Segundo domingo de Adviento

Este domingo 7 de diciembre, celebramos el Segundo Domingo de Adviento 2025 y vamos a encender la segunda vela de la corona de Adviento como signo de que seguimos preparándonos para recibir a Jesús con el corazón reconciliado.

Si el domingo pasado, primero de Adviento, encendíamos la primera vela, la verdad, significando la esperanza, ante la expectativa de la pronta venida del Señor; en este segundo, encendemos la vela morada o violeta, que nos indica que nos prepararemos convirtiéndonos, allanando los caminos para acogerle con un corazón dispuesto.

Este segundo domingo de Adviento “convertíos, porque está cerca el reino de los cielos, dice el Evangelio. Es la voz de Juan Bautista que llama a la conversión y por ello se invita a los fieles a preparar el corazón para el Señor Jesús, con el Sacramento de la Reconciliación.

Dice el papa Francisco:

«El primer aspecto de la conversión: desapego del pecado y de la mundanidad. El otro aspecto de la conversión es el fin del camino, es decir,  la búsqueda de Dios y de su reino. Desapego de las cosas mundanas y búsqueda de Dios y de su reino.»

«Con Jesús la posibilidad de volver a comenzar siempre existe. Nunca es demasiado tarde, siempre está la posibilidad de volver a comenzar, tened valor, Él está cerca de nosotros en este tiempo de conversión.»

Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,1-12):

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.»»
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizará, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: «Abrahán es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»
  

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (11,1-10):

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

Salmo

Sal 71,1-2.7-8.12-13.17

R/. Que en sus días florezca la justicia,
y la paz abunde eternamente

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R/.

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R/.

Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol:
que él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (15,4-9):

Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. En una palabra, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas; y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: «Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre.»

 

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Palabras del papa Francisco

(Ángelus, 4 de diciembre de 2022. Segundo domingo de Adviento. Invitación a la conversión)

Hoy, segundo domingo de Adviento, el Evangelio de la Liturgia nos presenta la figura de Juan Bautista. El texto dice que «llevaba un vestido de piel de camello», que «se alimentaba de saltamontes y miel, miel, silvestre» (Mt 3,4) y que invitaba a todos a la conversión y decía así: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos» (v. 2) y predicaba la cercanía del Reino. En suma, un hombre austero y radical, que a primera vista puede parecernos un poco duro y que infunde cierto temor. Pero entonces nos preguntamos: ¿Por qué la Iglesia lo propone cada año como el principal compañero de viaje durante el tiempo de Adviento, durante este tiempo de Adviento? ¿Qué se esconde detrás de su severidad, detrás de su aparente dureza? ¿Cuál es el secreto de Juan? ¿Cuál es el mensaje que la Iglesia nos da hoy con Juan?

En realidad, el Bautista, más que un hombre duro es un hombre alérgico a la falsedad, escuchad bien esto: alérgico a la falsedad. Por ejemplo, cuando se acercaron a él los fariseos y los saduceos, conocidos por su hipocresía, su “reacción alérgica” fue muy fuerte. Algunos de ellos, de hecho, probablemente iban a él por curiosidad o por oportunismo, porque Juan se había vuelto muy popular. Aquellos fariseos y saduceos se sentían satisfechos y frente al llamamiento cortante del Bautista, se justificaban diciendo: «Tenemos por padre a Abrahán» (v. 9). Así, entre falsedades y conjeturas, no aprovecharon la ocasión de la gracia, la oportunidad de comenzar una vida nueva: estaban cerrados en la presunción de ser justos. Por ello, Juan les dice: «Dad el fruto que pide la conversión» (v. 8). Es un grito de amor, como el de un padre que ve a su hijo arruinarse y le dice: “¡No desperdicies tu vida!” De hecho, queridos hermanos y hermanas, la hipocresía es el peligro más grave, porque puede arruinar también las realidades más sagradas. La hipocresía es un peligro grave. Por eso el Bautista – como después también Jesús – es duro con los hipócritas – podemos leer, por ejemplo, el capítulo 23 de Mateo donde Jesús habla a los hipócritas del tiempo, tan fuerte – y, ¿por qué hace así el Bautista y también Jesús? Para sacudirlos. En cambio, aquellos que se sentían pecadores «acudían a él […] confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (v. 5). Es así, es así: para acoger a Dios no importa la destreza, sino la humildad; este es el camino para acoger a Dios, no la destreza: “somos fuertes, somos un pueblo grande…”, no, la humildad: “soy un pecador”; pero no en abstracto, no: “porque esto, esto, esto”, cada uno de nosotros debe confesarse a sí mismo, primero los propios pecados, las propias faltas, las propias hipocresías; hay que bajar del pedestal y sumergirse en el agua del arrepentimiento.

Queridos hermanos y hermanas, Juan, con sus “reacciones alérgicas”, nos hace reflexionar. ¿No somos también nosotros, a veces, un poco como aquellos fariseos? Tal vez miramos a los demás por encima del hombro, pensando que somos mejores que ellos, que tenemos las riendas de nuestra vida, que no necesitamos cada día a Dios, a la Iglesia, a los hermanos y olvidamos que solamente en un caso es lícito mirar a otro desde arriba hacia abajo: cuando es necesario ayudarlo a levantarse, el único caso, los demás casos de mirar desde arriba hacia abajo no son lícitos. Tal vez pensamos que somos mejores que los demás, que no necesitamos cada día a la Iglesia. El Adviento es un tiempo de gracia para quitarnos nuestras máscaras – cada uno de nosotros tiene una – y ponernos a la fila con los humildes;  para liberarnos de la presunción de creernos autosuficientes, para ir a confesar nuestros pecados, esos escondidos, y acoger el perdón de Dios, para pedir perdón a quien hemos ofendido. Así comienza una nueva vida. Y la vía es una sola, la de la humildad: purificarnos del sentido de superioridad, del formalismo y de la hipocresía, para ver en los demás a hermanos y a hermanas, a pecadores como nosotros y en Jesús ver al Salvador que viene para nosotros, no para los demás, para nosotros; así como somos, con nuestras pobrezas, miserias y defectos, sobre todo con nuestra necesidad de ser levantados, perdonados y salvados.

Y recordemos de nuevo una cosa: con Jesús la posibilidad de volver a comenzar siempre existe. Nunca es demasiado tarde, siempre está la posibilidad de volver a comenzar, tened valor, Él está cerca de nosotros en este tiempo de conversión. Cada uno puede pensar: “Tengo esta situación dentro, este problema que me avergüenza…” Pero Jesús está cerca de ti, vuelve a comenzar, siempre existe la posibilidad de dar un paso más. Él nos espera y no se cansa nunca de nosotros. ¡Nunca se cansa! Y nosotros somos tediosos pero nunca se cansa. Escuchemos el llamamiento de Juan Bautista para volver a Dios y no dejemos pasar este Adviento como los días del calendario porque este es un tiempo de gracia, de gracia también para nosotros, ahora, aquí. Que María, la humilde sierva del Señor nos ayude a encontrarle a Él, a Jesús y a los hermanos en el sendero de la humildad, que es el único que nos hará avanzar.

