El evangelio de la liturgia de la misa del día 23 de septiembre, hace referencia a los hermanos de Jesús. Pero vaya por delante -y que es lo que realmente importa- lo que el mismo Jesús afirma: «Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»
Lectura del santo evangelio según san Lucas (8,19-21):
En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermano, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.»
Él les contestó: «Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.»
Estos hermanos serían los que se citan en otros lugares con los nombres: los habitantes de Nazaret, hablando de Jesús, decían: «Este es el Hijo del Carpintero y su Madre es María, es hermano de Santiago, José, Simón y Judas, y sus hermanas también viven aquí entre nosotros.» (Mt 13,55-56).
Sobre los hermanos de Jesús hay tres versiones: la de los protestantes, que dice que fueron hermanos carnales de Jesús, en cuanto que María habría tenidos más hijos; luego, los ortodoxos que dicen que José habría estado ya casado y al enviudar habría aportado al matrimonio con María, los hijos, que serían hermanastros de Jesús, y la tercera versión es la de los católicos, en la que estos hermanos serían primos, es decir, que no tendrían los mismos padres de Jesús, sino los abuelos.
Es verdad que en los evangelios se habla de «los hermanos y hermanas de Jesús». Pero eso no quiere decir que sean hermanos de sangre de Jesús, o hijos e hijas de la Virgen María.
Todo apunta a que en arameo (y también en hebreo), que era la lengua en que se hablaba, se usaba la misma palabra para expresar grados de parentesco cercano, como el de primo e incluso sobrino, por hermano. En hebreo o arameo, donde el término «ah» (hermano) tiene un campo semántico más amplio que puede incluir otras relaciones de parentesco. La palabra griega adelphos, a menudo traducida como «hermano», puede referirse a cualquier relación familiar.
Para precisar sobre un hijo propiamente, se reafirmaba diciendo el nombre y añadiendo «hijo de tal»; es decir:»Jesús, el hijo de María» o » Simón, hijo de Jonás» (Mt 16, 17). En ningún sitio se habla de los hermanos de Jesús en sentido estricto, como «hijos de María»..
Cuando Jesús subió a Jerusalén con sus padres, María y José, tenía ya 12 años. Nada se dice de que hubiera ningún otro miembro de la familia..(Lc. 2, 41-52)..
Otro texto interesante es de la muerte de Jesús (Jn. 19, 26-27)., que desde la cruz confió su madre María al apóstol Juan, hijo de la tía de María, María Salome, la de Zebedeo, precisamente porque María quedaba sola, sin hijos propios y sin esposo. Y con él iría a vivir a Éfeso, no retornó a Nazaret, como si hubiera tenido algún hijo aquí.
.Al pie de la cruz, además de estar María Salome, madre de Juan y Santiago el Mayor; también estaba María Alfeo o Cleofás (pues casó dos veces), madre de Santiago el Menor, José, Simón, Judas (Tadeo) y Leví (el apostol Mateo) y otras mujeres: María Magdalena, Juana y Susana…
En el evangelio se dice que Jesús es el primogénito de María (Lc 2,6), lo que implicaría ser el mayor de varios hermanos. Sin embargo, el término “primogénito” es la forma legal de llamar al primer hijo (Ex 12,29; 34,19, etc.) y no implica que hubiera otros hermanos después de él.
En el Evangelio de Juan (20,17), Jesús llama a sus discípulos y apóstoles: «mis hermanos» y en la carta a los Hebreos (2,11) todos los redimidos por Cristo son «sus hermanos». Cristo es «el Primogénito de estos hermanos.» (Rom. 8,29). Espiritualmente hablando, somos hijos de un mismo Padre, que está en el cielo, pertenecemos a la familia humana creada por Dios, en la que Jesús, el Hijo de Dios, se encarna, asociándonos a Él, como primogénito, y constituyéndonos en hermanos,
Quien se identifica con Cristo, por la gracia de la fe se hace uno de los suyos, confraterniza con Él, De modo que este pertenecer a Jesucristo, tiene un distintivo: «todo el que hace la voluntad de Dios ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt. 12, 50). Así, y en este sentido, el término «hermano» es tan relevante que en las cartas del Nuevo Testamento se lleva a usar hasta en ciento sesenta veces. Cristo nos hace hermanos.
