Las Bienaventuranzas

Cathopic

Hoy, 1 noviembre, el Evangelio de la Liturgia (Mt 5,1-12) recoge la predicación de Jesús de las Bienaventuranzas. Jesús revela el espíritu del Reino; Jesús se muestra a sí mismo. Él es el bienaventurado, el santo, la plenitud de la nueva ley. El cumplimiento de la ley del Reino de Dios consistirá en seguirle, en imitarle, en ser semejarsele con la ayuda de la gracia, de Él mismo, del Espíritu Santo. Como dijera el papa Francisco, las Bienaventuranzas son como el carnet de identidad del cristiano.

«La nueva ley del Evangelio, expresada en las Bienaventuranzas, no es una lista de nuevas exigencias y mandatos, sino una fórmula de felicidad, que declara que Dios bendice y llama a su salvación a todos. (…) La felicidad plena, como dice Jesús, se dará sólo en el cielo. Ahora estamos de camino hacia esa plenitud, y Jesús nos enseña el camino que nos conduce a ella. Pero de camino empezamos ya a degustar y participar de esa bienaventuranza. Es un camino erizado de dificultades y sufrimientos, pero en el que, como también nos recuerda Pablo, anticipamos el cielo cuando experimentamos el consuelo de Dios y aprendemos a consolar a los que a nuestro lado sufren por cualquier causa.»  (José M. Vegas cmf. Ciudad Redonda).

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12a):

EN aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

 

El papa Francisco realizó un ciclo de catequesis, en las audiencias de los miércoles (enero-febrero 2020), lo dedicó a las Bienaventuranzas.

 

Catequesis del Papa: Las Bienaventuranzas

Audiencia general, 29 de enero de 2020. El Santo Padre ha comenzado una nueva serie de catequesis sobre las ocho bienaventuranzas del Evangelio de Mateo, diciendo que las bienaventuranzas son un mensaje para toda la humanidad, y “carnet de identidad” del cristiano, ha indicado, “porque describen el rostro y el estilo de la vida de Jesús”.

De la catequesis del Santo Padre:

El Evangelio nos dice que Jesús, al ver al gentío que lo seguía, subió al monte y se sentó, y dirigiéndose a sus discípulos, proclamó las Bienaventuranzas. El mensaje estaba dirigido a sus discípulos, pero también a la gente; es decir, a toda la humanidad.

El monte donde predica Jesús, “nos recuerda al Sinaí”, donde Dios dictó a Moisés los diez mandamientos. Ahora, con las bienaventuranzas, Jesús nos da los “nuevos mandamientos”, que no son normas, sino el camino de la felicidad que Él nos propone.

Jesús comienza a enseñar una nueva ley: ser pobre, ser manso, ser misericordioso. Estos «nuevos mandamientos» son mucho más que normas. De hecho, Jesús no impone nada, sino que revela el camino de la felicidad.

La palabra “bienaventurado” viene del término griego makarios, que significa el que está en condición de gracia, la persona que avanza en la amistad de Dios. El término griego original makarios no indica a alguien que tiene la barriga llena o le está yendo bien, pero es una persona que está en condiciones de gracia, que progresa en la gracia de Dios”.

Cada Bienaventuranza está compuesta de tres partes: Inicia con la palabra “bienaventurados” o “felices”, sigue con la situación en la que estos se encuentran, y termina con el motivo por el cual serán felices, introducido por la conjunción “porque”; etc.

Las Bienaventuranzas “iluminan las acciones de la vida cristiana” y revelan que “la presencia de Dios en nosotros nos hace verdaderamente felices”. En ocasiones, Dios elige caminos difíciles de entender. “A veces no entendemos por qué nos pasan ciertas cosas”.

Al entregarse a nosotros, Dios a menudo elige «caminos impensables» que ponen a prueba nuestros límites, trayendo lágrimas o derrota. Es la alegría de alguien que «tiene estigmas, pero está vivo, alguien que ha muerto para sí mismo y ha experimentado el poder de Dios».

Por ejemplo, a veces es difícil entender “nuestros propios límites, el de nuestras derrotas, pero es allí donde manifiesta la fuerza de su salvación y nos concede la verdadera alegría”. “Las bienaventuranzas siempre traen alegría; son el camino a la alegría».

Las bienaventuranzas le brindan a uno la verdadera alegría de ser «bendecido», que es diferente de la felicidad mundana. Es la alegría de Pascua.

Las bienaventuranzas deberían ser una característica definitoria de la identidad de un cristiano porque revelan la forma en que Jesús vivió su vida. La tarjeta de identidad de un cristiano» porque revelan «el rostro del mismo Jesús.

Nos hará bien tomar el Evangelio de Mateo hoy, capítulo cinco versículos del uno al once, y leer las bienaventuranzas, quizás algunas veces más durante la semana, para comprender este camino tan hermoso, tan seguro de la felicidad que el Señor nos ofrece.

Las ocho bienaventuranzas deberían considerarse. Sería bueno aprenderlos de memoria para repetirlos, tener en mente y en corazón esta ley que Jesús nos dio.

Las bienaventuranzas son un mensaje para toda la humanidad. 

Es difícil no ser tocado por estas palabras de Jesús, y es un deseo justo de querer entenderlas y darles la bienvenida más plenamente.

Los animo a leer detenidamente el texto de la Bienaventuranzas y pedir a Dios la gracia para vivirlas en medio del mundo en el que nos encontramos, su vivencia nos otorgará una profunda alegría y paz. Que Dios los bendiga.

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Catequesis del Papa: Ciclo de las Bienaventuranzas, » Dichosos los pobres en el espíritu…»

Audiencia general, 5 de febrero de 2020. El Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre las bienaventuranzas. En concreto, se ha referido a la primera de ellas: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

De la catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy nos enfrentamos con la primera de las ocho Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo. Jesús comienza a proclamar su camino a la felicidad con un anuncio paradójico: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos » (5,3). Un camino sorprendente y un extraño objeto de felicidad, pobreza.

Debemos preguntarnos: ¿qué se entiende aquí por » pobre «? Si Mateo solo usara esta palabra, entonces el significado sería simplemente económico, es decir, indicaría personas que tienen poco o ningún medio de apoyo y necesitan la ayuda de otros.

Pero el Evangelio de Mateo, a diferencia de Lucas, habla de «pobres en espíritu «. ¿Qué significa eso? El espíritu, según la Biblia, es el aliento de vida que Dios ha comunicado a Adán; es nuestra dimensión más íntima, digamos la dimensión espiritual, la más íntima, lo que nos hace personas humanas, el núcleo profundo de nuestro serEntonces los «pobres en espíritu» son aquellos que son y se sienten pobres, mendigos, en lo más profundo de su serJesús los proclama bendecidos, porque el Reino de los cielos les pertenece.

¡Cuántas veces nos han dicho lo contrario! Tienes que ser algo en la vida, ser alguien … Tienes que hacerte un nombreAquí es de donde viene la soledad y la infelicidad: si tengo que ser «alguien», compito con los demás y vivo en una obsesiva preocupación por mi ego. Si no acepto ser pobre, odio todo lo que me recuerda mi fragilidad. Porque esta fragilidad me impide convertirme en una persona importante, rica no solo en dinero, sino en fama, en todo.

Todos, frente a sí mismo, saben bien que, por mucho que lo intente, siempre es radicalmente incompleto y vulnerable. No hay ningún truco que cubra esta vulnerabilidad. Cada uno de nosotros es vulnerable por dentro. Hay que ver dónde. ¡Pero qué mal vives si rechazas tus límites! Vives mal El límite no se digiere, está ahí. Las personas orgullosas no piden ayuda, no pueden pedir ayuda, no piden ayuda porque tienen que demostrar su autosuficiencia. Y cuántos de ellos necesitan ayuda, pero el orgullo impide pedir ayuda. ¡Y qué difícil es admitir un error y pedir perdón! Cuando les doy un consejo a los recién casados, que me dicen cómo llevar a cabo bien su matrimonio, les digo: «Hay tres palabras mágicas: permiso, gracias, lo siento». Estas son palabras que provienen de la pobreza de espíritu. No tiene que ser intrusivo, pero pida permiso: «¿Parece bueno hacer esto?», Entonces hay diálogo en la familia, la novia y el novio están en diálogo. «Hiciste esto por mí, gracias, lo necesitaba». Entonces siempre cometes errores, resbalas: «Disculpe». Y por lo general, las parejas, los nuevos matrimonios, los que están aquí y muchos, me dicen: «El tercero es el más difícil», se disculpan, piden perdón. Porque los orgullosos no pueden hacerlo. No puede disculparse: siempre tiene razón. No es pobre en espíritu. En cambio, el Señor nunca se cansa de perdonar; lamentablemente somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón (cf. Ángelus, 17 de marzo de 2013 ). El cansancio de pedir perdón: ¡esta es una mala enfermedad!

¿Por qué es difícil pedir perdón? Porque humilla nuestra imagen hipócrita. Aún así, vivir tratando de ocultar las deficiencias es agotador y angustiante. Jesucristo nos dice: ser pobre es una ocasión de gracia; y nos muestra la salida de este esfuerzo. Se nos da el derecho a ser pobres en espíritu, porque este es el camino del Reino de Dios.

Pero hay una cosa fundamental para reiterar: ¡no debemos transformarnos para volvernos pobres de espíritu, no debemos hacer ninguna transformación porque ya lo somos! Somos pobres … o más claramente: ¡somos «pobres» en espíritu! Necesitamos todo. Todos somos pobres de espíritu, somos mendigos. Es la condición humana.

El Reino de Dios pertenece a los pobres en espíritu. Hay quienes tienen los reinos de este mundo: tienen bienes y comodidades. Pero son reinos que terminan. El poder de los hombres, incluso los grandes imperios, pasan y desaparecen. Muchas veces vemos en las noticias o en los periódicos que ese gobernante fuerte y poderoso o ese gobierno que estuvo allí ayer y que ya no existe hoy ha caído. Las riquezas de este mundo se han ido, y el dinero también. Los viejos nos enseñaron que la mortaja no tenía bolsillos. Es verdad. Nunca he visto un camión en movimiento detrás de una procesión fúnebre: nadie trae nada. Estas riquezas permanecen aquí.

