La parábola del trigo y la cizaña

En el evangelio de la misa de hoy, 26 de julio, Jesucristo, expone a sus discípulos la parábola del trigo y la cizaña, principalmente, para hacerlos comprender cómo es el Reino de Dios.

Así comienzan muchos enunciados sobre la Buena Nueva del Reino: «En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la gente: El reino de los cielos se parece…» (Mt 13,31) o «Les dijo otra parábola: El reino de los cielos se parece…»  (Mt 13,33). «Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.» (Mt 13,34-35). De modo que el lenguaje sugerente, evocativo y expresivo del relato parabólico impactara reposando sobre la mente y el corazón del que escuchaba; además de ser fiel a lo que dice la Escritura profética: «Abriré mi boca diciendo parábolas».

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13,24-30:

En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: «El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó. Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña.
Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’ El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él les contestó: ‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla; y luego almacenen el trigo en mi granero’ «.

Dice el papa Francisco que «el empeño del diablo es `obstaculizar la obra de salvación´, sembrando cizaña«. Esta parábola de la cizaña «nos hace conocer la paciencia de Dios, abriendo nuestro corazón a la esperanza».

Los sembradores de la cizaña y la cizaña son lo mismo, pues es la maldad insuflada por el diablo, para contaminar de pecaminosidad la tierra del reino de Dios, es decir, erradicar el reinado de bondad y amor del corazón de los seres humanos.

 «La cizaña son los partidarios del Maligno«, que será quemada al final. Lo cual es una llama serie de atención a lo que hacemos con nuestra vida, si estamos trabajando haciendo creer en trigo en vidas o la cizaña. Preguntémonos de qué lado estamos, y si ¿estamos siendo de esos partidarios de los que esparcen la maldad…, por acción, omisión o inconsciencia? ¡Cuántas veces hacemos el juego al Maligno!

Cuando uno pecada, es un corrupto o un malvado, etc., no sólo comente un mal, sino que lo propaga, lo fomenta y lo posibilita. Como la cizaña, que crece y se multiplica; lo hace abundar y fortalecerse. La responsabilidad es muy grande. Es de una gravedad extraordinaria, a la que colaboramos cual cooperadores necesarios del enemigo, que en la oscuridad de la noche siembra las semillas del mal que ahogan la buena semilla de Reino de los Cielos.

Aunque al final la victoria del Reino de Jesús está garantizada por la salvación de que obtuvo en la cruz, mientras tanto el mundo infectado de tinieblas causa estragos en muchos, que se convierten en cizaña enemiga de reinado de Cristo.

«Jesús habla de nuestro mundo, que en realidad es como un gran campo, donde Dios siembra trigo y el maligno cizaña, y así el bien y el mal crecen juntos. Nuestro corazón es el campo de la libertad: no es un laboratorio aséptico, sino un espacio abierto y, por tanto, vulnerable.» (Papa Francisco).

…oo0oo…

                       

Palabras del papa Francisco

(Ángelus, 23 de julio de 2023)

El Evangelio de hoy nos ofrece la parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-43). Un agricultor, que ha sembrado buena semilla en su campo, descubre que un enemigo de noche ha sembrado en él cizaña, una planta de aspecto muy parecido al trigo, pero infectada.

De este modo, Jesús habla de nuestro mundo, que en realidad es como un gran campo, donde Dios siembra trigo y el maligno cizaña, y así el bien y el mal crecen juntos. El bien y el mal crecen juntos. Lo vemos en las noticias, en la sociedad, y también en la familia y también en la Iglesia. Y cuando, junto al trigo bueno, vemos malas hierbas, nos dan ganas de arrancarlas inmediatamente, de hacer «limpieza total» de inmediato. Pero el Señor nos advierte hoy que es una tentación hacer esto: no podemos crear un mundo perfecto y no podemos hacer el bien destruyendo precipitadamente lo que está mal, porque esto tiene efectos peores: acabamos -como se dice- «tirando el niño junto con el agua sucia».

