El katéjon de la ley natural o el orden del Creador

Parece que cada vez está más claro que la ley natural o el orden establecido por el Creador es el bastión que hace imposible que el poder del Maligno —el ministerio de la impiedad ya está actuando— extienda su tiniebla sobre la tierra. Como dijera San Pablo (2Tes 2,6-8) el katéjon, el obstáculo, que imposibilita que se manifiesta abierta y poderosamente el Impío, la criatura delegada de Satanás, el Anticristo, el Hombre sin Ley.

La ley natural viene a ser el el katéjon, el impedimento que para cualquier intento de hacer por saltar por los aires el orden creado, la voluntad divina plasmada en su obra, los raíles por donde debe transcurrir el devenir humano. Pero hay quien está por que esto descarrile. Y ahora parece darse todas las posibilidades.

La Ley natural fundamental nos obliga a realizar todas aquellas acciones que tienden a la perfección individual del hombre y a omitir las que producen su imperfección. Esta ley es inmutable, universal y originaria, procediendo de ella todas las demás leyes naturales particulares, deducibles racionalmente.

 Que Dios tuviera que explicitar en el Decálogo lo natural, lo inscripto en la conciencia pura, creada inocente, sin mancha original, pone de manifiesto que se corría el riesgo de que el hombre, al alejarse de ese ser de origen con el que Dios le había creado, se desviaba de los designios del Creador, de ser fiel, y mostrarse en rebeldía. Esta toma de conciencia a través de la ley explicitada, remembranza y refrescante de la ley natural, con la ayuda de la gracia divina y el Espíritu Santo, a raíz de la encarnación y redención de Cristo, y con sacramentos a disposición de su Iglesia, la vivencia de sus sacramentos,  el hombre se mantenía fiel —aun con desobediencias puntuales, caídas, pecados— al propósito de actuar bien y con arreglo a la voluntad de Dios, de modo su comportamiento siendo consecuente con su propio ser sea concorde con los fines naturales como tal ser humano.

Ahora todo parece indicar que nos encontramos en una situación distinta de lo sucedido históricamente; esto es: por un acumulamiento de rebeldías sucesivas y al unísono de los hombres, que han dejado arrastras por ideologías contrarias a lo querido por el Creador, llámense nihilismo, estructuralismo, materialismo, constructivismo, relativismo, liberalismo ateo, laicismo extremo, hedonismo, etc., que han ido socavando la conciencia y los principios universales (estimación e impulso interior al bien, al amor, a la verdad, a la belleza… con los que fuimos creados, en definitiva la ley natural reflejo —participación— de la ley eterna, vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano, asemejado a Él y llamado a la máxima grandeza y dignidad ser hijo suyo .

Esto que hasta el momento presente, más o menos, se había mantenido a salvo, dramáticamente está siendo quebrantado por el espíritu del tiempo en nuestros días.

Este esforzado y descomunal empeño por asaltar la ley natural, derribar y hacer desaparecer de la vida en la Tierra, viene a demostrar —porque antes nunca había sucedido en la historia— su relevancia y cuanto significa, ha habida cuenta de lo que supondría tal fenómeno: La desaparición de la ley natural supone someter la vida en la tierra a la tiranía del capricho más disparatado, loco y dañino; es decir y en definitiva, a que se desaten todos los males y la tierra se cubra de tinieblas.

Cuando esto sea un hecho consumado, la Tierra se convertirá en un infierno caótico, a merced del Maligno, que espera —quitado el katéjon que se lo impedía— manifestarse con toda su potencia de odio destructivo.

Y cuando esto ocurra, no nos cabe la menor duda que Dios intervendrá. Tal y como está prometida —profetizada— su Parusía: la manifestación del Señor de la historia, el Cristo, que reivindicará su derecho a lo que es suyo: por ser el Verbo Creador y por ser el Salvador.

 Les dejamos con las palabras proféticas de hace dos siglos y medio del carmelita San Francisco de Palau:

 “Los medios de salvación están envueltos en profundos misterios: es de noche, la gente duerme, las tinieblas cubren la faz de la tierra; pero Dios como autor de este orden natural que el hombre trastorna, despertará por la voz del Arcángel a los soñolientos, y les despertará en un horrendo cataclismo de la naturaleza misma, y este orden arrojará de si a los que le combaten”.[1]

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[1] Cfr. “El Ermitaño”, Año III, Nº 95, edición del 1 de septiembre de 1870; Año III, Nº 101, edición del 13 de octubre de 1870; Año III, Nº 132, edición del 18 de mayo de 1871, respectivamente.

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