En la misa de hoy, 27 de febrero, el santo evangelio según san Mateo 5,20-26, así como la primera lectura del profeta Ezequiel 18,21-28, nos hablan de la justicia de Dios que quiere para nosotros, para que la vivamos a su medida, que es procuradora de vida y salvación. Dios quiere que nuestra justicia, no sea al modo del mundo, «ojo por ojo», sino a su modo: La justicia de Dios, tierno Padre, es misericordiosa para con sus hijos los hombres, y la revela en plenitud el Hijo, Jesucristo, mostrándonos que la nuestra sea a semejanza de la suya.
En el Evangelio Jesús nos dice: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Es decir, que hay otra justicia además de la de estricto cumplimiento legalista, la que señalaban y cumplían los expertos de la Ley, o de la otra justicia, tal y como nosotros la entendemos, la de “dar a cada uno lo suyo”; Jesús hace referencia a una justicia mayor, la que nos lleva a tratarnos como hermanos.
Esta justicia fraterna es más eleva, de mayor calidad humana, que tiene su origen en Dios Padre que nos hace hijos suyos y por tanto hermanos. Dios nos ama con una justicia que es santidad, es decir, amor misericordioso, no de justicia humana, sino según Él, gratuitamente. A su semejanza, como Él es, es como nosotros tenemos que ser, y amarnos misericordiosamente.
Según ese amor fraternal, el trato injusto, que deshumaniza, que llama al otro imbécil o necio, rompe la comunión de todos en el Hijo. De modo que si “tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. Jesucristo es el portador del Reino, cuyo valor central es la fraternidad. Todo lo que atente contra ese espíritu fraterno, comete un injusticia, que condena.
Lectura de la profecía de Ezequiel (18,21-28):
ESTO dice el Señor Dios:
«Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios—, y no que se convierta de su conducta y viva?
Si el inocente se aparta de su inocencia y comete maldades, como las acciones detestables del malvado, ¿acaso podrá vivir? No se tendrán en cuenta sus obras justas. Por el mal que hizo y por el pecado cometido, morirá.
Insistis: No es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».
Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,20-26):
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 16 de febrero de 2014)
El Evangelio de este domingo forma parte aún del así llamado «sermón de la montaña», la primera gran predicación de Jesús. Hoy el tema es la actitud de Jesús respecto a la Ley judía. Él afirma: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17). Jesús, sin embargo, no quiere cancelar los mandamientos que dio el Señor por medio de Moisés, sino que quiere darles plenitud. E inmediatamente después añade que esta «plenitud» de la Ley requiere una justicia mayor, una observancia más auténtica. Dice, en efecto, a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,20).
¿Pero qué significa esta «plenitud» de la Ley? Y esta justicia mayor, ¿en qué consiste? Jesús mismo nos responde con algunos ejemplos. Jesús era práctico, hablaba siempre con ejemplos para hacerse entender. Inicia desde el quinto mandamiento: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”; … Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado» (vv. 21-22). Con esto, Jesús nos recuerda que incluso las palabras pueden matar. Cuando se dice de una persona que tiene la lengua de serpiente, ¿qué se quiere decir? Que sus palabras matan. Por lo tanto, no sólo no hay que atentar contra la vida del prójimo, sino que tampoco hay que derramar sobre él el veneno de la ira y golpearlo con la calumnia. Ni tampoco hablar mal de él. Llegamos a las habladurías: las habladurías, también, pueden matar, porque matan la fama de las personas. ¡Es tan feo criticar! Al inicio puede parecer algo placentero, incluso divertido, como chupar un caramelo. Pero al final, nos llena el corazón de amargura, y nos envenena también a nosotros. Os digo la verdad, estoy convencido de que si cada uno de nosotros hiciese el propósito de evitar las críticas, al final llegaría a ser santo. ¡Es un buen camino! ¿Queremos ser santos? ¿Sí o no? [Plaza: ¡Sí!] ¿Queremos vivir apegados a las habladurías como una costumbre? ¿Sí o no? [Plaza: ¡No!] Entonces estamos de acuerdo: ¡nada de críticas! Jesús propone a quien le sigue la perfección del amor: un amor cuya única medida es no tener medida, de ir más allá de todo cálculo. El amor al prójimo es una actitud tan fundamental que Jesús llega a afirmar que nuestra relación con Dios no puede ser sincera si no queremos hacer las paces con el prójimo. Y dice así: «Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (vv. 23-24). Por ello estamos llamados a reconciliarnos con nuestros hermanos antes de manifestar nuestra devoción al Señor en la oración.