Hay, sin embargo, un segundo campo en el que podemos limpiar: es el campo de nuestro corazón, el único en el que podemos intervenir directamente. También allí hay trigo y cizaña, de hecho, es desde allí desde donde ambos se extienden al gran campo del mundo. Hermanos y hermanas, nuestro corazón, en efecto, es el campo de la libertad: no es un laboratorio aséptico, sino un espacio abierto y, por tanto, vulnerable. Para cultivarlo adecuadamente, es necesario, por una parte, cuidar constantemente los delicados brotes de bondad y, por otra, identificar y erradicar las malezas, en el momento justo. Así pues, miremos en nuestro interior y examinemos un poco que ocurre, lo que crece en mí. Que está creciendo en mi de bien y de mal. Existe un hermoso método para hacerlo: aquello que se llama el examen de conciencia, que es ver qué sucede hoy en mi vida, qué me impactó en el corazón y qué decisión tomé. Y esto sirve precisamente para verificar, a la luz de Dios, donde están las hierbas malas y donde la semilla buena.

Después del campo del mundo y del campo del corazón hay un tercero campo. Podemos llamarlo el campo del vecino. Son las personas con las que nos relacionamos, que frecuentamos cada día y a las que juzgamos a menudo. ¡Qué fácil nos resulta reconocer su cizaña! ¡Y qué difícil es, en cambio, ver el buen trigo que crece! ¡Cómo nos gusta “despellejar” a los demás…! Recordemos, sin embargo, que si queremos cultivar los campos de la vida, es importante buscar ante todo la obra de Dios: aprender a ver en los demás, en el mundo y en nosotros mismos la belleza de lo que el Señor ha sembrado, el trigo besado por el sol con sus espigas doradas. Hermanos y hermanas, Pedimos la gracia de poder verla en nosotros mismos, pero también en los demás, empezando por los que están cerca de nosotros. No es una mirada ingenua, es una mirada creyente, porque Dios, el agricultor del gran campo del mundo, ama ver lo bueno y hacerlo crecer hasta hacer de la siega una fiesta.

Por eso, también hoy podemos hacernos algunas preguntas. Pensando en el campo del mundo: ¿Yo sé vencer la tentación de «hacer de cada hierba un montón», de hacer “limpieza total” de los demás con mis juicios? Luego, pensando en el campo del corazón: ¿soy honesto para buscar las malas plantas que hay en mí y decidido arrojarlas al fuego de la misericordia de Dios? Y, pensando en el campo del prójimo: ¿tengo la sabiduría de ver lo bueno sin desanimarme por las limitaciones y la lentitud de los demás?

Que la Virgen María nos ayude a cultivar con paciencia lo que el Señor siembra en el campo de la vida, en mi campo, en el campo de mi vecino, en el campo de todos.

…….

 (Ángelus, 19 julio 2020)

En el Evangelio de hoy (cfr. Mt 13, 24-43) nos volvemos a encontrar a Jesús hablando a la multitud en parábolas sobre el Reino de los cielos. Me detengo solamente en la primera, la de la cizaña, a través de la cual nos hace conocer la paciencia de Dios, abriendo nuestro corazón a la esperanza.

Jesús cuenta que, en el campo en el que se ha sembrado la semilla buena, brota también la cizaña, un término que resume todas las malas hierbas, que infestan el terreno. Entre nosotros, podemos decir que también hoy el terreno está devastado por muchos herbicidas y pesticidas, que al final también hacen mal tanto a la hierba, como a la tierra y a la salud. Pero esto, entre paréntesis. Los siervos entonces van donde el amo para saber de dónde viene la cizaña, y él responde: «Algún enemigo ha hecho esto» (v. 28). ¡Porque nosotros hemos sembrado trigo bueno! Un enemigo, uno que hace la competencia, ha venido a hacer esto. Ellos quieren ir enseguida a arrancar la cizaña que está creciendo, sin embargo el amo dice que no, porque se corre el riesgo de arrancar juntas las malas hierbas —la cizaña— y el trigo. Es necesario esperar el momento de la cosecha: solo entonces se separan y la cizaña será quemada. Es también una historia de sentido común.