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Catena Aurea

 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Cuando el sol nace, envía antes de aparecer sobre el horizonte sus rayos que hermosean el oriente, dando la aurora como precursora del día. Así el Señor, al nacer en el mundo, antes que aparezca con los resplandores de su doctrina, ilumina a Juan y le trasmite la gloria de su espíritu a fin de que, precediéndole, anuncie su venida. Por ello el evangelista, después del nacimiento de Jesucristo y antes de exponer su doctrina, refiere el bautismo de Cristo, que fue acompañado del testimonio de San Juan su precursor, expresándose de esta manera: «Por estos días vino Juan Bautista predicando en el desierto».
 

Remigio

Por estas palabras San Mateo designa, no sólo el tiempo y el lugar de la predicación de Juan, y lo concerniente a su persona, sino también su misión y el celo en cumplirla. Designa el tiempo en términos generales diciendo: «En aquellos días».
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,6

Tiempo que determina San Lucas de una manera más precisa refiriéndose a los poderes humanos, cuando escribe: «En el año decimoquinto». Pero debemos entender que Mateo cuando dice: «en aquellos días», quiso expresar un espacio más largo de tiempo, porque después de haber referido el regreso del Salvador de Egipto -hecho que debió tener lugar durante su infancia, para que pueda combinarse con lo que refiere San Lucas de Jesucristo cuando tenía doce años-, añade inmediatamente: «Y en aquellos días», queriendo designar así, no solamente los días de la infancia del Salvador, sino todos los que transcurrieron desde su nacimiento hasta la predicación de San Juan.
 

Remigio

El evangelista designa a la persona de quien se trata por estas palabras: «Vino Juan», es decir, se descubrió el que por tan largo tiempo había estado oculto.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 9

Y ¿por qué fue necesario que Juan predicase a Jesucristo y apoyase con sus propias obras la misión del Redentor? En primer lugar, para enseñarnos la dignidad de Cristo, que como su Padre Eterno, también El tiene sus profetas, según aquellas palabras dichas a Juan por Zacarías: «Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo» ( Lc 1). En segundo lugar, para que no quede a los judíos ninguna causa de falsa vergüenza, lo cual el mismo evangelista da a entender cuando dice ( Mt 11): «Vino Juan sin comer y sin beber y dijeron: Tiene el demonio. Vino el hijo del hombre, come y bebe, y dijeron: He ahí un hombre glotón». Por otra parte era también necesario que fuese anunciado por otro, y no por el mismo Jesucristo, lo que de El había de decirse, para que los judíos no pudiesen alegar lo que en cierta ocasión expresaban ( Jn 8): «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero».
 

Remigio

El evangelista da a conocer el ministerio de Juan, cuando añade al nombre de éste la palabra Bautista. De este modo prepara los caminos al Señor, porque los hombres hubiesen rechazado su bautismo si no hubieran sido preparados antes por otros. Denota el celo de Juan cuando dice predicando.
 

Rábano

También Jesucristo había de predicar. Es por ello que cuando el tiempo fue oportuno, a saber, cerca de los treinta años, Juan empezando su predicación, preparó el camino al Señor.
 

Remigio

El evangelista añade el nombre del lugar: en el desierto de la Judea.
 

San Máximo de Turín, hom. in Ioannem Baptistam, nat. 1

Allí donde su predicación no estuviese expuesta a la murmuración de una multitud insolente o a las sonrisas de un público impío, sino donde únicamente pudieran oírle los que buscaban la palabra de Dios por ella misma.
 

San Jerónimo, in Isaiam, 40,3

Puede considerarse también en esto, que la salvación y la gloria de Dios no se predican en la bulliciosa Jerusalén, sino en la soledad de la Iglesia y en el vasto desierto de la multitud de los gentiles.
 

San Hilario, in Matthaeum, 2

O vino a la Judea desierta del trato de Dios, no de la frecuencia de los hombres, para que el lugar de la predicación sea testigo de aquéllos a quienes estaba confiada esta predicación.
 

La glosa

En sentido figurado, el desierto representa el camino que sigue el penitente lejos de los halagos seductores del mundo.
 

San Agustín

El que no se arrepiente de su vida pasada, no puede emprender otra nueva.
 

San Hilario, in Matthaeum, 2

Por ello compara la vuelta a la penitencia con el reino del cielo que se acerca, porque la penitencia es retroceso del error, una huida del mal que hace seguir a la vergüenza del pecado la declaración de un buen propósito. Tal es el sentido que se encierra en estas palabras: «Haced penitencia».
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

El Bautista se presenta desde el primer momento como el embajador de un rey benigno, prometiendo el perdón sin proferir amenazas. Los reyes suelen conceder indulgencia en todo su reino cuando les nace un hijo, pero antes envían pregoneros. Dios en cambio, después del nacimiento de su Hijo, queriendo otorgar el perdón de los pecados, envió primero a Juan como heraldo que exige y dice: «Haced penitencia». ¡Oh tributo admirable, que lejos de empobrecer enriquece! Pues cuando alguien retribuye lo que debe de justicia, no otorga nada a Dios, sino que más bien adquiere para sí la ganancia de su salvación; porque la penitencia purifica el corazón, ilumina nuestros sentidos y prepara nuestras facultades todas para recibir a Jesucristo.

Por esto añade el evangelista: «Y el reino de Dios está cerca».
 

San Jerónimo

San Juan Bautista es el primero que anuncia el reino de Dios, porque este honor era debido al precursor de Jesucristo.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 10

De este modo anuncia a los judíos lo que ellos no habían escuchado ni siquiera de boca de los mismos profetas, y sin hablarles de la tierra hace que sus miradas se levanten a las alturas del cielo, alentándolos por la novedad de la predicación, a buscar a Aquél a quien predican.
 

Remigio

La frase reino de los cielos, tiene cuatro sentidos. Significa a Jesucristo según aquel pasaje de San Lucas: «El reino de Dios está dentro de vosotros» ( Lc 17,21). Significa también a la Santa Escritura, según las palabras de San Mateo: «Os será quitado el reino de los cielos, y será dado a otra gente que dé fruto» ( Mt 21,43). Significa a la Santa Iglesia, según las palabras de San Mateo: «Es semejante el reino de los cielos a diez vírgenes» ( Mt 25). Finalmente significa al trono celestial, según aquellas palabras: «Muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y descansarán en el reino de los cielos» ( Mt 8,11). Y todo esto puede entenderse aquí.
 

La glosa

Dice, pues: «Se acerca el reino de los cielos», porque si no se acercase, ninguno podría ir; los enfermos y los ciegos carecían de camino, que es Cristo.
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,12

Los otros evangelistas omiten estas palabras de San Juan. Sigue el Evangelio: «Este es de quien habló el Profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: Aparejad el camino del Señor: haced derechas vuestras sendas». Esto se dice de una manera ambigua, y no se sabe si el evangelista dijo esto aludiendo a sí mismo o si continuando las palabras añadió, para que se entienda que San Juan dijo todo esto: «Haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos: Esto es pues, etc». Y no debe extrañar que no diga: «Yo soy», sino «Este es», porque San Mateo dice: «Encontró a un hombre sentado en la oficina de impuestos», y no dijo: «Me encontró». Porque si así fuera, no llamaría la atención, si preguntado qué era lo que decía de sí mismo, como dice San Juan evangelista, respondiera: «Yo soy la voz del que clama en el desierto».
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 7

Se sabe que el Hijo unigénito se llama Verbo del Padre, según aquellas palabras: «En el principio era el Verbo». Según nuestro mismo modo de entender, sabemos que la voz suena para que la palabra se pueda oír. San Juan, al ser precursor de Nuestro Señor, se llama voz, porque por su mediación el Verbo del Padre, esto es la voz del Padre, es oída por los hombres.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

La voz es un sonido confuso, que no manifiesta ningún secreto del corazón, sino que significa solamente que el que clama quiere decir algo. La palabra, pues, es una locución que manifiesta el misterio del corazón, pero la voz es común a los hombres y a los animales; la palabra es sólo propia de los hombres. Por eso San Juan se llama voz y no palabra, porque por su medio Dios no manifestó sus disposiciones sino tan sólo su intención de hacer algo en beneficio de los hombres. Después manifestó por medio de su Hijo, de una manera clara, el misterio de su voluntad.
 