De todo esto se comprende que Jesús no da importancia sencillamente a la observancia disciplinar y a la conducta exterior. Él va a la raíz de la Ley, apuntando sobre todo a la intención y, por lo tanto, al corazón del hombre, donde tienen origen nuestras acciones buenas y malas. Para tener comportamientos buenos y honestos no bastan las normas jurídicas, sino que son necesarias motivaciones profundas, expresiones de una sabiduría oculta, la Sabiduría de Dios, que se puede acoger gracias al Espíritu Santo. Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu, que nos hace capaces de vivir el amor divino.
A la luz de esta enseñanza, cada precepto revela su pleno significado como exigencia de amor, y todos se unen en el más grande mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo.
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Palabras del papa Benedicto XVI
(Discurso a los miembros de la Curia Romana y de la Gobernación con motivo de la presentación de las felicitaciones navideñas, 21 de diciembre de 2009)
Si el hombre no está reconciliado con Dios, entrará en discordia también con la creación. No está reconciliado consigo mismo, quisiera ser distinto de lo que es y, por lo tanto, tampoco está reconciliado con el prójimo. Además, de la reconciliación forma parte la capacidad de reconocer la culpa y pedir perdón, a Dios y a los demás. Y, por último, pertenece al proceso de la reconciliación la disponibilidad a la penitencia, la disponibilidad a sufrir hasta el fondo por una culpa y a dejarse transformar. También, forma parte de ella la gratuidad, de la que la encíclica Caritas in veritate habla repetidamente: la disponibilidad a ir más allá de lo necesario, a no ir haciendo cuentas, sino a ir más allá de lo que exigen las simples condiciones jurídicas. Y también forma parte de ella la generosidad de la que Dios mismo nos ha dado ejemplo. Pensemos en las palabras de Jesús: «Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda»(Mt 5, 23s.). Dios, que sabía que no estamos reconciliados, que veía que tenemos algo contra él, se levantó y salió a nuestro encuentro, aunque sólo él tuviera la razón. Salió a nuestro encuentro hasta la cruz, para reconciliarnos. Esto es gratuidad: la disponibilidad a dar el primer paso, a ser el primero en salir al encuentro del otro, a ofrecerle la reconciliación, a asumir el sufrimiento que implica renunciar a tener la razón. No ceder en la voluntad de reconciliación. Dios nos ha dado ejemplo de ello, y ésta es la manera de llegar a ser semejantes a él, una actitud que siempre necesitamos, una y otra vez, en el mundo. Hoy debemos volver a aprender la capacidad de reconocer la culpa, debemos renunciar a la falsa convicción de que somos inocentes. Debemos aprender la capacidad de hacer penitencia, de dejarnos transformar; de salir al encuentro del otro y de pedir a Dios que nos dé el valor y la fuerza para esa renovación.
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Catena Aurea
San Hilario, in Matthaeum, 4
Con tan magnífico exordio empezó a plenificar la obra de la ley antigua y a anunciar a sus Apóstoles que no les será posible la entrada en el Reino de los Cielos si no aventajan a los fariseos en justicia. Esto es lo que manifiesta cuando dice: «Porque os digo, que si vuestra justicia no fuere mayor», etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.16,4
Llama justicia aquí a la virtud universal. Entiéndase en esto el aumento de la gracia. A sus discípulos los consideraba todavía como ignorantes, pero quiere que sean mejores que los maestros en el Antiguo Testamento. No llamó inicuos a los escribas y a los fariseos porque no negó que tenían justicia. Considera también que con estas cosas confirma el Antiguo Testamento delante de sus Apóstoles, comparándolo con el Nuevo, resultando el más y el menos dentro del mismo género. La justicia de los escribas y los fariseos son los mandamientos de Moisés. Los cumplimientos de aquellos mandatos son los preceptos de Jesucristo. Esto es, pues, lo que dice: Si alguno, además de los preceptos de la ley, no cumple estos preceptos míos, que ellos consideraban como pequeños, no entrará en el Reino de los Cielos; puesto que aquellos preceptos libran de la pena (debida a los transgresores de la ley), mas no llevan al Reino de los Cielos, pero éstos libran de la pena y llevan al cielo. Siendo una misma cosa quebrantar los preceptos pequeños y no cumplirlos, ¿por qué dice arriba, del que los quebranta, que se llamará pequeño en el reino de Dios, y ahora dice del que no los cumple, que no entrará en el Reino de los Cielos? Pero entiende que ser pequeño en el Reino, es lo mismo que no entrar en él y que estar en el Reino no es reinar con Cristo, sino vivir en el pueblo de Cristo. Como si dijese del que no cumple que estará entre los cristianos, pero que será un cristiano pequeño, y que el que entra en el Reino, participa del Reino con Jesucristo. Por lo tanto, éste que no entra en el Reino de los Cielos, no tendrá gloria con Jesucristo. Sin embargo, estará en el Reino de los Cielos, esto es, en el número de aquéllos sobre quienes reina Jesucristo, que es el rey de los cielos.