En esta parábola se puede leer una visión de la historia. Junto a Dios —el amo del campo— que esparce siempre y solo semilla buena, hay un adversario, que esparce la cizaña para obstaculizar el crecimiento del trigo. El amo actúa abiertamente, a la luz del sol, y su propósito es una buena cosecha; el otro, el adversario, sin embargo, aprovecha la oscuridad de la noche y obra por envidia, por hostilidad, para arruinar todo. El adversario tiene un nombre: es el diablo, el opositor de Dios por antonomasia. Su intención es obstaculizar la obra de salvación, para que el Reino de Dios sea obstaculizado por trabajadores injustos, sembradores de escándalos. De hecho, la buena semilla y la cizaña no representan el bien y el mal de forma abstracta, sino a nosotros los seres humanos, que podemos seguir a Dios o al diablo. Muchas veces, hemos escuchado que una familia que estaba en paz, después han comenzado las guerras, las envidias… Un barrio que estaba en paz, después han empezado cosas feas… Y nosotros estamos acostumbrados a decir: “Alguien ha venido ahí a sembrar cizaña”, o “esta persona de la familia, con los chismes, siembra cizaña”. Siempre es sembrar el mal lo que destruye. Y esto lo hace siempre el diablo o nuestra tentación: cuando caemos en la tentación de chismorrear para destruir a los otros.

La intención de los siervos es la de eliminar enseguida el mal, es decir a las personas malvadas, pero el amo es más sabio, ve más lejos: estos deben saber esperar, porque soportar las persecuciones y las hostilidades forma parte de la vocación cristiana. El mal, por supuesto, debe ser rechazado, pero los malvados son personas con las que hay que tener paciencia. No se trata de esa tolerancia hipócrita que esconde ambigüedad, sino de la justicia mitigada por la misericordia. Si Jesús ha venido a buscar a los pecadores más que a los justos, a curar a los enfermos antes que a los sanos (cfr. Mt 9,12-13), también nuestra acción como sus discípulos debe estar dirigida no para suprimir a los malvados, sino para salvarlos. Y ahí, la paciencia.

El Evangelio de hoy presenta dos modos de actuar y de vivir la historia: por un lado, la mirada del amo, que ve lejos; por otro, la mirada de los siervos, que ven el problema. Los criados se preocupan por un campo sin malezas, el amo se preocupa por el buen trigo. El Señor nos invita a asumir su misma mirada, la que mira al buen trigo, que sabe custodiarlo también en las malas hierbas. No colabora bien con Dios quien se pone a la caza de los límites y de los defectos de los otros, sino más bien quien sabe reconocer el bien que crece silenciosamente en el campo de la Iglesia y de la historia, cultivándolo hasta la maduración. Y entonces será Dios, y solo Él, quien premie a los buenos y castigue a los malvados. La Virgen María nos ayude a comprender e imitar la paciencia de Dios, que no quiere que ninguno de sus hijos se pierda, que Él ama con amor de Padre.

 …oo0oo…

Catena Aurea

 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,1

El Señor habló en la parábola anterior de aquellos que no reciben la palabra de Dios, y ahora habla de aquellos que la reciben alterada, porque es propio del demonio mezclar el error con la verdad. Por eso sigue: «Otra parábola les propuso», etc.
 

San Jerónimo

Les propuso otra parábola, a la manera de un rico que sirve distintos manjares a sus convidados, a fin de que tome cada uno el que es más a propósito para su estómago. Y no dijo la otra, sino otra, porque si hubiera dicho la otra, no podríamos esperar otra tercera; y dijo otra, para manifestar que seguirían otras muchas. El sentido de la parábola lo manifiesta el Señor cuando añade: «Semejante es el reino de los cielos a un hombre que sembró buena simiente», etc.
 

