La parábola de la siembra de la palabra de Dios en distintos terrenos.

 

El Evangelio —Lucas 8,4-15— de la liturgia de hoy, 20 de septiembre, nos relata esta explicita parábola: Jesús nos cuenta cómo es la predicación del Reino, donde interviene el Sembrador, Dios, lo que se siembra, su Palabra, y la tierra en la que se siembra, el corazón humano.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (8,4-15):

En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo. Entonces les dijo esta parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso y, al crecer, se secó por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas, creciendo al mismo tiempo, lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y, al crecer, dio fruto al ciento por uno.»
Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Entonces le preguntaron los discípulos: «¿Qué significa esa parábola?»
Él les respondió: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de Dios; a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. El sentido de la parábola es éste: La semilla es la palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al escucharla, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre zarzas son los que escuchan, pero, con los afanes y riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no maduran. Los de la tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando

En el Evangelio paralelo de san Marcos 1,38 dice Jesús: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido.» Es decir, que Jesucristo salió -bajo del cielo- para anunciarnos el Reino, para traérnoslo sí, el mismo. El es el sembrador y su palabra las semillas del Reino.

El sembrador y la semilla permanecen iguales, es decir, son invivibles, no se modifican alterando el resultado o fruto. En cambio, la tierra, nuestro interior, si que cambia, y de este hace variar los el resultado de lo sembrado; de modo que surge ahí una gran responsabilidad.

Nosotros, el terreno, aceptamos o rechazamos conscientes o inconscientemente la Palabra de Dios (es decir, a Jesús, el Reino). ¿Cómo sucede esto? Por el tipo de corazón que tenemos:

  • Un interior árido, superficial, inconstante, que está sometida a la moda del momento, a la novedad, a la fluidez: al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
  • Un interior duro, descarnado, nada acogedor, y que incluso, en un principio puede mostrar entusiasmo, pero que ante la falta de profundidad, de verdadero interior o machado por el endurecimiento, sin echar raíces, desparece a consecuencia de los brillos de la vida, de los atractivos de la mundanidad: cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol. se abrasó, y por falta de raíz se secó.
  • Un interior en que la maldad, la siembra del enemigo, la cizaña, que ha crecido en ese corazón con el devenir de una vida descuidada moralmente y carente de inocencia, al caer la semilla agarró y echó raíz, pero cuando brotó la maleza existente la ahogo: cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.
  • Y por fin, un corazón bueno, tierno, pura inocencia, receptivo, acogedor, humano…: cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta.

Por lo demás, tener presente que así Jesucristo, Dios, nos animó a ser colaboradores de Él en la siembra, es decir, ejercer de sembradores; a los que el papa Francisco dice: «Los sembradores del Evangelio viven y predican la Palabra de Dios a menudo sin registrar éxitos inmediatos. No olvidemos nunca que también donde parece que no sucede nada, en realidad el Espíritu Santo está trabajando y el reino de Dios ya está creciendo, a través y más allá de nuestros esfuerzos.»Los resultados de la siembra no dependen de nuestras capacidades: dependen de la acción de Dios. A nosotros nos toca sembrar, y sembrar con amor, con esfuerzo, con paciencia. Pero la fuerza de la semilla es divina

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Palabras del papa León XIV:

(Audiencia general, 21 de mayo de 2025)

Cada parábola cuenta una historia tomada de la vida cotidiana, pero quiere decirnos algo más, nos remite a un significado más profundo. La parábola suscita en nosotros interrogantes, nos invita a no quedarnos en las apariencias. Ante la historia que se cuenta o la imagen que se me presenta, puedo preguntarme: ¿dónde estoy yo en esta historia? ¿Qué dice esta imagen a mi vida? El término parábola proviene, de hecho, del verbo griego paraballein, que significa lanzar delante.

La parábola me lanza delante una palabra que me provoca y me empuja a interrogarme. La parábola del sembrador habla precisamente de la dinámica de la palabra de Dios y de los efectos que produce. De hecho, cada palabra del Evangelio es como una semilla que se arroja al terreno de nuestra vida. Muchas veces Jesús utiliza la imagen de la semilla, con diferentes significados. En el capítulo 13 del Evangelio de Mateo, la parábola del sembrador introduce una serie de otras pequeñas parábolas, algunas de las cuales hablan precisamente de lo que ocurre en el terreno: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza, el tesoro escondido en el campo. ¿Qué es, entonces, este terreno? Es nuestro corazón, pero también es el mundo, la comunidad, la Iglesia. La palabra de Dios, de hecho, fecunda y provoca toda realidad.

