Hipocresía, ceguera carente de humildad

En el Evangelio (Lc 6,39-45) de la liturgia de hoy, 12 de septiembre, Jesús nos habla de la hipocresía, de la falta de prudencia y humildad, que supone el pretender aparentar dar lecciones a los demás cuando ha de empezarse por aleccionarse primero a uno mismo.

Como se decía ayer, en los versículos anteriores, «no juzguéis, y no seréis juzgados: no condenéis y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados.” (v.37). Todos tenemos algo sobre lo que emitir un juicio propio, de modo que no cabe en fijarse en los defectos ajenos, con el afán de criticarlos y menos condenarlos esparciendo murmuraciones difamatorias.

Cabría pensarse que uno no tiene una determinada viga en su ojo y que por lo tanto puede referirse a la paja del ojo ajeno. Si uno fuera tan santo que no tuviera defecto alguno en su ojo y viera perfectamente, esa santidad se compondría de la carencia del andar murmurando del prójimo; luego no lo haría; de modo que si lo hace, no es tan santo. Por otro lado, es la voluntad del Dios que no andemos juzgando los defectos ajemos, y con esto basta, sin entrar en mayores disquisiciones. Las habladurias es un defecto pernicioso, que ataca la convivencia y la fraternidad. Todo lo que se salga de un silencio respetuoso de caridad fraterna es pura hipocresía, carente de humildad.

El silencio respetuoso es santificador. Quien controla su boca y no ya calumnia ni siquiera difama, hace perder la buena fama de la dignidad humana, aunque fuera cierto el defecto que se aire, pierde caridad. Quien murmura diciendo algo verdadero pero innecesario, peca. Dice Jesús: “El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón”.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 39-45

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos. El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón”.

 

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Palabras del papa Francisco

 (Ángelus, 3 marzo 2019)

 

El pasaje del Evangelio de hoy presenta parábolas breves, con las cuales Jesús quiere señalar a sus discípulos el camino a seguir para vivir sabiamente. Con la pregunta: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?» (Lc 6, 39), quiere subrayar que un guía no puede ser ciego, sino que debe ver bien, es decir, debe poseer la sabiduría para guiar con sabiduría, de lo contrario corre el peligro de perjudicar a las personas que dependen de él. Así, Jesús llama la atención de aquellos que tienen responsabilidades educativas o de mando: los pastores de almas, las autoridades públicas, los legisladores, los maestros, los padres, exhortándoles a que sean conscientes de su delicado papel y a discernir siempre el camino acertado para conducir a las personas.

Y Jesús toma prestada una expresión sapiencial para indicarse como modelo de maestro y guía a seguir: «No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado será como su maestro» (v. 40). Es una invitación a seguir su ejemplo y su enseñanza para ser guías seguros y sabios. Y esta enseñanza está encerrada, sobre todo, en el Sermón de la Montaña, que desde hace tres domingos la liturgia nos propone en el Evangelio, indicando la actitud de mansedumbre y de misericordia para ser personas sinceras, humildes y justas. En el pasaje de hoy encontramos otra frase significativa, que nos exhorta a no ser presuntuosos e hipócritas. Dice así: «¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?» (v. 41). Muchas veces, lo sabemos, es más fácil o más cómodo percibir y condenar los defectos y los pecados de los demás, sin darnos cuenta de los nuestros con la misma claridad. Siempre escondemos nuestros defectos, también a nosotros mismos; en cambio, es fácil ver los defectos de los demás. La tentación es ser indulgente con uno mismo ―manga ancha con uno mismo― y duro con los demás. Siempre es útil ayudar a otros con consejos sabios, pero mientras observamos y corregimos los defectos de nuestro prójimo, también debemos ser conscientes de que tenemos defectos. Si creo que no los tengo, no puedo condenar o corregir a los demás. Todos tenemos defectos: todos. Debemos ser conscientes de ello y, antes de condenar a los otros, mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad.

¿Cómo podemos entender si nuestro ojo está libre o si está obstaculizado por una viga? De nuevo es Jesús quien nos lo dice: «No hay árbol bueno que dé fruto malo, y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto» (vv.43-44). El fruto son las acciones, pero también las palabras. La calidad del árbol también se conoce de las palabras. Efectivamente, quien es bueno saca de su corazón y de su boca el bien y quien es malo saca el mal, practicando el ejercicio más dañino entre nosotros, que es la murmuración, el chismorreo, hablar mal de los demás. Esto destruye; destruye la familia, destruye la escuela, destruye el lugar de trabajo, destruye el vecindario. Por la lengua empiezan las guerras. Pensemos un poco en esta enseñanza de Jesús y preguntémonos: ¿Hablo mal de los demás? ¿Trato siempre de ensuciar a los demás? ¿Es más fácil para mí ver los defectos de otras personas que los míos? Y tratemos de corregirnos al menos un poco: nos hará bien a todos.