Remigio

Llama reino de los cielos al mismo Hijo de Dios, y dice que este reino es semejante a un hombre que sembró buena simiente en su campo.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,1

Nos presenta en seguida los lazos del demonio diciendo: «Y mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue». Con estas palabras nos hace ver que el error viene después de la verdad, cosa demostrada por la experiencia. Así, después de los profetas vinieron los falsos profetas; después de los Apóstoles los falsos apóstoles; y después de Cristo el Anticristo. Porque no se esfuerza el diablo en tentar a quien no lo ha de imitar ni a quien no puede tender sus lazos, porque ha visto que la simiente fructifica, a veces como ciento, otras como sesenta, y otras como treinta, y que no puede él arrebatar ni sofocar la que tiene buenas raíces, y por eso se vale de otro engaño, confundiendo su propia simiente y revistiendo sus obras con colores y semejanzas que sorprenden al que se deja engañar con facilidad. Por eso no dice el Señor que siembra una simiente cualquiera, sino la cizaña, que es muy parecida, al menos a la vista, a la simiente del sembrador: tal es la malicia del diablo; siembra cuando han nacido las simientes, para de esta manera causar más daños a los intereses del agricultor.
 

San Agustín, quaestiones evangeliorum, 11

Y dice: «Mientras dormían los hombres» porque cuando los jefes de la Iglesia obran con negligencia, o cuando los apóstoles son visitados por el sueño de la muerte, viene el diablo y siembra sobre aquellos a quienes el Señor llama hijos malos. Pero se pregunta ahora: ¿son éstos los herejes o los malos católicos?. Porque manifestándonos que están sembrados en medio del trigo parece significar que son todos de una misma comunión. Pero sin embargo, como en la interpretación de la palabra campo no se significa a la Iglesia, sino a todo el mundo, se comprende que habla de los herejes, que se hallan mezclados en este mundo con los buenos. De aquí es que a los que son malos pero tienen la misma fe se les llama paja mejor que cizaña. La paja, efectivamente, tiene la misma raíz y fundamento que el grano. En cuanto a los cismáticos, parece que tienen más semejanza con las espigas podridas, o con las pajas de aristas rotas y divididas que se arrojan de la mies. Pero no se debe sacar de aquí la consecuencia de que los herejes y cismáticos son forzosamente separados de la Iglesia corporalmente, porque hay muchos en el seno de la Iglesia que no defienden su error de manera que puedan atraer al pueblo. Porque si lo hicieren así, entonces serían expulsados en seguida de la Iglesia. ( Y más abajo): Cuando el diablo con sus detestables errores y falsas doctrinas ha sembrado la cizaña (esto es, ha arrojado las herejías valiéndose del nombre de Cristo) se oculta con más cuidado y se hace más invisible; y esto es lo que significa: «Y se fue». Se comprende, pues, que el Señor significó en esta parábola con la palabra cizaña (como terminó en la exposición) no algunos escándalos, sino todos los escándalos, y a aquellos que cometen ciertas maldades.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,1

En las siguientes líneas describe perfectamente la marcha de los herejes: «Y después que creció la yerba e hizo fruto, apareció entonces la cizaña». Al principio los herejes no dan la cara, pero cuando tienen más libertad y algunos otros participan de su error, entonces vierten su veneno.
 

San Agustín, quaestiones evangeliorum, 12

O de otra manera, cuando el hombre espiritual empieza a juzgar todas las cosas, entonces comienzan a aparecer los errores, y distingue cuánto dista de la verdad lo que ha oído o leído. Pero mientras llega a la perfección espiritual, puede ser envuelto en la multitud de errores que se han propalado con el nombre de Cristo. Por eso sigue: «Y llegando los siervos del padre de familia, le dijeron: Señor, ¿por ventura no sembraste buena simiente en tu campo? ¿Pues de dónde tiene cizaña?» Ocurre preguntar aquí quiénes son esos siervos: si son los siervos aquellos a quienes después llama segadores, o si son los ángeles, a quienes en la explicación que él nos ha dado de esta parábola llama también segadores; pero que nadie se atreve a afirmar que los ángeles no tuvieron conocimiento del que sembró la cizaña; por consiguiente deben entenderse por siervos los mismo fieles a quienes no nos debe admirar los llame además buena simiente, porque se puede expresar una misma cosa con diferentes nombres, según la relación con que se la considere; el mismo Salvador es llamado en un mismo Evangelio ( Jn 10) a la vez » puerta y pastor».
 

Remigio

Se llegan a Dios, no con el cuerpo, sino con el corazón y el deseo del alma. De esta manera comprenden que todo se hizo por astucia del diablo y por eso les dice: «Hombre enemigo ha hecho esto».
 

