La elección de los apóstoles

Jesús subió a la montaña…, así comienza al evangelio del día de hoy 23 de enero, según san Marcos (3,13-19). En san Lucas  6,12ss es especifica mejor: subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles.

Hay cuatro cosas a destacar: que a) subió a una montaña para conversar con Dios Padre, la montaña era un lugar de encuentro de Yahvé algunos de sus profetas más importantes (Moisés, Elías); b) lo hizo solo, para hablar en intimidad, cara a cara con su Padre; c) pasó toda la noche en conversación; d) y lo hizo cuando iba a tomar una decisión importante: la elección de sus apostales.

«Las grandes decisiones en la misión de Jesús están siempre precedidas de la oración, pero no de una oración, así, en passant, sino de la oración intensa y prolongada.» (Papa Francisco).

Estas características se repetirían también en el monte de los Olivos antes de la decisión de afrontar la Pasión.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 3,13-19:

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía a la montaña, fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él. A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios. Así constituyó el grupo de los Doce: Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges –Los Truenos–, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Celotes y Judas Iscariote, que lo entregó.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6,12ss):

En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

 

Repasemos a los doce apóstoles que eligió Jesús:

Algo a señalar es que muchos de ellos tenían una vinculación, bien de parentesco o de amistad o bien de conocimiento previo:

Pero y Andrés eran hermanos, al igual que Santiago y Juan, además los cuatro trabajaban en la industria pesquera de Cebedeo, padre de estos últimos, que eran de Cafarnaúm. Pedro y Andrés eran de Betsaida, población a poca distancia de Cafarnaúm. Pedro, al menos, vivía ahora en esta ciudad, pues además de ejercer ahí a profesión de pescador, también ahí vivía su suegra. Y añadir algo más, Santiago y Juan eran primos segundos de Jesús.

Felipe era también de Betsaida, y debía de además de conocer a Andrés y Pedro, tener amistad con en primero. Según parece, Felipe, Andrés, Juan y Tomás eran seguidores de Juan Bautista, al que escuchaban como profeta que predicaba la venida del Mesías prometido. Ellos, estos cuatro jóvenes vivían –como muchos judíos- en esa esperanza; pero esto, de que fuera inminente, tal y como el Bautista pregonaba. Y que estarían presentes cuando la epifanía del Bautismo de Jesús en el Jordán.

Bartolomé o Natanael, que era de Caná, población que se encuentra a camino entre Nazaret y Cafarnaúm, seguramente  tendría amistad con Felipe o al menos eran conocidos, pues este le presentó a Jesús, como el Mesías. Así lo manifestó Natanael en el momento de hacerse seguidor de Jesús.

Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas Tadeo el de Santiago eran primos de Jesús, y vivirían en Nazaret o Seforis, poblaciones cercanas.

Mateo (o Leví), que ejercía de recaudador de impuestos, fue llamado por Jesús en las calles de Cafarnaúm. En su elección se dice «Al pasar vio a Leví, el de Alfeo» (Mc 2,14).  Hay quien afirma que Mateo también sería hijo del mismo Alfeo y hermano de Santiago el Menor, y por tanto primo de Jesús.

Y Judas Iscariote. Cabe decir de él que no fue una elección fallida por Jesús sino que formaba parte del gran designio de Dios, y que las decisiones de Jesús, a las que llegó tras horas de oración, estaban perfectamente alineadas con la voluntad de Dios.

Eligio a 12 que serían la cabeza del Nuevo Pueblo de Dios, relevo a la 12 tribus de Israel.

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Después de ese momento estelar de a elección de los apóstoles y tras tanto tiempo, toda una noche, de intima comunión con el Padre, Jesús irradiaba con el amor de la Trinidad, y como para comenzar anunciar de hecho la llegada el Reino, la gracia divina, con una potencia que curaba a todos:  Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salta de él una fuerza que los curaba a todos.

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Palabras del papa BENEDICTO XVI

 (Audiencia general, 15 marzo 2006)

La Iglesia se constituyó sobre el fundamento de los Apóstoles como comunidad de fe, esperanza y caridad. A través de los Apóstoles, nos remontamos a Jesús mismo.

La Iglesia comenzó a constituirse cuando algunos pescadores de Galilea encontraron a Jesús y se dejaron conquistar por su mirada, su voz y su invitación cordial y fuerte: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mc 1, 17; Mt 4, 19). Al inicio del tercer milenio, mi amado predecesor Juan Pablo II propuso a la Iglesia la contemplación del rostro de Cristo (cf. Novo millennio ineunte16 ss).