San Agustín, de civitate Dei, 20,9
O como dice en otro lugar: «Si vuestra justicia no fuese mayor que la de los escribas y de los fariseos», esto es, de aquéllos que no practican lo que enseñan porque de ellos ya ha dicho San Mateo: «Dicen y no hacen» ( Mt 23,3). Como si dijese: si no abundase vuestra justicia de modo que no quebrantéis, sino más bien hagáis lo que enseñáis, no entraréis en el Reino de los Cielos. Antes se entendía el Reino de los Cielos donde están ambos: el que no practica lo que enseña y el que lo practica, pero el primero se llama pequeño y el segundo grande, por lo que se entiende como Reino de los Cielos a la Iglesia presente. Aquí, se entiende el Reino de los Cielos donde entra aquel que cumpla la ley. Esta es la Iglesia tal y como será en la otra vida.
San Agustín, contra Faustum, 19, 30
Este nombre de Reino de los Cielos, que con tanto interés nombra nuestro Señor, no sé si alguno lo habrá encontrado escrito en los libros del Antiguo Testamento. Propiamente hablando pertenece a la revelación del Nuevo Testamento, porque se reservaba nombrarlo a los labios de Aquel a quien prefiguraba el Antiguo Testamento para regir y gobernar a sus siervos. Este fin, al cual deben referirse los preceptos, estaba oculto en el Antiguo Testamento, aunque ajustados a él vivían los santos que veían su revelación futura.
Glosa
O esto que dice: «si no abundare», debe referirse a la inteligencia de los escribas y fariseos, no al contenido del Antiguo Testamento.
San Agustín, contra Faustum, 19, 28
Casi todo lo que el Señor aconsejó o mandó precedido de estas palabras ( Mt 19,23): «Yo, pues, os digo», se encuentra en aquellos libros antiguos. Pero como no comprendían que el homicidio era otra cosa más que la destrucción de un cuerpo humano, el Señor les manifestó que todo movimiento malo que pueda contribuir a hacer daño al prójimo, debe considerarse como homicidio. Por esto añade: «Oísteis que fue dicho a los antiguos: ‘No matarás».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
Queriendo Jesucristo manifestar que el mismo Dios que habló en la ley es el que ahora manda en la gracia, pone a la cabeza de sus preceptos aquel que en la ley antigua se ponía el primero; esto es, antes de los prohibitivos contra el prójimo.
