Amar a todos como a uno mismo, incluso a los enemigos

En el Evangelio (Lc 6,27-38) de la liturgia de hoy, 11 de septiembre, Jesús nos dice cómo amar y a quiénes. Y la conclusión es esta: amar a absolutamente a todos, sean malvados o enemigos, y amarles como uno se ama a sí mismo. Es decir, que esta es la voluntad de Dios, y no hay nada que lo iguale.

Dios es así amor, amor total, y quiere que nosotros nos parezcamos a Él, que vivamos según a la “imagen y semejanza” de que estamos hechos. Dios nos quiere como Él es, santos, y amando según Él, lo seremos.

Si somos misericordiosos como Él lo es con todos, si tenemos una actitud de perdón constante, si hacemos el bien sin esperar recompensa, si no juzgamos, ni difamamos, si disculpamos las ofensas, si somos absolutamente generosos y hacemos el bien, aunque no se lo merezcan, etc. Es decir, si les tratamos como nos gustaría que fuéramos nosotros tratados, con sea actitud, medida, seremos medidos… a la hora del acceso al Reino de Dios.

En estas líneas están recogidas en secreto del ser cristiano: el de amar, amar según Dios ama. Todo lo demás, hasta la misma fe, queda en un segundo lugar.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6,27-38

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario? Lo mismo hacen los pecadores. Si prestan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después. Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos y los ingratos. Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida conque midan, serán medidos’’.

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Palabras del papa Francisco

 (Ángelus, 24 de febrero de 2019)

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf. Lc 6, 27-38) se refiere a un punto central y característico de la vida cristiana: el amor por los enemigos. Las palabras de Jesús son claras: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen» (versículos 27-28) ). Y esto no es una opción, es un mandato. No es para todos, sino para los discípulos, que Jesús llama “a los que me escucháis”. Él sabe muy bien que amar a los enemigos va más allá de nuestras posibilidades, pero para esto se hizo hombre: no para dejarnos así como somos, sino para transformarnos en hombres y mujeres capaces de un amor más grande, el de su Padre y el nuestro. Este es el amor que Jesús da a quienes lo “escuchan”. ¡Y entonces se hace posible! Con él, gracias a su amor, a su Espíritu, también podemos amar a quienes no nos aman, incluso a quienes nos hacen daño.

De este modo, Jesús quiere que en cada corazón el amor de Dios triunfe sobre el odio y el rencor. La lógica del amor, que culmina en la Cruz de Cristo, es la señal distintiva del cristiano y nos lleva a salir al encuentro de todos con un corazón de hermanos. Pero, ¿cómo es posible superar el instinto humano y la ley mundana de la represalia? La respuesta la da Jesús en la misma página del Evangelio: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (vers. 36). Quien escucha a Jesús, quien se esfuerza por seguirlo aunque cueste, se convierte en hijo de Dios y comienza a parecerse realmente al Padre que está en el cielo. Nos volvemos capaces de cosas que nunca hubiéramos pensado que podríamos decir o hacer, y de las cuales nos habríamos avergonzado, pero que ahora nos dan alegría y paz. Ya no necesitamos ser violentos, con palabras y gestos; nos descubrimos capaces de ternura y bondad; y sentimos que todo esto no viene de nosotros sino de Él, y por lo tanto no nos jactamos de ello, sino que estamos agradecidos.

No hay nada más grande y más fecundo que el amor: confiere a la persona toda su dignidad, mientras que, por el contrario, el odio y la venganza la disminuyen, desfigurando la belleza de la criatura hecha a imagen de Dios.