San Jerónimo

Llama al diablo hombre enemigo porque no es Dios. Y así se dice de él en el Salmo 9: «Levántate, Señor, para que no tome fuerzas el hombre» ( Sal 9,20). Por esta razón no debe dormirse el que está al frente de la Iglesia, no sea que por descuido suyo siembre el hombre enemigo la cizaña, esto es, las afirmaciones heréticas.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,1

Y se llama enemigo a causa de los perjuicios que causa al hombre, porque siempre nos está maltratando, aunque no sea el origen de su tratamiento la enemistad que nos tiene, sino la que profesa a Dios.
 

San Agustín. quaestiones evangeliorum, 12

Al conocer los siervos de Dios que el diablo, sintiendo que nada podía hacer contra el autor de tan gran nombre, ha tramado un fraude para ocultar sus mentiras bajo el mismo nombre, puede presentárseles el deseo, en la medida que tengan algún poder temporal, de apartar a los hombres de las cosas mundanas. Pero para saber que deben hacer consultan antes a la justicia de Dios. De donde sigue: «¿Quieres que vayamos y la cojamos?».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,1

Debemos admirar en este pasaje la solicitud y el amor de los siervos: se apresuran a arrancar la cizaña, lo que prueba la solicitud por su simiente, y no tratan de que se castigue a nadie sino de que no muera la buena simiente.

La respuesta del Señor es la siguiente: «Y les dijo: no».
 

San Jerónimo

Hay ocasiones para hacer penitencia; y se nos aconseja que no hagamos perecer en seguida a nuestros hermanos; porque puede ocurrir que alguno esté hoy manchado con algún dogma herético, mañana se arrepienta y comience a defender la verdad: «No sea que cogiendo la cizaña, arranquéis también el trigo».
 

San Agustín, quaestiones evangeliorum, 12

Palabras que no pueden menos que engendrar en ellos una paciencia y una tranquilidad grandísima. La razón de esta parábola es, que los que son buenos, pero que aun están débiles, necesitan de esta mezcla con los malos, ya para adquirir fortaleza con el ejercicio, ya para que comparando los unos con los otros se estimulen a ser mejores. O también se arrancan al mismo tiempo el trigo y la cizaña, porque hay muchos que al principio son cizaña y después se hacen trigo. Si a éstos no se les sufre con paciencia cuando son malos, no se consigue el que muden de costumbres; y si fuesen arrancados en ese estado, se arrancaría al mismo tiempo lo que con el tiempo y el perdón hubiera sido trigo. Por eso nos previene el Señor que no hagamos desaparecer de esta vida a esa clase de hombres, no sea que por quitar la vida a los malos se la quitemos a los que quizá hubieran sido buenos, o perjudiquemos a los buenos, a quienes, a pesar suyo, pueden ser útiles. El momento oportuno de quitarles la vida será cuando ya no les quede tiempo para mudar de vida, y el contraste de sus errores con la verdad no pueda ser útil a los buenos: «Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega», esto es, hasta el juicio.
 

San Jerónimo

Pero parece que esta doctrina contradice a aquel precepto: «Quitad el mal de entre vosotros» ( 1Cor 5,13); porque efectivamente si se prohibe arrancar la cizaña, y se manda conservarla hasta la siega, ¿de qué modo se han de quitar de entre nosotros ciertos hombres? Pero no hay o es muy poca la diferencia entre el trigo y la cizaña, llamada vulgarmente vallico, que cuando aun está en estado de yerba y su tallo no está coronado de espiga, es muy parecida al trigo. Por esta razón nos advierte el Señor que no demos nuestro dictamen sin un examen detenido sobre cosas dudosas, sino que las dejemos a juicio de Dios, a fin de que arroje el Señor en el día del juicio de entre los santos, no a los criminales sospechosos sino a los que entonces serán bien manifiestos.
 