San Agustín, de civitate Dei, 1, 21
El precepto: «No matarás», no expresa, como opinan los maniqueos, la prohibición de arrancar una caña o matar un animal sin razón, puesto que por ordenación justísima del Creador, su vida y su muerte están sometidas a nuestras necesidades. Por ello debemos entender, que todo lo dicho se refiere al hombre: No matarás a otro, ni tampoco a ti, pues el que se mata, no hace otra cosa que matar a un hombre. De ningún modo obraron contra este mandamiento los que por orden de Dios hicieron la guerra. Ni tampoco cometen crimen aquellos que, ejerciendo la autoridad legítima, castigan a los criminales por razones justas. A Abraham, no solamente no se le consideró como culpable de crueldad, sino que más bien se le alaba con el nombre de piadoso, cuando quiso matar a su hijo por obedecer a Dios. Se exceptúan aquí aquellos a quienes Dios manda matar por mandamiento expreso, o por cumplir con la ley, o por librar a otra persona. No mata aquél que obedece al que manda, como aquellos que prestan su ayuda al que ejerce la justicia; tampoco debe considerarse como homicida a Sansón, que sucumbió bajo las ruinas con todos sus enemigos, porque el mismo Espíritu que por medio de él hacía milagros, había sido quien le había dado esta orden, aunque de una manera oculta.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 16,5
Por esto que dice: «Se ha dicho a los antiguos», manifiesta que hacía ya mucho tiempo que conocían este precepto. Dice esto, pues, para mover a los oyentes tardos a preceptos más altos. Así como si un maestro dice a su alumno perezoso animándolo al estudio: «has pasado mucho tiempo en deletrear». Por eso añade: «Mas yo os digo, que todo aquel que se enoje con su hermano, obligado será a juicio». En lo que debemos comprender la potestad del legislador. Ninguno de los antiguos había hablado así, sino de esta manera: «Esto dice el Señor». Porque aquéllos, como siervos, anunciaban las cosas que eran del Señor, pero éste, como Hijo, anuncia las cosas que son de su Padre y suyas a la vez; aquéllos predicaban a sus compañeros de servidumbre y éste dictaba leyes a sus subordinados.
San Agustín, de civitate Dei, 9,4
Dos son los pareceres de los filósofos acerca de las pasiones del alma. Los estoicos creen que las pasiones son impropias del hombre sabio; pero los peripatéticos creen que los hombres sabios pueden tener pasiones, pero moderadas y sujetas a la razón, sí como cuando se ejerce la misericordia de modo que se conserve la justicia
San Agustín, de civitate Dei, 4,5
En la doctrina cristiana no se indaga principalmente si un alma piadosa puede encolerizarse o entristecerse sino el origen de donde proceden esas impresiones.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
El que se encolerice sin causa, será culpable. Pues si la ira no existiera, ni la doctrina aprovecharía, ni los tribunales estarían constituidos, ni los crímenes se castigarían. Así, el que no se enfurece cuando hay causa para ello, peca. La paciencia imprudente fomenta los vicios, aumenta la negligencia e invita a obrar el mal, no sólo a los malos sino también a los buenos.
San Jerónimo
En algunos códices se añade: «Sin causa». Sin embargo, en las cosas verdaderas no hay duda y la cólera se prohíbe totalmente. Si se nos manda rogar por los que nos persiguen ( Mt 5,44), queda suprimida toda ocasión de enfurecerse. No debemos incomodarnos sin causa, porque la ira del hombre no opera la justicia de Dios ( Stgo 1,20).
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
Sin embargo, la ira con causa no es ira, sino juicio, pues la cólera propiamente dicha es la alteración de una pasión. El que se enfada con causa, su ira no es de pasión, y por lo tanto juzga, no se irrita.
San Agustín, In libro retractationum, 1, 19
También debemos fijarnos en lo que significa enfurecerse con su hermano, puesto que no se enfurece con su hermano aquel que se enfurece por la culpa de su hermano. El que se enfurece con su hermano y no con su pecado, se enfurece sin causa.
San Agustín, de civitate Dei, 14, 9
Nadie que tenga su juicio cabal, podrá decir que se enfurece aquel que se incomoda con su hermano para que se corrija. Estos movimientos, que provienen del amor del bien y de la santa caridad, no pueden llamarse vicios, puesto que están en armonía con la recta razón.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
Yo creo que Jesucristo no habla aquí de la ira carnal, sino de la ira espiritual. La carne no puede obedecer sin conturbarse. Cuando el hombre se enfurece y no quiere hacer aquello que la ira le impulsa, su carne se enfurece, pero su alma queda en paz.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 9
Así, pues, en este primer mandamiento se trata de una cosa sola: la ira. En el segundo se trata de dos: la ira y la voz que la expresa, como se dice en estos términos: «Y el que dijere a su hermano raca, obligado será en el concilio». Algunos han querido tomar del griego la significación de esta palabra, creyendo que la palabra raca quiere decir andrajoso, puesto que en griego la palabra racos quiere decir andrajoso. Es más probable que sea una voz sin significado alguno, pero manifestando la alteración de un alma indignada. Los gramáticos llaman a estas voces interjecciones, como cuando se dice por uno que padece: «¡Ay!»
