El feudalismo de los Estados

Echando una mirada reflexiva hacia atrás, a hace medio siglo tan solo, uno se queda estupefacto de cómo han cambiado las cosas. Una de ellas es la actual importancia y presencia de los Estados en la vida de la gente. En realidad se trata de un feudalismo renovado y aún aumentado, con ínfulas democráticas porque se ejerce el derecho al voto (y punto final).

Hace 50 años -tomemos como ejemplo un país occidental como España, en los años 1960 a 1970- los ciudadanos a pesar de vivir en un Estado autoritario vivían con una libertad y unas posibilidad de aspirar a algo grande y a prosperar en la vida como no lo hay hoy día.

Por la injerencia tipo feudalita de los Estados en la vida de la gente: en muchas cuestiones de control, vigilancia… por el abuso de la tecnología; con las numerosas normas, reglamentos, leyes… y sus respectivas sanciones, multas, etc.; con la presencia de la Administración y sus funcionarios constantemente incidiendo en la sociedad y en la vida de la gente, agobiante y omnipresente, y su gigantesco coste; por la maquinaria del Estado y ventajas al pleitear con el ciudadano, el cual desiste -aunque ya suponga perder…- a cambio de evitarse miedos, esfuerzos, tiempo, y tal vez posibles pérdidas mayores; etc., etc. (lista de «por», a la que todos ustedes podrían añadir más, seguro).

Lo trágico es que con la angustia de la crisis económica, el Estado va apoderándose de más poder sobre las personas, impone su voluntad recortando autonomía de los individuos; con el argumento de la seguridad y la protección y la asistencia social, legisla cada vez más sobre los espacios de libertad de los ciudadanos. La invasión en la vida económica, en la seguridad y en la libertad de la gente por parte del Estado son tiempos estos actuales que no tienen parangón con ningún otro. Veamos tan solo el económico:

El subir impuestos está llegando a unos extremos que trae consecuencias perjudiciales: 1. La asfixia llega a tal que la gente, para sobrevivir, tiene que autoprotegerse con el fraude y la economía sumergida. 2. El que el Estado se convierta en algo elefansiaco. gigantesco monstruo de acaparar dinero que nunca es suficiente para repartir a tanta gente dependiente (la prácticamente mitad de los españoles viven de los ingresos provenientes del Estado), más lo que supone de subvenciones y apesebrados, clientelismo, compraventa de medios de comunicación, carreristas, etc. etc. El subir impuestos, pues, trae una potencialización del Estado y una limitación de los individuos; aquel se «enriquece» y estos se empobrecen -o nunca pueden aspirar a alguna riqueza-.

Los Estados en sus deseos desmedidos de acaparar poder y más poder sobre los ciudadanos, se asemeja al poder del Medievo en que los señores feudales que disponían de bienes y hacienda de sus súbditos, sobre los que ejercían un control exhaustivo. Se está bajo un poder absolutizante, con andamiaje democrático, que se impone y reconstruye la realidad, manipulándola sin escrúpulos, con los medios de todos, para someter a todos.

Esta es la realidad: Un papá Estado que cuida de una ciudadanía débil y dependiente. La gente parece estar contenta bajo ese paraguas, que proporciona apariencia de autonomía y seguridad, pero se trata de una jaula con barrotes de oro de la que no puede escapar.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


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