El Reino de Dios pertenece a los pobres en espíritu. Hay quienes tienen los reinos de este mundo, tienen bienes y comodidades. Pero sabemos cómo terminan. Aquellos que saben amar el verdadero bien más que ellos mismos realmente reinan. Y ese es el poder de Dios.

¿En qué mostró poder Cristo? Porque ha podido hacer lo que los reyes de la tierra no hacen: dar vida a los hombres. Y este es el verdadero poder. Poder de hermandad, poder de caridad, poder de amor, poder de humildad. Esto hizo a Cristo.

En esto reside la verdadera libertad: quien tiene este poder de humildad, de servicio, de hermandad es libre. Al servicio de esta libertad está la pobreza alabada por las Bienaventuranzas.

Porque hay una pobreza que debemos aceptar, la de nuestro ser, y una pobreza que debemos buscar, en cambio, la concreta, de las cosas de este mundo, para ser libres y poder amar. Siempre debemos buscar la libertad del corazón, lo que tiene sus raíces en la pobreza de nosotros mismos.

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Catequesis del Papa: Ciclo de las Bienaventuranzas, “Bienaventurados los que lloran…”

 Audiencia general, 12 de febrero de 2020. El Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre las bienaventuranzas. En concreto, se ha referido a la segunda de ellas: “Bienaventurados los que lloran porque serán consolados” (Mt 5,4), pasaje bíblico del Libro del profeta Zacarías 12, 10.

De la catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos emprendido el viaje en las Bienaventuranzas y hoy nos detendremos en la segunda: Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

En la lengua griega en la que está escrito el Evangelio, esta bienaventuranza se expresa con un verbo que no está en  pasivo – de hecho los bienaventurados no sufren este llanto – sino en el activo: «se afligen»; lloran, pero por dentro. Es una actitud que se ha convertido en central en la espiritualidad cristiana y que los padres del desierto, los primeros monjes de la historia,  llamaron «penthos«, es decir, un dolor interior que abre una relación con el Señor y con el prójimo, a una relación renovada con el Señor y con el prójimo.

Este llanto, en la Escritura, puede tener dos aspectos: el primero es por la muerte o el sufrimiento de alguien. El otro aspecto son las lágrimas por el pecado, -por nuestro pecado- cuando el corazón sangra por el dolor de haber ofendido a Dios y al prójimo.

Por lo tanto, se trata de amar al otro de tal manera que podamos unirnos a él o ella hasta compartir su dolor. Hay personas que permanecen distantes, un paso atrás; en cambio, es importante que los otros se abran brecha en nuestros corazones.

He hablado a menudo del don de las lágrimas, y de lo precioso que es.[1]  ¿Se puede amar de forma fría? ¿Se puede amar por función, por deber? No, ciertamente. Hay algunos afligidos a los que consolar, pero a veces también hay consolados a los que afligir, a los que despertar, que tienen un corazón de piedra y han desaprendido a llorar. También hay que despertar a la gente que no sabe conmoverse frente al dolor de los demás.

El luto, por ejemplo, es un camino amargo, pero puede ser útil para abrir los ojos a la vida y al valor sagrado e insustituible de cada persona, y en ese momento nos damos cuenta de lo corto que es el tiempo.

Hay un segundo significado de esta paradójica felicidad: llorar por el pecado.

Aquí hay que distinguir: hay quien están airado por haberse equivocado. Pero esto es orgullo. En cambio hay quien llora por el mal hecho, por el bien omitido y por la traición a la relación con Dios. Este es el llanto por no haber amado, que brota porque la vida de los demás importa. Aquí se llora porque no se corresponde al Señor que nos ama tanto, y nos entristece el pensamiento del bien no hecho; éste es el significado del pecado. Estos dicen: «He herido a la persona que amo«, y les duele hasta las lágrimas. ¡Bendito sea Dios si estas lágrimas vienen!

Este es el tema de los propios errores que hay que afrontar, difícil pero vital. Pensemos en el llanto de San Pedro, que le llevará a un amor nuevo y mucho más verdadero: es un llanto que purifica, que renueva. Pedro miró a Jesús y lloró: su corazón se renovó. A diferencia de Judas, que no aceptó que se había equivocado y, pobrecillo, se suicidó. Entender el pecado es un regalo de Dios, es una obra del Espíritu Santo. Nosotros, solos, no podemos entender el pecado. Es una gracia que tenemos que pedir. Señor, hazme entender que mal que he hecho o que puedo hacer. Es un don muy grande y después de haberlo entendido, viene el llanto del arrepentimiento.

Uno de los primeros monjes, Efrén el Sirio dice que un rostro lavado con lágrimas es indeciblemente hermoso (cf. Discurso ascético). ¡La belleza del arrepentimiento, la belleza del llanto, la belleza de la contrición! Como siempre, la vida cristiana tiene su mejor expresión en la misericordia. Sabio y bendito es el que acoge el dolor ligado al amor, porque recibirá el consuelo del  Espíritu Santo que es la ternura de Dios que perdona y corrige. Dios perdona siempre: no lo olvidemos. Dios perdona siempre, incluso los pecados más feos, siempre. El problema está en nosotros, que nos cansamos de pedir perdón, nos encerramos en nosotros mismos y no pedimos perdón. Ese es el problema; pero Él está ahí para perdonar.

Si tenemos siempre presente que Dios «no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras faltas» (Sal 103, 10), vivimos en la misericordia y la compasión, y el amor aparece en nosotros. Que el Señor nos conceda amar en abundancia, de amar con la sonrisa, con la cercanía, con el servicio y también con el llanto.

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Catequesis del Papa: Ciclo de las Bienaventuranzas, “Bienaventurados los mansos…”

 Audiencia general, 19 de febrero de 2020. El Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre las bienaventuranzas. En concreto, se ha referido a la que dice: “Felices los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5,4). Pasaje bíblico Salmo 37, 3.8-11.

De la catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis de hoy abordamos la tercera de las ocho bienaventuranzas del Evangelio de Mateo: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5,4).

El término «manso» usado aquí significa literalmente dulce, suave, gentil, no violento. La mansedumbre se manifiesta en los momentos de conflicto, se puede ver por la forma en que se reacciona a una situación hostil. Cualquiera puede parecer manso cuando todo está tranquilo, pero ¿cómo reacciona «bajo presión» si es atacado, ofendido, agredido?

En un pasaje, San Pablo recuerda «la mansedumbre y la dulzura de Cristo» (2 Cor 10:1). Y San Pedro, a su vez, recuerda la actitud de Jesús en la Pasión: no respondió ni amenazó, porque «se confió al que juzga con justicia» (1 P 2, 23). Y la mansedumbre de Jesús se ve con fuerza en su Pasión.

En la Escritura la palabra «manso» también indica el que no tiene propiedad de la tierra; y por lo tanto nos llama la atención el hecho de que la tercera bienaventuranza diga precisamente que los mansos «heredarán la tierra».

En realidad, esta bienaventuranza cita el Salmo 37, que escuchamos al principio de la catequesis. Allí también la mansedumbre y la posesión de la tierra están relacionadas. Estas dos cosas, pensándolo bien, parecen incompatibles. De hecho, la posesión de la tierra es el ámbito típico del conflicto: a menudo se lucha por un territorio, para conseguir la hegemonía de una determinada zona. En las guerras, el más fuerte prevalece y conquista otras tierras.

Pero observemos con atención el verbo utilizado para indicar la posesión de los mansos: no conquistan la tierra; no dice “bienaventurados los mansos porque conquistarán la tierra”. La heredanBienaventurados los mansos porque heredarán la tierra. En las Escrituras, el verbo «heredar» tiene un significado aún más grande. El Pueblo de Dios llama «herencia» precisamente a la tierra de Israel, que es la Tierra de la Promesa.

Esa tierra es una promesa y un regalo para el pueblo de Dios, y se convierte en un signo de algo mucho más grande que el mero territorio. Hay una «tierra» -permitidme el juego de palabras- que es el Cielo, es decir, la tierra hacia la que caminamos: los nuevos cielos y la nueva tierra hacia la que vamos (cf. Is 65:17; 66:22; 2 P 3:13; Ap 21:1).

Entonces el manso es aquel que «hereda» el más sublime de los territorios. No es un cobarde, un «perezoso» que se encuentra una moral cómoda para no meterse en problemas. ¡Nada de eso! Es una persona que ha recibido una herencia y no quiere dispersarla. El manso no es una persona complaciente, sino el discípulo de Cristo que ha aprendido a defender otra tierra bien distinta. Defiende su paz, defiende su relación con Dios, defiende sus dones, los dones de Dios, defendiendo la misericordia, la fraternidad, la confianza, la esperanza. Porque las personas mansas son personas misericordiosas, fraternas, confiadas y personas con esperanza.

Aquí debemos mencionar el pecado de la ira, un gesto violento cuyo impulso todos conocemos. ¿Quién no se ha enfadado alguna vez? Todos. Debemos volver al  revés la bienaventuranza y preguntarnos: ¿Cuántas cosas hemos destruido con la ira? ¿Cuántas cosas hemos perdido? Un momento de ira puede destruir muchas cosas; se pierde el control y no se valora lo que es realmente importante, y se puede arruinar la relación con un hermano, a veces sin remedio. Por la ira, tantos hermanos no se hablan, se alejan  uno del otro. Es lo contrario de la mansedumbre. La mansedumbre reúne, la ira separa.

La mansedumbre, en cambio, conquista muchas cosas. La mansedumbre es capaz de ganar el corazón, salvar amistades y mucho más, porque las personas se enfadan pero luego se calman, se replantean las cosas y vuelven sobre sus pasos, y  así se puede reconstruir con la mansedumbre.

La «tierra» a conquistar con la mansedumbre es la salvación de aquel hermano del habla el mismo Evangelio de Mateo: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18, 15). No hay tierra más hermosa que el corazón de los demás, no hay territorio más bello que ganar que la paz reencontrada con un hermano. ¡Y esa es la tierra a heredar con la mansedumbre!

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Catequesis del Papa: Ciclo de las Bienaventuranzas, “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…”

 Audiencia general, 11 de marzo de 2020. El Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre las bienaventuranzas. En concreto, ha tratado de la que dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados” (Mt 5,6).

Catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

En la audiencia de hoy seguimos meditando sobre el luminoso camino de la felicidad que el Señor nos ha dado en las Bienaventuranzas, y llegamos a la cuarta: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados”.

Ya hemos encontrado la pobreza de espíritu y el llanto; ahora nos enfrentamos a otro tipo de debilidad, la relacionada con el hambre y la sed. El hambre y la sed son necesidades primarias, se trata de la supervivencia. Hay que subrayarlo: no se trata de un deseo genérico, sino de una necesidad vital y cotidiana, como es la alimentación.

Pero, ¿qué significa tener hambre y sed de justicia? Ciertamente no estamos hablando de los que quieren venganza, al contrario, en la bienaventuranza anterior hablamos de mansedumbre. Verdaderamente las injusticias hieren a la humanidad; la sociedad humana tiene una necesidad urgente de equidad, verdad y justicia social; recordemos que el mal que sufren las mujeres y los hombres del mundo llega al corazón de Dios Padre. ¿Qué padre no sufriría por el dolor de sus hijos?

Las Escrituras hablan del dolor de los pobres y de los oprimidos que Dios conoce y comparte. Por haber escuchado el grito de opresión levantado por los hijos de Israel – como nos dice el Libro del Éxodo (cf. 3:7-10) – Dios ha bajado a liberar a su pueblo. Pero el hambre y la sed de justicia de la que nos habla el Señor es aún más profunda que la legítima necesidad de justicia humana que todo hombre lleva en su corazón.

En el mismo “Sermón de la Montaña”, un poco más adelante, Jesús habla de una justicia mayor que el derecho humano o la perfección personal, diciendo: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. (Mt 5, 20) Y esta es la justicia que viene de Dios (cf. 1 Cor1:30).

En las Escrituras encontramos expresada una sed más profunda que la sed física, que es un deseo en la raíz de nuestro ser. Un salmo dice: «Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua.» (Sal 63, 2). Los Padres de la Iglesia hablan de esta inquietud que habita en el corazón del hombre. San Agustín dice: «Porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.(1).Hay una sed interior, un hambre interior, una inquietud

En cada corazón, incluso en la persona más corrupta y lejos del bien, se esconde un anhelo de luz, aunque se encuentre bajo escombros de engaños y errores, pero siempre hay una sed de verdad y bondad, que es la sed de Dios. Es el Espíritu Santo quien despierta esta sed: Él es el agua viva que ha plasmado nuestro polvo, Él es el soplo creador que le dio vida.

Por eso la Iglesia es enviada a anunciar a todos la Palabra de Dios, impregnada de Espíritu Santo. Porque el Evangelio de Jesucristo es la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad, que tiene una necesidad vital de ella, aunque no se dé cuenta.(2)

Por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan, tienen la intención de hacer algo grande y hermoso, y si mantienen viva esta sed, siempre encontrarán el camino a seguir, en medio de los problemas, con la ayuda de la Gracia. ¡También los jóvenes tienen esta hambre, y no deben perderla! Es necesario proteger y alimentar en el corazón de los niños ese deseo de amor, de ternura, de acogida que expresan en su ímpetu sincero y luminoso.

Cada persona está llamada a redescubrir lo que realmente importa, lo que realmente necesita, lo que hace la vida buena y, al mismo tiempo, lo que es secundario y de lo que puede prescindir tranquilamente.

Jesús anuncia en esta bienaventuranza, hambre y sed de justicia, que hay una sed que no será defraudada; una sed que, si se asegunda será saciada y siempre será satisfecha, porque corresponde al mismo corazón de Dios, a su Espíritu Santo que es el amor y también a la semilla que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestros corazones. ¡Que el Señor nos dé esta gracia: la de tener esta sed de justicia que es precisamente la gana de encontrarle, de ver a Dios y de hacer el bien de los demás!

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(1) Confesiones,. 1, 3.

(2) Catecismo de la Iglesia Católica, 2017.- La gracia del Espíritu Santo nos confiere la justicia de Dios. El Espíritu, uniéndonos por medio de la fe y el Bautismo a la Pasión y a la Resurrección de Cristo, nos hace participar en su vida.

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Catequesis del Papa: Ciclo de las Bienaventuranzas, “Bienaventurados los misericordiosos…”

 Audiencia general, 18 de marzo de 2020. El Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre las bienaventuranzas. En concreto, ha tratado de la que dice: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos hallarán misericordia» (Mt 5, 7).

Catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy hablaremos de la quinta bienaventuranza, que dice: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos hallarán misericordia» (Mt 5, 7). En esta bienaventuranza hay una particularidad: es la única en la que coinciden la causa y el fruto de la felicidad, la misericordia. Los que ejercen la misericordia encontrarán misericordia, serán «misericordiados».

Este tema de la reciprocidad del perdón no sólo está presente en esta bienaventuranza, sino que es recurrente en el Evangelio. ¿Y cómo podría ser de otra manera? ¡La misericordia es el corazón mismo de Dios! Jesús dice: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condéneis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados» (Lc 6, 37). Siempre la misma reciprocidad. Y la Carta de Santiago afirma que «la misericordia se siente superior al juicio » (2:13).

Pero sobre todo es en el Padrenuestro donde pedimos: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12); y esta petición es la única que se recoge al final: «Porque si vosotros perdonáis a los demás sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2838).

Hay dos cosas que no se pueden separar: el perdón dado y el perdón recibido. Pero para muchas personas es difícil, no pueden perdonar. Muchas veces el mal recibido es tan grande que ser capaz de perdonar parece como escalar una montaña muy alta: un esfuerzo enorme; y uno piensa: no se puede, esto no se puede. Este hecho de la reciprocidad de la misericordia indica que necesitamos invertir la perspectiva. Solos no podemos, hace falta la gracia de Dios, tenemos que pedirla. Porque si la quinta bienaventuranza promete que se encontrará la misericordia y en el Padrenuestro pedimos el perdón de las deudas, significa que somos esencialmente deudores y necesitamos encontrar misericordia.

Todos somos deudores. Todos. Con Dios, que es tan generoso, y con nuestros hermanos. Toda persona sabe que no es el padre o la madre que debería ser, el esposo o la esposa, el hermano o la hermana que debería ser. Todos estamos “en déficit” en la vida. Y necesitamos misericordia. Sabemos que también nosotros hemos obrado mal, siempre le falta algo al bien que deberíamos haber hecho.

¡Pero precisamente esta pobreza nuestra se convierte en la fuerza para perdonar! Somos deudores , y si, como hemos escuchado al principio, nos medimos con la medida con la que medimos a los demás (cf. Lc 6,38), entonces nos conviene ensanchar la medida y perdonar las deudas, perdonar. Cada uno debe recordar que necesita perdonar, que necesita perdón y que necesita paciencia; este es el secreto de la misericordia: perdonando se es perdonado. Por eso Dios nos precede y nos perdona primero (cf. Rom 5:8). Recibiendo su perdón, nosotros a nuestra vez nos volvemos capaces de perdonar. Así, nuestra miseria y nuestra falta de justicia se convierten en oportunidades para abrirnos al Reino de los cielos, a una medida más grande, la medida de Dios, que es misericordia.

¿De dónde viene nuestra misericordia? Jesús nos dijo: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Cuanto más se acepta el amor del Padre, más se ama (cf. CIC, 2842). La misericordia no es una dimensión entre otras, sino el centro de la vida cristiana: no hay cristianismo sin misericordia (1) Si todo nuestro cristianismo no nos lleva a la misericordia, nos hemos equivocado de camino, porque la misericordia es la única meta verdadera de todo camino espiritual. Es uno de los frutos más bellos de la caridad (CIC, 1829).

Recuerdo que este tema fue el elegido desde el primer ángelus que tuve que decir como Papa: la misericordia. Y se me quedó grabado, como un mensaje que como Papa debía dar siempre, un mensaje que debe ser cotidiano: la misericordia. Recuerdo que ese día también tuve la actitud algo «desvergonzada» de hacer publicidad a un libro sobre la misericordia, recién publicado por el cardenal Kasper. Y ese día sentí con tanta fuerza que ese es el mensaje que debo dar, como obispo de Roma: misericordia, misericordia, por favor, perdón.

La misericordia de Dios es nuestra liberación y nuestra felicidad. Vivimos de misericordia y no podemos permitirnos estar sin misericordia: es como el aire que respiramos. Somos demasiado pobres para poner las condiciones, necesitamos perdonar, porque necesitamos ser perdonados. ¡Gracias!

  1. San Juan Pablo II Enc. Dives in misericordia (30 de noviembre de 1980); Bula Misericordiae Vultus (11 de abril de 2015) Cart. Apostólica. Misericordia et misera (20 noviembre 2016)

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Catequesis del Papa: Ciclo de las Bienaventuranzas, “Bienaventurados los limpios de corazón …”

 Audiencia general, 1 de abril de 2020. El Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre las bienaventuranzas. En concreto, ha tratado de la sexta: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8).

Catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    Hoy leemos juntos la sexta bienaventuranza, que promete la visión de Dios y tiene como condición la pureza de corazón.

    Un salmo dice: «Dice de tí mi corazón: ‘Busca su rostro’. Sí, Yahvé ,tu rostro busco. No me ocultes tu rostro» (27:8-9).

    Este lenguaje manifiesta la sed de una relación personal con Dios, no mecánica, no algo nublada, no: personal, que el libro de Job también expresa como signo de una relación sincera. Dice así el libro de Job: «Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos» (Jb 42:5).Y muchas veces pienso que este es el camino de la vida, en nuestra relación con Dios. Conocemos a Dios de oídas, pero con nuestra experiencia avanzamos, avanzamos, avanzamos y al final lo conocemos directamente, si somos fieles… Y esta es la madurez del Espíritu.

    ¿Cómo llegar a esta intimidad, a conocer a Dios con los ojos? Se puede pensar, por ejemplo, en los discípulos de Emaús, que tienen al Señor Jesús a su lado, «pero sus ojos estaban retenidos para que no lo conocieran» (Lc 24:16). El Señor les abrirá los ojos al final de un camino que culmina con la fracción del pan y que había empezado con un reproche: «¡Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!” Es el reproche del principio (Lc 24:25). Este es el origen de su ceguera: el corazón insensato y tardo. Y cuando el corazón es insensato y tardo, no se ven las cosas. Se ven las cosas como nubladas.