Rábano

El que con verdad se llama la voz del que clama, se llama así por la fuerza de su predicación. El clamor tiene lugar de tres modos: si está lejos aquél a quien se habla, si está sordo, o si, indignado, no quiere oír. Y estas tres circunstancias sucedieron respecto del género humano.
 

La glosa

Es, pues, San Juan como la voz de la palabra que clama. La palabra clama en la voz, es decir, Jesucristo en San Juan.
 

Beda

Así también clamó en todos aquellos que desde el principio dijeron algo, divinamente inspirados. Sin embargo solamente éste es voz, porque por su medio se manifiesta presente el Verbo que otros anunciaron a lo lejos.
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 7

San Juan es el que clama en el desierto, porque anuncia el consuelo de su Redentor a la Judea abandonada y perdida.
 

Remigio

En cuanto a la historia, clamaba en el desierto porque estaba separado de las turbas de los judíos.

Qué es lo que clama, lo dice cuando añade: «Preparad los caminos del Señor».
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Así como preceden a un gran rey que ha de emprender una expedición, los que hacen preparativos, los que quitan las cosas poco decentes, los que componen lo deteriorado, así San Juan precedió a Nuestro Señor, quitando de los corazones, con las mortificaciones de la penitencia, las inmundicias de los pecados, y organizando, en cuanto a los preceptos del espíritu, todas las cosas que habían quedado desordenadas.
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 20

Todo aquél que predica la recta fe y las buenas obras, prepara, a los corazones de los que lo oyen, el camino para ir al Señor. Ordena las sendas que conducen al Señor, cuando, por medio de la palabra y de la buena predicación, forma los deseos perfectos en el alma.
 

La glosa

La fe es el camino por donde la palabra llega al corazón: cuando se mejoran las costumbres, se enderezan las sendas.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Después que él manifestó que era la voz del que clama en el desierto, el mismo evangelista añade con prudencia: «El mismo Juan», en lo que se manifiesta cuál era su vida, porque él se pone como testigo de Cristo. Su vida, pues, es de El, porque ninguno puede ser testigo idóneo de otro, si no fuese suyo propio.
 

San Hilario, in Matthaeum, 2

Había tenido San Juan el predicador, así como el lugar más propicio, el vestido más oportuno y la comida más adecuada.
 

San Jerónimo

Tenía el vestido de pelo de camello, no de lana, porque el primero es señal de penitencia austera, mientras que el segundo es señal de molicie.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

A los siervos del Señor no conviene tener el vestido de lujo, ni usarlo para complacencia de la carne, sino sólo para cubrir la desnudez. Tenía, pues, San Juan un vestido no suave ni delicado, sino cilicio fuerte, áspero y que le mortificaba el cuerpo más que le abrigaba, para que así pudiese decirse de la virtud de su alma lo que del vestido de su cuerpo. Sigue: «Y un ceñidor de piel rodeaba su cintura, etc». Era costumbre entre los judíos usar ceñidores de lana, pero éste, como queriendo hacer algo más fuerte, se ceñía con correa de piel.
 

San Jerónimo

Es cierto lo que sigue: «Su alimento era la langosta y la miel silvestre». Esto es muy oportuno para el que habita en la soledad, para que no experimente las delicias de la comida, sino las necesidades de la vida humana.
 

Rábano

Se contentaba con una comida frugal, formada con unas pequeñas aves y con la miel que encontraba en los troncos de los árboles. En las palabras de Arnulfo, Obispo de las Galias, encontramos que existe un género de langostas menudas en el desierto de Judea, que teniendo unos cuerpos como el dedo menor de la mano, se cogen fácilmente en las yerbas delgadas y cortas y que, cocidas con aceite, proporcionan alimento al pobre. También cuenta, que en el mismo desierto hay árboles que tienen hojas largas y redondas de color de leche y de un sabor agradable, que siendo de una naturaleza frágil, se quiebran con las manos y se comen. Y esto es lo que se llama miel silvestre.
 

Remigio

Bajo esta forma de vestir y en esta clase de alimento, manifiesta que lamenta los pecados de todo el género humano.
 

Rábano

Su vestido y su comida pueden expresar su modo de sentir. Usaba vestidos austeros, porque reprendía la vida de los pecadores.
 

San Jerónimo

La correa de piel con que se ceñía (como Elías), es la señal de la mortificación.
 

Rábano

Comía langostas y miel silvestre, porque su predicación sabía bien a la muchedumbre y lograba mejor sus fines. En la miel se representa la dulzura, en la langosta el vuelo pronto, pero corto.
 

Remigio

Por medio de Juan, que quiere decir gracia, se significa a Jesucristo, que trajo la gracia al mundo; por su vestido se designa a la Iglesia de los gentiles.
 

San Hilario, in Matthaeum, 2

Con los despojos de los rebaños inmundos, en que los gentiles se consideran iguales, se viste el predicador de Cristo, y con el hábito del profeta se santifica todo lo que antes había subsistido en ellos inútil o manchado. Y el ceñirse con una correa es un medio propicio para estar dispuestos a cuanto exija el servicio de Cristo. En la comida también se eligen las langostas, que se espantan ante los hombres y vuelan por todos lados cuando alguien se aproxima. Pero nosotros, que por cualquier palabra y convenio éramos llevados a dar los mismos saltos, con una voluntad voluble, haciendo obras inútiles, profiriendo palabras de queja, sin un lugar estable, ahora somos el alimento de los santos, la sociedad de los profetas, los escogidos. Por lo tanto debemos dar con la miel silvestre una comida dulcísima que salga de nosotros y no de las colmenas de la ley, sino de los troncos de los árboles silvestres.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2

Habiendo expuesto la predicación de San Juan, añade oportunamente: «Entonces salía Jerusalén a buscarle, etc». Más resonaba la fama de su vida en el desierto que la atención a su clamor.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 10

Era admirable ver tanta paciencia en un ser humano; y esto es lo que más atraía a los judíos, que veían en él al gran Elías. Hubo también de contribuir a su admiración el que apareciera un profeta después de tanto tiempo. El modo singular de predicar contribuía a ello. No oían de Juan nada de lo que acostumbraban oír a otros profetas, como eran las batallas y las victorias de acá abajo, sobre Babilonia y Persia, sino que hablaba de los cielos, de cuanto conduce a ellos y de los castigos del infierno.

Dice, pues: «Entonces salía a él Jerusalén, y eran bautizados por él en el Jordán».
 

La glosa

Ofrecía el bautismo, pero no el perdón de los pecados.
 

