La ley del Amor

  Ya no está bajo la ley (Rom 6,15), sino bajo la ley de Cristo (1 Cor 9,21).

         Tu Ley está en el fondo de mi alma (Sal 40,9).

         Un solo precepto contiene toda la ley en su plenitud: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Gál 5,14). 

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           Un predicador evangelista de disciplina espartana exigía de sus hijos una obediencia ciega y una rectitud de conducta que frisaba el heroísmo. Para ello les responsabilizaba sobre el amor filial, recordándoles asíduamente el deber de admiración y reconocimiento de lo que por ellos había hecho el «abnegado» autor de sus días,…

            Cierto día dos de sus hijos hallábanse jugando con otros chicos jugando junto al río que bordeaba la pequeña ciudad. El padre les tenía terminantemente prohibido aproximarse a la orilla del río, pues su cauce era de aguas turbulentas y de continuas y repentinas crecidas.

           Uno de los compañeros de juego persiguiendo un balón resbaló y cayó al agua. Los dos hermanos corrieron presurosos hasta el borde del cauce, viendo como preso de las aguas se debatía en inútiles por mantenerse a flote.

           Uno de los hermanos se apresuró a quitarse la ropa. El otro, al ver lo que pretendía hacer, le recriminaba: ¡Ya verás cuando se entere papá! ¡Eso es desobedecerle y un pecado!

           El adolescente, sin pensárselo dos veces, se arrojó al agua. Tras una desesperada lucha, logró rescatarlo de las aguas arrastrándolo hasta la orilla.

           Al saberlo el padre lo reprendió severamente y lo castigo con dureza, mientras le decía:

        —¿Por qué me has desobedecido? Eres un mal hijo, me has decepcionado; no te tenía dicho…

           Entre sollozos dijo:

          —!Pero,… papá, si era mi amigo!

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           No es la ley la que salva, sino el amor.

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         El evangelio de la misa de tal día como hoy, 25 de octubre, viene muy bien para explicar que el amor salvador está por encima de cualquier ley que se pueda fundamentalizar. (Pueden leer el texto de san Lucas 13,10-17 al final)

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         Hay mandamientos que deben ceder ante otros valores o hechos relevantes en la vida de la persona. Por ejemplo: el de respetar a los padres, por obediencia y sumisión; puede ceder ante el hecho de una vida en peligro (como el del relato expuesto); o, en algo más común y complejo, como en el caso del conflicto del hijo que aspira en la vida a ser  -según su vocación-  una «cosa» y los padres pretenden otra.

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         El nominalismo decía lo bueno de hacer es lo permitido y lo malo lo prohibido. Y hay quien se rige según esa lógica; cuando en realidad es justamente al revés, por ser bueno se puede hacer moralmente, y por ser malo está prohibido.

         Por desgracia, somos expertos en observar la letra de la ley, y ¡qué poco en comprender su espíritu!

        El tener leyes, el tener todo claro, el orden, la obediencia, la casuística, el destino, etc., nos evitan la responsabilidad creadora, la respuesta madura y autónoma, el estar en diálogo con nuestra conciencia; y preferimos el dirigismo, el nulo esfuerzo íntimo personal. Y sin duda alguna, en este punto preferimos delegar y acogernos a esquemas prefabricados de conducta, pues resulta más fácil, cómodo y menos comprometedor.

          Refugiarse en patrones legalistas, es tener un seguro en la letra, y no en la gracia. Es una manera de negarse a confiar en el auxilio del Espíritu de Dios, para apoyarnos en los prescrito.  Es evidente que cuantos se sitúan más allá del marco legalista aceptan el riesgo que da la inseguridad humana, en el miedo a uno mismo, para sostenerse y asegurarse en Dios.

         El cristiano ha de caracterizarse por una libertad que nace de su fe, cuyo orden viene dado por la gracia, que dista del orden fijo e inflexible y la ley. La ley tiene una función que no es la de insensibilizar el dinamismo del Espíritu, sino de encauzar sin constreñir las energías creativas del creyente. Es una llamada a la responsabilidad personal. Estamos -como seres adultos y responsables-  a asumir no liberal sino según nuestra conciencia y a la luz del Espíritu la interpretación de la ley.

         La presencia del Espíritu y la vida, según el Espíritu nos permiten y exigen caminar según el Espíritu (Gál 5,25; Rom 8,4). Una ley interior, por la ley del amor filial y fraternal.

         La plenitud de la ley es la caridad (Rom 13,10). El amor es la plenitud de la Ley por el hecho de ser en sí mismo una fuerza dinámica que impulsa al hombre a buscar el bien de los demás, vigorizando su fe en Cristo (Gál 5,6: la fe que actúa por amor). Según Pablo, lo que no es expresión del amor no conduce a la vida.

         El alma, como afirmaba san Agustín, tiene un peso que la mueve y la lleva; éste peso es el amor. El amor es activo, y es él quién, en definitiva, determina y califica la voluntad. El amor bueno, es decir, la caridad, es su más propio sentido, es el punto central de la ética agustiniana. Por eso su expresión más densa y concisa es el famoso imperativo «ama y haz lo que quieras». 

         La interpretación que ofrece Jesús no va propiamente «contra» la ley, sino que busca interpretar de una manera más radical, según la «justicia mayor», la ley que otros maestros interpretaban más benévolamente.  Jesús justifica su actitud «liberal» ante la Ley con la cita de Oseas 6,6, según la cual Dios quiere (ante todo) misericordia y no sacrificio. ¡Amor!.

         ¡Ay, el amor! … El amor es más temible que las leyes. Pero de otra manera.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,10-17):

Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar.
Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: «Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados.»
Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: «Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?»
A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.

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