En el Evangelio de la liturgia de la misa del día de hoy, 5 de enero, Jesús envía a sus apóstoles a anunciar el Reino de Dios, y esta predicación va unida la curación de enfermedades y de expulsar a los demonios, poder sobrenatural que Jesús les otorga.
Otro hecho a destacar es el que Jesús les pide que no lleven nada, solo lo que llevan puesto, y sin provisiones de ningún tipo. Este vivir pobremente, en la moderación, con lo necesario, sin ambicionar bienes, y exponerse a la Providencia divina, es una actitud vital fundamental para quién siga los pasos del Maestro y Señor.
Además añade que si en algún lugar de los que vayan no les reciben bien, pues márchense haciendo un gesto simbólico: «sacúdanse el polvo de los pies en señal de acusación». De esa gente que rechaza la Buena Nueva del Reino, se autoexcluyen del mismo, poniéndose al nivel de polvo, que es desechable, como algo sin espíritu,
Y por lo demás decir que esta responsabilidad de anunciar el Evangelio nos compete a todos los bautizados, tal y como dice el papa Francisco: «Este episodio evangélico se refiere también a nosotros, y no solo a los sacerdotes, sino a todos los bautizados, llamados a testimoniar, en los distintos ambientes de vida, el Evangelio de Cristo.»
Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 7-13
En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.
Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. y decía:
«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
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PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO
(Ángelus, 15 de julio de 2018)
El Evangelio de hoy narra el momento en el que Jesús envía a los Doce en misión. Después de haberles llamado por su nombre uno por uno, «para que estuvieran con él» escuchando sus palabras y observando sus gestos de sanación, entonces les convoca de nuevo para «enviarlos de dos en dos» a los pueblos a los que Él iba a ir. Son una especie de «prácticas» de lo que serán llamados a hacer después de la Resurrección del Señor con el poder del Espíritu Santo. El pasaje evangélico se detiene en el estilo del misionero, que podemos resumir en dos puntos: la misión tiene un centro; la misión tiene un rostro.
El discípulo misionero tiene antes que nada su centro de referencia, que es la persona de Jesús. La narración lo indica usando una serie de verbos que tienen Él por sujeto —«llama», «comenzó a mandarlos», «dándoles poder», «ordenó», «les dijo»—, así que el ir y el obrar de los Doce aparece como el irradiarse desde un centro, el reproponerse de la presencia y de la obra de Jesús en su acción misionera. Esto manifiesta cómo los apóstoles no tienen nada propio que anunciar, ni propias capacidades que demostrar, sino que hablan y actúan como «enviados», como mensajeros de Jesús.
Este episodio evangélico se refiere también a nosotros, y no solo a los sacerdotes, sino a todos los bautizados, llamados a testimoniar, en los distintos ambientes de vida, el Evangelio de Cristo. Y también para nosotros esta misión es auténtica solo a partir de su centro inmutable que es Jesús. No es una iniciativa de los fieles ni de los grupos y tampoco de las grades asociaciones, sino que es la misión de la Iglesia inseparablemente unida a su Señor. Ningún cristiano anuncia el Evangelio «por sí», sino solo enviado por la Iglesia que ha recibido el mandado de Cristo mismo. Es precisamente el bautismo lo que nos hace misioneros. Un bautizado que no siente la necesidad de anunciar el Evangelio, de anunciar a Jesús, no es un buen cristiano.
La segunda característica del estilo del misionero es, por así decir, un rostro, que consiste en la pobreza de medios. Su equipamiento responde a un criterio de sobriedad. Los Doce, de hecho, tienen la orden de «que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja» (v. 8). El Maestro les quiere libres y ligeros, sin apoyos y sin favores, seguros solo del amor de Él que les envía, fuerte solo por su palabra que van a anunciar. El bastón y las sandalias son la dotación de los peregrinos, porque tales son los mensajeros del reino de Dios, no gerentes omnipotentes, no funcionarios inamovibles, no divas de gira.