Remigio

El bautismo de San Juan prefiguraba a los catecúmenos, porque así como son catequizados los niños para que se hagan dignos del sacramento del bautismo, así bautizaba San Juan, para que bautizados por él, después, viviendo piadosamente, se hiciesen dignos de recibir el bautismo de Cristo. Bautizaba en el Jordán, para que allí se abriese la puerta del reino de los cielos, donde a los hijos de Israel se les dio facilidad de entrar como a tierra de promisión.
 

Sigue: «Confesando sus pecados».
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Comparándose con la santidad del Bautista, ¿quién puede considerarse justo? Así como un vestido blanco, si se coloca junto a la nieve, aparece sucio y oscuro, así todo hombre comparado con San Juan parece inmundo, y por ello confesaba sus pecados. La confesión de los pecados es el testimonio de la conciencia que teme a Dios. El temor perfecto hace desaparecer toda vergüenza. Se encuentra la deformidad de la confesión allí donde no se da crédito a los rigores del juicio. Y por lo mismo que es una pena grande avergonzarse a sí mismo, nos manda Dios confesar nuestros pecados para que se sufra la vergüenza en vez de la pena, y esto ya se considera como parte del juicio.
 

Rábano

Bien se decía que los que iban a bautizarse salían a encontrarse con el profeta, porque si alguno no se alejaba de la ligereza y si no renunciaba a las pompas del diablo y a los halagos del mundo, no podía obtener un bautismo de salvación. Y bien se decía que aquellos que en el Jordán eran bautizados bajaban, porque descendían de la soberbia de la vida a la humildad de la verdadera confesión. Ya entonces los que habían de bautizarse daban el ejemplo de confesar los pecados y de prometer una vida mejor.

San Gregorio Magno, regula pastoralis, 3

Debe conformarse la predicación de los doctos con la clase del auditorio, para que así cada uno tome lo que le conviene y nunca se separen de la edificación de los demás.
 

La glosa

De donde fue necesario que después de la doctrina que San Juan había predicado a las muchedumbres, el evangelista hiciese mención de aquélla, con la que instruyó a los que parecían más aprovechados. Y por ello dice: «Viendo, pues, muchos de los fariseos, etc».
 

San Isidoro de Sevilla, etymologiarum sive originum libri, 8,4

Los fariseos y los saduceos son contrarios entre sí, porque la palabra fariseos traducida del hebreo al latín quiere decir separados, ya que anteponen la tradición y la observancia a la justicia, de donde se llaman separados por el pueblo, como por la justicia.

Los saduceos se interpreta como justos; se atribuyen en nombre lo que no son. Niegan la resurrección de los cuerpos y enseñan que el alma muere al mismo tiempo que el cuerpo. Admiten únicamente los cinco libros de la Ley y rechazan los vaticinios de los profetas.
 

La glosa

Viendo el Bautista venir a bautizarse a los que se consideraban entre los judíos como los mayores, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que está próxima?».
 

Remigio

Es costumbre de la Escritura poner los nombres en consonancia con las obras, según aquellas palabras de Ezequiel: «Tu padre amorreo» ( Ez 16). Así éstos, a imitación de las víboras, son llamados raza de víboras.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Así como el médico hábil si ve el color del enfermo conoce la clase de enfermedad, así San Juan conoce las malas inclinaciones de los fariseos que venían hacia él. Sin duda pensaron dentro de sí: «Vamos y confesemos nuestros pecados. Ningún trabajo nos cuesta. Somos bautizados y conseguimos el perdón de nuestros pecados». Necios. Acaso cuando se come y se digiere un alimento que perjudica ¿no es necesaria la medicina? Así, es necesario mucho cuidado y mucha vigilancia al hombre después que se ha convertido y bautizado, para que la herida de los pecados se cure perfectamente. Por eso los llama raza de víboras. La condición de la víbora es tal, que cuando muerde al hombre, éste corre en seguida al agua, la que si no encuentra muere. Por lo tanto a éstos llamaba raza de víboras, porque habiendo cometido pecados mortales, corrían al bautismo para que, como las víboras, pudiesen huir de la muerte por medio del agua. Además es propio de las víboras romper las entrañas de sus madres al nacer. Por lo mismo que los judíos al perseguir con pertinacia a los profetas habían dañado a su madre, la sinagoga, eran llamados raza de víboras. Además, las víboras son hermosas y como pintadas por fuera, pero por dentro están llenas de veneno. Así éstos manifestaban el atractivo de la santidad en el rostro.
 

Remigio

Cuando se dice: «¿Quién os ha enseñado a huir de la ira que viene?». ¿Se sobreentiende otra cosa que a Dios?
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

¿Quién os ha enseñado esto? ¿Acaso Isaías el profeta? No. Si él mismo os hubiese enseñado, no pondríais vuestra esperanza sólo en el agua, sino también en las buenas obras. Aquél dice: «Lavaos, y quedad limpios; separad la inmundicia de vuestras almas; aprended a obrar bien». También tenemos a David que dice: «Me lavarás y quedaré más limpio que la nieve». Pero él mismo dice después: «Un espíritu atribulado es un sacrificio aceptable ante Dios». Por tanto, si fuereis discípulos de David, vendríais al bautismo con el llanto y la aflicción.
 

Remigio

Si alguno demuestra, que se puede leer en tiempo futuro 1, éste sería el sentido: ¿Qué doctor, qué predicador podrá aconsejaros para que podáis huir de vuestra eterna condenación?
 

San Agustín, de civitate Dei, 9,5

Dios por cierta semejanza de operaciones, no por las malas inclinaciones, según la Escritura, se llena de ira, pero no se turba por ninguna pasión. Esta expresión suprime toda intención de venganza, no su estado de ánimo.
 

La glosa

Si queréis, pues, huir, haced frutos dignos de penitencia.
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 20,8

En estas palabras debe notarse que no sólo aconseja hacer frutos de penitencia, sino frutos dignos de penitencia. Debe saberse, pues, que al que no ha cometido ninguna cosa ilícita, a éste se le concede que use de cosas lícitas. Pero si alguno ha caído en la culpa, tanto debe separar de sí las cosas lícitas cuanto se acuerda de haber cometido las ilícitas. La conciencia de cada uno conoce que, tanto debe buscar las ganancias mayores de las buenas obras por medio de la penitencia, cuanto mayores fueron los daños que ocasionó por las culpas. Pero los judíos, gloriándose de la nobleza de su raza, no querían reconocerse como pecadores, porque descendían de la estirpe de Abraham. Y por ello se les dice con propiedad: «Y no queráis decir dentro de vosotros: tenemos por padre a Abraham».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 11,2

Dijo esto, no prohibiéndoles que dijesen que descendían de él, sino que se confiasen de esto, no aplicándose a la virtud de su espíritu.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 5

¿Qué aprovecha a aquél a quien manchan sus costumbres, una descendencia noble? O ¿qué daño hace una descendencia envilecida a aquél a quien adornan las buenas costumbres? Es mejor para cada uno que se gloríen sus padres en él, que él en sus padres. Así, vosotros no queráis gloriaros diciendo: «Porque tenemos por padre a Abraham». Más bien avergonzaos porque sois sus hijos y no habéis heredado sus virtudes. Parece nacido de adulterio el que no se parece a su padre. Excluye la gloria de los padres diciendo: «Y no queráis decir».
 