Al principio, vemos a Jesús que sale de su casa y se reúne a su alrededor una gran multitud (cf. Mt 13,1). Su palabra fascina y despierta la curiosidad. Entre la gente hay, evidentemente, muchas situaciones diferentes. La palabra de Jesús es para todos, pero actúa en cada uno de manera diferente. Este contexto nos permite comprender mejor el sentido de la parábola. Un sembrador, bastante original, sale a sembrar, pero no se preocupa de dónde cae la semilla. La arroja incluso donde es improbable que dé fruto: en el camino, entre las piedras, entre los espinos. Esta actitud sorprende a los oyentes y los lleva a preguntarse: ¿por qué?

Estamos acostumbrados a calcular las cosas —y a veces es necesario—, ¡pero esto no vale en el amor! La forma en que este sembrador «derrochador» arroja la semilla es una imagen de la forma en que Dios nos ama. Es cierto que el destino de la semilla depende también de la forma en que la acoge el terreno y de la situación en que se encuentra, pero ante todo, con esta parábola, Jesús nos dice que Dios arroja la semilla de su palabra sobre todo tipo de terreno, es decir, en cualquier situación en la que nos encontremos: a veces somos más superficiales y distraídos, a veces nos dejamos llevar por el entusiasmo, a veces estamos agobiados por las preocupaciones de la vida, pero también hay momentos en los que estamos disponibles y acogedores. Dios confía y espera que tarde o temprano la semilla florezca. Él nos ama así: no espera a que seamos el mejor terreno, siempre nos da generosamente su palabra. Quizás precisamente al ver que Él confía en nosotros, nazca en nosotros el deseo de ser un terreno mejor. Esta es la esperanza, fundada sobre la roca de la generosidad y la misericordia de Dios.

Al contar cómo la semilla da fruto, Jesús también está hablando de su vida. Jesús es la Palabra, es la Semilla. Y la semilla, para dar fruto, debe morir. Entonces, esta parábola nos dice que Dios está dispuesto a «desperdiciarse» por nosotros y que Jesús está dispuesto a morir para transformar nuestra vida.

Tengo en mente ese hermoso cuadro de Van Gogh: El sembrador al atardecer. Esa imagen del sembrador bajo el sol abrasador me habla también del esfuerzo del campesino. Y me llama la atención que, detrás del sembrador, Van Gogh haya representado el trigo ya maduro. Me parece una imagen de esperanza: de una forma u otra, la semilla ha dado fruto. No sabemos muy bien cómo, pero es así. En el centro de la escena, sin embargo, no está el sembrador, que está a un lado, sino que todo el cuadro está dominado por la imagen del sol, tal vez para recordarnos que es Dios quien mueve la historia, aunque a veces nos parezca ausente o lejano. Es el sol que calienta la tierra y hace madurar la semilla.

Queridos hermanos y hermanas, ¿en qué situación de la vida nos alcanza hoy la palabra de Dios? Pidamos al Señor la gracia de acoger siempre esta semilla que es su palabra. Y si nos damos cuenta de que no somos terreno fértil, no nos desanimemos, sino pidámosle que siga trabajando en nosotros para convertirnos en terreno mejor.

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Palabras del papa Francisco:

(Ángelus, 12 julio 2020)

La parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros. Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino, al pedregal, al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la única que hace libre. Por esto es importante acostumbrarse a escuchar la Palabra de Dios, a leerla. Y vuelvo, una vez más, a ese consejo: llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio, una edición de bolsillo del Evangelio, en el bolsillo, en el bolso… Y así, leed cada día un fragmento, para que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo.  

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Catena Aurea

 

Teofilacto

Lo que David había predicho de la persona de Jesucristo «Abriré mi boca en parábolas» ( Sal 77,2), lo cumple aquí el Señor. Por esto se dice: «Y como hubiese concurrido un crecido número de pueblo, y acudiesen solícitos a El de las ciudades, dijo por semejanza». El Señor hablaba por medio de parábolas primeramente para que le oyesen con más atención, porque acostumbraban los hombres a ejercitarse en las cosas oscuras, menospreciando las más claras. En segundo lugar, para que los indignos no comprendiesen lo que se les decía místicamente.
 