Pensemos, por ejemplo, en esta diócesis de la cual yo soy Obispo. Pensemos en algunos santos de esta diócesis de Roma: san Felipe Neri, san Benito José Labre, san Alejo, santa Ludovica Albertoni, santa Francisca Romana, san Gaspar del Búfalo y muchos otros. No eran funcionarios o empresarios, sino humildes trabajadores del reino. Tenían este rostro. Y a este «rostro» pertenece también la forma en la que es acogido el mensaje: puede, de hecho, suceder no ser escuchados o acogidos. También esto es pobreza: la experiencia del fracaso. La situación de Jesús, que fue rechazo y crucificado, prefigura el destino de su mensajero. Y solo si estamos unidos a Él, muerto y resucitado, conseguimos encontrar la valentía de la evangelización.
Que la Virgen María, primera discípula y misionera de la Palabra de Dios, nos ayude a llevar al mundo el mensaje del Evangelio en un júbilo humilde y radiante, más allá de todo rechazo, incomprensión o tribulación.
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(Ángelus, 10 de junio de 2018)
El Evangelio de hoy (cf. Marcos 6, 7-13) narra el momento en el que Jesús envía a los Doce en misión. Después de haberles llamado por su nombre uno por uno, «para que estuvieran con él» (Marcos 3, 14) escuchando sus palabras y observando sus gestos de sanación, entonces les convoca de nuevo para «enviarlos de dos en dos» (6, 7) a los pueblos a los que Él iba a ir. Son una especie de «prácticas» de lo que serán llamados a hacer después de la Resurrección del Señor con el poder del Espíritu Santo. El pasaje evangélico se detiene en el estilo del misionero, que podemos resumir en dos puntos: la misión tiene un centro; la misión tiene un rostro.
El discípulo misionero tiene antes que nada su centro de referencia, que es la persona de Jesús. La narración lo indica usando una serie de verbos que tienen Él por sujeto —«llama», «comenzó a mandarlos», «dándoles poder», «ordenó», «les dijo» (vv. 7.8.10)—, así que el ir y el obrar de los Doce aparece como el irradiarse desde un centro, el reproponerse de la presencia y de la obra de Jesús en su acción misionera. Esto manifiesta cómo los apóstoles no tienen nada propio que anunciar, ni propias capacidades que demostrar, sino que hablan y actúan como «enviados», como mensajeros de Jesús.
Este episodio evangélico se refiere también a nosotros, y no solo a los sacerdotes, sino a todos los bautizados, llamados a testimoniar, en los distintos ambientes de vida, el Evangelio de Cristo. Y también para nosotros esta misión es auténtica solo a partir de su centro inmutable que es Jesús. No es una iniciativa de los fieles ni de los grupos y tampoco de las grades asociaciones, sino que es la misión de la Iglesia inseparablemente unida a su Señor. Ningún cristiano anuncia el Evangelio «por sí», sino solo enviado por la Iglesia que ha recibido el mandado de Cristo mismo. Es precisamente el bautismo lo que nos hace misioneros. Un bautizado que no siente la necesidad de anunciar el Evangelio, de anunciar a Jesús, no es un buen cristiano.
La segunda característica del estilo del misionero es, por así decir, un rostro, que consiste en la pobreza de medios. Su equipamiento responde a un criterio de sobriedad. Los Doce, de hecho, tienen la orden de «que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja» (v. 8). El Maestro les quiere libres y ligeros, sin apoyos y sin favores, seguros solo del amor de Él que les envía, fuerte solo por su palabra que van a anunciar. El bastón y las sandalias son la dotación de los peregrinos, porque tales son los mensajeros del reino de Dios, no gerentes omnipotentes, no funcionarios inamovibles, no divas de gira.