Invoquemos el apoyo y la intercesión de María para seguir al Señor en este camino.

 

 

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Catena Aurea

 

San Cirilo

El Señor añadió a lo ya dicho una parábola muy necesaria; por lo que dice: «Y les decía también una semejanza». Sus discípulos habían de ser maestros de las generaciones venideras, por lo que convenía que ellos supiesen el camino de la conducta correcta, como teniendo la inteligencia iluminada por el brillo divino, a fin de que unos ciegos no guiasen a otros ciegos; y por esto añade: «¿Acaso podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el foso?». Mas si acontece que algunos llegan al mismo grado de virtud que los que la enseñan, deténganse en la medida de los que la enseñan y sigan sus huellas; de donde sigue: «No es el discípulo sobre el maestro». Por esto dice San Pablo: «Imitadme como yo imito a Jesucristo» ( 1Cor 4,16). No juzgando Jesucristo, ¿por qué juzgas tú? No vino al mundo a juzgar, sino a tener compasión.
 

Teofilacto

Si tú juzgas a otro, pecarás con los mismos defectos, ¿y entonces no te parecerás al ciego que guía a otro ciego? ¿Cómo enseñarás a obrar bien, si tú obras mal? El discípulo no es mejor que el maestro. Porque si tú, que te consideras como maestro y como guía, pecas, ¿cómo obrará el que es enseñado y guiado por ti? Será perfecto el discípulo, cuando se parezca a su maestro.
 

Beda

El sentido de esta sentencia pende de las precedentes, en las cuales se manda dar limosnas y perdonar las injurias. Si te cegó -dice- la ira, contra el violento y la avaricia contra el que pide, ¿acaso con tu mente viciada podrás curar el vicio de él? Si Cristo nuestro Maestro -que como Dios pudo vengar sus injurias- prefirió amansar a sus perseguidores con la paciencia, preciso es que sus discípulos -que son puros hombres- sigan la misma regla.
 

San Agustín, de quaest. evang. 2,9

O lo que dice: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?», lo añadió para que no esperasen recibir de los levitas aquella medida, de la cual dice: darán en vuestro seno; pues pagaban décimas a aquellos que llama ciegos, porque no seguían el Evangelio. Y también lo añadió, a fin de que el pueblo comenzase a esperar más bien aquella recompensa de los discípulos del Señor, a quienes quería señalar como imitadores suyos, diciendo: «No es el discípulo sobre el maestro».
 

Teofilacto

También el Señor dice otra parábola sobre esto, añadiendo: «¿Y por qué miras la mota (esto es, una leve falta) en el ojo de tu hermano? ¿Y la viga que está en tu ojo (esto es, tus grandes pecados) no la observas?»
 

Beda

Esto se relaciona con lo que precede, donde nos dice que un ciego no podía guiar a otro ciego (esto es, que un pecador reprenda a otro). De donde se dice: «¿Cómo puedes tú decir a tu hermano: Déjame, hermano, sacarte la mota de tu ojo, no viendo tú la viga que hay en el tuyo?». Como diciendo: el que comete pecados graves (a lo que llama viga), ¿cómo condena a otro que comete pecados leves, y en ocasiones no comete pecado alguno? Pues esto es lo que la mota significa.
 

Teofilacto

Esto conviene a todos, y especialmente a los doctores, que castigan los pecados más leves de sus súbditos, dejando impunes los suyos; por esto el Señor los llama hipócritas, porque juzgan los pecados de otros, para aparecer ellos como justos. Y prosigue: «Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y después verás para sacar la mota del ojo de tu hermano».
 

San Cirilo

Esto es, purifícate tú primero de tus grandes pecados, y después verás el modo de salvar a tu hermano, que sólo comete pecados leves.
 

San Basilio

Parece, en verdad, que el conocimiento de sí mismo es el más difícil de todos. Ni el ojo que ve las cosas exteriores se ve a sí mismo, y hasta nuestro propio entendimiento, pronto para juzgar el pecado de otro, es lento para percibir sus propios defectos.

 

Beda

Para que alguno no se crea excluido de lo que ha dicho: «De la abundancia del corazón habla la boca», como si solamente las palabras y no las obras fuesen las que se piden al verdadero cristiano, el Señor añade a continuación: «¿Por qué, pues, me llamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?». Como diciendo: ¿Por qué os jactáis de producir hojas de buena vida, vosotros que no producís fruto alguno de buenas obras?
 

San Cirilo

Unicamente conviene a la naturaleza divina el nombre y la realidad de la dominación de todas las cosas.
 

San Atanasio

No es, pues, un hombre el que habla así, sino Dios que muestra que procede del Padre, porque aquél sólo es Señor que nace del Señor. No temas dualidad sin embargo, porque en la naturaleza no se distingue.
 