Siguiendo en la misma dirección, en las catequesis que comienzo hoy quisiera mostrar precisamente cómo la luz de ese Rostro se refleja en el rostro de la Iglesia (cf. Lumen gentium1), a pesar de los límites y las sombras de nuestra humanidad frágil y pecadora. Después de María, reflejo puro de la luz de Cristo, son los Apóstoles, con su palabra y su testimonio, quienes nos transmiten la verdad de Cristo. Sin embargo, su misión no está aislada, sino que se sitúa dentro de un misterio de comunión, que implica a todo el pueblo de Dios y se realiza por etapas, desde la antigua hasta la nueva Alianza.

A este propósito, hay que decir que se tergiversa del todo el mensaje de Jesús si se lo separa del contexto de la fe y de la esperanza del pueblo elegido: como el Bautista, su precursor inmediato, Jesús se dirige ante todo a Israel (cf. Mt 15, 24), para «reunirlo» en el tiempo escatológico que llega con él. Al igual que la predicación de Juan, también la de Jesús es al mismo tiempo llamada de gracia y signo de contradicción y de juicio para todo el pueblo de Dios. Por tanto, desde el primer momento de su actividad salvífica, Jesús de Nazaret tiende a congregar al pueblo de Dios.

Aunque su predicación es siempre una exhortación a la conversión personal, en realidad él tiende continuamente a la constitución del pueblo de Dios, que ha venido a reunir, purificar y salvar. Por eso, resulta unilateral y carente de fundamento la interpretación individualista, propuesta por la teología liberal, del anuncio que Cristo hace del Reino. En el año 1900, el gran teólogo liberal Adolf von Harnack la resume así en sus lecciones sobre La esencia del cristianismo: «El reino de Dios viene, porque viene a cada uno de los hombres, tiene acceso a su alma, y ellos lo acogen. Ciertamente, el reino de Dios es el señorío de Dios, pero es el señorío del Dios santo en cada corazón» (Tercera lección, p. 100 s). En realidad, este individualismo de la teología liberal es una acentuación típicamente moderna: desde la perspectiva de la tradición bíblica y en el horizonte del judaísmo, en el que se sitúa la obra de Jesús aunque con toda su novedad, resulta evidente que toda la misión del Hijo encarnado tiene una finalidad comunitaria: él ha venido precisamente para unir a la humanidad dispersa, ha venido para congregar, para unir al pueblo de Dios.

Un signo evidente de la intención del Nazareno de reunir a la comunidad de la Alianza, para manifestar en ella el cumplimiento de las promesas hechas a los Padres, que hablan siempre de convocación, unificación, unidad, es la institución de los Doce. Hemos escuchado el Evangelio sobre esta institución de los Doce. Leo una vez más su parte central: «Subió al monte y llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce…» (Mc 3, 13-16; cf. Mt 10, 1-4; Lc 6, 12-16). En el lugar de la revelación, «el monte», Jesús, con una iniciativa que manifiesta absoluta conciencia y determinación, constituye a los Doce para que sean con él testigos y anunciadores del acontecimiento del reino de Dios.

Sobre la historicidad de esta llamada no existen dudas, no sólo en virtud de la antigüedad y de la multiplicidad de los testimonios, sino también por el simple motivo de que allí aparece el nombre de Judas, el apóstol traidor, a pesar de las dificultades que esta presencia podía crear a la comunidad naciente. El número Doce, que remite evidentemente a las doce tribus de Israel, ya revela el significado de acción profético-simbólica implícito en la nueva iniciativa de refundar el pueblo santo.

Superado desde hacía tiempo el sistema de las doce tribus, la esperanza de Israel anhelaba su reconstitución como signo de la llegada del tiempo escatológico (pensemos en la conclusión del libro de Ezequiel: 37, 15-19; 39, 23-29; 40-48). Al elegir a los Doce, para introducirlos en una comunión de vida consigo y hacerles partícipes de su misión de anunciar el Reino con palabras y obras (cf. Mc 6, 7-13; Mt 10, 5-8; Lc 9, 1-6; 6, 13), Jesús quiere manifestar que ha llegado el tiempo definitivo en el que se constituye de nuevo el pueblo de Dios, el pueblo de las doce tribus, que se transforma ahora en un pueblo universal, su Iglesia.