Pensemos, por ejemplo, en esta diócesis de la cual yo soy Obispo. Pensemos en algunos santos de esta diócesis de Roma: san Felipe Neri, san Benito José Labre, san Alejo, santa Ludovica Albertoni, santa Francisca Romana, san Gaspar del Búfalo y muchos otros. No eran funcionarios o empresarios, sino humildes trabajadores del reino. Tenían este rostro. Y a este «rostro» pertenece también la forma en la que es acogido el mensaje: puede, de hecho, suceder no ser escuchados o acogidos (cf. v. 11). También esto es pobreza: la experiencia del fracaso. La situación de Jesús, que fue rechazo y crucificado, prefigura el destino de su mensajero. Y solo si estamos unidos a Él, muerto y resucitado, conseguimos encontrar la valentía de la evangelización.
Que la Virgen María, primera discípula y misionera de la Palabra de Dios, nos ayude a llevar al mundo el mensaje del Evangelio en un júbilo humilde y radiante, más allá de todo rechazo, incomprensión o tribulación.
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PALABRAS DEL PAPA BENEDICTO XVI
(Homilia en la Santa Misa en ocasión de la visita pastoral en Frascati, 15 de julio de 2012)
Jesús toma la iniciativa de enviar a los doce apóstoles en misión (cf. Mc 6, 7-13). En efecto, el término «apóstoles» significa precisamente «enviados, mandados». Su vocación se realizará plenamente después de la resurrección de Cristo, con el don del Espíritu Santo en Pentecostés. Sin embargo, es muy importante que desde el principio Jesús quiere involucrar a los Doce en su acción: es una especie de «aprendizaje» en vista de la gran responsabilidad que les espera. El hecho de que Jesús llame a algunos discípulos a colaborar directamente en su misión, manifiesta un aspecto de su amor: esto es, Él no desdeña la ayuda que otros hombres pueden dar a su obra; conoce sus límites, sus debilidades, pero no los desprecia; es más, les confiere la dignidad de ser sus enviados. Jesús los manda de dos en dos y les da instrucciones, que el evangelista resume en pocas frases. La primera se refiere al espíritu de desprendimiento: los apóstoles no deben estar apegados al dinero ni a la comodidad. Jesús además advierte a los discípulos de que no recibirán siempre una acogida favorable: a veces serán rechazados; incluso puede que hasta sean perseguidos. Pero esto no les tiene que impresionar: deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios.
La primera lectura proclamada nos presenta la misma perspectiva, mostrándonos que los enviados de Dios a menudo no son bien recibidos. Este es el caso del profeta Amós, enviado por Dios a profetizar en el santuario de Betel, un santuario del reino de Israel (cf. Am 7, 12-15). Amós predica con gran energía contra las injusticias, denunciando sobre todo los abusos del rey y de los notables, abusos que ofenden al Señor y hacen vanos los actos de culto. Por ello Amasías, sacerdote de Betel, ordena a Amós que se marche. Él responde que no ha sido él quien ha elegido esta misión, sino que el Señor ha hecho de él un profeta y le ha enviado precisamente allí, al reino de Israel. Por lo tanto, ya se le acepte o rechace, seguirá profetizando, predicando lo que Dios dice y no lo que los hombres quieren oír decir. Y esto sigue siendo el mandato de la Iglesia: no predica lo que quieren oír decir los poderosos. Y su criterio es la verdad y la justicia aunque esté contra los aplausos y contra el poder humano.
Igualmente, en el Evangelio Jesús advierte a los Doce que podrá ocurrir que en alguna localidad sean rechazados. En tal caso deberán irse a otro lugar, tras haber realizado ante la gente el gesto de sacudir el polvo de los pies, signo que expresa el desprendimiento en dos sentidos: desprendimiento moral —como decir: el anuncio os ha sido hecho, vosotros sois quienes lo rechazáis— y desprendimiento material —no hemos querido y nada queremos para nosotros (cf. Mc 6, 11). La otra indicación muy importante del pasaje evangélico es que los Doce no pueden conformarse con predicar la conversión: a la predicación se debe acompañar, según las instrucciones y el ejemplo de Jesús, la curación de los enfermos; curación corporal y espiritual. Habla de las sanaciones concretas de las enfermedades, habla también de expulsar los demonios, o sea, purificar la mente humana, limpiar, limpiar los ojos del alma que están oscurecidos por las ideologías y por ello no pueden ver a Dios, no pueden ver la verdad y la justicia. Esta doble curación corporal y espiritual es siempre el mandato de los discípulos de Cristo. Por lo tanto la misión apostólica debe siempre comprender los dos aspectos de predicación de la Palabra de Dios y de manifestación de su bondad con gestos de caridad, de servicio y de entrega.