¿Quién ha sido la primera que ha escuchado la Palabra y ha hecho su voluntad, dándonos ejemplo, como la Bienaventurada? María. La Virgen María como verdadera madre de Jesús en carne y espíritu, nos invita a que la imitemos en la escucha de la Palabra y en su cumplimiento. Esa escucha y esa puesta en práctica son las que nos convierten en miembros de su familia, más allá del espacio y del tiempo.
Dios es lo primero en todo, hasta tal punto que antecede incluso al amor familiar, la fe es un vínculo más fuerte que el de la sangre pues une con Dios. Es el parentesco de la familia celeste, y que es para siempre, eterna.
“El Reino que anuncia trae consigo una nueva relación entre las personas que supera la relación de sangre. Se abre una nueva fraternidad, un nuevo vínculo. En realidad, Jesús no hace más que señalar la realidad más básica de nuestra fe: somos hijos e hijas de Dios, somos creaturas suyas. Esa es la relación familiar más amplia y real. Somos familia de Dios. Pasa que esta familia es muy grande. Va más allá de la relación inmediata de sangre. Rompe las fronteras de las razas, los pueblos, las lenguas, las ideologías, el sexo.” (Fernando Torres, cmf. CiudadRedonda)..
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PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO
Ángelus, 10 de junio de 2018
Sus familiares (de Jesús), quienes estaban preocupados porque su nueva vida itinerante les parecía una locura. (cf. v 21). De hecho, Él se mostró tan disponible para la gente, sobre todo para los enfermos y pecadores, hasta el punto de que ya ni siquiera tenía tiempo para comer. Estaba para la gente. No tenía tiempo ni siquiera para comer. Sus familiares, por lo tanto, decidieron llevarlo de nuevo a Nazaret, a casa. Llegan al lugar donde Jesús está predicando y lo mandan llamar. Le dicen: «He aquí, tu madre, tus hermanos y hermanas están afuera y te buscan» (v.32) y Él responde: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» y mirando a las personas que le rodeaban para escucharlo, añade: «¡He aquí mi madre y mis hermanos! Porque quien cumpla la voluntad de Dios, es mi hermano, mi hermana y mi madre» (vv. 33-34). Jesús ha formado una nueva familia, que ya no se basa en vínculos naturales, sino en la fe en Él, en su amor que nos acoge y nos une entre nosotros, en el Espíritu Santo. Todos aquellos que acogen la palabra de Jesús son hijos de Dios y hermanos entre ellos. Acoger la palabra de Jesús nos hace hermanos entre nosotros y nos hace ser la familia de Jesús. Hablar mal de los demás, destruir la fama de los demás nos vuelve la familia del diablo.
Aquella respuesta de Jesús no es una falta de respeto por su madre y sus familiares. Más bien, para María es el mayor reconocimiento, porque precisamente ella es la perfecta discípula que ha obedecido en todo a la voluntad de Dios. Que nos ayude la Virgen Madre a vivir siempre en comunión con Jesús, reconociendo la obra del Espíritu Santo que actúa en Él y en la Iglesia, regenerando el mundo a una vida nueva.
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Catena Aurea
Tito Bostrense
Una vez dejados los parientes según la carne, el Señor insistía en la doctrina del Padre. Mas como era deseado a causa de la ausencia, vinieron a El. Por esto sigue: «Y vinieron a El su Madre y sus hermanos», etc. Cuando oigas hablar de los hermanos de Jesús, acuérdate de su misericordia y comprende su gracia. Nadie hay que pueda ser hermano del Salvador según la divinidad (porque es unigénito), pero por gracia de su misericordia, comunicó con nosotros en la carne y en la sangre, y se hizo hermano nuestro, siendo Dios por naturaleza.