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.16,7
También la palabra raca puede ser una palabra de desprecio o de ultraje, como cuando nosotros decimos, o a los criados, o a los que son más jóvenes que nosotros: «Marcha tú, dile tú». Y así, los que conocen la lengua siríaca, ponen la palabra raca en lugar de tú. El Señor, pues, quiso arrancar hasta los defectos más pequeños, y por ello nos manda que nos respetemos mutuamente.
San Jerónimo
O bien raca es una palabra hebrea y quiere decir vano o hueco, a quien no podemos llamar con la injuria vulgar, sin cerebro. Y con intención añade: «El que dijere a su hermano»: nuestro hermano, pues, no puede ser otro que aquel que tiene un mismo padre que nosotros.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
No es propio llamar hombre vacío a aquel que tiene en sí al Espíritu Santo.
San Agustín, de sermone Domini, 1,9
En tercer lugar, se significan tres cosas: la ira, la voz que significa la ira y la expresión del vituperio. Por ello sigue: «Y quien dijere insensato, quedará sujeto al fuego del infierno». Hay gradación en estos pecados. Primero, cuando uno se enfurece y retiene el movimiento concebido en el corazón y si esfuerza la voz sin significación precisa, pero que por su fuerza es signo de la emoción, hay un grado más que en la cólera que calla. Pero aun es más si expresa una palabra ciertamente injuriosa.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
Así como ninguno que tiene el Espíritu Santo puede llamarse vacío, así ninguno que conoce a Jesucristo puede llamarse fatuo. Pero si la palabra raca significa vacío en cuanto al sentido de la palabra, lo mismo quiere decir fatuo que raca. Se diferencia, sin embargo, en cuanto al fin que se propone el que dice esta palabra. Raca era una palabra vulgar entre los judíos, la cual pronunciaban, no por ira ni por odio, sino por algún movimiento vano. La decían, pues, más bien como para expresar confianza que injuria. Pero si no se dice por causa de rabia, ¿qué clase de pecado es? Porque se dice con el deseo de disputa, no de edificación; si, pues, no debemos decir aun las buenas palabras sino para edificar a los demás, ¿cuánto más aquello que en sí ya es malo por naturaleza?
San Agustín, de sermone Domini, 1,9
Fijémonos ahora en las tres clases de pena: el juicio, el Sanedrín y el fuego eterno, grados con los cuales subimos de lo más leve a lo más grave; pues en el juicio aun hay lugar a defenderse. Al Sanedrín pertenece la pronunciación de la sentencia, cuando los jueces convienen entre sí en la clase de castigo que haya de aplicarse, y en el fuego eterno ya se expresa claramente la condenación y la pena del culpable. De donde se ve cuán grande es la diferencia que hay entre la justicia de Jesucristo y la de los fariseos. Entre éstos la muerte de otro hace reo de juicio, y Aquél lo hace reo de juicio por la ira, de cuyas tres cosas ésta es la más leve.
Rábano
El Señor llama aquí infierno al tormento del infierno, cuyo nombre creen que lo tomó de un valle consagrado a los ídolos, y que está cerca de Jerusalén, lleno en otro tiempo de cadáveres, que, según leemos en el libro de los Reyes, Josías profanó.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 16,8
Es la primera vez que pronuncia el nombre de infierno después que antes había hablado del Reino de los Cielos, manifestando que El nos da éste por su amor, el otro por nuestra desidia. A muchos les parece demasiado fuerte eso de padecer por una sola palabra una pena tan grande, por lo que algunos dicen: «Que esto se expresa de una manera hiperbólica». Pero me temo que, interpretando mal estas palabras, suframos allí el último suplicio. No creas que esto es duro, porque la mayor parte de las penas y de los pecados proceden de las palabras. Las palabras insignificantes inducen muchas veces al homicidio y han destruido ciudades enteras. No consideres como cosa pequeña el llamar a tu hermano necio, puesto que le quitas la prudencia y el entendimiento, por los cuales somos hombres y nos diferenciamos de los animales
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
O será reo del Sanedrín, esto es, no pertenecerá al concilio de aquéllos que se reunieron contra Jesucristo, como interpretan los Apóstoles en sus cánones.