    Aquí reside la sabiduría de esta bienaventuranza: para contemplar, es necesario entrar dentro de nosotros mismos y hacer espacio a Dios porque, como dice San Agustín, «Dios es más interior que lo más íntimo mío» («interior intimo meo«: Confesiones, III,6,11). Para ver a Dios no hay que cambiar de gafas o de punto de mira, o cambiar de autores teológicos que enseñen el camino: ¡hay que liberar el corazón de sus engaños! Este es el único camino.

    Es una madurez decisiva: cuando nos damos cuenta de que nuestro peor enemigo se esconde a menudo en nuestro corazón. La batalla más noble es contra los engaños internos que generan nuestros pecados. Porque los pecados cambian la visión interior, cambian la valoración de las cosas, muestran cosas que no son verdaderas, o al menos que non son tan verdaderas.

    Por lo tanto, es importante entender qué es la «pureza de corazón». Para ello debemos recordar que para la Biblia el corazón no consiste sólo en los sentimientos, sino que es el lugar más íntimo del ser humano, el espacio interior donde la persona es ella misma. Esto, según la mentalidad bíblica.

    El Evangelio de Mateo dice: «Si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!» (6,23). Esta «luz» es la mirada del corazón, la perspectiva, la síntesis, el punto de lectura de la realidad (cf. Evangelii gaudium, 143).

    ¿Pero qué significa corazón «puro»? El puro de corazón vive en la presencia del Señor, conservando en el corazón lo que es digno de la relación con Él; sólo así posee una vida «unificada», lineal, no tortuosa sino simple.

    El corazón purificado es, por lo tanto, el resultado de un proceso que implica una liberación y una renuncia. El puro de corazón no nace así, ha vivido una simplificación interior, aprendiendo a negar el mal dentro de sí, algo que en la Biblia se llama circuncisión del corazón (cf. Dt 10:16; 30:6; Ez 44:9; Jer 4:4).

    Esta purificación interior implica el reconocimiento de esa parte del corazón que está bajo el influjo del mal: -“Sabe, Padre, siento esto, veo esto y está mal” : reconocer la parte mala, la parte que está nublada por el mal – para aprender el arte de dejarse siempre adiestrar y guiar por el Espíritu Santo. El camino del corazón enfermo, del corazón pecador, del corazón que no puede ver bien las cosas, porque está en pecado, a la plenitud de la luz del corazón es obra del Espíritu Santo. Él es quien nos guía para recorrer este camino. Y así, a través de este camino del corazón, llegamos a «ver a Dios«.

    En esta visión beatífica hay una dimensión futura, escatológica, como en todas las Bienaventuranzas: es la alegría del Reino de los Cielos hacia la que vamos. Pero existe también la otra dimensión: ver a Dios significa comprender los designios de la Providencia en lo que nos sucede, reconocer su presencia en los sacramentos, su presencia en los hermanos, especialmente en los pobres y los que sufren, y reconocerlo allí donde se manifiesta (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2519).

    Esta bienaventuranza es un poco el fruto de las anteriores: si hemos escuchado la sed del bien que habita en nosotros y somos conscientes de que vivimos de misericordia, comienza un camino de liberación que dura toda la vida y nos lleva al Cielo. Es un trabajo serio, un trabajo que hace el Espíritu Santo si le damos espacio para que lo haga, si estamos abiertos a la acción del Espíritu Santo. Por eso podemos decir que es una obra de Dios en nosotros – en las pruebas y en las purificaciones de la vida – y esta obra de Dios y del Espíritu Santo lleva a una gran alegría, a una paz verdadera. No tengamos miedo, abramos las puertas de nuestro corazón al Espíritu Santo para que nos purifique y nos haga avanzar por este camino hacia la alegría plena.

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Catequesis del Papa: Ciclo de las Bienaventuranzas, “Bienaventurados los que trabajan por la paz…”

Audiencia general, 15 de abril de 2020. El Santo Padre ha continuado con el ciclo de catequesis sobre las bienaventuranzas. En concreto, ha tratado de la séptima: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt. 5, 8)

Catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy está dedicada a la séptima bienaventuranza, la de los «trabajadores de la paz», que son proclamados hijos de Dios. Me alegro de que caiga inmediatamente después de la Pascua, porque la paz de Cristo es el fruto de su muerte y resurrección, como escuchamos en la lectura de San Pablo. Para entender esta bienaventuranza debemos explicar el significado de la palabra «paz», que puede entenderse mal o, a veces, trivializarse.

Debemos orientarnos entre dos ideas de paz: la primera es la bíblica, donde aparece la hermosa palabra shalom, que expresa abundancia, prosperidad, bienestar. Cuando en hebreo se desea shalom, se desea una vida bella, plena y próspera, pero también según la verdad y la justicia, que se cumplirán en el Mesías, Príncipe de la paz (cf. Is 9,6; Mic 5,4-5).

Luego está el otro sentido, más difundido, en el que la palabra «paz» se entiende como una especie de tranquilidad interior: estoy tranquilo, estoy en paz. Se trata de una idea moderna, psicológica y más subjetiva. Comúnmente se piensa que la paz sea la tranquilidad, la armonía, el equilibrio interior. Esta acepción de la palabra “paz” es incompleta y no debe ser absolutizada, porque en la vida la inquietud puede ser un momento importante de crecimiento. Muchas veces es el Señor mismo el que siembra en nosotros la inquietud para que salgamos en su búsqueda, para encontrarlo. En este sentido es un momento de crecimiento importante, mientras que puede suceder que la tranquilidad interior corresponda a una conciencia domesticada y no a una verdadera redención espiritual. Tantas veces el Señor debe ser «señal de contradicción» (cf. Lc 2,34-35), sacudiendo nuestras falsas certezas para llevarnos a la salvación. Y en ese momento parece que no tengamos paz, pero es el Señor el que nos pone en este camino para llegar a la paz que él mismo nos dará.

En este punto debemos recordar que el Señor entiende su paz como diferente de la paz humana, la del mundo, cuando dice: «»Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Juan 14:27). La de Jesús es otra paz, diferente de la mundana.

Preguntémonos: ¿cómo da el mundo la paz? Si pensamos en los conflictos bélicos, las guerras normalmente terminan de dos maneras: o bien con la derrota de uno de los dos bandos, o bien con tratados de paz. No podemos por menos que esperar y rezar para que siempre se tome este segundo camino; pero debemos considerar que la historia es una serie infinita de tratados de paz desmentidos por guerras sucesivas, o por la metamorfosis de esas mismas guerras en otras formas o en otros lugares. Incluso en nuestra época, se combate una guerra «en pedazos» en varios escenarios y de diferentes maneras (1) . Debemos, al menos, sospechar que en el contexto de una globalización compuesta principalmente por intereses económicos o financieros, la «paz» de unos corresponde a la «guerra» de otros. ¡Y ésta no es la paz de Cristo!

En cambio, ¿cómo «da» su paz el Señor Jesús? Hemos escuchado a San Pablo decir que la paz de Cristo es «la que hace de dos pueblos, uno« (cf. Ef 2:14), anular la enemistad y reconciliar. Y el camino para alcanzar esta obra de paz es su cuerpo. Porque él reconcilia todas las cosas y hace la paz con la sangre de su cruz, como dice el mismo Apóstol en otro sitio (cf. Col 1, 20).

Y aquí, yo me pregunto, podemos preguntarnos todos: ¿Quiénes son, pues, los «trabajadores de la paz»? La séptima bienaventuranza es la más activa, explícitamente operativa; la expresión verbal es análoga a la utilizada en el primer versículo de la Biblia para la creación e indica iniciativa y laboriosidad. El amor, por su naturaleza, es creativo – el amor es siempre creativo- y busca la reconciliación a cualquier costo. Son llamados hijos de Dios aquellos que han aprendido el arte de la paz y lo practican, saben que no hay reconciliación sin la donación de su vida, y que hay que buscar la paz siempre y en cualquier caso. ¡Siempre y en cualquier caso, no lo olvidéis! Hay que buscarla así. No es una obra autónoma fruto de las capacidades propias, es una manifestación de la gracia recibida de Cristo, que es nuestra paz, que nos hizo hijos de Dios.

El verdadero shalom y el verdadero equilibrio interior brotan de la paz de Cristo, que viene de su Cruz y genera una humanidad nueva, encarnada en una multitud infinita de santos y santas, inventivos, creativos, que han ideado formas siempre nuevas de amar. Los santos, las santas que construyen la paz. Esta vida como hijos de Dios, que por la sangre de Cristo buscan y encuentran a sus hermanos y hermanas, es la verdadera felicidad. Bienaventurados los que van por este camino.

Y una vez más, ¡Feliz Pascua a todos, en la paz de Cristo!

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1 Cf. Homilía en el Sacrario Militar de Redipuglia, 13 de septiembre de 2014; Homilía en Sarajevo, 6 de junio de 2015Discurso ante el Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, 21 de febrero de 2020.

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Catequesis del Papa: Ciclo de las Bienaventuranzas, “Bienaventurados los que padecen persecución a causa de la justicia…”

Audiencia general, 29 de abril de 2020. El Santo Padre ha reanudado el ciclo de catequesis sobre las Bienaventuranzas que termina con la octava: “Bienaventurados los que padecen persecución a causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 10).

Catequesis del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

Con la audiencia de hoy concluimos el itinerario sobre las Bienaventuranzas del Evangelio. Como hemos escuchado, la última proclama la alegría escatológica de los perseguidos por la justicia.

Esta bienaventuranza anuncia la misma felicidad que la primera: el Reino de los cielos es de los perseguidos así como de los pobres de espíritu; así comprendemos que hemos llegado al final de un itinerario unificado jalonado por los anuncios precedentes.

La pobreza de espíritu, el llanto, la mansedumbre, la sed de santidad, la misericordia, la purificación del corazón y las obras de paz pueden conducir a la persecución por causa de Cristo, pero esta persecución al final es causa de alegría y de gran recompensa en el cielo. El sendero de las Bienaventuranzas es un camino pascual que lleva de una vida según el mundo a una vida según Dios, de una existencia guiada por la carne – es decir, por el egoísmo – a una guiada por el Espíritu.

