«Que la gloria del Infinito sólo se glorifique mediante la significación del uno-para-el-otro en tanto que sinceridad; que en mi sinceridad el Infinito atraviese lo finito; que lo Infinito se pase allí» (E. Levinas)[1].
***** El padre Kolbe era llevado, no hacia nada por sí mismo, se dejaba alimentar simplemente. Cuando se lee el relato de su muerte, se tiene casi la impresión de que estaba casi abstraído, elevado por una tal corriente invisible que no llegaba a preocuparse de lo visible. Esa luz secreta era de tal modo deslumbradora que los propios verdugos le suplicaban que no les mirase; no podrían soportar su mirada. La prueba de que esa corriente no venía de él es que, a su contacto, los otros prisioneros, emparedados en la cárcel del hambre y de la sed, fueron arrastrado también por la misma corriente y se volvieron abstraídos, indiferentes a sus sufrimientos, para cantar cánticos de acción de gracias… ¡Y eran pecadores! Puestos en contacto con la Fuente, olvidan el resto. El padre Kolbe daba conferencias espirituales en plena enfermería, a esqueletos vivientes, sobre las relaciones de la Inmaculada con las Tres Personas de la santísima Trinidad; y estos moribundos estaban embelesados (en el sentido de rapto) como María a los pies del Maestro: estaban situados en la verdadera perspectiva de las cosas, la única que no es una Maya (ilusión), la inmensa Maya del mundo occidental…[2] *****
Cuando la cosas —especialísimamente el ser humano— entran en contacto con la gracia de Dios, se iluminan, irradian amor. Sólo una cosa es importante estar instalados en esa corriente divina, y ser arrastrados, absorbidos por ella, o simplemente transportados, dejarse llevar. Cuando esto suceda, entonces uno se sentirá amado, llevado, distanciado de las cosas, intocable en el centro por el mal, envuelto por una atmósfera de paz, por una corriente sublime, amable, cálida… Se está bajo el reinado de Dios, en el clima de la vida trinitaria. No hay otra cosa que hacer que entrar en la corriente de vida que brota de Dios, ser saciados por la gracia, y florecer. Lo único que podemos hacer es dejarnos llevar, dejarnos hacer, ser dúctiles a la acción del Espíritu de Dios en nosotros. Ello requiere un grado de abandono, que sólo los sencillos, lo pequeños,… son capaces de realizar. La corriente divina está ahí, no tenemos que inventarla ni crear la atracción, está ahí, simplemente. Tan sólo tenemos que sentirlo y creerlo, y entregarnos. Es todo. Dios intervendrá entonces, lo está deseando. Todo ocurre de una forma más secreta de lo que creemos, pero es una acción real. Nos trabaja a un nivel donde nosotros no podemos acceder. Tal vez no sepamos ponerla nombre, ni quiera que vive con nosotros, que nos habita, ocupando silenciosa y progresivamente cada vez más terreno, hasta que nos rinde. Dios lo puede hacer todo. Y lo que El hace es infinito y sobrepasa cualquier posibilidad aunada del universo. ¿Para qué, pues, esforzarnos en hacer denonamente lo que Dios puede hacer gratuitamente? Dejar que Dios haga ha de ser todo nuestro empeño. No hacer para que Dios haga. Es todo. Cuanto podemos hacer está al servicio de lo que no podemos hacer. Toda nuestra actividad se dirige a dejar de ser activos por nuestra cuenta, para que se produzca la intervención de Dios, su actividad en nuestra «pasividad». …..
Una fe viva es un don, un don que es fuente de vida. Que ha de informar todos los actos y toda la existencia del creyente. Todo cristiano coherente con su fe debe reflejar en él con toda sencillez un no sé qué de divino, de misterio,… transportar un magnetismo en torno suyo, haciendo partícipes de una forma analógica a los demás de esa irradiación divina que lo habita.
Si habéis tenido ocasión de tratar con algún hermano de vida consagrada, habréis percibido el sosiego feliz, el resplandor sereno que proveniente del alma se le asoma al rostro. Dios irradia a través del hombre que ama.
Dios es amor, y el hombre está constituido ontológicamente con amor; el amor forma parte de su ser. Y quien ama actúa según su natural modo de ser. Amar, amarse, es permitirse ser lo que es. Actuar bondadosamente es poner de manifiesto lo que se lleva dentro; es la presencia de Dios irradiando vida en la vida. Amar es divinizarse.
Entregarse amorosamente a la vida que nos sale al encuentro en cada momento, en la confianza de que lo querido será transcendido. La caridad tiene la virtualidad de trascender lo por ella creado. Es ponerlo en la corriente de Dios, en la corriente que circula en la vida trinitaria.
La virtud de la caridad teologal es una participación del movimiento de amor que agita el interior de la divinidad. La infusión de la caridad nos capacita amar con el mismo amor de Dios: Amaos como yo os he amado (Jn 15,12). La caridad, procedente de Dios, y gracias a la cual participamos en El, es el único camino para llegar hasta Dios, y divinizarnos. Si estamos unidos a El por la gracia y la caridad, nuestro sentimiento se confunde en el torrente de amor de Cristo para con el Padre y para con los hombres.
…………………………………………….. [1] De otro modo que ser, o más allá de la esencia, Sígueme, Salamanca 1987, p.228. [2] MO, p.169.
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