San Cirilo

Cuál sea la utilidad que nos reporta el cumplimiento de la ley, y cuánto sea el perjuicio que pueda venirnos por su desobediencia, lo da a conocer el Señor, cuando dice: «Todo el que viene a mí, y oye mis palabras, y las cumple, os mostraré a quién es semejante: es semejante a un hombre que edifica una casa y la cimentó sobre piedra».
 

Beda

La piedra es Jesucristo. Ahonda en el cimiento el que por medio de los preceptos de la humildad arranca de los corazones de los fieles todo lo que es terrestre, para que no sirvan a Dios por interés temporal.
 

San Basilio, in princ. Proverb

Cimentar sobre piedra quiere decir apoyarse en la fe de Jesucristo, para poder sostenerse firme en los días de la contrariedad, ya venga ésta del cielo, ya de la tierra.
 

Beda

Se entiende también por cimiento de la casa la buena intención en el obrar, porque el que oye con buen fin, firmemente cumple los mandamientos del Señor.
 

San Ambrosio

También nos da a conocer que el fundamento de todas las virtudes se encuentra en la obediencia de la ley divina, la cual hace que la casa que edificamos no se conmueva por el torrente de las pasiones, ni por el desbordamiento del error espiritual, ni por la lluvia mundana, ni por las nebulosas disputas de los herejes. Por lo que prosigue: «Y cuando vino una avenida de aguas», etc.
 

Beda

La inundación puede verificarse de tres modos: o por medio de los espíritus inmundos, o por medio de los hombres impíos, o por medio de la inquietud del alma o del cuerpo. Y cuando los hombres confían en sus propias fuerzas, sucumben; mas cuando se adhieren a la piedra firmísima no pueden ser arrollados.
 

Crisóstomo in Mat. hom. 25

Demuestra también el Señor que la fe por sí sola para nada sirve si no la acompañan las obras. Por lo que sigue: «Mas el que oye y no hace es semejante a un hombre que fabrica su casa sobre tierra, sin cimiento», etc.
 

Beda

La casa del diablo es todo el mundo que vive y obra el mal, la cual edifica sobre tierra, porque retrae del cielo a la tierra a los que le siguen. Edifica sin cimiento porque el pecado no tiene fundamento puesto, pues no subsiste por sí mismo; el mal no tiene razón de ser, todo lo que se hace estriba en la naturaleza del bien. Además, como la palabra fundamento viene de fondo, podemos tomarle también en el sentido de esta palabra, pues del mismo modo que el que cae en un pozo se detiene en su fondo, así el alma que cae se detiene también como en un fondo, si se detiene en alguna medida de pecado; pero como no puede contentarse con el pecado en que cae, puesto que cada día es peor, no encuentra -por decirlo así- fondo que la detenga en el pozo en que ha caído. Así los malos y los que no son buenos más que en apariencia, resultan peores después de cada tentación que los asalta, hasta que caigan en la pena eterna. De donde prosigue: «Y contra la cual dio impetuosamente la corriente», etc. También puede entenderse por ímpetu del río el discernimiento del juicio final, cuando, destruidas ambas casas, irán los impíos al fuego eterno y los justos a la vida eterna ( Mt 25).
 

San Cirilo

O edifican sobre tierra sin cimiento todos aquellos que fijan el cimiento de su fe sobre la arena de la duda que sólo tiene por base la opinión- para destruir la cual bastan pequeñas chispas de tentaciones.
 

San Agustín, de cons. evang. 2,14

San Lucas y San Mateo empezaron del mismo modo este largo discurso del Señor, pues uno y otro dicen: «Bienaventurados los pobres». Además, muchas cosas que siguen en el Evangelio de uno y otro se parecen en mucho; y hasta la conclusión final del sermón viene a ser exactamente la misma, a saber: el hombre que edifica sobre piedra o sobre arena. Podría creerse fácilmente que San Lucas puso aquí el mismo sermón del Señor, omitiendo algunas sentencias que San Mateo puso, y poniendo otras que San Mateo no dijo, si no moviese a dudar el hecho de que San Mateo dice que Jesús predicó un sermón, sentado en el monte, y San Lucas que le predicó en un lugar campestre y de pie. Es, sin embargo probable que estos discursos no se separan con larga distancia de tiempo, por la razón de que los dos refieren antes y después muchas cosas parecidas o idénticas. Pudo suceder que primeramente estuviese solo el Señor con sus discípulos en la parte más alta del monte, cuando eligió a doce de entre los que le oían, y después bajase con ellos del monte -esto es, de la misma cumbre del monte- a un lugar campestre, esto es, algún llano que había en la ladera del monte y que podía contener muchas turbas; y que allí estuvo de pie hasta que las turbas se reunieron en torno de El, y que después, habiéndose sentado y aproximándose sus discípulos a ellos y a las demás turbas presentes, predicase un solo sermón.

 

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