El mundo, con sus ídolos, sus compromisos y sus prioridades, no puede aprobar este tipo de existencia. Las «estructuras de pecado»,(1) a menudo producidas por la mentalidad humana, tan ajenas al Espíritu de verdad que el mundo no puede recibir (cf. Jn 14,17), no pueden por menos que rechazar la pobreza o la mansedumbre o la pureza y declarar la vida según el Evangelio como un error y un problema, por lo tanto como algo que hay que marginar. Así piensa el mundo: «Estos son idealistas o fanáticos…». Así es como piensan.

Si el mundo vive en base al dinero, cualquiera que demuestre que la vida se puede realizar en el don y la renuncia se convierte en una molestia para el sistema de la codicia. Esta palabra «molestia» es clave, porque el testimonio cristiano de por sí que hace tanto bien a tanta gente porque lo sigue, molesta a los que tienen una mentalidad mundana. Lo viven como un reproche. Cuando aparece la santidad y emerge la vida de los hijos de Dios, en esa belleza hay algo incómodo que llama a adoptar una postura: o dejarse cuestionar y abrirse a la bondad o rechazar esa luz y endurecer el corazón, hasta el punto de la oposición y el ensañamiento (cf. Sabiduría 2, 14-15). Es curioso ver cómo, en la persecución de los mártires, la hostilidad crece hasta el ensañamiento. Basta con ver las persecuciones del siglo pasado, de las dictaduras europeas: cómo se llega al ensañamiento contra los cristianos, contra el testimonio cristiano y contra la heroicidad de los cristianos.

Pero esto muestra que el drama de la persecución es también el lugar de la liberación del sometimiento al éxito, a la vanagloria y a los compromisos del mundo. ¿De qué se alegra el que es rechazado por el mundo a causa de Cristo? Se alegra de haber encontrado algo más valioso que el mundo entero. Porque «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8:36). ¿Qué ventaja hay?

Es doloroso recordar que, en este momento, hay muchos cristianos que sufren persecución en varias partes del mundo, y debemos esperar y rezar para que su tribulación se detenga cuanto antes. Son muchos: los mártires de hoy son más que los mártires de los primeros siglos. Expresemos a estos hermanos y hermanas nuestra cercanía: somos un solo cuerpo, y estos cristianos son los miembros sangrantes del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Pero también debemos tener cuidado de no leer esta bienaventuranza en clave victimista, auto-conmiserativa. En efecto, el desprecio de los hombres no siempre es sinónimo de persecución: precisamente un poco más tarde Jesús dice que los cristianos son la «sal de la tierra», y advierte contra la «pérdida del sabor», de lo contrario la sal «no sirve para otra cosa que para ser tirada y pisoteada por los hombres» (Mt 5,13). Por lo tanto, también hay un desprecio que es culpa nuestra cuando perdemos el sabor de Cristo y el Evangelio.

Debemos ser fieles al sendero humilde de las Bienaventuranzas, porque es el que lleva a ser de Cristo y no del mundo. Vale la pena recordar el camino de San Pablo: cuando se creía un hombre justo, era de hecho un perseguidor, pero cuando descubrió que era un perseguidor, se convirtió en un hombre de amor, que afrontaba con alegría los sufrimientos de las persecuciones que sufría(cf. Col 1,24).

La exclusión y la persecución, si Dios nos concede la gracia, nos asemejan a Cristo crucificado y, asociándonos a su pasión, son la manifestación de la vidanueva. Esta vida es la misma que la de Cristo, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación fue «despreciado y rechazado por los hombres» (cf. Is 53,3; Hch 8,30-35). Acoger su Espíritu puede llevarnos a tener tanto amor en nuestros corazones como para ofrecer nuestras vidas por el mundo sin comprometernos con sus engaños y aceptando su rechazo. Los compromisos con el mundo son el peligro: el cristiano siempre está tentado de hacer compromisos con el mundo, con el espíritu del mundo. Esta – rechazar los compromisos y seguir el camino de Jesucristo – es la vida del Reino de los Cielos, la alegría más grande, la felicidad verdadera . Y luego, en las persecuciones siempre está la presencia de Jesús que nos acompaña, la presencia de Jesús que nos consuela y la fuerza del Espíritu que nos ayuda a avanzar. No nos desanimemos cuando una vida coherente con el Evangelio atrae las persecuciones de la gente: existe el Espíritu que nos sostiene en este camino.

(1)Cf.Discurso a los participantes en el seminario “Nuevas formas de solidaridad” organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales.- 5 de febrero de 2020 “La idolatría del dinero, la codicia y la especulación son estructuras de pecado -como las definía san Juan Pablo II- producidas por la globalización de la indiferencia”

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Catena Aurea

 

Y viendo Jesús a las turbas subió a un monte, y después de haberse sentado, se llegaron sus discípulos. Y abriendo su boca, los enseñaba, diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». (vv. 1-3)

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 9

Todo artífice según su profesión, se alegra viendo las oportunidades para obrar: un carpintero, cuando ve un árbol bueno, desea cortarlo para emplearlo en obras de su oficio; y el sacerdote, cuando ve una iglesia llena, se alegra en su interior y se siente movido a enseñar. Así el Señor, viendo la muchedumbre se sintió movido a predicar. Por ello dice: «Viendo Jesús las turbas subió a un monte».
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,19

Aquí parece que quiso evitar el verse envuelto por la muchedumbre y por ello subió al monte para hablar a solas a sus discípulos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,1

En esto de predicar sobre un monte y en la soledad, y no en la ciudad ni en el foro, nos enseñó a no hacer nada por ostentación y a separarnos del tumulto, principalmente cuando conviene dialogar de cosas importantes.
 

Remigio

Debe saberse que Jesús tuvo tres sitios de refugio: la barca, el monte y el desierto, a los cuales se retiraba cuando se veía acosado por la muchedumbre.
 

San Jerónimo, in Matthaeum, 5

Creen algunos hermanos sencillos que nuestro Señor enseñó lo que sigue en el monte de los olivos, lo que de ningún modo es verdad. Tanto por los antecedentes y los consiguientes se demuestra el lugar, que creemos sea el Tabor o algún monte elevado.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 9

Subió, pues, a un monte, primeramente para cumplir la profecía de Isaías que dice: «Sube tú sobre un monte» ( Is 40,9); después para manifestar que el que enseña la Palabra de Dios, lo mismo que el que la oye, deben constituirse en cumbre de virtudes. Ninguno puede estar en el valle y hablar a la vez desde el monte. Si estás sobre la tierra hablas de las cosas terrenas, pero si estuvieras en el cielo hablarías de las cosas celestiales. O de otro modo, subió al monte para manifestar que todo el que quiera conocer los misterios de la verdad debe subir al monte de la Iglesia, de quien el profeta dice: «El monte del Señor es un monte rico» ( Sal 67,16).
 

San Hilario, in Matthaeum, 4

Subió a un monte porque colocado en la cumbre de la majestad del Padre dio los preceptos celestiales de la vida.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1,1

O subió al monte para significar que eran menores los preceptos divinos que fueron dados por Dios por medio de sus profetas al pueblo de los judíos, a quien convenía advertir por medio del temor, y que se dispensaron mayores gracias por medio del Hijo de Dios, cuyo pueblo era conveniente librar por medio de la caridad.
 

Prosigue: «Y después de haberse sentado se llegaron a El sus discípulos».
 

San Jerónimo

Por lo tanto, no habla de pie sino sentado, porque no podían entenderlo si hubiese estado rodeado de su inmensa majestad.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1,1

Cuando uno se sienta para enseñar demuestra la dignidad de maestro. Se acercaron sus discípulos para que, oyendo sus divinas palabras, estuvieran más cerca de su cuerpo los que se acercaban con el espíritu por medio del cumplimiento de los preceptos divinos.
 

Rábano

Hablando en sentido místico, el acto de sentarse del Salvador representa su Encarnación, porque si Dios no se hubiese encarnado, el género humano no hubiese podido subir hasta El.
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,19

Llama la atención que San Mateo diga que este sermón tuvo lugar en el monte y estando sentado el Señor. San Lucas dice que lo predicó en un sitio campestre y de pie. En esto se manifiesta que San Mateo habla de un sermón y San Lucas de otro. ¿Qué importa el que Cristo repitiese alguna cosa que ya había dicho antes o hacer otra vez lo que ya había hecho? Aunque esto hubiese sucedido en alguna parte determinada del monte, se sabe que Jesucristo estuvo antes con sus discípulos cuando eligió doce de ellos. Después bajó, no del monte, sino de la misma cumbre del monte, a un lugar campestre, esto es, a alguna llanura del mismo monte en donde pudiesen caber muchos. Allí estuvo de pie hasta que la gente se reunió a su alrededor, y después, habiéndose sentado colocó cerca de sí a sus discípulos y en esta disposición dirigió la palabra lo mismo a sus discípulos que a la demás gente, pronunciando aquel sermón que refieren San Mateo y San Lucas con diversa forma pero igual en el fondo.
 

San Gregorio, Moralia, 1,4

Como Jesús había de expresar preceptos sublimes en el monte, se dice como introducción: «Y abriendo su boca los enseñaba», El, que poco tiempo antes había abierto la boca de los profetas.
 

Remigio

Donde se lea que Jesús abrió la boca, entiéndase que es que va a decir grandes cosas.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1,1

Dice: «Abriendo su boca», para que esta misma detención advierta lo largo que ha de ser el sermón que se ha de pronunciar.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,1

Dice esto el evangelista para que sepas que enseñaba su verdad, unas veces abriendo su boca, y otras con la voz de sus obras.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1,1

Si alguno medita de una manera piadosa y conveniente, encontrará en este sermón cuanto se refiere a las buenas costumbres y al modo perfecto de vivir cristianamente. Por ello concluye así el sermón: «Todo aquel que oye estas mis palabras y hace cuanto le digo, le compararé con un hombres sabio» ( Mt 7,24).
 

San Agustín, de civitate Dei, 19,1

Ninguna causa hay para el filosofar más que el fin bueno; por otra parte lo que hace a uno bienaventurado eso es un fin bueno. Por esto comienza por la beatitud diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu».
 