San Hilario, in Matthaeum, 4
O bien el que trata como vacío al que está lleno del Espíritu Santo, se hace reo ante el concilio de los santos, como si hubiere de pagar la ofensa hecha al Espíritu Santo, con la reprensión de jueces santos.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 9
Alguno me preguntará: ¿con qué suplicio más grave se castiga el homicidio, si la injuria ya se castiga con el fuego del infierno? Obliga a comprender que hay varios infiernos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.16
El juicio y el Sanedrín son penas que se padecen en esta vida, y el fuego del infierno es la pena que se padece en la otra; por ello pone el juicio de la ira, para manifestar que no es posible que el hombre viva absolutamente sin pasiones, pero que le es posible enfrentarlas y por lo tanto, no la fijó una pena determinada, para que no apareciese que la prohibía totalmente. El Sanedrín lo cita ahora como juicio de los judíos, para que no se crea que innova en todo.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 9
En estas tres sentencias debe observarse que hay palabras que se sobreentienden, exceptuada la primera, que tiene todas las palabras: «El que se enfurece, dijo, contra su hermano» (sin causa, según algunos); en la segunda, cuando dice: «Pero el que dijese a su hermano raca » (se entiende sin causa), y en la tercera, cuando dice: «Pero el que dijese fatuo», da a entender dos cosas: a su hermano y sin causa. Y esto es con lo que se defiende aquel dicho del Apóstol, que llama necios a los de Galacia, a quienes también denomina hermanos. No hace, pues, esto sin causa.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 10
Si no es lícito enfurecerse contra su hermano ni decirle raca ni necio, mucho menos debemos tener ninguna animadversión que pueda degenerar en odio, y por esto añade: «Por tanto, si fueres a ofrecer tu ofrenda al altar y allí recordares que tu hermano tiene alguna cosa contra ti».
San Jerónimo
No dijo si tú tienes algo contra tu hermano, sino si tu hermano tiene algo contra ti, como imponiéndote con más dureza la necesidad de reconciliarte.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 10
Entonces él tiene algo contra nosotros, si le hemos ofendido en algo; pero nosotros tenemos algo en contra de él, si él nos ha ofendido, en cuyo caso no es necesario procurar su reconciliación. No pedirás el perdón a aquel que te hace alguna ofensa, sino que lo que haces es perdonarlo. Como deseas que Dios te perdone, perdona tú también a tu hermano.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
Pero si aquél te ofendiere y fueses el primero en pedirle el perdón, adquirirás un gran mérito.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 16,9
Pero si alguno no procura reconciliarse con él por amor al prójimo, lo induce a esto para que sus buenos oficios no queden incompletos, especialmente si se verifican en un lugar sagrado. Por esto añade: «Deja allí tu ofrenda delante del altar y ve primeramente a reconciliarte con tu hermano».
San Gregorio, hom 1
El Señor no quiere recibir el sacrificio de los que están enemistados. De aquí podéis conocer cuán grande sea el mal de la enemistad, por lo cual se rechaza aun aquello, en virtud de lo cual se perdona la culpa.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
Ve aquí la gran misericordia de Dios, que da preferencia a las utilidades de los hombres sobre su honor, más bien quiere la unión de los fieles que sus ofrendas. Cuando los hombres fieles tienen alguna disensión entre sí, no recibe ninguna ofrenda de ellos, ni oye ninguna de sus oraciones, mientras dura la enemistad. Ninguno, pues, puede ser amigo fiel de dos que son enemigos entre sí, y por ello, Dios no quiere ser amigo de los fieles mientras sean enemigos entre sí. Y nosotros no guardamos la fe a Dios si amamos a sus enemigos y aborrecemos a sus amigos. Aquel que ofende primero, debe ser el que pida la reconciliación. Has ofendido con el pensamiento, debes reconciliarte por medio del pensamiento; has ofendido con palabras, con palabras debes reconciliarte; has ofendido con obras, con obras debes reconciliarte. Todo pecado, del mismo modo que se comete, debe hacerse por él penitencia.
San Hilario, in Matthaeum, 4
Una vez obtenida la paz humana manda volver a la divina, para pasar de la caridad de los hombres a la de Dios, y por ello sigue: «Y entonces ven a ofrecer tu ofrenda».