Este mandato, de responder al insulto y al mal con el amor, ha generado una nueva cultura en el mundo: la «cultura de la misericordia —¡debemos aprenderla bien! Y practicarla bien esta cultura de la misericordia—, que da vida a una verdadera revolución» (Cart. Ap. Misericordia et misera, 20). Es la revolución del amor, cuyos protagonistas son los mártires de todos los tiempos. Y Jesús nos asegura que nuestro comportamiento, marcado por el amor por aquellos que nos han hecho daño, no será en vano. Él dice: «Perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará […] porque con la medida con que midáis, se os medirá» (vers. 37-38). Esto es hermoso. Será algo hermoso que Dios nos dará si somos generosos, misericordiosos. Debemos perdonar porque Dios nos ha perdonado y él siempre nos perdona. Si no perdonamos completamente, no podemos pretender ser completamente perdonados. En cambio, si nuestros corazones se abren a la misericordia, si el perdón se sella con un abrazo fraternal y los lazos de comunión se fortalecen, proclamamos ante el mundo que es posible vencer el mal con el bien. A veces es más fácil para nosotros recordar las injusticias que hemos sufrido y el mal que nos han hecho y no las cosas buenas; hasta el punto de que hay personas que tienen este hábito y se convierte en una enfermedad. Son “coleccionistas de injusticias”: solo recuerdan las cosas malas que les han hecho. Y este no es el camino. Tenemos que hacer lo contrario, dice Jesús. Recordar las cosas buenas, y cuando alguien viene con una habladuría y habla mal de otro, decir: “Sí, quizás… pero tiene esto de bueno…”. Invertir el discurso. Esta es la revolución de la misericordia.

Que la Virgen María nos ayude a dejarnos tocar el corazón con esta santa palabra de Jesús, ardiente como fuego, que nos transforma y nos hace capaces de hacer el bien sin querer nada a cambio, hacer el bien sin querer nada a cambio, testimoniando en todas partes la victoria del amor.

 

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Catena Aurea

Beda

Como había dicho antes todo lo que se puede sufrir de los enemigos, ahora nos enseña cómo debemos tratar a estos mismos enemigos, diciendo: «Mas dígoos a vosotros, que oís».
 

San Ambrosio

No en vano, sólo después de referir un gran número de hechos sublimes, viene a esto, a fin de enseñar a los pueblos, robustecidos ya con sus milagros, a marchar por las huellas de los prodigios más allá de las tradiciones de la ley. Como entre las tres virtudes -la fe, la esperanza y la caridad- la mayor es la caridad, se ocupa de ella en primer lugar, cuando dice: «Amad a vuestros enemigos».
 

San Basilio, in Regulis brevioribus ad interrogat. 176

Es propio del enemigo el oprimir y acechar. Por tanto, todo el que hace un daño cualquiera a otro, se llama enemigo.
 

San Cirilo

Era muy oportuno dar a conocer todo esto a los santos doctores, que habían de predicar en todo el mundo la doctrina salvadora, porque si quisieran tomar venganza de sus perseguidores, omitirían el llamarlos al conocimiento de la verdad.
 

Crisóstomo, in Mat hom 18

No dice, pues: No aborrezcas, sino: Ama. Y no mandó amar solamente, sino además hacer bien; por lo que sigue: «Haced bien a los que os quieren mal».
 

San Basilio

Como el hombre consta de alma y cuerpo, le hacemos bien respecto del alma cuando le aconsejamos o le reprendemos trayéndole -como de la mano- a la conversión; pero según el cuerpo, le hacemos bien, dándole lo necesario para su sustento.

Prosigue: «Bendecid a los que os maldicen».
 

Crisóstomo

Los que hieren sus propias almas son dignos de lágrimas y de suspiros, no de maldiciones, porque no hay cosa más detestable que un alma maldiciente, ni nada más inmundo que una lengua que maldice. Eres hombre, no vomites el veneno del áspid, ni te conviertas en bestia feroz. Se te ha dado una boca no para que muerdas, sino para que cures la herida de los demás. El Señor manda que trates a tus enemigos lo mismo que a tus amigos; no de cualquier modo, sino como a los más íntimos, por quienes acostumbras a orar. De donde prosigue: «Y orad por los que os calumnian», etc. Hay muchos que, por el contrario, mientras se postran en tierra y arrastran su frente por el suelo, hiriendo sus pechos y levantando sus manos al cielo, no piden a Dios el perdón de sus pecados, sino que piden contra sus enemigos, lo cual no es otra cosa que hincarse a sí mismos el puñal. Cuando pides al que prohibió las imprecaciones contra los enemigos que escuche tus maldiciones contra ellos, ¿cómo puedes ser oído cuando provocas al que ha de oírte, castigando a tu enemigo en presencia de su Rey, si no con las manos, al menos con las palabras? ¿Qué haces, hombre? Estás pidiendo el perdón de tus pecados, y a la vez llenas tu boca de amargura. Es el tiempo del perdón, de la oración, del llanto, no del furor.
 