Queridos hermanos y hermanas: doy gracias a Dios que me ha enviado hoy a re-anunciaros esta Palabra de salvación. Una Palabra que está en la base de la vida y de la acción de la Iglesia, también de esta Iglesia que está en Frascati. Vuestro obispo me ha informado del empeño pastoral que más le importa, que en esencia es un empeño formativo, dirigido ante todo a los formadores: formar a los formadores. Es precisamente lo que hizo Jesús con sus discípulos: les instruyó, les preparó, les formó también mediante el «aprendizaje» misionero, para que fueran capaces de asumir la responsabilidad apostólica en la Iglesia. En la comunidad cristiana éste es siempre el primer servicio que ofrecen los responsables: a partir de los padres, que en la familia cumplen la misión educativa con los hijos; pensemos en los párrocos, que son responsables de la formación en la comunidad; en todos los sacerdotes, en los distintos ámbitos de trabajo: todos viven una dimensión educativa prioritaria; y los fieles laicos, además del ya recordado papel de padres, están involucrados en el servicio formativo con los jóvenes o los adultos, como responsables en Acción Católica y en otros movimientos eclesiales, o comprometidos en ambientes civiles y sociales, siempre con una fuerte atención en la formación de las personas. El Señor llama a todos, distribuyendo diversos dones para diversas tareas en la Iglesia. Llama al sacerdocio y a la vida consagrada, y llama al matrimonio y al compromiso como laicos en la Iglesia misma y en la sociedad. Importante es que la riqueza de los dones encuentre plena acogida, especialmente por parte de los jóvenes; que se sienta la alegría de responder a Dios con uno mismo por entero, donando esa alegría en el camino del sacerdocio y de la vida consagrada o en el camino del matrimonio, dos caminos complementarios que se iluminan entre sí, se enriquecen recíprocamente y juntos enriquecen a la comunidad. La virginidad por el Reino de Dios y el matrimonio son en ambos casos vocaciones, llamadas de Dios a las que responder con y para toda la vida. Dios llama: es necesario escuchar, acoger, responder. Como María: «Heme aquí, que se cumpla en mí según tu palabra» (cf. Lc 1, 38).
Aquí también, en la comunidad diocesana de Frascati, el Señor siembra con largueza sus dones, llama a seguirle y a extender en el hoy su misión. También aquí hay necesidad de una nueva evangelización, y por ello os propongo que viváis intensamente el Año de la fe que empezará en octubre, a los 50 años de la apertura del concilio Vaticano II. Los documentos del Concilio contienen una riqueza enorme para la formación de las nuevas generaciones cristianas, para la formación de nuestra conciencia. Así que leedlos, leed el Catecismo de la Iglesia católica y así redescubrid la belleza de ser cristianos, de ser Iglesia, de vivir el gran «nosotros» que Jesús ha formado en torno a sí, para evangelizar el mundo: el «nosotros» de la Iglesia, jamás cerrado, sino siempre abierto y orientado al anuncio del Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas de Frascati: estad unidos entre vosotros y al mismo tiempo abiertos, misioneros. Permaneced firmes en la fe, arraigados en Cristo mediante la Palabra y la Eucaristía; sed gente que ora para estar siempre unidos a Cristo, como sarmientos a la vid, y al mismo tiempo id, llevad su mensaje a todos, especialmente a los pequeños, a los pobres, a los que sufren. En cada comunidad quereos entre vosotros; no estéis divididos, sino vivid como hermanos, para que el mundo crea que Jesús está vivo en su Iglesia y el Reino de Dios está cerca. Los patronos de la diócesis de Frascati son dos apóstoles: Felipe y Santiago, dos de los Doce. A su intercesión encomiendo el camino de vuestra comunidad, para que se renueve en la fe y dé de ella claro testimonio con las obras de la caridad. Amén.