San Agustín, de sermone Domini, 1, 10
Si lo que aquí se dice se toma al pie de la letra, acaso crea alguno que esto conviene hacerlo así, no puede dilatarse la reconciliación por mucho tiempo si el hermano está presente, puesto que se nos manda dejar la ofrenda delante del altar; mas si está ausente y (lo que puede suceder también) al otro lado del mar, es un absurdo el creer que debe dejar su ofrenda delante del altar y recorrer las tierras y los mares antes de ofrecerla al Señor. Por ello se nos manda recogernos en el interior y pensar espiritualmente, para que pueda entenderse aquello que se dice, sin incurrir en absurdos. Por altar debemos entender, espiritualmente hablando, la fe. La ofrenda que ofrecemos al Señor, ya sea por medio de la enseñanza, ya por medio de la oración, o ya por cualquier otro concepto, no puede ser aceptable delante de Dios si no va adornada con la fe. Si, pues, hemos ofendido a nuestro hermano en alguna cosa, debemos ir a reconciliarnos con él, no con los pies del cuerpo, sino con los movimientos del alma, prostrándonos ante el hermano con afectos de humildad, en presencia de Aquel a quien vamos a ofrecer. Y así, como si estuviese presente, podremos calmarlo, no con ánimo afectado, sino pidiéndole perdón y al volver, esto es, renovando la intención de lo que habíamos empezado a hacer, ofreceremos nuestra ofrenda.
San Hilario, in Matthaeum, 4
El Señor quiere que no pasemos ningún tiempo sin acudir a El, con la intención de perdonar. Por ello nos mandó reconciliarnos con nuestro enemigo en el camino de la vida, no sea que al tiempo de la muerte nos vayamos sin terminar la paz comenzada. Por ello dice: «Acomódate luego con tu contrario mientras que estás con él en el camino, no sea que tu contrario te entregue al juez».
San Jerónimo
Como no tenemos en los códices latinos la palabra consentiens, en los griegos se ha escrito eunoon, que quiere decir benigno o benévolo.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 11
Si pensamos quién sea nuestro contrario, con quien se nos manda ser benévolos, deberemos creer que es, o el diablo, o el hombre, o la carne, o Dios, o su ley. El diablo no me parece que sea aquel con quien se nos manda ser benévolos o estar en amistad. Donde hay benevolencia allí hay amistad, y nadie puede mandarnos que tengamos amistad con el diablo. Ni tampoco conviene estar conforme con él, puesto que hemos renunciado a su trato y le hemos declarado la guerra. Ni tampoco debemos consentir con él, porque el haber estado conformes con él alguna vez, ha hecho que caigamos en tantas miserias.
San Jerónimo
Algunos dicen que manda el Salvador que seamos benévolos con el demonio para que no le hagamos sufrir por culpa nuestra, porque hay quien dice que debe ser atormentado por nosotros cuando consentimos en sus tentaciones. Otros dicen, con más precaución, que nosotros en el bautismo hacemos una especie de pacto con el demonio, renunciando a él; pero si respetamos este pacto, nos hacemos benévolos y conformes con nuestro enemigo, y no seremos encerrados en la cárcel
San Agustín, de sermone Domini, 1,11
No veo cómo interpretar esto: nosotros somos entregados por el hombre al juez, cuando comprendo que Jesucristo es el juez ante cuyo tribunal todos habremos de presentarnos, según dice el Apóstol. ¿Cómo habrá de ser entregado a un juez aquel que, como nosotros, habrá de comparecer también ante el juez Supremo? Y también si alguno daña a otro hombre matándolo, no tendrá tiempo de reconciliarse con él en el camino, esto es, en esta vida, ni podrá obtener el perdón por la penitencia. Tampoco comprendo cómo se nos podría estar mandando estar acordes con la carne, en cuyas supersticiones, si consentimos, nos hacemos más pecadores. Los que la someten a la servidumbre, no están de acuerdo con ella, sino que la obligan a que se someta.
San Jerónimo
¿Cómo puede meterse la carne en la cárcel, si no está de acuerdo con el alma, siendo así que el alma y el cuerpo han de ser aprisionados juntamente, y el cuerpo no puede hacer nada si el alma no le obliga?