Beda

Pero con razón se cuestiona: ¿Cómo es que en los profetas se encuentran imprecaciones contra sus enemigos? Pues bien, sépase que los profetas anunciaban en sus imprecaciones lo que debía suceder; no eran votos que expresaban su deseo, sino revelaciones del Espíritu que preveía.
 

San Cirilo

La ley antigua mandaba no ofender a otros; o si antes fuéramos ofendidos, no traspasar en la venganza las proporciones de la ofensa recibida; pero la perfección de la ley está en Jesucristo y en sus mandamientos; por esto prosigue: «Y al que te hiriere en una mejilla, preséntale también la otra».
 

Crisóstomo, in Mat hom 18

Porque los médicos, cuando reciben una patada de un furioso, tienen más compasión de él y se preparan para curarle; tú también debes hacer lo mismo con los que te persiguen. Ellos son los que principalmente enferman: no desistamos antes que arrojen toda su amargura, y entonces te darán gracias, y el Señor te coronará, porque has librado a tu hermano de una enfermedad repugnante.
 

San Basilio, in Isaiam

Casi todos obramos en contra de este precepto; y especialmente los poderosos y los príncipes, no sólo cuando experimentan alguna contrariedad, sino también cuando se les falta a la debida reverencia, considerando como enemigos a todos aquellos que no los respetan tanto cuanto ellos se creen merecer. Es grande la maldad del príncipe cuando está pronto para vengarse; porque, ¿cómo enseñará a otro a no devolver mal por mal cuando se complace en vengarse del que le hace daño?
 

San Cirilo

El Señor quiere además que nos desprendamos de las cosas. Y prosigue: «Y al que te quitare la capa, no le impidas llevar también la túnica». Esta es la virtud del alma, que en un todo se opone a la pasión de la codicia. Conviene que el que es bueno se olvide también de las injurias, porque en aquellas cosas en que favorecemos a nuestros amigos más íntimos, debemos favorecer a nuestros enemigos.
 

Crisóstomo, in Mat hom 18

No dijo, pues: lleva con paciencia las furias del que te ofende, sino: procede con sabiduría, y así te dispondrás a sufrir todo lo que otro quiera hacerte; superando la insolencia de él con la abundancia de tu prudencia para que, avergonzándose de tu excelente paciencia, se retire. Pero dirá alguno: ¿Cómo puede ser esto? Cuando ves que el Señor se ha hecho hombre y ha padecido tanto por ti, ¿aún preguntas y dudas cómo es posible perdonar las injurias de tus hermanos? ¿Quién ha sufrido tanto como tu Señor, que fue aprisionado, azotado, recibió salivazos y sufrió la muerte? De donde prosigue: «Da a todos los que te pidieren».
 

San Agustín, de serv. Dom. 1, 40

No dice, da todas las cosas al que pida, sino da lo que justa y buenamente puedas; esto es, lo que no te perjudique a ti ni a otro, en cuanto el hombre pueda conocerlo y juzgarlo; y al que justamente negares lo que pide, has de hacerle ver la justicia, y tal vez será mejor lo que estés dando, corrigiendo al que pide cosas injustas.
 

Crisóstomo, hom 3 de Lázaro

En esto pecamos no poco; no solamente no dando a los que piden, sino vituperándolos diciendo: ¿Por qué no trabaja? ¿Por qué se ha de sustentar el ocioso? Dime, ¿y tú eres rico porque trabajas? Y si trabajas, ¿lo haces para vituperar a otros? ¿Y por un pan y una túnica le llamas codicioso? ¿No das? Pues no le vituperes. ¿Por qué no te compadeces, y disuades a los que quieren dar? Si diéremos indiferentemente a todos siempre nos compadeceríamos; porque Abraham recibía a todos, recibió también a los ángeles. Y aun cuando sea un homicida, o un ladrón, ¿no le consideras como digno de tener pan? No seamos, pues, censores severos de los demás, para no ser juzgados también nosotros con rigor.

Prosigue: «Y al que tomare lo que es tuyo, no se lo vuelvas a pedir».
 