Con su misma existencia los Doce —procedentes de diferentes orígenes— son un llamamiento a todo Israel para que se convierta y se deje reunir en la nueva Alianza, cumplimiento pleno y perfecto de la antigua. El hecho de haberles encomendado en la última Cena, antes de su Pasión, la misión de celebrar su memorial, muestra cómo Jesús quería transmitir a toda la comunidad en la persona de sus jefes el mandato de ser, en la historia, signo e instrumento de la reunión escatológica iniciada en él. En cierto sentido podemos decir que precisamente la última Cena es el acto de la fundación de la Iglesia, porque él se da a sí mismo y crea así una nueva comunidad, una comunidad unida en la comunión con él mismo.

Desde esta perspectiva, se comprende que el Resucitado les confiera —con la efusión del Espíritu— el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 23). Los doce Apóstoles son así el signo más evidente de la voluntad de Jesús respecto a la existencia y la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no existe ninguna contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia. Por tanto, es del todo incompatible con la intención de Cristo un eslogan que estuvo de moda hace algunos años: «Jesús sí, Iglesia no». Este Jesús individualista elegido es un Jesús de fantasía. No podemos tener a Jesús prescindiendo de la realidad que él ha creado y en la cual se comunica.

Entre el Hijo de Dios encarnado y su Iglesia existe una profunda, inseparable y misteriosa continuidad, en virtud de la cual Cristo está presente hoy en su pueblo. Es siempre contemporáneo nuestro, es siempre contemporáneo en la Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles, está vivo en la sucesión de los Apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que él mismo se da siempre a nosotros, es motivo de nuestra alegría. Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene.

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Catena Aurea

 

Beda in Marcus, 1,16

Después de haber prohibido a los espíritus impuros que publicasen su nombre, eligió santos para expulsar a los espíritus impuros y predicar el Evangelio. «Subiendo después Jesús a un monte, etc.».
 

Teofilacto

San Lucas dice que subió para orar. Después de la manifestación de sus milagros ora para enseñarnos que conviene dar gracias cuando alcanzamos algún bien, el que debemos atribuir a la virtud divina.
 

Pseudo-Crisóstomo

Enseña también a los prelados de la Iglesia a pasar la noche en oración antes de hacer una ordenación para que no se frustre su consagración. Cuando vino, pues, el día, según San Lucas, llamó a los que quiso, siendo muchos los que lo seguían.
 

Beda

De este modo eran llamados al apostolado, no por su elección o cálculo, sino por la gracia divina. El monte en que eligió el Señor a los apóstoles expresa la elevación de la justicia en que habían de ser instituidos y que debían predicar a los hombres.
 

Pseudo-Jerónimo

O bien: Cristo es el monte en sentido espiritual del que fluyen las aguas vivas, sobre el que se prepara la leche, salud de los niños, donde se halla la fortaleza espiritual y donde realiza la gracia todo bien supremo. Por esto los aventajados en méritos y palabra son llamados a este monte, a fin de que corresponda el lugar a los altos merecimientos.

«Y llegados que fueron», etc.
 

San Jerónimo

El Señor ha amado la porción bella de Jacob ( Sal 46), y así como los doce son colocados sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel, así también en grupos de tres y de cuatro deben velar cerca del tabernáculo del Señor y llevar sobre sus hombros el peso de su palabra.
 

Beda

En esto, pues, se significa que los hijos de Israel acampaban cerca del tabernáculo, a cuyos ángulos se apostaban tres tribus. Tres veces cuatro hacen doce, y éste es el número de los apóstoles que fueron enviados a predicar, a fin de que bautizasen en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, sobre todas las regiones de las cuatro partes del mundo. «Dándoles potestad», etc. Para que atestiguasen la grandeza de las promesas celestiales, e hiciesen obras nuevas los que las predicaban.
 

Teofilacto

Dice los nombres de los apóstoles para que sean conocidos entre los que habían usurpado este título, y continúa: «Y puso a Simón el nombre de Pedro».

San Agustín, de consensu Evangelistarum, 2, 17

Pero no se crea que es ahora cuando Simón recibe el nombre de Pedro, lo que sería contrario a San Juan, que mucho antes refiere que le fue dicho: «Tú te llamarás Cephas» ( Jn 1,42), que se interpreta Pedro. San Marcos ha dicho recapitulando: queriendo enumerar los nombres de los doce apóstoles, y siendo necesario nombrar a Pedro, quiso indicar brevemente que no se llamaba antes así, sino que el Señor le impuso el nombre.
 