Rábano

Por lo mismo que el pregonero de la verdad quería excitarlos a hacer frutos dignos de penitencia, los invitaba a la humildad, sin la cual ninguno puede arrepentirse, añadiendo: «Os digo en verdad que Dios puede sacar hijos de Abraham de estas piedras».
 

Remigio

Se dice que San Juan predicó junto al Jordán, cerca de aquel sitio en donde por mandato de Dios se pusieron doce piedras que se habían sacado del río. Puede suceder que, aludiendo a éstas, dijere que suscitaría hijos de Abraham de aquellas piedras.
 

San Jerónimo

En lo que indica el poder de Dios, porque el que había sacado todas las cosas de la nada, podría sacar de las piedras durísimas un pueblo.
 

La glosa

Los primeros rudimentos de la fe consisten en creer que Dios puede hacer cuanto quiera.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 11,2

Sacar hombres de las piedras, es lo mismo que hacer que naciera Isaac de Sara. De aquí que el profeta dice: Mirad a la piedra, de la que habéis salido. Recordándoles esta profecía, les demuestra que ahora es posible que pueda hacer una cosa semejante.
 

Rábano

O, de otro modo, con el nombre de piedras se significa la gente que adoró las piedras.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Además, la piedra dura aprovecha para la obra, y cuando ésta se ha hecho con ella, la obra no deja de existir. Así, la gente que ha creído con dificultad, permanece siempre firme en la fe.
 

San Jerónimo

Separaré de vosotros el corazón endurecido, y os daré un corazón de carne. En la piedra se significa la dureza, en la carne la blandura.
 

Rábano

De las piedras han salido los hijos de Abraham, porque mientras los gentiles creyeron en la descendencia de Abraham, esto es, en Jesucristo, fueron hechos sus hijos, y unidos a su descendencia.

Se sigue. «Ya está puesta el hacha a la raíz del árbol».
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

El hacha es la ira cortante de la consumación, que habrá de cortar el mundo entero. Pero si ha sido puesta, ¿por qué no corta de antemano? Porque los árboles son racionales, y pueden hacer lo bueno o lo malo. Así, viendo el hacha puesta junto a las raíces, teman el corte, y hagan buenos frutos. Luego el anuncio de la ira, que es la colocación del hacha junto a la raíz, aunque no haga daño alguno, sin embargo, distingue a los buenos de los malos.
 

San Jerónimo

El hacha es la predicación del Evangelio, según Jeremías, que compara la palabra del Señor con el hacha que corta la piedra.
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 20,9

El hacha es Nuestro Redentor que, constando de naturaleza divina y humana, representa la fuerza motriz, y la fortaleza en la economía de la redención, ya que, si bien aparece con forma humana, procede de la divinidad. Esta es el hacha puesta junto a la raíz del árbol, puesto que, si bien espera por la paciencia, conoce, sin embargo, cuanto ha de hacer. Todo árbol que no da buenos frutos, será cortado y arrojado al fuego ( Mt 7). Porque cualquiera que obra mal encuentra preparado el fuego del infierno por haber despreciado el consejo de hacer buenos frutos de penitencia. Se dice que el hacha no está puesta junto a las ramas sino junto a la raíz. Cuando mueren los hijos de los malos son cortadas las ramas que no dan fruto, pero cuando sucumbe toda una generación con el padre, se corta todo el árbol por la raíz para que ya no puedan nacer los renuevos malos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 11,3

Cuando dice todo, excluye al primero, como por excepción. Como si dijese: Aunque fueses descendiente de Abraham, sufrirás la pena si permaneces sin fruto.
 

Rábano

Cuatro son las especies de los árboles: una es toda seca, a quien se asemejan los paganos; otra verde, pero sin fruto, a quien se comparan los hipócritas; la tercera verde y dando fruto, pero fruto envenenado, a quien se comparan los herejes; la cuarta también verde y dando buenos frutos, a quien se comparan los católicos verdaderos.
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 20,9

Luego todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego, porque siempre tiene preparado el fuego del infierno el que desprecia el hacer aquí buenos frutos.
 

Notas

  1. Con lo que el texto diría: «quién os enseñará a huir de la justicia que vendrá sobre vosotros». Con este cambio de tiempo verbal no parecería buscarse una disquisición textual, sino una aplicación para todos los tiempos de lo dicho por Juan a los fariseos.

San Gregorio Magno, regula pastoralis, 3

Debe conformarse la predicación de los doctos con la clase del auditorio, para que así cada uno tome lo que le conviene y nunca se separen de la edificación de los demás.
 

La glosa

De donde fue necesario que después de la doctrina que San Juan había predicado a las muchedumbres, el evangelista hiciese mención de aquélla, con la que instruyó a los que parecían más aprovechados. Y por ello dice: «Viendo, pues, muchos de los fariseos, etc».
 

San Isidoro de Sevilla, etymologiarum sive originum libri, 8,4

Los fariseos y los saduceos son contrarios entre sí, porque la palabra fariseos traducida del hebreo al latín quiere decir separados, ya que anteponen la tradición y la observancia a la justicia, de donde se llaman separados por el pueblo, como por la justicia.

Los saduceos se interpreta como justos; se atribuyen en nombre lo que no son. Niegan la resurrección de los cuerpos y enseñan que el alma muere al mismo tiempo que el cuerpo. Admiten únicamente los cinco libros de la Ley y rechazan los vaticinios de los profetas.
 

La glosa

Viendo el Bautista venir a bautizarse a los que se consideraban entre los judíos como los mayores, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que está próxima?».
 

Remigio

Es costumbre de la Escritura poner los nombres en consonancia con las obras, según aquellas palabras de Ezequiel: «Tu padre amorreo» ( Ez 16). Así éstos, a imitación de las víboras, son llamados raza de víboras.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Así como el médico hábil si ve el color del enfermo conoce la clase de enfermedad, así San Juan conoce las malas inclinaciones de los fariseos que venían hacia él. Sin duda pensaron dentro de sí: «Vamos y confesemos nuestros pecados. Ningún trabajo nos cuesta. Somos bautizados y conseguimos el perdón de nuestros pecados». Necios. Acaso cuando se come y se digiere un alimento que perjudica ¿no es necesaria la medicina? Así, es necesario mucho cuidado y mucha vigilancia al hombre después que se ha convertido y bautizado, para que la herida de los pecados se cure perfectamente. Por eso los llama raza de víboras. La condición de la víbora es tal, que cuando muerde al hombre, éste corre en seguida al agua, la que si no encuentra muere. Por lo tanto a éstos llamaba raza de víboras, porque habiendo cometido pecados mortales, corrían al bautismo para que, como las víboras, pudiesen huir de la muerte por medio del agua. Además es propio de las víboras romper las entrañas de sus madres al nacer. Por lo mismo que los judíos al perseguir con pertinacia a los profetas habían dañado a su madre, la sinagoga, eran llamados raza de víboras. Además, las víboras son hermosas y como pintadas por fuera, pero por dentro están llenas de veneno. Así éstos manifestaban el atractivo de la santidad en el rostro.
 