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Catena Aurea
Teofilacto
No sólo predicaba el Señor en las ciudades, sino en las aldeas, para que aprendamos a no despreciar lo pequeño, y a no buscar siempre las grandes ciudades, porque también se debe sembrar la palabra de Dios en los lugares pobres y humildes. Por esto dice: «Y andaba predicando por todas las aldeas del contorno».
Beda, in Marcum, 2,24
Benigno y clemente, nuestro Señor y Maestro no escatima su poder a sus siervos y discípulos, puesto que así como El curaba todo desfallecimiento y toda enfermedad, dio también a sus apóstoles poder para curarlos. «Y habiendo convocado a los doce», etc. Pero hay gran distancia entre dar y recibir. El Señor obra con su propio poder en todo lo que hace, en tanto que sus discípulos, si hacen algo, es confesando su debilidad y el poder del Señor, diciendo: «En nombre de Jesús, levántate y anda»( Hch 3,6).
Teofilacto
Manda de dos en dos a los apóstoles, para que estén más prontos porque, como dice el Eclesiástico (4,9), mejor es que sean dos juntos que uno sólo. Si hubiese enviado más de dos, no hubiera sido suficiente el número de ellos para ir a tantos lugares.
San Gregorio Magno, homilia in Evangelia, 17
Manda de dos en dos a sus discípulos a la predicación, porque son dos los preceptos de la caridad, el amor de Dios y del prójimo, y no puede existir ésta si no se da en ambos términos. De este modo nos insinúa que el que no tiene caridad para los demás, no debe de ningún modo tomar a su cargo el oficio de la predicación.
«Y les mandó que nada se llevasen», etc.
Beda, in Marcum, 2, 24
Tanta debe ser la confianza en Dios del que predica, que ha de estar seguro de que no ha de faltarle lo necesario a la vida, aunque él no pueda procurárselo, puesto que no debe ocuparse menos de las cosas eternas por ocuparse de las temporales.
Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum
El Señor les impuso también este precepto, para que por su parte manifestasen cuán distante de ellos estaba el deseo de riqueza.
Teofilacto
Les enseña igualmente así, que no deben desear ningún presente o regalo, porque viendo que no tienen nada los apóstoles, confíen en ellos los que los oigan predicar la pobreza.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 30
O porque añadiendo el Señor, según San Mateo: «Porque el que trabaja merece que le sustenten» ( Mt 10,10), nos manifiesta claramente, por qué no quería que ellos poseyeran o llevasen nada consigo; no porque la vida no tenga sus necesidades, sino porque de este modo los creyentes a quienes anunciasen el Evangelio habrían de proveerlos de lo necesario. De aquí se deduce, que el Señor no dice en este precepto que no deben los evangelistas vivir de otro modo que de lo que les den aquellos a quienes anuncian el Evangelio, sino que les da poder de obrar así, como teniendo derecho a ello; y por esto el Apóstol, aunque pareciendo contravenir al precepto, vivió del trabajo de sus manos. Suele preguntarse cómo han referido San Mateo y San Lucas que el Señor dijo a sus discípulos no llevasen ni báculo, cuando San Marcos dice: «Y les mandó que nada se llevasen para el camino, sino el solo báculo». Y bien, debemos entender que es en un sentido en el que San Marcos habla del báculo que se debe llevar, y en otro en el que hablan San Mateo y San Lucas del que no se debe llevar. Pudo, pues, decir el Señor de un modo abreviado: «No llevéis con vosotros nada de lo necesario, ni el báculo, o sólo el báculo» ( Mt 10,10), para que por ni el báculo se entienda ni la cosa más mínima, y por sólo el báculo que por el poder recibido del Señor, simbolizado en el báculo, no les faltaría nada ni aun de lo que no llevaban consigo. Ambas cosas, pues, dijo el Señor; pero como ningún evangelista ha referido las dos a la vez, se piensa