Orígenes

Por esto se dice terminantemente: «Y como hubiese concurrido un crecido número y acudiesen de las ciudades», etc. No son muchos, sino pocos, los que andan por el camino estrecho y los que encuentran el camino que conduce a la vida. Por esto dice San Mateo ( Mt 13), que fuera de la casa enseñaba por medio de parábolas, pero que explicaba estas mismas a sus discípulos, cuando se encontraban dentro.
 

Eusebio

El Señor expone muy oportunamente esta primera parábola a la muchedumbre, no sólo a la que estaba presente, sino también a la que después de ella había de venir, invitándolos a escuchar sus palabras, cuando dice: «Salió el que siembra, a sembrar su simiente».
 

Beda

No podemos entender que este sembrador sea otro que el Hijo de Dios, quien saliendo del seno de su Padre, a donde las criaturas no podían llegar, vino a este mundo, para dar testimonio de la verdad ( Jn 19).
 

Crisóstomo in Mat. hom. 45

Salió el que está en todas partes y no en un solo lugar, pero se aproximó a nosotros por medio del vestido de la carne. Con razón Jesucristo designa su venida con el nombre de salida, porque estábamos excluidos de Dios y como rebeldes condenados por el Rey. De esta manera el que quiere reconciliarlos, saliendo fuera hacia ellos, les habla hasta que, resultando dignos de la presencia del Rey, los introduce. Así obró Jesucristo.
 

Teofilacto

Sale ahora no para perder a los labradores, ni a quemar la tierra, sino a sembrar; porque muchas veces el labrador que siembra, sale con otro fin, y no sólo a sembrar.
 

Eusebio

Salieron también algunos de la patria celestial y bajaron a los hombres, no a sembrar, puesto que no eran sembradores, sino enviados a ejercer el oficio de ministros del Espíritu. Moisés, y los profetas después de él, no sembraron en los hombres los misterios del reino de los cielos; pero retraían a los insensatos del error de la maldad y del culto de los ídolos. Cultivaban, por decirlo así, las almas de los hombres, y las convertían en campos nuevos. Sólo el sembrador de todos, el Verbo de Dios, salió a evangelizar la nueva semilla, esto es, los misterios del reino de los cielos.
 

Teofilacto

No cesa el Hijo de Dios de sembrar en nuestras almas, porque no solamente cuando enseña, sino también cuando crea, siembra en nuestras almas las buenas semillas.
 

Tito Bostrense

Salió a sembrar su propia semilla, porque no recibió la palabra como prestada, puesto que El es por naturaleza el Verbo de Dios vivo. La semilla de Pablo ni la de Juan son propias; la tienen porque la han recibido. Jesucristo, por el contrario, tiene su propia semilla, sacando de su naturaleza la doctrina. Por eso los mismos judíos decían: «¿Cómo conoce éste las letras, que no aprendió?» ( Jn 7,15).
 

Eusebio

Enseña que hay dos grados entre aquellos que reciben la divina semilla. El primero se compone de aquellos que se hicieron dignos de la vocación del cielo, pero que pierden la gracia por negligencia y tibieza. El segundo se compone de aquellos que multiplican la semilla por medio de buenos frutos. Además San Mateo establece tres diferencias en cada uno de estos grados. Porque aquellos que sofocan la semilla no tienen igual modo de perderla y los que fructifican con ella, no reciben la misma abundancia. Por esto da a conocer las ocasiones en que se pierde la semilla. Los unos, sin haber pecado, pierden la semilla saludable que hay en sus almas, sustraída a su atención y a su memoria por los espíritus malignos y por los demonios que vuelan en el aire, o por los hombres engañosos y astutos, que llamó volátiles. Por esto añade: «Y cuando sembraba, una parte cayó junto al camino».
 

Teofilacto

No dijo que, el que siembra, arrojó la semilla junto al camino, sino que la semilla cayó. El que siembra enseña buena doctrina, pero su palabra cae sobre los oyentes de diversa manera, de suerte que algunos de ellos se consideran como camino: «Y fue hollada, y las aves del cielo la comieron».
 

San Cirilo

Todo camino es árido e inculto en cierto sentido, porque es pisado por todos y ninguna semilla puede desarrollarse en él. Así, en los que tienen su corazón indócil, no pueden penetrar las divinas enseñanzas ni germinar la alabanza de las virtudes. Estos son el camino frecuentado por los espíritus inmundos. Hay también algunos que reciben la fe de una manera superficial, como si ésta sólo consistiese en palabras. La fe de éstos carece de raíz. Y por esto añade: «Y otra cayó sobre piedras, y cuando fue nacida, se secó, porque no tenía humedad».
 