Remigio

Cuando se dice: «¿Quién os ha enseñado a huir de la ira que viene?». ¿Se sobreentiende otra cosa que a Dios?
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

¿Quién os ha enseñado esto? ¿Acaso Isaías el profeta? No. Si él mismo os hubiese enseñado, no pondríais vuestra esperanza sólo en el agua, sino también en las buenas obras. Aquél dice: «Lavaos, y quedad limpios; separad la inmundicia de vuestras almas; aprended a obrar bien». También tenemos a David que dice: «Me lavarás y quedaré más limpio que la nieve». Pero él mismo dice después: «Un espíritu atribulado es un sacrificio aceptable ante Dios». Por tanto, si fuereis discípulos de David, vendríais al bautismo con el llanto y la aflicción.
 

Remigio

Si alguno demuestra, que se puede leer en tiempo futuro 1, éste sería el sentido: ¿Qué doctor, qué predicador podrá aconsejaros para que podáis huir de vuestra eterna condenación?
 

San Agustín, de civitate Dei, 9,5

Dios por cierta semejanza de operaciones, no por las malas inclinaciones, según la Escritura, se llena de ira, pero no se turba por ninguna pasión. Esta expresión suprime toda intención de venganza, no su estado de ánimo.
 

La glosa

Si queréis, pues, huir, haced frutos dignos de penitencia.
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 20,8

En estas palabras debe notarse que no sólo aconseja hacer frutos de penitencia, sino frutos dignos de penitencia. Debe saberse, pues, que al que no ha cometido ninguna cosa ilícita, a éste se le concede que use de cosas lícitas. Pero si alguno ha caído en la culpa, tanto debe separar de sí las cosas lícitas cuanto se acuerda de haber cometido las ilícitas. La conciencia de cada uno conoce que, tanto debe buscar las ganancias mayores de las buenas obras por medio de la penitencia, cuanto mayores fueron los daños que ocasionó por las culpas. Pero los judíos, gloriándose de la nobleza de su raza, no querían reconocerse como pecadores, porque descendían de la estirpe de Abraham. Y por ello se les dice con propiedad: «Y no queráis decir dentro de vosotros: tenemos por padre a Abraham».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 11,2

Dijo esto, no prohibiéndoles que dijesen que descendían de él, sino que se confiasen de esto, no aplicándose a la virtud de su espíritu.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 5

¿Qué aprovecha a aquél a quien manchan sus costumbres, una descendencia noble? O ¿qué daño hace una descendencia envilecida a aquél a quien adornan las buenas costumbres? Es mejor para cada uno que se gloríen sus padres en él, que él en sus padres. Así, vosotros no queráis gloriaros diciendo: «Porque tenemos por padre a Abraham». Más bien avergonzaos porque sois sus hijos y no habéis heredado sus virtudes. Parece nacido de adulterio el que no se parece a su padre. Excluye la gloria de los padres diciendo: «Y no queráis decir».
 

Rábano

Por lo mismo que el pregonero de la verdad quería excitarlos a hacer frutos dignos de penitencia, los invitaba a la humildad, sin la cual ninguno puede arrepentirse, añadiendo: «Os digo en verdad que Dios puede sacar hijos de Abraham de estas piedras».
 

Remigio

Se dice que San Juan predicó junto al Jordán, cerca de aquel sitio en donde por mandato de Dios se pusieron doce piedras que se habían sacado del río. Puede suceder que, aludiendo a éstas, dijere que suscitaría hijos de Abraham de aquellas piedras.
 

San Jerónimo

En lo que indica el poder de Dios, porque el que había sacado todas las cosas de la nada, podría sacar de las piedras durísimas un pueblo.
 

La glosa

Los primeros rudimentos de la fe consisten en creer que Dios puede hacer cuanto quiera.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 11,2

Sacar hombres de las piedras, es lo mismo que hacer que naciera Isaac de Sara. De aquí que el profeta dice: Mirad a la piedra, de la que habéis salido. Recordándoles esta profecía, les demuestra que ahora es posible que pueda hacer una cosa semejante.
 

Rábano

O, de otro modo, con el nombre de piedras se significa la gente que adoró las piedras.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Además, la piedra dura aprovecha para la obra, y cuando ésta se ha hecho con ella, la obra no deja de existir. Así, la gente que ha creído con dificultad, permanece siempre firme en la fe.
 

San Jerónimo

Separaré de vosotros el corazón endurecido, y os daré un corazón de carne. En la piedra se significa la dureza, en la carne la blandura.
 

Rábano

De las piedras han salido los hijos de Abraham, porque mientras los gentiles creyeron en la descendencia de Abraham, esto es, en Jesucristo, fueron hechos sus hijos, y unidos a su descendencia.

Se sigue. «Ya está puesta el hacha a la raíz del árbol».
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

El hacha es la ira cortante de la consumación, que habrá de cortar el mundo entero. Pero si ha sido puesta, ¿por qué no corta de antemano? Porque los árboles son racionales, y pueden hacer lo bueno o lo malo. Así, viendo el hacha puesta junto a las raíces, teman el corte, y hagan buenos frutos. Luego el anuncio de la ira, que es la colocación del hacha junto a la raíz, aunque no haga daño alguno, sin embargo, distingue a los buenos de los malos.
 

San Jerónimo

El hacha es la predicación del Evangelio, según Jeremías, que compara la palabra del Señor con el hacha que corta la piedra.
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 20,9

El hacha es Nuestro Redentor que, constando de naturaleza divina y humana, representa la fuerza motriz, y la fortaleza en la economía de la redención, ya que, si bien aparece con forma humana, procede de la divinidad. Esta es el hacha puesta junto a la raíz del árbol, puesto que, si bien espera por la paciencia, conoce, sin embargo, cuanto ha de hacer. Todo árbol que no da buenos frutos, será cortado y arrojado al fuego ( Mt 7). Porque cualquiera que obra mal encuentra preparado el fuego del infierno por haber despreciado el consejo de hacer buenos frutos de penitencia. Se dice que el hacha no está puesta junto a las ramas sino junto a la raíz. Cuando mueren los hijos de los malos son cortadas las ramas que no dan fruto, pero cuando sucumbe toda una generación con el padre, se corta todo el árbol por la raíz para que ya no puedan nacer los renuevos malos.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 11,3

Cuando dice todo, excluye al primero, como por excepción. Como si dijese: Aunque fueses descendiente de Abraham, sufrirás la pena si permaneces sin fruto.
 

Rábano

Cuatro son las especies de los árboles: una es toda seca, a quien se asemejan los paganos; otra verde, pero sin fruto, a quien se comparan los hipócritas; la tercera verde y dando fruto, pero fruto envenenado, a quien se comparan los herejes; la cuarta también verde y dando buenos frutos, a quien se comparan los católicos verdaderos.
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 20,9

Luego todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego, porque siempre tiene preparado el fuego del infierno el que desprecia el hacer aquí buenos frutos.
 

Notas

  1. Con lo que el texto diría: «quién os enseñará a huir de la justicia que vendrá sobre vosotros». Con este cambio de tiempo verbal no parecería buscarse una disquisición textual, sino una aplicación para todos los tiempos de lo dicho por Juan a los fariseos.

