
La aspiración de ciertas pseudorreligiones, como la Nueva Era, y los problemas que se plantea la filosofía moderna son un esfuerzo de las tinieblas por apoderarse de la luz.

Como decíamos, aunque se quiera reprimir y hasta anular la naturaleza del ser humano, su dimensión profunda más propia y verdadera, habrá momentos en que para poder respirar de esa asfixia del alma, romperá ese casco de hielo bajo el cual se halla sumergido. Y entonces buscará satisfacer esa necesidad de lo trascendente, y se agarrará a cualquier cosa.
A finales del siglo XX estábamos convencidos de que podíamos cambiar al hombre, de que la ciencia generaba necesariamente el progreso, no sólo técnico, sino también moral. Creíamos que la enseñanza era la clave de la evolución positiva de los individuos y de las sociedades.
Decíamos –aquí– que «el ser humano es religioso por naturaleza… Por eso todo intento de extirpar la espiritualidad… ¡fracasará!»; pero cabe la posibilidad de acabar con el ser humano como tal, acabando con su naturaleza espiritual, animalizándolo, reduciéndolo a instintos.
Hoy he querido hablar sobre la dignidad de la persona humana. La misma nos viene de la divinidad, porque la identidad del ser humano es la de haber sido creado a “imagen y semejanza de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador (GS, 12). Más aún, la encarnación de Dios Hijo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22). Por ello, la persona humana exige relación, primero con Dios y después con los demás. En este sentido, el hombre es siempre un don que se comparte, que crece y madura al acoger a los otros, en la reciprocidad y en el servicio.