Beda

Llama piedra al corazón endurecido e indomable. Por el contrario, la humedad es agua para la raíz de la semilla, que en otra parábola está figurado por el óleo, destinado a alimentar las lámparas de las vírgenes ( Mt 25), y que representa el amor y la perseverancia en la virtud.
 

Eusebio

Hay también algunos que Cristo llama espinas, por la avaricia, por el apetito sensual y por los cuidados del mundo. Sofocan la semilla que en ellos se sembró. Acerca de lo que dice: «Y otra cayó entre espinas», etc.
 

Crisóstomo in Mat. hom. 4

Así como las espinas no permiten que nazca la semilla, sino que la sofocan por su espesor, así los cuidados de la vida presente, no permiten que fructifique la semilla espiritual. Reprensible sería el labrador que sembrase sobre espinas punzantes, sobre piedras y en el camino. Porque no es posible que la piedra se haga tierra, ni que el camino deje de ser camino, ni que las espinas dejen de ser espinas. Al contrario, no sucede lo mismo en las cosas espirituales, pues es posible que la piedra se convierta en tierra rica, que el camino no se pise y que las espinas desaparezcan.
 

San Cirilo

Son tierra rica y fértil las almas humildes y buenas, que en su humildad reciben la semilla de la palabra, la conservan y la hacen fructificar. Y en cuanto a esto se dice: «Y otra cayó en buena tierra, nació y dio fruto de ciento por uno». Cuando se introduce la palabra divina en una inteligencia limpia de los cuidados mundanos, echa raíces profundas, produce espigas y crece oportunamente.
 

Beda

El fruto centuplicado es el que llama fruto perfecto, pues el número diez expresa siempre la perfección, porque la custodia de la ley (esto es, su observancia) se contiene en diez preceptos. El número diez multiplicado por sí mismo, forma el número cien, y con este número se representa la gran perfección.
 

San Cirilo

Cuál es el sentido de esta parábola, lo vamos a saber por Aquel que la compuso. Por esto sigue: «Dicho esto, comenzó a hablar en alta voz diciendo: Quién tiene orejas de oír, oiga».
 

San Basilio

Oír pertenece al entendimiento. Por esto el Señor llama la atención a los que lo oyen, para que comprendan bien lo que va a decir.
 

Beda

Cuantas veces se hace esta advertencia, ya en el Evangelio ya en el Apocalipsis de San Juan. Anuncia que lo que se dice es misterioso y que debemos meditarlo con más atención. Por eso los discípulos, ignorándolo, preguntaban al Salvador. Sigue, pues: «Sus discípulos le preguntaban qué parábola era ésta». Sin embargo, no se crea que los discípulos le preguntaron al punto que terminó la parábola, sino que, como dice San Marcos: «Le preguntaron estando solo» ( Mc 4,10).
 

Orígenes

La parábola es el relato de un hecho imaginario que no aconteció como se cuenta, pero que es posible, y que significa otra cosa por la aplicación de lo que se refiera en la parábola. Un enigma es la consecuencia de una relación imaginaria, que ni aconteció ni es posible, pero que tiene un sentido oculto, como aquello que se dice en el libro de los Jueces: «Que los árboles se reunieron para elegir rey» ( Jue 9,8). No aconteció a la letra como lo refiere el evangelista, aunque fue posible que se hiciese.
 

Eusebio

El Señor les dijo el motivo por qué hablaba a las turbas por medio de parábolas. Por esto añade: «Y les dijo: A vosotros es dado el saber el misterio del reino de Dios».
 

San Gregorio Nacianceno

Cuando oigas esto no introduzcas diferentes naturalezas, como ciertos herejes, que piensan que la naturaleza de unos es de perderse, y la de otros de salvarse. Sin embargo algunos son de tal modo, que su voluntad los lleva a lo peor o a lo mejor. Pero añade a esto que se dice: «A vosotros es dado». Es dado a los que quieren y a los simplemente dignos.
 

Teofilacto

A los que son indignos de tan grandes misterios, se les dice de un modo oscuro. De donde sigue: «Mas a los otros en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan». Ellos creen que ven, pero no ven; y oyen ciertamente, pero no entienden. Jesucristo les ha ocultado esto para que no reciban un daño mayor si llegan a despreciar estos misterios divinos después de conocerlos, pues el que primero entiende y después desprecia, merece mayor castigo
 

Beda

Así oyen sólo en parábolas, cuando cerrados los sentidos de su alma, no se cuidan de conocer la verdad, olvidándose de lo que dijo el Señor: «Quien tiene orejas de oír, oiga».
 