San Agustín, de sermone Domini, 1,11
Acaso lo que se nos manda es estar unidos a Dios, de quien nos hemos separado pecando, y que desde entonces resulta nuestro adversario resistiéndonos, según estas palabras: «Dios resiste a los soberbios». Todo aquél, pues, que no se reconciliare con Dios en esta vida por medio de la muerte de su Hijo, será entregado por El al juez, esto es, al Hijo, a quien el Padre ha dado todo juicio. ¿Mas cómo puede decirse rectamente que el hombre se halla en el camino con Dios, sino porque Dios está en todas partes? Y si no se quiere decir que Dios, presente en todas partes, esté con los impíos, así como no decimos que los ciegos estén con la luz que los baña. Sólo resta aquí que comprendamos como adversario al precepto de Dios, opuesto a los que quieren pecar, y que nos ha sido dado en esta vida para que nos dirija en el camino. Una vez conocido, debemos asentir a él prontamente (leyendo, oyendo, asintiendo a su autoridad suprema), no aborreciéndole, porque es opuesto a nuestros pecados, sino amándolo porque nos corrige. No desechándolo por oscuro, sino orando para comprenderlo.
San Jerónimo
Mas, de los antecedentes aparece que Dios nos exhorta a la caridad fraterna, puesto que dice más arriba: «Ve a reconciliarte con tu hermano».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
Se apresura el Señor a reconciliarnos con nuestros hermanos en esta vida, sabiendo cuán peligroso es que un enemigo muera sin reconciliarse. Si, siendo enemigos, os presenta la muerte ante el juez, éste os entregará a Cristo, el cual os convencerá de reos en su juicio. Os entregará al juez, por más que antes os haya suplicado la reconciliación. Pues el que ruega antes al enemigo, lo hace reo delante de Dios.
San Hilario in Matthaeum, 4
O bien vuestro adversario os entregará al juez, porque vuestra ira, que permanece sobre él, es la prueba de vuestra enemistad.
San Agustín, de sermone Domini, 1,11
Entiendo que ese juez es Cristo, porque «el Padre dio todo juicio al Hijo» ( Mt 4,11). Por ese ministro entiendo el ángel: «Y los Angeles, dice, le servirán». Y, en efecto, creemos que vendrá a juzgar con sus ángeles, por lo cual añade: «El juez te entregará al ministro».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
O al ministro, esto es, al ángel cruel de las penas, el cual os sepultará en la cárcel de fuego, y así es como sigue: «Y serás metido en la cárcel».
San Agustín, de sermone Domini, 1,11
Entiendo por cárcel las penas de las tinieblas, y para que ninguno desprecie esta cárcel, añade: «En verdad te digo que no saldrás de esa cárcel hasta que no pagues el último cuadrante».
San Jerónimo
Cuadrante es una moneda que vale dos minutas, lo cual equivale a decir: no saldrás de la cárcel mientras no hayas expiado hasta los pecados más pequeños.
San Agustín, de sermone Domini, 1,11
Esta expresión se pone aquí para significar que nada se deja sin castigo. Así como decimos de una cosa, exigida con rigor, que se la ha exprimido hasta lo último. O se significan, con el nombre de novísimo cuadrante, los pecados terrenos, puesto que la tierra es el cuarto ( novísimo o último) de los elementos. La palabra pagar significa la pena eterna, y la manera de expresarse hasta que, debe tomarse en el mismo sentido que esta otra frase: «Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos bajo tus pies» ( Sal 109,1). Es claro que su reino no terminará cuando someta a sus enemigos y así debe entenderse aquí: «No saldrás de ahí hasta que no pagues el último cuadrante», como si dijera que nunca saldrá de allí, porque pagará siempre el último cuadrante mientras duren las penas eternas, debidas a los pecados de su vida.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
Si haces las paces en esta vida, puedes recibir la remisión aun de las faltas más graves. Pero una vez condenado y metido en la cárcel, no sólo te exigirán suplicios por los pecados graves, sino también de una palabra ociosa, lo que puede entenderse por cuadrante.
San Hilario in Matthaeum, hom. can
Como la caridad cubre multitud de pecados, pagaremos hasta el último cuadrante, si con el precio de ella no redimimos nuestros pecados.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 11
También se pueden llamar cárceles a las angustias de este mundo, las cuales permite Dios muchas veces a los que pecan.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 16,11
O se trata aquí de los jueces de este mundo, del camino que conduce a este juicio y de esta cárcel. Esto para fijarnos en las cosas de la eternidad por medio de las temporales que tenemos a la vista y que de ordinario nos mueven más. En este sentido dice San Pablo: «Si obrares mal, teme la potestad; pues no sin causa lleva ceñida la espada» ( Rom 13,4).