Beda

Quiso, pues, el Señor que en adelante se llamase de otro modo, para que el mismo cambio de nombre significase la misión que se le encomendaba. Cephas en siríaco significa lo mismo que Pedro en griego y en latín, y en ambas lenguas este nombre se deriva de piedra, no pudiendo caber duda de que ésta es de la que dijo San Pablo: «La piedra era Cristo» ( 1Cor 10); porque como Cristo era la verdadera luz ( Jn 1), y se la dio a los apóstoles para que fuesen llamados luz del mundo ( Mt 5), así se dio a Simón el nombre de piedra, que creía en la piedra de Cristo.
 

Pseudo-Jerónimo

De obediencia, que significa Simón, sube a conocimiento, que es lo que significa Pedro.

«Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano», etc.
 

Beda

Estas palabras están sobreentendidas en estas otras: «Subiendo a un monte llamó a sí».
 

Pseudo-Jerónimo

Es a saber, a Santiago, que había ahogado todos los deseos de la carne, y a Juan, que recibió de la gracia lo que otros de su esfuerzo. «A quienes apellidó, prosigue, Boanerges».
 

Pseudo-Crisóstomo

Llama así a los hijos de Zebedeo, porque debían difundir por toda la tierra los grandes y memorables decretos de la divinidad.
 

Pseudo-Jerónimo

O por esto se manifiesta el mérito de los tres, que merecen oír en el monte la voz del Padre, semejante a un trueno, a través de la nube resplandeciente: «Este es mi Hijo muy querido» ( Mt 17,5), a fin de que derramen sobre la tierra la lluvia con el relámpago por la nube de la carne y el fuego de la palabra, puesto que el Señor convierte en lluvia los relámpagos ( Sal 134), para que su misericordia extinga el fuego que encendió su justicia.

«A Andrés», continúa.
 

San Jerónimo

El que ataca varonilmente a la perdición, para que tenga siempre en sí la respuesta de la muerte, y esté siempre su alma en sus manos.
 

Beda

Andrés es nombre griego que significa viril, de andra varón, porque se adhirió virilmente al Señor.

«Y Felipe».
 

Pseudo-Jerónimo

El cual significa boca de lámpara, que puede iluminar con la boca lo que concibió con el corazón, a quien dio el Señor la abertura de la boca del que ilumina. Sabemos que esta locución es propia de las Sagradas Escrituras, porque se ponen los nombres hebreos para significar algún misterio.

«Y Bartolomé».
 

San Jerónimo

Este nombre quiere decir el hijo del que suspende las aguas, a saber, de aquel que dijo: «Y mandaré a las nubes no lluevan gota sobre esta viña ( Is 5,6)». Pero el nombre de hijos de Dios se adquiere por la paz y el amor de los enemigos: «Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios» ( Mt 5,44), y luego dice: «Amad a vuestros enemigos, para que seáis hijos de Dios».

«Y Mateo».
 

San Jerónimo

El que es gratificado con dones, porque no sólo ha alcanzado del Señor la remisión de sus pecados, sino el privilegio de ser inscrito en el número de los apóstoles. «Y Tomás», que significa abismo, porque es uno de los que aclaran las cosas profundas que se refieren a Dios.

«Y Santiago, hijo de Alfeo», esto es, del docto o del millar, porque a su lado caerán mil ( Sal 60). Este es otro Santiago, cuya lucha no es contra carne y sangre, sino contra las maldades espirituales ( Ef 6). «Y Tadeo»; es decir, prudente o que tiene corazón, o que guarda su corazón con todo cuidado ( Prov 4).
 

Beda

Tadeo es el mismo a quien San Lucas en el Evangelio (cap. 6) y en las Hechos de los Apóstoles (cap. 1) llama Judas de Santiago, porque era hermano de Santiago, hermano del Señor, como él mismo dijo en su epístola.

«Y Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le vendió». Los nombres aparecen así para distinguirlos de Simón Pedro y Judas de Santiago. Simón el Cananeo es llamado así por Cana, pueblo de Galilea, y Judas Iscariote por Isachar, pueblo o tribu en que nació.
 

Teofilacto

Le cuenta entre los apóstoles para enseñarnos que Dios no rechaza a nadie a causa de una malicia futura, sino que lo honra por la virtud presente.
 

Pseudo-Jerónimo

Simón se interpreta el que está triste: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» ( Mt 5,4). Cananeo quiere decir el que tiene celo, esto es, aquel a quien devora el celo de Dios ( Sal 68). «Judas Iscariote» es el que no borra su pecado por la penitencia, o que no borra la memoria de él: Judas significa el que confiesa o el glorioso, e Iscariote memoria de la muerte; que son muchos en la Iglesia los confesores soberbios y gloriosos, como Simón el mago, Arrio y los demás herejes, cuya memoria condena la Iglesia como mortal para que se huya.

 

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