
La aspiración de ciertas pseudorreligiones, como la Nueva Era, y los problemas que se plantea la filosofía moderna son un esfuerzo de las tinieblas por apoderarse de la luz.

Como decíamos, aunque se quiera reprimir y hasta anular la naturaleza del ser humano, su dimensión profunda más propia y verdadera, habrá momentos en que para poder respirar de esa asfixia del alma, romperá ese casco de hielo bajo el cual se halla sumergido. Y entonces buscará satisfacer esa necesidad de lo trascendente, y se agarrará a cualquier cosa.
A finales del siglo XX estábamos convencidos de que podíamos cambiar al hombre, de que la ciencia generaba necesariamente el progreso, no sólo técnico, sino también moral. Creíamos que la enseñanza era la clave de la evolución positiva de los individuos y de las sociedades.
En España —que es lo que nos toca más cerca—, según las estadísticas, aumenta la corrupción, la violencia, los delitos, la exacerbación sexual, la inmoralidad, la insolidaridad y la mala educación. Y también aumenta la apostasía religiosa. Se puede trazar dos líneas que marchan al unísono, en paralelo, avanzan el empeoramiento de la calidad social y la práctica religiosa. Estas dos realidades son un hecho incontestable, y lo es también su mutua incidencia.
Parece una evidencia fáctica el que hay una notable caída moral, una negación de la conciencia (en el sentido de no ser obedecida ni escuchados sus dictámenes). Lo cual habla bien a las claras de la pérdida interioridad humana y espiritualidad. Esto supone, ni más ni menos, que la aniquilación de la condición humana propiamente, de su genuina naturaleza.