San Agustín, contra epistulam Parmeniani, 3,2

Cuando algún cristiano hubiera sido cogido en el seno de la Iglesia en algún pecado digno de ser anatematizado, anatematícese en donde no haya peligro de dar lugar al cisma, y hágase con amor a fin de no arrancarlo, sino de corregirlo. Pero si él no se reconociere y ni se corrigiere con la penitencia, él mismo se saldrá fuera y será separado de la comunión de la Iglesia por su propia voluntad. Por eso el Señor al decir: «Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega», da la razón en las palabras siguientes: «No sea que cogiendo la cizaña arranquéis también el trigo». Donde manifiesta claramente, que cuando no hay ese peligro y hay completa seguridad de la permanencia de la simiente (esto es, cuando el crimen es tan conocido y detestado de todos, que no hay absolutamente nadie, o si hay alguno que se atreva a defenderlo, es tan poco notable que no puede dar lugar al cisma), no debe descuidarse la severidad de la disciplina, en la que es tanto más eficaz la corrección del mal cuanto más se respetan las leyes de la caridad. Pero cuando el mal ha gangrenado a la multitud, no queda más remedio que el sentir y gemir. De ahí es que debe el hombre corregir con amor aquello que pueda, y lo que no pueda, sufrirlo con paciencia y gemir y llorar hasta que la corrección venga de lo alto, y esperar hasta la siega el arrancar la cizaña y el aventar la paja. Cuando se puede levantar la voz en medio de un pueblo, debe hacerse la corrección de las desmoralizadas turbas con expresiones generales, principalmente si nos ofrece la ocasión y la oportunidad algún castigo del cielo enviado por Dios, de hacerles ver que son castigados cual merecen; porque las calamidades públicas vuelven dóciles los oídos de aquellos que escuchan las palabras del que los corrige y excitan más fácilmente a los corazones afligidos a confesarse gimiendo que a resistirse murmurando. Y aunque no exista calamidad pública, se puede, siempre que se habla en público, corregir a la multitud en medio de la multitud. Porque así como se enfurece cuando se habla en particular, así también suele gemir cuando se la reprende en general.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,1-2

Dijo el Señor todo esto para prohibir las muertes. No convenía quitar la vida a los herejes, porque de esta manera se trabaría una lucha sin piedad en todo el mundo. Por eso dice: «No la arranquéis al mismo tiempo que el trigo», es decir, si empuñáis las armas, y quitáis la vida a los herejes, vuestros golpes alcanzarán necesariamente a multitud de santos. No prohibe, pues, el Señor, el contener a los herejes, el atajar la libre propaganda de sus errores, sus sínodos y sus reuniones, sino el destruirlos y quitarles la vida.
 

San Agustín, epístolas, 93,17

En un principio yo era de la opinión de no obligar a nadie a entrar en la unidad de Cristo, a obrar con la palabra, a combatir con la discusión, a vencer con la razón, a fin de que no tengamos por católicos hipócritas a aquellos a quienes hemos conocido como herejes marcados. Sin embargo, mi opinión era el no combatir con palabras, sino el dominar con ejemplos. Las leyes terribles por las que los reyes sirven a Dios con temblor de tal manera les fueron útiles, que se vieron precisados a decir unos: desde luego era ésta nuestra voluntad, pero damos mil gracias a Dios, que nos ha presentado la ocasión, y nos ha quitado todo pretexto para diferirla. Otros: sabíamos que ésta era la verdad, pero no sabemos por qué costumbre nos deteníamos: mil gracias a Dios que ha roto nuestras ligaduras. Otros: ignorábamos que fuera ésta la verdad, ni teníamos deseo de aprenderla; pero el miedo nos ha hecho volver a ella: gracias a Dios que nos despertó de nuestro letargo con el estímulo del terror. Otros dicen: Nosotros teníamos miedo de entrar por los rumores falsos, que hubiéramos desconocido ser falsos si no hubiéramos entrado, pero ni hubiéramos entrado, sino a viva fuerza; gracias a Dios, que nos ha quitado nuestra perplejidad con la persecución, nos ha enseñado por experiencia cuán sin fundamento y cuán falsas son las voces que han extendido sobre su Iglesia. Otros dicen: nosotros juzgábamos que no era cosa de interés el recibir la fe de Cristo, pero gracias al Señor que ha hecho que concluya nuestra separación, nos ha unido a un solo Dios, y nos ha manifestado la unidad del culto. Sirvan, pues, los reyes a Cristo, y promulguen leyes en favor de Cristo.
 