Beda
Los que se llaman hermanos del Señor según la carne, no son hijos de la Santísima Virgen, como dice Helvidio, ni hijos de San José por medio de otra esposa, según algunos quieren decir, sino parientes de ellos.
Tito Bostrense
Creían sus parientes que en cuanto Jesús se diese cuenta de su presencia, abandonaría al pueblo por el respeto de su Madre y que se doblegaría por el amor que la profesaba. De aquí sigue: «Y le dijeron: Tu Madre y tus hermanos están fuera», etc.
Crisóstomo in Mat. hom. 45
Considera que hacerle salir era sustraerle a todo el pueblo, que estaba pendiente de sus labios, empezada ya la predicación. Por cuya razón el Señor, como reprendiendo, contestó: «Mi Madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios», etc.
San Ambrosio
El Maestro moral, que se ofrece como ejemplo a los demás, había de mandar a todos que abandonasen a su padre y a su madre, porque en caso contrario no serían dignos de llamarse hijos de Dios. El se sujetó primero a esta sentencia, no menospreciando el respeto debido a la madre, porque suyo es este precepto: El que no honrare a su padre y a su madre será castigado de muerte ( Ex 21,15). Lo hizo porque sabe que debe más a los misterios del Padre que a los afectos de la Madre. Tampoco rechaza con injuria a los padres, sino que enseña que el vínculo de las almas es más sagrado que el de los cuerpos. No niega que sea su Madre (como algunos herejes pretenden), a quien también conoció desde la cruz, sino que da la preferencia a los mandatos del cielo sobre los vínculos de la carne.
Beda
Todos aquellos que oyen la palabra de Dios y la practican se llaman madre del Señor, porque le alumbran en sus corazones y en los de sus prójimos todos los días, por medio del ejemplo y de la palabra; son también hermanos suyos, puesto que también hacen la voluntad de su Padre que está en el cielo.
Crisóstomo in Mat. hom. 45
No dice esto reprendiendo a su Madre, sino ayudándola mucho. Porque si era solícito para los demás, a fin de que formasen de El juicio acertado ¿cuánto más respecto de su Madre? No la hubiese elevado a tanta dignidad si ella hubiese esperado que El la obedecería siempre como a un hijo y no lo hubiese considerado como Dios.
Teofilacto
Algunos entienden esto diciendo que, cuando Jesucristo enseñaba, algunos le tenían envidia y se proponían rebajarle en la sublimidad de su doctrina, por lo que dijeron: «Tu Madre y tus hermanos están fuera y te quieren ver»; como para recordarle la oscuridad de su nacimiento. Y por lo tanto, el Señor, que conocía sus intenciones, les respondió manifestando que el parentesco humilde no daña, pero que si alguno es de condición humilde y oye la palabra de Dios, lo considera como pariente suyo. Sin embargo, como sólo escuchar no basta para salvarse, sino que más bien condena, añadió: «Y la practican». Conviene, pues, oír y practicar. Llama a su doctrina la palabra de Dios, porque todo lo que decía venía del Padre.
San Ambrosio
En sentido místico, el que busca a Cristo no debe estar fuera. Porque se dice: «Acercaos a El y seréis iluminados» ( Sal 33,6). Si están fuera, ni aun los mismos parientes son reconocidos; y acaso no son reconocidos para nuestro ejemplo. ¿Cómo, pues, seremos nosotros reconocidos por El, si estamos fuera? También se puede entender por parientes a los judíos, de quienes procedía Jesucristo según la carne, y que la Iglesia debe ser preferida a la sinagoga.
Beda
Enseñando El dentro, los que vienen no pueden entrar, menospreciando el sentido espiritual de sus palabras. Precediéndoles la turba, entró en la casa, porque, mostrándose indiferente la Judea, la gentilidad afluyó en tropel a Jesucristo. Los que están fuera quieren ver a Jesucristo, no buscando el sentido espiritual, sino deteniéndose fuera a guardar la letra y como obligando a Cristo a salir para enseñarles cosas carnales, más bien que consentir en entrar a aprender las espirituales.
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