que el que dice que lleven el báculo en un sentido, contradice al que refiere que no lleven ni el báculo en otro sentido. Mas dada ya la razón de esto, queda resuelta la duda. Así, cuando San Mateo dice que no deben llevar calzado, quiere evitar el cuidado que les daría llevarle por el temor de que les faltase si no le llevaban. Lo mismo debe entenderse de las dos túnicas, a fin de que no tenga que cuidarse el apóstol más que de la que lleva puesta, y no de la otra, a la cual se le da derecho. Por esto San Marcos, diciendo que calcen sandalias, advierte que debe darse a este calzado una significación mística, puesto que, no dejando cubierto al pie por arriba ni por debajo desnudo, da a entender que no deben ocultar el Evangelio, ni apoyarse en las comodidades terrenas. Y por lo que hace a no tener ni llevar dos túnicas, ¿qué otra cosa les advierte, sino que deben andar sencillamente y no con doblez? Y si alguno piensa que el Señor no ha podido hablar en sentido propio y figurado a la vez en un mismo discurso, que examine los demás discursos suyos y verá que piensa así temerariamente y por ignorancia.
Beda, in Marcum, 2, 24
En las dos túnicas veo yo que se manifiesta un doble vestido. De esta manera, no entendemos que debe contentarse con una sola cuando se hable de Scitia, país glacial por la nieve que le cubre, sino que no se ha de conservar otra por el temor de lo que pueda ocurrir.
Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum
O puede entenderse de otro modo: el no llevar calzado ni báculo, según San Mateo y San Lucas, manifiesta un estado de gran perfección, y el llevar una y otra cosa, como dice San Marcos, es una concesión otorgada a la fragilidad humana.
Beda, in Marcum, 2,24
Por alforja -en sentido alegórico- se ha de entender los trabajos de la vida; por el pan, los placeres temporales; por dinero en el cinto, la sabiduría que se oculta; porque el que ha recibido la sabiduría no debe dejarse agobiar con la carga de los negocios temporales, ni consumirse en deseos carnales, ni ocultar el talento que se le ha dado de la palabra en el ocio de un cuerpo abandonado. «Advertíales asimismo: Donde quiera que tomareis», etc. En estas palabras les da el precepto general de la constancia, para que observen las leyes de la hospitalidad que han de recibir, haciéndoles ver que es ajeno del que anuncia el reino de los cielos el andar de casa en casa.
Teofilacto
Para que no se les acusase de dados a la gula, yendo de unas casas a otras. «Y donde quiera que os desecharen, sacudid el polvo», etc. El Señor les manda que lo hagan así, para que demuestren que han andado un largo camino por ellos y que no les ha aprovechado de nada, o bien para hacer ver que ni aun el polvo han recibido de ellos, sacudiéndose sus pies en testimonio contra ellos, o como reprensión que les hacen.
Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum
O para que sea un testimonio de la fatiga que por ellos han soportado, o un símbolo del polvo de los pecadores que se esparce a su voz. «De esta suerte -continúa- salieron a predicar, exhortando a todos a que hiciesen penitencia», etc. Sólo San Marcos dice que hubiesen sido ungidos; aunque Santiago en su epístola canónica dice algo semejante ( Stgo 5). El óleo cura las fatigas, y es causa de la luz y de la alegría. El óleo de la unción significa, pues, la misericordia de Dios, el remedio de la enfermedad y la iluminación del corazón, obras todas de la oración.
Teofilacto
Significa también la gracia del Espíritu Santo, por la cual descansamos de los trabajos y recibimos la luz y la alegría espiritual.
Beda, in Marcum, 2,24
Aquí se manifiesta que esta costumbre de la santa Iglesia de ungir a los endemoniados y a cualquier enfermo con óleo consagrado por la bendición pontifical, fue introducida por los mismos apóstoles.

