos decir que Jesús andaba confiadamente en medio de los judíos, cuando el Verbo divino estaba entre ellos por la profecía. Mas apenas marchó de allí y el Verbo de Dios no estuvo más con los judíos «se retiró a un territorio cerca del desierto» ( Is 54,1). Los hijos de la mujer desierta, esto es, abandonada, son más numerosos que los de la desposada. Esta ciudad se llama Ephrem, que quiere decir fertilidad 1. Effraim fue hermano de Manasés, del antiguo pueblo entregado al olvido. Después que este pueblo fue relegado al olvido y abandonado, fue cuando surgió la abundancia de en medio de los gentiles. El Señor, abandonando a los judíos, vino a esta tierra del universo, a la Iglesia casi desierta, y cuyo nombre significa ciudad fecunda, y en ella permanece hasta ahora con sus discípulos.
San Agustín In Ioannem tract., 50.
Aquel que había bajado del cielo para sufrir, quiso acercarse al lugar de su pasión porque la hora de su muerte estaba cercana. Por eso el evangelista añade: «Y estaba ya cerca la Pascua», etc. Los judíos celebraban la Pascua en las tinieblas, nosotros en la luz. Con la sangre de su cordero se señalaron los umbrales de las casas de los judíos; nuestras frentes se señalan con la sangre de Cristo. Los judíos quisieron ensangrentar esta fiesta con la sangre del Salvador. En este mismo día de fiesta fue sacrificado el Cordero que consagró el mismo día con su propia sangre. La ley de los judíos mandaba que en el día de fiesta en que se celebraba la Pascua se reunieran de todas partes y se santificaran con la celebración de aquel día: «Y muchos de aquella tierra subieron a Jerusalén antes de la Pascua para purificarse».
Teofilacto.
Vinieron a Jerusalén antes de la Pascua para purificarse, porque todos aquellos que habían pecado, ya voluntariamente, ya contra su voluntad 2, no celebraban la Pascua sin expiar antes, según costumbre, por medio de abluciones, ayunos, cortarse el cabello, y además haciendo algunas ofrendas determinadas a este fin. En el tiempo, pues, en que éstos celebraban la expiación, fue cuando tendían asechanzas al Señor: «Y buscaban a Jesús, y se decían unos a otros estando en el templo: ¿qué os parece de que no haya venido a la fiesta?»
Crisóstomo ut supra.
Le ponían asechanzas y celebraban el día de la fiesta y el de la inmolación.
Orígenes ut supra.
Y por eso no dijo la Pascua del Señor, sino de los judíos, porque en ella el Salvador sufría asechanzas.
Alcuino.
Ellos no buscaban al Señor por una causa justa, pero nosotros lo buscamos estando en el templo, consolándonos mutuamente, exhortándonos y pidiendo que venga a nuestro día de fiesta y nos santifique con su presencia.
Teofilacto.
Si estas cosas hubieran sido obra exclusivamente de las turbas, podría creerse que su pasión era resultado de la ignorancia. Pero los fariseos mismos dan la orden de que sea preso: «Y los príncipes de los sacerdotes y los fariseos habían dado mandamiento, que si alguno sabía en dónde estaba, lo manifestase para prenderle».
Orígenes ut supra.
Y notad que ellos ignoraban dónde está, porque se ha dicho que El se había retirado. Podrá decirse que los que tendían lazos a Jesús ignoraban dónde estaría y que dieron otros preceptos que los divinos, enseñando las ciencias y los mandatos de los hombres.
San Agustín ut supra.
Pero nosotros enseñamos a los judíos dónde está Jesús. ¡Ojalá quieran oírlo y apoderarse de El! Vengan a la Iglesia, oigan dónde está Cristo y aprehéndanlo.
Notas
- La raíz del nombre parece ser el verbo hebreo que significa ser fructífero o fértil. El territorio que ocupó la tribu de Efraím era de los más fértiles de Palestina.
- Por haber «pecado contra su voluntad» ha de entenderse haber incurrido involuntariamente en mancha ritual, y no haber pecado propiamente. El pecado incluye el carácter voluntario. La Bula Ex omnibus affictionibus(1567) de San Pío V, condenó el error de Bayo, que afirmaba que «lo voluntario no pertenece a la esencia y definición de pecado».
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