San Agustín, de sermone Domini, 1,1

La presunción del espíritu representa el orgullo y la soberbia. Se dice vulgarmente que los soberbios tienen un espíritu grande y con toda propiedad, porque el espíritu se llama viento. ¿Quién ignora que a los soberbios se les llama inflados como si estuvieran llenos de viento? Por lo cual, aquí se entienden por pobres de espíritu los humildes que temen a Dios, esto es, los que no tienen espíritu que hincha.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,1-2

Aquí llama espíritu a la altivez y el orgullo. Cuando uno se humilla obligado por la necesidad no tiene mérito, por lo cual llama bienaventurados a aquellos que se humillan voluntariamente. Empieza cortando de raíz la soberbia y empieza así porque la soberbia fue la raíz y la fuente del mal en el mundo. Contra ella pone la humildad como un firme cimiento, porque una vez colocada ésta debajo, todas las demás virtudes se edificarán con solidez; pero si ésta no sirve de base, se destruye cuanto se levante por bueno que sea.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 9

Por ello dice claramente: «Bienaventurados los pobres de espíritu» para manifestar así que son mendigos los que siempre escuchan a Dios. En el texto griego dice: Bienaventurados los mendigos y los pobres. Hay muchos que son humildes por naturaleza, no por la fe, porque no imploran la ayuda de Dios. Pero sólo son verdaderamente humildes los que lo son según la fe.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,1

O pobres de espíritu se pueden llamar también a los temerosos, a quienes tiemblan ante los juicios de Dios, como el mismo Dios lo dice por boca de Isaías. ¿Qué más hay que simplemente humildes? Pues humilde, aquí es ciertamente el sencillo, pero también el muy rico.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1,2

Los soberbios apetecen los cosas de la tierra pero de los humildes es el Reino de los Cielos.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 9

Así como todos los vicios conducen al infierno, especialmente la soberbia, así todas las virtudes conducen al cielo, especialmente la humildad, porque es muy natural que sea ensalzado el que se humilla.
 

San Jerónimo

Bienaventurados los pobres de espíritu, esto es, los que por obra del Espíritu Santo se hacen pobres voluntariamente.
 

San Ambrosio, de officiis, 1,16

Aquí empieza la bienaventuranza en el juicio de Dios, donde es considerada la postración humana.
 

Glosa

A los pobres se ofrecen oportunamente en la vida presente las riquezas del cielo.

 

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». (v. 5)

San Ambrosio, in Lucam, 5,55

Cuando hagas esto, para que seas pobre y manso acuérdate que eres pecador y llora tus pecados. Por eso sigue: «Bienaventurados los que lloran». Con toda propiedad se aplica la tercera bienaventuranza al que llora sus pecados porque la Trinidad es quien perdona los pecados.
 

San Hilario, in Matthaeum, 4

Se llaman llorantes, no los que se entristecen llorando la orfandad o las afrentas u otros daños, sino los que lloran sus pecados.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9

Y los que lloran sus pecados pueden llamarse en realidad bienaventurados, pero a medias. Más bienaventurados son aquellos que lloran los pecados ajenos, tales conviene que sean todos los maestros.
 

San Jerónimo

El luto del que se trata aquí no es por los muertos según la ley común de la naturaleza, sino por los que han muerto a causa del pecado y los vicios. Así lloró Samuel a Saúl ( 1Sam 16), y San Pablo a aquellos que después de sus actos de impureza necesitaban arrepentirse ( 2Cor 12,21).
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9

El consuelo de los que lloran será el luto y los que lloran sus pecados se consolarán cuando obtengan el perdón.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,3

Y aun cuando sea suficiente disfrutar de su perdón, no termina la retribución en el perdón de los pecados, sino que los hace partícipes de muchos consuelos tanto para la vida presente como para la futura. El Señor da siempre retribuciones mayores que los trabajos.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9

Y los que lloran los pecados ajenos también serán consolados, puesto que cuando conozcan en la otra vida la gran bondad de Dios, de cuyas manos nadie les podrá ya arrebatar, y comprendan que los que se perdieron no eran de Dios, se alegrarán de aquellos que habiendo dejado la aflicción han sido constituidos en herederos de la gloria.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 2

El luto es la tristeza que ocasiona la pérdida de personas queridas. Los convertidos a Dios pierden todo lo más querido que tienen en este mundo. No se gozan en aquellas cosas en que antes se alegraban y hasta que no posean el amor de la cosas eternas son heridos por alguna tristeza. Se consolarán en el Espíritu Santo, el cual con toda propiedad se llama Paráclito, lo que quiere decir consolador, porque enriquece con la eterna alegría a los que pierden la alegría temporal. Por lo tanto dice: «Puesto que ellos serán consolados».
 

Glosa

Por el luto se entiende también dos clases de compunción, a saber, por las miserias de esta vida y por el deseo de las cosas celestiales. Por esta causa la hija de Calef pidió el rocío del cielo y de la tierra. Esta clase de luto no la tiene sino el pobre y el manso, el cual como no ama al mundo porque lo considera pobre, apetece el cielo. Por esto se ofrece oportunamente a los que lloran el consuelo, para que el que se entristece en la vida presente goce en la vida futura. Es mayor la retribución del que llora que la del pobre y el manso. Más vale gozar en el Reino que tener y poseer. Tenemos muchas cosas a costa de dolores y las poseemos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,3

Obsérvese que propuso esta bienaventuranza con cierta intención. Y por ello no dijo: «Los que se entristecen» sino «los que lloran». Nos enseñó así la sabiduría más perfecta. Pues si los que lloran a los hijos u otros individuos que han perdido, por todo el tiempo de su dolor no desean la riqueza ni la gloria, ni se consumen por la envidia, ni se conmueven por las ofensas, ni son presas de alguna otra pasión, mucho más deben observar estas cosas los que lloran sus pecados, pues llorarlos cosa digna es.

 

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos». (v. 6)

San Ambrosio, in Lucam, 5,56

Después de llorar mis pecados empiezo a tener hambre y sed de justicia. Un enfermo cuando padece mucho no tiene hambre. Por ello sigue: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia».
 

San Jerónimo

No nos es suficiente el querer la justicia si no tenemos hambre de justicia. De modo que nunca nos consideremos bastante justificados con este ejemplo, sino que entendamos que siempre debemos tener hambre de las obras de justicia.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9

Toda obra buena que no hacen los hombres con un fin bueno es desagradable delante de Dios. Tiene hambre de justicia el que desea obrar según la justicia de Dios. Tiene sed de justicia el que desea adquirir su ciencia.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom 15,4

Llama a la justicia, ya universal ya particular, contraria a la avaricia. Como más adelante hablará de la misericordia, nos dice antes cómo debemos compadecernos, no del robo ni de la avaricia. En esto, atribuye también a la justicia lo que es propio de la avaricia, a saber, el tener hambre y el tener sed.
 

San Hilario, in Matthaeum, 4

Ofrece la bienaventuranza a los que tienen hambre y sed de justicia, manifestando que el perfecto conocimiento de Dios es el que constituye la avidez de los santos que no puede saciarse hasta que no habiten en el cielo. Y esto es lo que se expresa con aquellas palabras «porque ellos serán hartos».
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9

Con la prodigalidad del premio de Dios, porque siempre son mayores los premios de Dios que los deseos de los santos.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 2

Serán también saciados en la vida presente de aquella comida de quien dice el Señor: «Mi comida es el hacer la voluntad de mi Padre» ( Jn 4,34), la cual es la justicia, y aquella agua, de la que todo el que bebiere: «se hará en él una fuente de agua que saltará hasta la vida eterna» ( Jn 4,14).
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4

Nuevamente instituyó un premio sensible: mientras que conseguir muchas riquezas es considerado avaricia, dice en este caso lo contrario, y más bien se vale de ello para la justicia: pues quien ama la justicia, posee todo con la mayor seguridad.

 

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». (v. 7)

Glosa

La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad y la misericordia sin justicia es disipación. Por ello después de la justicia habla de la misericordia diciendo: «Bienaventurados los misericordiosos».
 

Remigio

Se llama misericordioso el que tiene su corazón ocupado por la misericordia porque considera la desgracia de otro como propia y se duele del mal de otro como si fuera suyo.
 

San Jerónimo

Pero misericordia se entiende aquí no sólo la que se practica por medio de limosnas, sino la producida por el pecado del hermano, ayudándose así unos a otros a llevar la carga.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1,2

Llama misericordiosos a los que socorren en las miserias porque así se les ofrece librarles de la miseria. Y por ello sigue: «Porque ellos alcanzarán misericordia».
 

San Hilario, in Matthaeum, 4

Tanto se complace Dios en nuestra bondad para con todos, que ofrece su misericordia sólo a los que son misericordiosos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4

Parece que la recompensa es igual pero en realidad es mucho mayor. La misericordia humana no puede compararse con la misericordia divina.
 

Glosa

Con razón, pues, se ofrece la misericordia a los misericordiosos para que reciban más de lo que han merecido. Y así como tiene más el que recibe más de lo que puede saciarle, que aquel que tiene solamente lo necesario para la saciedad, así es mayor la gloria de los misericordiosos que la de los precedentes.

 

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». (v. 8)

San Ambrosio, in Lucam, 5,57
El que dispensa la misericordia la pierde si no se compadece con un corazón limpio, porque si busca la jactancia pierde todo el fruto. Por ello sigue: «Bienaventurados los limpios de corazón.»
 

Glosa

Con toda oportunidad se coloca en el sexto lugar la limpieza de corazón, porque en el sexto día fue cuando el hombre fue creado a imagen de Dios, la cual se había oscurecido en el hombre por la culpa y se restaura por la gracia en los limpios de corazón. Con razón, pues, esta bienaventuranza se coloca aquí después de las otras, porque si aquéllas no preceden, el corazón limpio no puede subsistir en el hombre.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4

Aquí llama limpios a aquellos que poseen una virtud universal y desconocen la malicia alguna, o a aquellos que viven en la templanza o moderación, tan necesaria para poder ver a Dios, según aquella sentencia del Apóstol: «Estad en paz con todos, y tened santidad, sin la cual ninguno verá a Dios» ( Heb 12,14). Dado que muchos se compadecen en verdad, pero haciendo cosas impropias, mostrando que no es suficiente lo primero, a saber, compadecerse, añadió esto de la limpieza.
 