San Agustín, epístolas, 185, 32 et 22

¿Quién de vosotros no sólo deseará que perezcan los herejes, sino también el que experimenten pérdidas? Pues no de otro modo mereció tener la paz la casa de David, si no hubiese desaparecido su hijo Absalón en la guerra que hizo contra su padre ( 2Sam 18), aun cuando este rey infortunado había recomendado a sus servidores el mayor cuidado para que conservasen la vida de su hijo, en quien su corazón de padre miraba sólo al arrepentimiento para perdonarlo. El por su rebelión fue víctima de su resistencia, y al padre no le quedó más que llorarlo, y consolar su dolor con la paz devuelta a sus estados. Así la Iglesia católica nuestra madre, cuando atrae a su seno un gran número de hijos con la pérdida de algunos otros, dulcifica y cura el dolor de su corazón maternal con el espectáculo de los pueblos que ha salvado. ¿Dónde se funda, pues, lo que algunos vociferan: «¿Uno es libre para creer o para no creer? ¿A quién forzó Cristo? ¿A quién obligó?» Ahí tienen al Apóstol San Pablo. Reconozcan en él a Cristo primero postrándolo, y después enseñándole; primero hiriendo y después consolando ( Hch 9). Pero es cosa admirable, que aquel que entró en el Evangelio obligado por un castigo corporal, trabajó más en el Evangelio, que aquellos que fueron llamados sólo con la palabra ( 1Cor 15). ¿Por qué la Iglesia no obligará a sus hijos perdidos a volver, si esos mismos hijos perdidos precisan a otros a perecer?
 

Sigue: «Y en el tiempo de la siega diré a los segadores: Coged primeramente la cizaña, y atadla en manojos para quemarla».

Remigio

Llama él siega al tiempo en que se está segando. Y por siega se entiende el día del juicio, en que los buenos serán separados de los malos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 46,2

¿Pero por qué dice: coged primeramente la cizaña? A fin de que no crean los buenos que juntamente con la cizaña se debe arrancar también el trigo.
 

San Jerónimo

Está bien manifiesto en las palabras: «lanzad al fuego los manojos de cizaña y reunid el trigo en los graneros», que los herejes, de cualquier clase que sean, y también los hipócritas, serán quemados en los fuegos del infierno. Y los santos (que es lo que se da a entender con la palabra trigo) serán recibidos en los graneros, esto es, en las mansiones celestiales.
 

San Agustín, quaestiones euangeliorum, 1, 12

Se puede preguntar: ¿por qué no dijo el Señor: haced un solo haz y un solo montón con la cizaña? Sin duda para significar que había muchas clases de herejes, que estaban separados no sólo del trigo, sino también unos de otros. Y por esto los manojos figuran sus diferentes reuniones, en las que cada partido está unido por su propia comunión, y entonces es cuando se debe principiar a atarlos para prenderles fuego, puesto que entonces es cuando separados de la Iglesia católica, principian a formar como unas iglesias propias. No serán quemados hasta el fin de los tiempos pero quedarán atados en manojos. Pero si esto se verificase en seguida, no habría muchos que hicieran penitencia y reconocieran su error y volviesen a la Iglesia. Por esta razón no se formarán los manojos hasta el fin, con objeto de que no sean castigados sin orden alguno, sino que lo será cada uno conforme a su perversidad.
 

Rábano

Y es de notar que cuando dice: «Sembró buena simiente» significa la buena voluntad de los elegidos; y cuando dice: «Llegó el enemigo» quiso intimarnos la cautela que debíamos tener y en las palabras: «Creciendo la cizaña, el hombre enemigo hizo esto» nos recomendó la paciencia; y en aquellas otras: «No sea que cogiendo la cizaña» nos dio un ejemplo de discreción; y cuando añade: «Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega» nos recomendó la longanimidad; y por último la justicia cuando dijo: «Atadla en manojos para quemarla», etc.

ACTUALIDAD CATÓLICA


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.