San Gregorio in Evang. hom. 15

El Señor se dignó explicar lo que había dicho para que sepamos buscar la significación de todas las cosas, aun de aquéllas que no nos quiso explicar. Porque sigue: «Es, pues, ésta la parábola: La simiente es la palabra de Dios».
 

San Eusebio

Dice que hay tres causas por medio de las que se destruye la semilla que cae sobre nuestras almas. Unos destruyen la semilla escondida en sus almas, dando oídos a todos los que quieren engañarlos. De éstos añade: «Y los que junto al camino, son aquéllos que la oyen; mas luego viene el diablo y quita la palabra del corazón de ellos».
 

Beda

Estos son los que oyen la palabra divina sin fe, sin deseo de conocerla, sin ninguna intención de sacar provecho de ella aplicándola a sus acciones.
 

Eusebio

Otros, no habiendo recibido la palabra de Dios en el fondo de su alma, la dejan perecer cuando llega el día de la adversidad, acerca de los que dice el Señor: «Mas los que sobre piedra, son los que reciben con gozo la palabra cuando la oyeron, y éstos no tienen raíces, porque a tiempo creen y en el tiempo de la tentación vuelve atrás».
 

San Cirilo

Cuando entran en la iglesia oyen la explicación de los divinos misterios con poca voluntad y cuando han salido de la iglesia se olvidan de los sagrados misterios. Y si la fe cristiana está en paz, perseveran. Pero si la persecución la turba, su alma huye, porque su fe no tiene raíces.
 

San Gregorio, hom. 15, in Evang

Muchos emprenden buenas obras y cuando empiezan a ser molestados por las adversidades o por las tentaciones, abandonan lo empezado. La tierra pedragosa de sus corazones no tuvo humedad suficiente para poder hacer germinar la semilla que recibió y que llegase a dar fruto.
 

Eusebio

Algunos, en verdad, sofocan también la semilla escondida en sus corazones con las riquezas y con los placeres, como con espinas punzantes. Respecto de los que se añade: «Y la que cayó entre espinas; éstos son los que la oyeron, pero en quienes es sofocada por los afanes, por las riquezas y los deleites de la vida», etc.
 

San Gregorio ut sup

Es digno de admiración el considerar cómo el Señor llamó a las riquezas espinas, siendo así que éstas punzan y aquéllas deleitan. Y sin embargo, son espinas, porque hieren la inteligencia con las punzadas de sus pensamientos y cuando la conducen hasta el pecado, le infieren cruelmente una terrible herida. Las riquezas llevan consigo dos cosas: los cuidados y las satisfacciones; porque oprimen la inteligencia con el afán de los cuidados y la disipan con su afluencia. Sofocan también la semilla, porque interceptan el camino de la inteligencia con vanos pensamientos, y no permitiendo que entre en el corazón ningún buen deseo, cierran la puerta a la inspiración divina.
 

Eusebio

Todo esto fue predicho por el Salvador y ha sido demostrado por los hechos. No se ha dado ninguna otra manera de culto divino, sino según alguno de los modos predichos por El.
 

Crisóstomo in Mat. hom. 45

Y para compendiar esto en pocas palabras, diremos que éstos no quieren oírlo por negligencia, aquéllos por cobardía o debilidad, los otros, en fin, porque se han hecho como esclavos del placer y de las cosas del mundo. Bueno es el orden del camino, de la piedra y de las espinas. Necesarias son, por consiguiente, en primer lugar la memoria y la cautela, después la fortaleza y consiguientemente el menosprecio de las cosas presentes. Habla después de la buena tierra, que hace lo contrario que el camino, la piedra y las espinas, cuando añade: «Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que, oyendo la palabra con corazón bueno y muy sano, la retienen», etc. No la retienen los que están junto al camino, porque el diablo les roba la semilla; los que están sobre la piedra no sostienen con paciencia el empuje de la tentación por su imbecilidad; y los que están sobre espinas, no fructifican, sino que se sofocan.
 

San Gregorio ut sup

La tierra buena produce el fruto por medio de la paciencia. Porque son inútiles todas nuestras buenas obras si no sufrimos con resignación aun las malas acciones de nuestros prójimos. Así producen frutos de paciencia, porque sufriendo humildemente todas las contrariedades, son admitidos después de las pruebas al gozo y al reposo.

 

 

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