 

La glosa

Ya San Juan había explicado en las palabras que anteceden lo que más adelante predicó de una manera sintética sobre hacer penitencia. Le faltaba, pues, explicar lo que ya había dicho de la aproximación del reino de los cielos. Por ello dice: «Yo os bautizo en agua, para que hagáis penitencia».
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 7,3

San Juan no bautiza en espíritu sino en agua, porque no podía perdonar los pecados. Lava los cuerpos por el agua, pero no lava las almas con el perdón.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 10,1
Como no había sido ofrecida aún la hostia, ni se había perdonado el pecado, ni el Espíritu Santo había bajado sobre el agua, ¿cuál debería ser el perdón de los pecados? Pero como los judíos no conocían sus propios pecados y esto era para ellos la causa de todos sus males, vino San Juan invitándolos al conocimiento de sus propios pecados, y recordándoles la necesidad de hacer penitencia.
 

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 7,3

¿Por qué bautiza quien no puede perdonar pecados? Para que, observando la misión del cargo de precursor, preparase los caminos a Aquel a quien, como había sido su precursor en el nacimiento, lo prefigurase también bautizando también al que después debía bautizar.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Fue enviado San Juan a bautizar para que predicase la presencia corporal del Hijo de Dios a los que viniesen a bautizarse, como él mismo dice en aquellas palabras: «Para que se sepa en Israel, que yo he venido a bautizar en agua» ( Jn 1,31).
 

San Agustín, in Ioannem, 5,5

Bautizaba, porque convenía que Jesucristo fuese bautizado. Pero, ¿por qué no fue bautizado sólo Jesucristo por el Bautista, ya que éste había sido enviado para esto? Porque si sólo Jesucristo hubiese sido bautizado por San Juan, no faltarían quienes creyesen que el bautismo de San Juan era más meritorio que el de Jesucristo, ya que sólo Jesucristo era digno de ser bautizado por él.
 

Rábano

Bautiza, por lo tanto, para que, distinguiendo a los verdaderos penitentes de los que no lo son, con esta señal pudiesen los primeros hacerse dignos del bautizo de Jesucristo.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Porque por lo mismo que bautizaba por Cristo, predicaba que habría de manifestarse a los que venían, y anuncia su poder supremo diciéndoles: «El que ha de venir después de mí, es más fuerte que yo».
 

Remigio

Debe saberse que Cristo ha venido después de San Juan de cinco modos: naciendo, predicando, bautizando, muriendo y bajando a los infiernos. Y con mucha razón se dice que Cristo es más fuerte que el Bautista, porque éste es un simple hombre, mientras que Cristo es Dios y hombre.
 

Rábano

Como si San Juan dijese: «Yo soy fuerte para invitaros a la penitencia; pero Aquél lo es perdonando los pecados; yo predicando el reino de los cielos, Aquél dándolo; yo bautizando en agua, Aquél en espíritu».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 11,4

Cuando oigas que es más fuerte que yo, no juzgues que digo esto por comparación, porque no soy digno ni siquiera de contarme entre sus servidores para tomar la menor parte, aunque fuese la más vil de su ministerio. Por ello añade: «Cuyo calzado yo no soy digno de llevar».
 

San Hilario, in Matthaeum, 2

Dejando a sus apóstoles también la gloria de extender la predicación, puesto que sus pies dichosos habían de anunciar por doquier la paz y la adoración que se debía a Dios.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Por los pies de Cristo debe entenderse a los cristianos, principalmente a los apóstoles y a los demás predicadores, entre los que se encuentra San Juan Bautista. Los calzados son las enfermedades con las cuales, dice, están cubiertos los predicadores. Estos calzados de Cristo son los que llevan los predicadores, y San Juan los llevaba también. Pero dice que no es digno de llevarlos, para manifestar mejor la gracia de Jesucristo que sus méritos.
 

San Jerónimo

En otro Evangelio se dice: «La correa de cuyo calzado no soy digno de soltar» ( Jn 1,27). Aquí se demuestra su humildad, allí su misión. Porque siendo Jesucristo el Esposo y no mereciendo Juan desatar la correa del Esposo, su casa no puede llamarse casa de descalzado, según la ley de Moisés ( Dt 25) y el ejemplo de Rut ( Rut 4).
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Porque ninguno puede dar un beneficio más digno que lo que él mismo es, ni hacer una cosa que no sea él mismo, añade con mucha oportunidad: «El os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego». San Juan, siendo corpóreo, no podía dar un bautismo espiritual y por ello bautiza en agua que es materia. Cristo es espíritu porque es Dios. El Espíritu Santo también es espíritu, el alma también es espíritu y por eso el Espíritu bautiza con Espíritu. El bautismo espiritual aprovecha, porque entrando el espíritu abraza el alma y la rodea como de un muro inexpugnable y no permite que las concupiscencias de la carne puedan vencerla. Sin duda, no hace que la carne no se levante contra el espíritu, pero retiene al espíritu para que no consienta en la tentación. Por lo mismo que Jesucristo es juez bautiza en fuego, esto es, en las tentaciones. En cambio un simple hombre no puede bautizar en fuego, pues tiene potestad para tentar aquel que puede remunerar. Este bautismo de la tribulación (esto es, del fuego), quema la carne para que no engendre las concupiscencias, pues la carne no teme las penas espirituales, sino las carnales. Por ello, el Señor manda sobre sus hijos tribulaciones carnales, para que temiendo sus propias angustias la carne no se complazca en hacer lo malo. Ya vemos que el espíritu rechaza las concupiscencias y no permite que prevalezcan. Por ello el fuego quema hasta sus raíces.
 

San Jerónimo

En espíritu y en fuego, porque el Espíritu Santo es fuego, que descendiendo se posa sobre cada uno de los apóstoles en forma de fuego. Así se cumple la palabra del Señor que dice: «He venido a prender fuego a la tierra» ( Lc 12), porque al presente somos bautizados en espíritu y en adelante lo seremos en el fuego, según aquellas palabras del Apóstol: El fuego probará la calidad de obras de cada uno ( 1Cor 3).
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 11,4

No dice, pues, «os dará el Espíritu Santo», sino «os bautizará en el Espíritu Santo». La misma argumentación metafórica de que se vale hace resaltar la abundancia de la efusión de la gracia. 1Por esto se demuestra también que sólo basta la voluntad, aun en la fe, para justificarse, y que no son necesarios los trabajos y los sudores; y así como es fácil ser bautizados, así por su medio, es fácil mudarse y hacerse mejores. En el fuego demuestra la vehemencia de la gracia, que no puede contrariarse, y para que se conozca que a semejanza de los antiguos y grandes profetas, puede transformar a los suyos. Por ello, pues, hace mención del fuego, porque muchas de las visiones de los profetas se verificaron por medio del fuego.
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Se desprende que el bautismo de Jesucristo no anula el bautismo de San Juan. Antes al contrario, lo confirma. Quien es bautizado en nombre de Jesucristo recibe ambos bautismos: el de agua y el de espíritu, porque Cristo era espíritu y tomó cuerpo para poder dar el bautismo corporal y el espiritual. El bautismo de San Juan, pues, no incluye en sí el bautismo de Cristo, porque lo menor no puede incluir lo mayor. Por lo tanto, el apóstol, habiendo encontrado algunos de Efeso bautizados con el bautismo de San Juan, los bautizó otra vez en nombre de Jesucristo, porque no estaban bautizados en espíritu. Por la misma razón, Jesucristo bautizó también a los que ya lo habían sido por San Juan, como asegura él mismo diciendo: «Yo os bautizo en agua, pero El os bautiza en espíritu». No se crea por esto que quien así se bautiza lo hace dos veces, sino una. Porque como el bautismo de Cristo es más excelente que el de San Juan, se daba un bautismo nuevo y no un bautismo reiterado, porque el antiguo terminaba en Cristo.
 