Crisóstomo, hom 10 in Epist. 1 ad Cor

De Dios recibimos todas las cosas; y cuando decimos mío y tuyo, pronunciamos palabras sin sentido. Y cuando dices que la casa es tuya, pronuncias una palabra que carece de sentido. Porque el aire, y el suelo, y el cemento es del Creador; y aun tú mismo que construiste la casa. Es dudoso si aún el uso de esas cosas te pertenece, no sólo porque te puedes morir, sino también por las diversas eventualidades de la vida. La vida no te pertenece, ¿a qué título han de ser tuyas las riquezas? Quiere Dios, sin embargo, que los bienes que te ha confiado para tus hermanos sean tuyos; y tuyos serán, si para ellos los dispensares; mas si te prodigas a ti mismo las cosas que son tuyas, ya no serán tuyas, sino ajenas. Pero los hombres muchas veces se pelean por la codicia nefanda de las riquezas ante los tribunales, contra lo que dice Jesucristo: «Y al que tomare lo que es tuyo no se lo vuelvas a pedir».
 

San Agustín, de serv. Dom. 2, 36

Lo que dice el Señor respecto del vestido, de la casa, de la hacienda, del jumento, generalmente lo dice refiriéndose a todas las cosas. No conviene que el cristiano posea a su siervo como posee el caballo y el dinero. Si un criado es tratado mejor por ti que por otro que quiere quitártelo, no sé si alguien se atreva a decir que debes dejarlo ir.
 

Crisóstomo

Hay en nosotros una ley natural, por medio de la cual distinguimos la virtud del vicio; por lo que sigue: «Y lo que queréis que hagan a vosotros los hombres, eso mismo haced vosotros a ellos». Como son dos los caminos que conducen a la práctica de la virtud, a saber, abstenerse del mal y obrar el bien; establece esta última, que contiene también la otra. Y sinceramente, si hubiese dicho: «Para que seáis hombres, amad a las bestias», sería un mandato difícil; pero mandándonos amar a los hombres, según nuestra inclinación natural, ¿dónde está la dificultad de esta ley, observada por los leones y los lobos, a quienes inclina a amarse el natural parentesco? Se manifiesta, pues, que Jesucristo no ha mandado ninguna cosa superior a nuestra naturaleza sino que enseña, lo que grabó en nuestra conciencia, para que sea ley para nosotros, para que si queremos que se compadezcan de nosotros, nos compadezcamos también del prójimo.

 

Crisóstomo, hom 1 in Epist. ad Col

El Señor había dicho que debemos amar a los enemigos. Para que no se crea que esto se dijo hiperbólicamente, pensando que sólo se les decía para aterrarlos, añade la razón de esto, diciendo: «Y si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?», etc. Muchas son las causas que producen el amor; pero el amor espiritual aventaja a todos los amores. Ningún miramiento humano puede producirle, ni la utilidad, ni el beneficio, ni la naturaleza, ni el tiempo, sino que baja del cielo. ¿Por qué te admiras si no necesita de favor para subsistir, y cuando no es pervertido por la enfermedad de los malvados? Un padre, cuando sufre injurias, rompe la alianza del amor; una consorte, después de la riña, abandona a su marido; un hijo, si ve a su padre muy anciano, se entristece; mientras que San Pablo iba a hacer bien a los que le apedreaban ( Hch 14) y Moisés, apedreado por los judíos, ora por ellos ( Ex 17). Respetemos, pues, las amistades espirituales, porque son indisolubles. Después, reprendiendo a los indolentes, añade: «Porque los pecadores también aman a los que los aman a ellos»; como diciendo: Porque quiero que vosotros hagáis algo más perfecto, no solamente os mando que améis a los amigos, sino también a los enemigos; hacer bien a los bienhechores, es común a todos. Da a conocer el Señor que pide un poco más que lo que acostumbran hacer los pecadores que sólo aman a sus amigos. De donde prosigue: «Y si hiciereis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tendréis?».
 

Beda

No solamente reprende el amor y el beneficio de los pecadores, como destituido de mérito, sino también el mutuo, de donde prosigue: «Y si prestarais a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis? porque los pecadores también negocian con los pecadores -esto es, prestan- para recibir beneficios iguales».
 

