
La Iglesia no puede dejar pasar qué cosas, haciendo la vista gorda, como si no pasará nada. Porque sí que pasa: la cultura de la muerte con 73 millones de muertos anuales, es decir, de abortos, a los que la moral cristiana califica como pecado grave -gravísima- contra el quinto mandamiento.
La Iglesia en su totalidad y sus pastores, los primeros, ha de ser la que emprenda un decidido y abierto enfrentamiento contra la brutalidad del aborto que arrasa vidas indefensas, y sin que a la mayoría de la ciudadanía occidental se la mueva un pelo de la ceja de la conciencia. La Iglesia ha de acometer una labor profética de difunda por todos los medios, en defensa de los más inocentes y en pro la cultura de la vida. Una labor fundamental es la de sensibilizar a las masas, a todas las personas que componen nuestras sociedades «avanzadas», para que despierten ante esta realidad y se conciencen. Sin esta sensibilidad social difícilmente se podrá revertir la opinión de los que con su voto elevan al poder a políticos que luego gobiernan -crean leyes- según los deseos de aquellos que les van a volver a votar.
La Iglesia -los cristianos- tiene que está comprometida en esa causa. No hay excusa que valga, a no ser que se esté hipócritamente disimulando mientras ocurre algo tan grave. La Iglesia no puede callar y dejar que cuatro voluntariosos cristianos pro-vida se esfuercen y arriesguen ante clínicas abortistas o preparando una o dos manifestaciones al año, en las que acuden muy poca gente, incluso ni los allegados.
Hay muchas cosas que hacer en este tema de enarbolar la bandera de la defensa de la vida. Todos nos tenemos que movilizar. En cosas como estas se ve si uno está realmente perteneciendo al Reino de Dios, o no. No podemos ser de Cristo y quedarnos con los brazos cruzados ante esta realidad devastadora y antihumana; así no se ama. Uno cristiano no puede vivir sin amar; es la sabia que se trasmite de la Vid a los sarmientos.
La Iglesia ha de dejar de estar acongojada por ir contra corriente y que la mundanidad dominante se meta con ella y la fustigue por tierra, mar y aire. No debe temer; el Señor está con ella.
Sobre este asunto del compromiso activo de los cristianos, pueden leer estos artículos recientes:
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- Pecado de omisión: el nulo activismo
- La descristianización de España, y la recristianización

Hoy, por fin, se ha hecho pública la opinión de Mons. Salvatore Cordileone, Arzobispo de San Francisco, ha prohibido a Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, recibir la comunión en su Arquidiócesis por su apoyo al aborto.
Ha escrito el Arzobispo en comunicado emitido “Luego de numerosos intentos para hablar con ella y ayudarla a entender el grave mal que está perpetrando, el escándalo que está causando y el peligro en el que pone a su propia alma, he determinado que ha llegado la hora en la que debo hacer una declaración pública de que ella no debe ser admitida a la Sagrada Comunión”.
Resaltó el prelado las comunicaciones que ha recibido continuamente sobre el escándalo de este tipo de católicos, que en la vida pública promueven males tan grandes. Y recordó que su determinación se basa en el cánon 915 del Código de Derecho Canónico, que determina que “no deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave” tal como el aborto.
Para que la decisión del prelado quede sin efecto, Pelosi – quien se ha manifestado como “devota católica” – debe “repudiar públicamente su apoyo al ‘derecho’ al aborto, confesarse, y recibir la absolución por su cooperación con este mal en el sacramento de la Penitencia”.
Y la misma suerte tendría que corre Biden. Le invitamos a leer artículos nuestros relacionados con este tema:
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