En la liturgia de la misa de hoy, 10 de diciembre, la lectura del santo evangelio según san Mateo (11,28-30). Habla de lo llevadero que, pese a todo, supone seguir a Cristo Jesús. Son unas breves líneas, pero tremendamente significativas:
En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
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Cuando Santa Teresa, ya al final de su vida, se dirigía a su fundación, se encontró con caminos impracticables y los ríos desbordados por las inundaciones. Después de pasar la noche, enferma y fatigada en una posada tan pobre que no tenía ni camas, decidió proseguir su viaje, porque el Señor así se lo pedía. El le había dicho:
—No hagas caso de estos fríos, que Yo soy la verdadera calor. El demonio pone todas sus fuerzas para impedir esa fundación; pónlas tú de mi parte porque se haga y no dejes de ir en persona, que se hará gran provecho.
Lo cierto es que al día siguiente la Santa decidió atravesar el río Arlanzón en unas condiciones tales que cuando llegó la caravana a la orilla del río, no se veía más que una inmensa sábana de agua sobre la cual apenas se distinguían los pontones de madera. Los que estaban en la orilla vieron cómo su carruaje oscilaba y quedaba suspendido al borde de la corriente. Teresa saltó con el agua hasta las rodillas, pero como estaba poco ágil se lastimó. Se dirigió entonces al Maestro en todo amablemente quejoso:
—¡Señor, entre tantos daños y me viene esto!
Y Jesús le respondió:
—Teresa, así trato Yo a mis amigos.
Y la Santa, llena de ingenio y de amor, le contestó:
—¡Ah, Señor, por eso tenéis tan pocos![1]
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Como a veces ocurre en la vida, Dios premia con una carga mayor. Así se cuenta que Santa Teresa a la que Dios habiéndola encomendado un gran trabajo, se la oyó decir: «¿Con este trabajo, Señor, me pagáis todos los que me habéis dado en mi vida?» Escribió una vez la Madre: «¡Oh, Señor mío! qué cierto es a quien os hace algún servicio, pagar luego con algún trabajo» (Fund 31,22). Pero es una carga para la que nos ve capaz, y ese gesto por parte de Dios dándonos esa responsabilidad.
La carga y el yugo que Dios nos propone son siempre —aun en las circunstancias más adversas— suaves y ligeros porque están hechos a medida de los pequeños y de los pobres, con quienes El se halla. Si la fe, sin la esperanza y sin la experiencia del amor, es imposible ser cristiano, pues este vive en estado de disposición al padecimiento. La carga y el yugo han de llevar el Mi, sino resulta insoportable, insufrible y sin sentido. Solo por la fe es soportable, solo por el amor es sufrible, solo por la esperanza tiene sentido.
Renunciar a la pequeñas cosas, a los deseos, a los caprichos, lujos… eso y no nada extraordinario es la cruz. «Mis mortificaciones consistían en quebrantar mi voluntad, siempre dispuesta a salirse con la suya; en callar una palabra de réplica, en prestar pequeños servicios sin hacerlos valer…»[2]. Por regla general, el amor nuestro, diario, tiene una cruz «pobre», hecha de pequeñas renuncias, nada importantes. Pero tiene el sabor de lo auténtico, de nuestro humilde amor cotidiano.
Esa ascética es la ascética por excelencia. No hay que buscar mortificaciones sobreañadidas. La ascética de la misericordia: perdón, tolerancia, comprensión, soportar la deficiencias ajenas y propias también…
A Cristo le sobreviene la cruz como una consecuencia «lógica» de su amor. Cristo enfrenta el sacrificio sin quererlo pero sin retroceder. A veces no hay más remedio que vérselas con él. Elevarse con Cristo sobre él. Es el lugar circunstancial desde el que hemos de amar; allí donde estemos, allí amaremos. El marco, el escenario es algo coyuntural, y nuestra actitud es lo fundamental y decisivo.
«Cristo sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que signamos sus huellas» (1 Pe 2,21).
En sentido preciso, no se trata de contemplar la cruz, hay que cargar con ella, y contemplar a quien en ella se halla. Cuando empecemos a ver al Hombre en ella, empezaremos a comprenderlo todo, a amar la cruz. Sin fe, sin ver la presencia de Cristo, la cruz es espantosa y su carga y su yugo insoportable. Pero cuando uno contempla a Cristo todo cambia, el sufrimiento se torna sufrimiento de alegría.
Para ser bueno se necesitan unas extraordinarias dosis de humildad, porque el bueno, desde la perspectiva mundana, acaba «como un fracasado», es decir, será maltratado. Si fuéramos realmente buenos acabaríamos como Jesús. «Esta en mi filosofía más profunda: conocer a Jesús y a éste crucificado» (San Bernardo)
Cristo nos podría decir: «Yo subía a la cruz antes de la cruz misma, cuando me despreocupe de mí, de mi mismo y mi yo; cuando decidí encarnar el Amor en una realidad adversa y hostil». La cruz es la manifestación de la plenitud, de lo que se está haciendo pleno; no hay plenitud sin cruz es esa vida. Tendrás que hacer renuncias, y no llevar una vida acomodaticia y placentera; pero alcanzarás la plenitud, la realización más posible. No hay plenitud sin cruz.
«Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mi.» (Gal 2,19).
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El Jesús de Mateo es muy duro con los fariseos: el «yugo» que propone es suave frente a las innumerables prácticas que ellos imponen.
«¿A qué tentáis a Dios imponiendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido soportar? Pero creemos ser salvos por la gracia del Señor Jesús…» (Hch 15,10 ).
«Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña (cf. Lc 9,33). Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar: el Pan desciende para tener hambre el Camino desciende para fatigarse andado; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?»[3].
«El Espíritu Santo y nosotros (los apóstoles) hemos decidido no poneros ninguna carga más que estas necesarias... » (Hch 15,28).
«Ahora adivino que la verdadera caridad consiste en soportar todos los defectos del prójimo, en no extrañar sus debilidades,…»[4].
«Soportándoos los unos a los otros» (Col 3,13).
«La ley de Cristo es, por tanto, una ley del sobrellevar. Sobrellevar es soportar. Para el cristiano, y precisamente para él, el prójimo es una carga. Esto en ningún caso lo es para el pagano. Este evita que el prójimo sea para él una carga. El cristiano, en cambio, debe soportar la carga del prójimo, debe soportar a su hermanos. Sólo así, como carga, el prójimo se convierte verdaderamente en un hermano y no es un objeto que se posee. La carga de los hombres resultó tan pesada para el mismo Dios, que caminó hasta la cruz bajo su peso.»[5].
«Si alguno quiere venir en pos de mí —dice el Señor Jesús—, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame» (Lc 9,23).
» ¿A quién le cuentan sus historias llenas de lágrimas? ¿Quién escuchará sus sueños rotos y sentirá sus lágrimas calientes? El mundo no tiene tiempo para los perdedores. Afortunadamente, ¡Cristo sí lo tiene! Jesús les ofrece un hombro sobre el que llorar, un pecho en el que descansar, un corazón en el que volcar su angustia. Jesús está dispuesto a aligerar su carga con una mano amiga, una palabra tranquilizadora, un abrazo consolador. Fue una escena así la que convirtió a Edith Stein a la fe católica: la escena de una mujer que entraba en una iglesia para pasar un rato con el Señor antes de volver al aburrimiento de sus tareas cotidianas.»[6]..
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 6 de julio de 2014)
En el Evangelio de este domingo encontramos la invitación de Jesús. Dice así: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Cuando Jesús dice esto, tiene ante sus ojos a las personas que encuentra todos los días por los caminos de Galilea: mucha gente sencilla, pobres, enfermos, pecadores, marginados… Esta gente lo ha seguido siempre para escuchar su palabra —¡una palabra que daba esperanza! Las palabras de Jesús dan siempre esperanza— y también para tocar incluso sólo un borde de su manto. Jesús mismo buscaba a estas multitudes cansadas y agobiadas como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36) y las buscaba para anunciarles el Reino de Dios y para curar a muchos en el cuerpo y en el espíritu. Ahora los llama a todos a su lado: «Venid a mí», y les promete alivio y consuelo.
Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días, para llegar a muchos hermanos y hermanas oprimidos por precarias condiciones de vida, por situaciones existenciales difíciles y a veces privados de válidos puntos de referencia. En los países más pobres, pero también en las periferias de los países más ricos, se encuentran muchas personas cansadas y agobiadas bajo el peso insoportable del abandono y la indiferencia. La indiferencia: ¡cuánto mal hace a los necesitados la indiferencia humana! Y peor, ¡la indiferencia de los cristianos! En los márgenes de la sociedad son muchos los hombres y mujeres probados por la indigencia, pero también por la insatisfacción de la vida y la frustración. Muchos se ven obligados a emigrar de su patria, poniendo en riesgo su propia vida. Muchos más cargan cada día el peso de un sistema económico que explota al hombre, le impone un «yugo» insoportable, que los pocos privilegiados no quieren llevar. A cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, Jesús repite: «Venid a mí, todos vosotros». Lo dice también a quienes poseen todo, pero su corazón está vacío y sin Dios. También a ellos Jesús dirige esta invitación: «Venid a mí». La invitación de Jesús es para todos. Pero de manera especial para los que sufren más.
Jesús promete dar alivio a todos, pero nos hace también una invitación, que es como un mandamiento: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). El «yugo» del Señor consiste en cargar con el peso de los demás con amor fraternal. Una vez recibido el alivio y el consuelo de Cristo, estamos llamados a su vez a convertirnos en descanso y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro. La mansedumbre y la humildad del corazón nos ayudan no sólo a cargar con el peso de los demás, sino también a no cargar sobre ellos nuestros puntos de vista personales, y nuestros juicios, nuestras críticas o nuestra indiferencia.
Invoquemos a María santísima, que acoge bajo su manto a todas las personas cansadas y agobiadas, para que a través de una fe iluminada, testimoniada en la vida, podamos ser alivio para cuantos tienen necesidad de ayuda, de ternura, de esperanza.
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[1] AVELAIN, M.: «La vida de Santa Teresa de Jesús». Citado en Rev. EL PAN DE LOS POBRES, nº 1.125, enero de 1996, p.12. Y en RUIZ, A.: «Anécdotas teresianas», Ed. Monte Carmelo, Burgos, 1982, p.130, la actividad de la santa fue como puede verse sorprendente: “45 viajes en quince años de vida fundacional. Con un total de 9.000 km largos, que repartidos den la cifra de tres viajes pro año de 200 km cada uno”.
[2] SANTA TERESA DE LISIEUX: «Historia de un alma», cap. 6; en «Obras completas», Monte Carmelo, Burgos, 1975, p.245.
[3] S. AGUSTIN: «serm.» 78,6.
[4] SANTA TERESA DE LISIEUX: «Historia de una alma», IX, 24.
[5] BONHOEFFER, D.: «Vida en comunidad», Sígueme, Salamanca, 1985 (3ª), p. 79.
[6] Paulson Veliyannoor, CMF. CiudadRedonda.org
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