San Jerónimo

Como Dios es limpio sólo puede conocerse por el que es limpio de corazón. No puede ser templo de Dios el que no está completamente limpio, y esto es lo que se expresa cuando dice: «Porque ellos verán a Dios».
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9

El que obra y piensa en todo según la justicia, ve a Dios con su mente, porque la justicia es imagen de Dios. En efecto, Dios es justicia. Debe saberse, por lo tanto, que si alguno se aleja de las malas obras y practica las buenas ve a Dios según esto, poco o mucho, por poco tiempo o para siempre, según la posibilidad humana. En la vida futura, pues, los limpios de corazón verán a Dios cara a cara, no en espejo o enigma como aquí lo ven.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 2

Son necios todos aquellos que desean ver a Dios con los ojos exteriores, cuando sólo puede verse con el corazón, según está escrito en el libro de la Sabiduría: «Buscadlo por medio de la sencillez del corazón» ( Sab 1,1). Lo mismo es corazón sencillo que corazón limpio.
 

San Agustín, de civitate Dei, 22, 29

Si los ojos, aun los mismos espirituales en el cuerpo espiritual, podrán ver tanto cuanto pueden éstos que ahora tenemos, sin duda alguna por medio de ellos no podremos ver a Dios.
 

San Agustín, de Trinitate. 1, 8

Esta manera de ver es un premio de la fe por la cual se limpian los corazones. Como está escrito: «Limpiando con la fe los corazones de ellos» ( Hch 15,9). Esto se prueba principalmente por aquella sentencia: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
 

San Agustin, de Genesi ad litteram, 12, 25

Ninguno que vea a Dios vive en esta vida, en la cual se vive de una manera mortal y en estos sentidos corporales. Por lo que si alguno no ha salido de esta vida por medio de la muerte, o si no está totalmente separado del cuerpo, o si no vive enajenado de los sentidos corporales, no conocerá el premio, como dice el Apóstol, ( 2Cor 12,2) si se encuentra en el cuerpo o fuera del cuerpo, no puede ser conducido a aquella visión de Dios.
 

Glosa

Mayor premio tendrán éstos que los primeros, así como en la corte de un rey están más elevados los que le ven la cara que aquellos que sólo comen de sus tesoros.

 

«Bienaventurados los pacíficos, porque se llamarán hijos de Dios». (v. 9)

San Ambrosio, in Lucam, 5,58

Cuando tengas toda tu alma limpia de toda culpa, procura que no nazcan disensiones ni disputas por tu culpa. Empieza por tener paz en ti mismo y así podrás ofrecer la paz a los demás. Y de ahí prosigue: «Bienaventurados los pacíficos».
 

San Agustín, de civitate Dei, 19, 13

Es la paz la tranquilidad del orden y el orden es la disposición por medio de la cual se concede a cada uno su lugar, según que sean iguales o desiguales. Así como no hay alguno que no quiera alegrarse, tampoco hay ninguno que no quiera tener paz, como sucede cuando aquellos que quieren la guerra no buscan otra cosa que encontrar la gloriosa paz batallando.
 

San Jerónimo

Los pacíficos se llaman bienaventurados, porque primero tienen paz en su corazón y después procuran inculcarla en los hermanos en conflicto. ¿De qué te aprovechará el que otros estén en paz si en tu alma subsisten las guerras de todos los vicios?
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 2

Son pacíficos en sí mismos aquéllos que, teniendo en paz todos los movimientos de su alma y sujetos a la razón, tienen dominadas las concupiscencias de la carne y se constituyen en Reino de Dios. En ellos, todas las cosas están tan ordenadas, que lo que hay en el hombre de mejor y más excelente domina a las demás aspiraciones rebeldes, que también tienen los animales. Y esto mismo que se distingue en el hombre (esto es, la inteligencia y la razón) se sujeta a lo superior, que es la misma verdad, el Hijo de Dios. Y no puede mandar a los inferiores quien no está subordinado a los superiores. Esta es la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad.
 

San Agustín, in libro retractationum. 1, 19

Y no puede suceder en esta vida que le acontezca a alguno el que no sienta esa ley de los miembros que se opone en todo a la ley de la inteligencia. Esto es lo que hacen los pacíficos sujetando las concupiscencias de la carne para poder venir alguna vez a conseguir la paz completa.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 9

Se llaman pacíficos para otros, no sólo los que reconcilian los enemigos por medio de la paz sino también aquellos que olvidando las malas acciones aman la paz. Aquella paz es bienaventurada, la que subsiste en el corazón y no solamente en las palabras. Los que aman la paz son los hijos de la paz.
 

San Hilario, in Matthaeum, 4

La bienaventuranza de los pacíficos es el premio de su adopción. Y por ello se dice: «Porque serán llamados hijos de Dios». El padre de todos es solamente Dios, y no se puede entrar a formar parte de su familia si no vivimos en paz mutuamente por medio de la caridad fraterna.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4

Se llaman pacíficos los que no pelean ni se aborrecen mutuamente, sino que reúnen a los litigantes, éstos se llaman con propiedad hijos de Dios. Esta es la misión del Unigénito: reunir las cosas separadas y establecer la paz entre los que pelean contra sí mismos.
 

San Agustín, de sermone Domini,. 1, 2

La perfección está en la paz, donde no hay aversión. Se llaman pacíficos los hijos de Dios, porque nada se encuentra en ellos que se oponga a Dios, pues también los hijos deben parecerse a sus padres.
 

Glosa

Tienen una gran dignidad los pacíficos, así como el que se llama hijo del rey es el más alto en el palacio real. Esta bienaventuranza se coloca en el último lugar porque antiguamente el día sábado era el día de verdadero descanso y de verdadera paz, después de pasados los siete días anteriores.

 

«Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». (v. 10)

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4

Una vez explicada la bienaventuranza de los pacíficos, para que alguno no crea que es bueno buscar siempre la paz para sí, añade: «Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia». Esto es, por los valores, por la defensa de otro o por la religiosidad. Acostumbra ponerse la palabra justicia cuando se trata de cualquier virtud del alma.
 

San Agustín, de sermone Domini,. 1, 2

Una vez establecida y firmada interiormente la paz, aquel que ha de sufrir cualquier clase de persecuciones exteriores, de cualquier manera que sea atribulado exteriormente, dará mayor gloria a Dios.
 

San Jerónimo

Terminantemente añade: «Por la justicia». Muchos sufren persecución por sus culpas, pero éstos no son justos. A la vez téngase en cuenta que la octava bienaventuranza concluye con el martirio.
 

Pseudo-Crosóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 9

No dijo, pues: «Bienaventurados los que padecen persecución de los gentiles», para que no creas que sólo es bienaventurado el que padece persecución por no adorar los ídolos. Y por lo tanto el que sufre persecución de los herejes por no abandonar la verdad, es bienaventurado puesto que padece por la justicia. Además, si alguno de los poderosos, aun los que parecen cristianos, te persiguiese cuando le reprendas por sus pecados, si éste te persigue serás bienaventurado con San Juan Bautista. Si bien es verdad que los profetas fueron mártires, aun cuando fueron muertos por los suyos, no dudes que todo aquél que padece algo por la causa de Dios, aun cuando sea por los suyos, obtiene el premio del martirio. Por esto no especifica la Escritura las personas de los perseguidores, sino solamente la causa de la persecución, para que no te fijes en quién es el que te persigue, sino por qué te persigue.
 

San Hilario, in Matthaeum, 4

Así cuenta en la última bienaventuranza a todos aquéllos que sufren todas las cosas por Jesucristo (quien se llama justicia), se reserva el Reino de los Cielos a éstos, porque en el desprecio de las cosas del mundo son verdaderos pobres de espíritu. Por ello dice: «Porque de ellos es el reino de los cielos».
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 3

La octava bienaventuranza vuelve sobre la primera, porque la manifiesta y prueba consumada y perfecta. Así en la primera y en la octava es donde se nombra el Reino de los Cielos. Siete bienaventuranzas son las que perfeccionan, porque la octava clarifica y demuestra lo más perfecto, para que por estos grados se perfeccionen los demás, como se ofrecen en el principio.
 

San Ambrosio, in Lucam, 5,61

El primer Reino de los Cielos se ofrece a los santos en la disolución de su cuerpo y el segundo consiste en estar con Cristo después de la resurrección. Después de la resurrección empezarás a poseer la tierra, cuando hayas sido librado de la muerte, y en esta misma posesión encontrarás tu consuelo. El gozo sigue a la consolación y al gozo sigue la divina misericordia. El Señor llama a aquel de quien se apiada y éste, llamado así, ve al que lo llama. Y el que ve a Dios es recibido en el derecho de la divina generación. Finalmente, como hijo de Dios disfruta de las riquezas del Reino de los Cielos. Aquél, pues, empieza y éste queda satisfecho.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,5

No te admires, pues, si en cada una de estas bienaventuranzas no oyes la palabra reino, porque cuando dice «serán consolados», «alcanzarán misericordia» y otras cosas por el estilo, está insinuando de una manera oculta, el Reino de los Cielos. Esto es para que ya no esperes cosa alguna sensible, ni tampoco se considere como bienaventurado aquel que es coronado con las cosas que proceden de esta vida.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 4

Debemos fijarnos atentamente en el número de estas sentencias. En estos siete grados conviene observar la obra septiforme del Espíritu Santo que describe Isaías ( Is 11). Pero aquél empieza por lo más alto y éste por lo más bajo, porque allí se enseña que el Hijo de Dios habrá de bajar a lo más humilde, y aquí que el hombre, de lo más bajo habrá de elevarse hasta unirse con Dios. En estas cosas lo primero es el temor, que conviene a los hombres humildes, de quienes se dice: «Bienaventurados los pobres de espíritu», esto es, no los que saben las cosas elevadas, sino los que temen. La segunda es la piedad, que conviene a los mansos, porque el que busca piadosamente, honra, no reprende, no resiste, lo cual es hacerse manso. La tercera es la ciencia, que conviene a los que lloran, los que aprendieron por qué males han sido oprimidos, siendo así que pedían los bienes. La cuarta es la fortaleza, que conviene a los que tienen hambre y sed, porque deseando la alegría sufren por los verdaderos bienes, deseando separarse de los bienes terrenos. La quinta es el consejo y conviene a los misericordiosos, porque es el único remedio para librarse de tantos males, perdonar a unos y dar a otros. La sexta es el entendimiento y conviene a los limpios de corazón, los cuales, una vez limpio el ojo, pueden ver lo que el ojo no vio. La séptima es la sabiduría, que conviene a los pacíficos, en los cuales ninguna disposición es rebelde, sino que obedece al espíritu. Un solo premio que es el Reino de los Cielos se designa de varias maneras. En el primero (como convención), está colocado el Reino de los Cielos, que es el principio de la sabiduría perfecta. Como si dijera: «El principio de la sabiduría es el temor de Dios» ( Sal 110,10). A los mansos, se concede la herencia del reino de los cielos como testamento de un padre hacia los que le buscan con piedad. A los que lloran se les ofrece el consuelo como conociendo lo que han perdido, y en qué cosas han tomado parte. A los que tienen hambre se les ofrece la saciedad, como premio que alienta a trabajar por la eterna salvación. A los misericordiosos se les ofrece misericordia, porque usan del mejor consejo para que se les ofrezca lo que ellos ofrecen. A los limpios de corazón la facultad de ver a Dios como a los que tienen ojo limpio para entender las cosas eternas. Y a los pacíficos se les concede la semejanza de Dios. Todas estas cosas pueden cumplirse en esta vida, así como sabemos que se cumplieron con los Apóstoles, porque lo que se ofrece después de esta vida no puede explicarse con palabras.