San Ambrosio

La filosofía distingue tres clases de justicia: una respecto de Dios, que se llama piedad; otra respecto de los parientes y el resto de la humanidad, y la tercera respecto de los muertos, para que les paguen los derechos de las exequias. Pero nuestro Señor Jesucristo, elevándose sobre los oráculos de la ley y el testimonio de los profetas, enseñó a obrar con caridad respecto de aquellos que hacen daño, cuando añade: «Amad a vuestros enemigos», etc.
 

San Crisóstomo, in Gen. hom 58

En lo cual más bien te favoreces a ti que a él. Porque él sólo es amado por un compañero suyo, pero tú te haces semejante a Dios. Es un acto grande de virtud colmar de beneficios a los que quieren hacernos daño, por lo que sigue: «Y haced bien». Así como el agua apaga el fuego de un horno encendido, así también la razón, con su calma, apaga los furores de los demás. Lo que es el agua respecto del fuego, esto es, la humildad y la mansedumbre respecto de la ira; y así como el fuego no se apaga por medio del fuego, así la ira no se apaga por medio de la ira.
 

San Gregorio Niceno, orat. 1 contra usurarios

El hombre debe evitar el celo que pueda dañar a otros y no debe exigir del que carece de riquezas aumentos de oro ni de plata, porque exigiría un fruto de metales, que son estériles; por lo que sigue: «Y dad prestado, sin esperar por eso nada», etc. Si alguno considera como robo, o como homicidio, la exagerada exigencia de los que prestan, no pecará. Porque ¿qué diferencia hay entre poseer un robo, horadando la pared, y poseer ilícitamente lo que la usura toma a los necesitados?
 

San Basilio

Tal modo de avaricia se llama en griego tocos, que procede de la palabra parir, por fecundidad del mal. Los animales -con el transcurso del tiempo- nacen, crecen y paren; pero el dinero de los usureros empieza a producir apenas sale de sus manos. Los animales que paren más pronto, dejan de parir también pronto; pero la codicia de los avaros, cuanto más tiempo tiene, más crece. Los animales, en cuanto transmiten a sus hijos la fecundidad, dejan de parir; pero el dinero de los avaros procrea nuevos frutos y renueva los precedentes. No te acerques, pues, a la bestia mortífera. ¿Qué ventaja resulta de evitar la pobreza de hoy, si ha de volver después aumentada? Medita ya cómo has de pagar. ¿Cómo podrá aumentarse tanto en tus manos el capital, que una parte remedie tu necesidad, otra represente el capital, y además produzca para el usurero? Pero dirás: ¿Cómo adquiriré lo necesario para comer? Trabaja, sirve, y últimamente pide limosna; todo es más llevadero que vivir de prestado. El rico, por otra parte, dirá: ¿Cómo puede llamarse préstamo aquello que carece de esperanza de retribución? Medita la virtud de la palabra, y admirarás la piedad de su autor. Cuando das al pobre, en virtud de la divina caridad, haces a la vez un préstamo y una donación. Donación, en cuanto que no esperas retribución alguna; y préstamo, por la misericordia de Dios, que paga siempre con creces, por aquél, de donde prosigue: «Y vuestro galardón será grande». ¿No quieres que el Omnipotente esté obligado a restituirte? ¿O aceptas la fianza de cualquier ciudadano rico, y repudias a Dios como fiador de los pobres?
 

Crisóstomo, in Genesim sub finem hom 3

Observa la naturaleza admirable del préstamo. El uno recibe, y otro se obliga a pagar la deuda, devolviendo el ciento por uno en la vida presente, y en la otra la felicidad eterna.
 

San Ambrosio

Tal es la recompensa de la misericordia, que da el derecho de la adopción divina. Pues sigue: «Y seréis hijos del Altísimo». Practica, pues, la misericordia para que merezcas la gracia. Inmensa es la benignidad de Dios: llueve sobre los ingratos; y la tierra fecunda no rehusa sus frutos a los malos. Por lo que prosigue, «Porque El es benigno para los ingratos y malos».
 

Beda

Ya repartiendo los bienes temporales, ya inspirando los celestiales con singular gracia.
 