San Hilario, in Matthaeum, 2

Designa en el Señor el tiempo de nuestra salvación y de nuestro juicio, diciendo: «Os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego», porque a los bautizados en el Espíritu Santo les falta ser consumidos por el fuego del juicio. De donde se desprende la expresión: «cuyo aventador tiene en su mano».
 

Rábano

Por el aventador, esto es la pala, se designa la discreción del justo examen que hace Dios teniendo la pala en su mano, esto es, la potestad, porque el Padre ha concedido al Hijo el supremo juicio de los hombres.

Sigue el evangelista: «Y limpiará su era».
 

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 3

Su era es la Iglesia, su granero el reino de los cielos, el campo es este mundo. Enviando, pues, el Señor a los apóstoles y a los demás maestros como segadores, cortó toda clase de gente del mundo y los reunió en su era, es decir, en su Iglesia. Aquí debemos ser trillados y cernidos. Todos los hombres se complacen en las cosas de la carne, como los granos en la aventadora. Pero el que es fiel y tiene sustancia de buen corazón, en cuanto lo agita la tribulación aunque sea de una manera leve, corre hacia el Señor despreciando las cosas de la tierra. Pero si tiene poca fe, apenas se dirige a Dios aunque la tribulación sea demasiado grande. Y el que es absolutamente infiel y está cerrado a la gracia, nunca se dirige al Señor por mucho que sea atribulado. El trigo, después de trillado, permanece confundido con las pajas en un mismo lugar, pero luego se avienta para que se separe de ellas. Así sucede en la Iglesia: los fieles permanecen junto con los infieles. Se mueve la persecución como si fuese un viento para que, agitados por la aventadora de Cristo, sean separados de lugar, los que ya se han separado por sus acciones. Y observa que no dijo «limpiará su era», sino que «la barrerá muy bien». Es preciso que la Iglesia sea tratada de muchos modos hasta que quede completamente limpia. Primero la aventaron los judíos, después los gentiles, más adelante los herejes, y por último, la aventará el Anticristo. Así como cuando el viento es poco no se limpia bien toda la cantidad de trigo, sino que las pajas pequeñas salen al viento con la aventadora, pero las grandes y duras vuelven a caer mezcladas con el trigo, así sucede ahora, cuando sopla de una manera suave la tentación, los hombres malos vuelven a sus culpas. Pero si se levanta una tempestad mayor, hasta los que parecen más resistentes salen también empujados por ella. Así es que se hace preciso que la tentación sea fuerte para que la Iglesia se limpie por completo.
 

Remigio

Dios limpia esta era, es decir su Iglesia, aun en esta vida, ya sea cuando los malos son sacados de la Iglesia por juicio de los sacerdotes, ya sea cuando son sacados de la vida por medio de la muerte.
 

Rábano

La limpieza absoluta y general de la Iglesia no tendrá lugar hasta el último día, cuando el Hijo del hombre mande a sus ángeles y quite de su reino todos los escándalos.
 

San Gregorio Magno, Moralia, 34,5

Porque después de la trilla de la vida presente, en que el trigo está escondido bajo la paja, la última avienta del juicio final separará perfectamente el trigo de la paja de tal modo, que ni las pajas puedan volver a mezclarse en el granero con el trigo, ni el trigo pueda jamás ser quemado en el fuego en que ardan las pajas. Y esto es lo que se sigue: «Y reunirá el trigo en su granero, pero quemará las pajas en un fuego inextinguible».
 

San Hilario, in Matthaeum, 2

Dice el Señor que esconderá el trigo, es decir los frutos perfectos de los que creen en sus graneros celestiales. Y que las pajas, esto es, la inercia de los hombres que no dan fruto, habrá de quemarlas en el fuego de su juicio.
 

Rábano

Pero existe diferencia entre las pajas y la cizaña. Las pajas proceden de la simiente del trigo, pero la cizaña procede de simiente diferente. Las pajas son aquéllos que, alimentados por los sacramentos, no permanecen fuertes. La cizaña son aquéllos que, por sus obras y por su profesión, se separan de la comunión con los buenos.
 

Remigio

Se llama fuego inextinguible a la pena de eterna condenación, ya sea porque nunca dejará de atormentar a los que una vez recibió, sin que estos puedan desaparecer, ya por diferencia con el fuego del purgatorio, que se enciende y se apaga por un tiempo determinado.
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,12

Si se busca qué palabras fueron las que dijo el Bautista, si las que refiere San Mateo, o las que refiere San Lucas, o las que San Marcos, no creo que aquí deba esforzarse el ánimo, cuando se entiende prudentemente que estas sentencias son necesarias para conocer la verdad, cualquiera que sea el concepto bajo el que sean explicadas. Y esto se demuestra cuando no creemos que alguien miente, si recordando varios una cosa que han visto u oído, no la refieren del mismo modo ni con las mismas palabras con que fue indicada. Cualquiera que dice que se concedió a los evangelistas, por la virtud del Espíritu Santo, el que no se diferenciasen en el estilo, en el orden, ni en el Números, no entiende que tanto más se eleva la autoridad de los evangelistas cuando lo que ellos afirman con verdadera seguridad está puesto según el hablar de los hombres. Cuando uno dice: «cuyo calzado no soy digno de desatar», y otro: «desatar la correa de su calzado», se ve desde luego que sólo en las palabras se nota la diferencia. Con razón habría de saberse cuál de estas dos cosas dijo San Juan. Debe considerarse como verdadero lo que narra aquel que puede decir lo que el otro dijo. Sin embargo, aunque haya dicho lo mismo pero en otra forma, no puede afirmarse que haya mentido, porque puede juzgarse que dejando de tener en la memoria las palabras, dijo lo mismo pero en otra forma. Toda falsedad debe considerarse ausente de los evangelistas, no sólo en lo referente a aquel tipo de falsedad que viene a decir algo positivamente falso, sino también en lo referente a aquellas cosas que son fruto del olvido. Por lo tanto, aunque pueda haber diversidad de pareceres, en cuanto a la inteligencia de sus narraciones, debe sin embargo juzgarse rectamente de cada uno. Otro modo de considerar esto, es que San Juan dijo una y otra cosa, ya sea que lo dijera en distinto tiempo, ya fuese que repetía un concepto semejante. El Bautista, cuando habla del calzado del Señor en este texto, nada se proponía que no fuese ensalzar la excelencia de Dios y manifestar su propia humildad. Sea lo que fuere que se dijo, se expresa el mismo pensamiento, ya que se empieza con la misma significación de su humildad, aunque exponiendo en forma diferente el mismo sentido y por ende, no se difiere en la intención.

Es, pues, una regla útil y que debe retenerse en la memoria, que no hay mentira cuando uno explica la intención de aquél de quien habla, aunque use alguna palabra que el otro no dijo, siempre que exprese el mismo sentido de las palabras pronunciadas. Por lo cual decimos que la interpretación sana no debe buscar sino la intención del que habla.
 

Notas

  1. La frase que sigue no se encuentra en el texto original del Crisóstomo.

 

 

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