 

 

«Bienaventurados sois cuando os maldijeren y os persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros, mintiendo por mi causa. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón muy grande es en los cielos, pues así también persiguieron a los profetas, que fueron antes que vosotros». (vv. 11-12)

Rábano

Dirigía Jesús principalmente las anteriores sentencias. Empieza a hablar impulsando a los presentes, prediciéndoles las persecuciones que habían de sufrir por su nombre y diciendo: «Bienaventurados sois cuando os maldijeren los hombres y os persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros».
 

San Agustín, de sermone Domini,. 1, 5

Conviene aclarar la importancia de lo que dice: «cuando os maldigan y digan todo mal», porque maldecir es decir lo malo. Pero otra cosa es la maledicencia, ya sea dicha con afrenta en presencia de aquel que se maldice, o bien cuando se hiere la fama de aquel que está ausente. Perseguir es como obligar por la fuerza o tender emboscadas por la violencia.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Mattheus, hom. 9

Si, pues, es verdad que el que ofrece una copa de agua no pierde su premio, también lo es que el que sufre la injuria de una palabra leve no quedará privado del premio. Para que un maldecido sea bienaventurado, deben ocurrir dos cosas: que sea maldecido con mentira y por causa de Dios. De otro modo, si faltase una de estas cosas, no obtendrá el premio de la bienaventuranza. Y por ello dice: «Mintiendo por mí».
 

San Agustín, de sermone Domini,. 1, 5

Lo cual considero añadido por aquellos que quieren gloriarse de las persecuciones y de la fama de sus malas obras. Por ello dicen que Cristo les pertenece porque se habla mal de ellos. En cambio, cuando se habla bien, se conoce desde luego el error de aquéllos. Y si alguna vez se jactan de cosas falsas no puede decirse que sufren estas cosas por Cristo.
 

San Gregorio, homiliae in Hiezechihelem prophetam, 9

¿Qué importa que los hombres nos deshonren si nuestra conciencia sola nos defiende? Sin embargo, así como no debemos instigar intencionadamente las lenguas de los que maldicen para que no perezcan, así debemos sufrir con ánimo tranquilo las que son instigadas por su propia malicia, para que nuestro mérito crezca. Por ello se dice aquí: «Gozaos y alegraos porque vuestro galardón es muy grande en el Reino de los Cielos».
 

Glosa

Gozaos con la inteligencia y alegraos con el cuerpo, porque vuestro premio no sólo es grande como el de otros, sino abundante en los cielos.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 5

No me refiero aquí a las partes superiores de este mundo visible a las que llamamos cielos, porque nuestro galardón no debe encontrarse en las cosas visibles, sino en los cielos espirituales donde habita la justicia sempiterna. Experimentan ya este premio los que gozan de bienes espirituales, pero se habrá de perfeccionar cuando concluya esta vida mortal.
 

San Jerónimo

Debemos gozarnos y alegrarnos porque se nos prepara un premio en el Reino de los Cielos, el cual no podrán conseguir los que siguen en la vanagloria.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Mattheus, hom. 9

Cuanto más se alegra uno con las alabanzas de los hombres, tanto más se entristece con los vituperios; pero el que codicia la gloria de los cielos no teme los oprobios en la tierra.
 

San Gregorio, homiliae in Hiezechihelem prophetam, 9

Alguna vez, sin embargo, debemos refrenar a los maledicientes, no sea que mientras dicen cosas malas de nosotros, corrompan los corazones de aquellos inocentes que debían oírnos para obrar el bien.
 

Glosa

No sólo con el premio, sino también con el ejemplo exhorta Jesús a sus discípulos a tener paciencia, cuando añade: «Pues así también persiguieron a los Profetas que fueron antes que vosotros».
 

Remigio

El hombre atribulado recibe un buen consuelo cuando recuerda los sufrimientos de otros, de quienes recibe un ejemplo de paciencia, como si dijese: «Acordaos que vosotros sois discípulos de Aquel de quien ya lo fueron los Profetas».
 

San Juan Crisóstomo, in Matthaeum, hom, 15,5

Del mismo modo manifiesta la igualdad de su dignidad con la del Padre, como si dijese: «Así como persiguieron a aquéllos por mi Padre, así también os perseguirán a vosotros por mí». Cuando dice «los Profetas que fueron antes que vosotros», en esto indica que los Apóstoles han sido hechos profetas.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 5

Puso aquí la persecución de modo genérico, tanto en la maledicencia cuanto en la laceración de la buena fama.

 

«Bienaventurados sois cuando os maldijeren y os persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros, mintiendo por mi causa. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón muy grande es en los cielos, pues así también persiguieron a los profetas, que fueron antes que vosotros». (vv. 11-12)

Rábano

Dirigía Jesús principalmente las anteriores sentencias. Empieza a hablar impulsando a los presentes, prediciéndoles las persecuciones que habían de sufrir por su nombre y diciendo: «Bienaventurados sois cuando os maldijeren los hombres y os persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros».
 

San Agustín, de sermone Domini,. 1, 5

Conviene aclarar la importancia de lo que dice: «cuando os maldigan y digan todo mal», porque maldecir es decir lo malo. Pero otra cosa es la maledicencia, ya sea dicha con afrenta en presencia de aquel que se maldice, o bien cuando se hiere la fama de aquel que está ausente. Perseguir es como obligar por la fuerza o tender emboscadas por la violencia.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Mattheus, hom. 9

Si, pues, es verdad que el que ofrece una copa de agua no pierde su premio, también lo es que el que sufre la injuria de una palabra leve no quedará privado del premio. Para que un maldecido sea bienaventurado, deben ocurrir dos cosas: que sea maldecido con mentira y por causa de Dios. De otro modo, si faltase una de estas cosas, no obtendrá el premio de la bienaventuranza. Y por ello dice: «Mintiendo por mí».
 

San Agustín, de sermone Domini,. 1, 5

Lo cual considero añadido por aquellos que quieren gloriarse de las persecuciones y de la fama de sus malas obras. Por ello dicen que Cristo les pertenece porque se habla mal de ellos. En cambio, cuando se habla bien, se conoce desde luego el error de aquéllos. Y si alguna vez se jactan de cosas falsas no puede decirse que sufren estas cosas por Cristo.
 

San Gregorio, homiliae in Hiezechihelem prophetam, 9

¿Qué importa que los hombres nos deshonren si nuestra conciencia sola nos defiende? Sin embargo, así como no debemos instigar intencionadamente las lenguas de los que maldicen para que no perezcan, así debemos sufrir con ánimo tranquilo las que son instigadas por su propia malicia, para que nuestro mérito crezca. Por ello se dice aquí: «Gozaos y alegraos porque vuestro galardón es muy grande en el Reino de los Cielos».
 

Glosa

Gozaos con la inteligencia y alegraos con el cuerpo, porque vuestro premio no sólo es grande como el de otros, sino abundante en los cielos.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 5

No me refiero aquí a las partes superiores de este mundo visible a las que llamamos cielos, porque nuestro galardón no debe encontrarse en las cosas visibles, sino en los cielos espirituales donde habita la justicia sempiterna. Experimentan ya este premio los que gozan de bienes espirituales, pero se habrá de perfeccionar cuando concluya esta vida mortal.
 

San Jerónimo

Debemos gozarnos y alegrarnos porque se nos prepara un premio en el Reino de los Cielos, el cual no podrán conseguir los que siguen en la vanagloria.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Mattheus, hom. 9

Cuanto más se alegra uno con las alabanzas de los hombres, tanto más se entristece con los vituperios; pero el que codicia la gloria de los cielos no teme los oprobios en la tierra.
 

San Gregorio, homiliae in Hiezechihelem prophetam, 9

Alguna vez, sin embargo, debemos refrenar a los maledicientes, no sea que mientras dicen cosas malas de nosotros, corrompan los corazones de aquellos inocentes que debían oírnos para obrar el bien.
 

Glosa

No sólo con el premio, sino también con el ejemplo exhorta Jesús a sus discípulos a tener paciencia, cuando añade: «Pues así también persiguieron a los Profetas que fueron antes que vosotros».
 

Remigio

El hombre atribulado recibe un buen consuelo cuando recuerda los sufrimientos de otros, de quienes recibe un ejemplo de paciencia, como si dijese: «Acordaos que vosotros sois discípulos de Aquel de quien ya lo fueron los Profetas».
 

San Juan Crisóstomo, in Matthaeum, hom, 15,5

Del mismo modo manifiesta la igualdad de su dignidad con la del Padre, como si dijese: «Así como persiguieron a aquéllos por mi Padre, así también os perseguirán a vosotros por mí». Cuando dice «los Profetas que fueron antes que vosotros», en esto indica que los Apóstoles han sido hechos profetas.
 

San Agustín, de sermone Domini, 1, 5

Puso aquí la persecución de modo genérico, tanto en la maledicencia cuanto en la laceración de la buena fama.

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