San Cirilo

Grande es, pues, el premio de la piedad; porque esta virtud nos hace semejantes a Dios, e imprime en nuestras almas como un sello de la naturaleza sublime. Por lo que sigue: «Sed misericordiosos, como lo es vuestro Padre celestial».
 

San Atanasio, orat. 4 contra Arian

Lo dice con el fin de que -conociendo nosotros sus beneficios- hagamos nuestras buenas obras, no por los hombres, sino por Dios; por cuanto no debemos esperar el premio de los hombres, sino de Dios.

 

San Ambrosio

Añade el Señor que no debemos juzgar temerariamente, con el fin de que conociendo tu propio delito, no te atrevas a dar tu parecer sobre otro. Por lo que dice: «No juzguéis».
 

Crisóstomo in Mat. hom. 24

No juzgues a los que te preceden, esto es, el discípulo al maestro, el pecador al inocente, a quienes no se debe reprender, sino aconsejar y corregir con caridad; tampoco debe juzgarse sobre las cosas inciertas y de poca importancia que no tienen ni apariencia de pecados, o que no son graves ni están prohibidas.
 

San Cirilo

Apacigua aquí la pésima pasión de nuestras conciencias, o de nuestro espíritu, que es el principio y el origen del soberbio desprecio, pues aunque conviene que algunos sean circunspectos y hablen como Dios desea, no lo hacen así, sino que censuran la conducta ajena; y cuando ven que algunos obran mal, olvidándose de sus propios defectos, murmuran de ellos.
 

Crisóstomo

Y difícilmente se encontrará alguno -ni padre de familia, ni religioso- que no incurra en este error; son también éstas, insidias de tentación diabólica, porque el que se ocupa en juzgar los defectos ajenos con severidad, nunca se hará acreedor al perdón de sus propios pecados; por lo que dice: «Y no seréis juzgados». Así como el piadoso y manso reprime el temor de los pecados, así el severo y cruel lo aumenta con sus propios crímenes.
 

San Gregorio Niceno

No pronunciéis vuestra sentencia sobre vuestro siervo con acritud, para que no sufráis un castigo semejante; el juicio provoca una condenación más rigurosa. De donde prosigue: «No condenéis y no seréis condenados». No prohibe, por tanto, el juicio en el perdón.
 

Beda

En esta breve sentencia, condensa todo lo que había mandado hacer respecto de los enemigos, y concluye diciendo: «Perdonad y seréis perdonados». En lo cual nos manda perdonar las injurias y dispensar beneficios, para que se nos perdonen los pecados, y se nos conceda la vida eterna.
 

San Cirilo

Que recibiremos una recompensa abundante de Dios -que da con largueza a los que le aman- lo demuestra añadiendo: «Buena medida, y apretada, y remecida, y colmada darán en vuestro seno».
 

Teofilacto

Como diciendo: Así como cuando quieres medir la harina sin tasa, llenas la medida grande y dejas que se derrame, así el Señor la dará en vuestro seno.
 

San Agustín, de quaest. evang. 2,8

Dice, pues, darán, porque sus discípulos recibirán la recompensa celestial por los méritos de aquellos a quienes hayan dado siquiera un vaso de agua en su nombre. Sigue: «Porque con la misma medida con que midiereis, se os medirá».
 

San Basilio

Con la misma medida con que cada uno de vosotros mide a los demás, obrando bien, o pecando, con la misma llevará los premios a los castigos.
 

Teofilacto

Alguno que sea sutil, preguntará: Si se da con sobreabundancia, ¿cómo puede ser la misma medida? A lo cual contestamos que no dijo: Se os dará la misma medida, sino en la misma medida. Hará bien al que hizo bien, lo cual significa ser medido con la misma medida. Pero dice medida sobreabundante, porque le hará mil veces más de bien. Así en el juicio: el que juzga y es juzgado después, recibe la misma medida; mas como será juzgado más severamente que lo que él juzgó a sus semejantes, la medida será en eso sobreabundante.
 

San Cirilo

Esto lo explica el Apóstol diciendo: «El que siembra poco (esto es, con mano avara), segará poco (esto es, no con abundancia), y el que siembra en bendiciones, segará también en bendiciones» ( 2Cor 9,6) (esto es, en abundancia). Y si alguno no tiene, si no siembra, no peca. Se acepta el que tiene, no en el que carece.

 

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