El evangelio Lc 8,1-3 de la liturgia de hoy, 18 de septiembre, nos cuenta que, en la misión de Jesús de anunciar la buena nueva del Reino de Dios, algunas mujeres no sólo acompañaban a Jesús, también le ayudaban colaborando con aportaciones. Entre estas mujeres cita a tres: María Magdalena, Juana y Susana.
Estas mismas mujeres y algunas otras, se citan también de las que estaban al pie de la cruz: María de Cleofás, Salomé (la madre de los Zebedeos, Santiago y Juan) y María (madre de Jesús).
Las mujeres, como se ve, también formaron parte de la obra evangelizadora. Desde los orígenes, pues, ellas conformaron la comunidad cristiana, y han continuado en la Iglesia hasta nuestros días con una labor fundamental e insustituible: mujeres santas, mártires, doctoras, consagradas, contemplativas, misioneras, fundadoras, haciendo una labor parroquial y pastoral extraordinaria, y como principal trasmisoras de la fe en la familia, la iglesia domestica. etc. Y es más, cabría decir que sin las mujeres la Iglesia no hubiera existido, comenzando por María, la Madre del Señor y de la Iglesia.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 8, 1-3
En aquel tiempo, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades. Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes.
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Palabras del papa Benedicto XVI
(Audiencia general, 14 de febrero de 2007)
Las numerosas figuras femeninas que desempeñaron un papel efectivo y valioso en la difusión del Evangelio. No se puede olvidar su testimonio, como dijo el mismo Jesús sobre la mujer que le ungió la cabeza poco antes de la Pasión: «Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta buena nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que esta ha hecho para memoria suya» (Mt 26, 13; Mc 14, 9).
El Señor quiere que estos testigos del Evangelio, estas figuras que dieron su contribución para que creciera la fe en él, sean conocidas y su recuerdo siga vivo en la Iglesia. Históricamente podemos distinguir el papel de las mujeres en el cristianismo primitivo, durante la vida terrena de Jesús y durante las vicisitudes de la primera generación cristiana.
Ciertamente, como sabemos, Jesús escogió entre sus discípulos a doce hombres como padres del nuevo Israel, «para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 14-l5). Este hecho es evidente, pero, además de los Doce, columnas de la Iglesia, padres del nuevo pueblo de Dios, fueron escogidas también muchas mujeres en el grupo de los discípulos.
Sólo puedo mencionar brevemente a las que se encontraron en el camino de Jesús mismo, desde la profetisa Ana (cf.Lc 2, 36-38) hasta la samaritana (cf.Jn 4, 1-39), la mujer siro-fenicia (cf.Mc 7, 24-30), la hemorroísa (cf. Mt 9, 20-22) y la pecadora perdonada (cf.Lc 7, 36-50). Y no hablaré de las protagonistas de algunas de sus eficaces parábolas, por ejemplo, la mujer que hace el pan (Mt 13, 33), la que pierde la dracma (Lc 15, 8-10) o la viuda que importuna al juez (Lc 18, 1-8). Para nuestra reflexión son más significativas las mujeres que desempeñaron un papel activo en el marco de la misión de Jesús.
En primer lugar, pensamos naturalmente en la Virgen María, que con su fe y su obra maternal colaboró de manera única en nuestra Redención, hasta el punto de que Isabel pudo llamarla «bendita entre las mujeres» (Lc 1, 42), añadiendo: «Bienaventurada la que ha creído» (Lc 1, 45). Convertida en discípula de su Hijo, María manifestó en Caná una confianza total en él (cf. Jn 2, 5) y lo siguió hasta el pie de la cruz, donde recibió de él una misión materna para todos sus discípulos de todos los tiempos, representados por san Juan (cf. Jn 19, 25-27).
Además, encontramos a varias mujeres que de diferentes maneras giraron en torno a la figura de Jesús con funciones de responsabilidad. Constituyen un ejemplo elocuente las mujeres que seguían a Jesús para servirle con sus bienes. San Lucas menciona algunos nombres: María Magdalena, Juana, Susana y «otras muchas» (cf. Lc 8, 2-3). Asimismo, los Evangelios nos informan de que las mujeres, a diferencia de los Doce, no abandonaron a Jesús en la hora de la pasión (cf. Mt 27, 56.61; Mc 15, 40). Entre estas destaca en particular la Magdalena, que no sólo estuvo presente en la Pasión, sino que se convirtió también en el primer testigo y heraldo del Resucitado (cf. Jn 20, 1.11-18). Precisamente a María Magdalena santo Tomás de Aquino le da el singular calificativo de «apóstol de los Apóstoles» («apostolorum apostola»), dedicándole un bello comentario: «Del mismo modo que una mujer había anunciado al primer hombre palabras de muerte, así también una mujer fue la primera en anunciar a los Apóstoles palabras de vida» (Super Ioannem, ed. Cai, 2519).
En el ámbito de la Iglesia primitiva la presencia femenina tampoco fue secundaria. No insistimos en las cuatro hijas del «diácono» Felipe, cuyo nombre no se menciona, residentes en Cesarea Marítima, dotadas todas ellas, como dice san Lucas, del «don de profecía», es decir, de la facultad de hablar públicamente bajo la acción del Espíritu Santo (cf.Hch 21, 9). La brevedad de la noticia no permite sacar deducciones más precisas.
Debemos a san Pablo una documentación más amplia sobre la dignidad y el papel eclesial de la mujer. Toma como punto de partida el principio fundamental según el cual para los bautizados «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer». El motivo es que «todos somos uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28), es decir, todos tenemos la misma dignidad de fondo, aunque cada uno con funciones específicas (cf. 1 Co 12, 27-30).
El Apóstol admite como algo normal que en la comunidad cristiana la mujer pueda «profetizar» (1 Co 11, 5), es decir, hablar abiertamente bajo el influjo del Espíritu, a condición de que sea para la edificación de la comunidad y que se haga de modo digno. Por tanto, hay que relativizar la sucesiva y conocida exhortación: «Las mujeres cállense en las asambleas» (1 Co 14, 34).
Dejamos a los exegetas el consiguiente problema, muy discutido, sobre la relación entre la primera frase —las mujeres pueden profetizar en la asamblea—, y la otra —no pueden hablar—, es decir, la relación entre estas dos indicaciones, que aparentemente son contradictorias. No conviene discutirlo aquí. El miércoles pasado ya hablamos de Prisca o Priscila, esposa de Áquila, que en dos casos sorprendentemente es mencionada antes que su marido (cf.Hch 18, 18; Rm 16, 3); en cualquier caso, ambos son calificados explícitamente por san Pablo como sus «colaboradores» –sun-ergoús (Rm 16, 3).
Hay otras observaciones que no conviene descuidar. Por ejemplo, es preciso constatar que san Pablo dirige también a una mujer de nombre «Apfia» la breve carta a Filemón (cf. Flm 2). Traducciones latinas y sirias del texto griego añaden al nombre «Apfia» el calificativo de «soror carissima» (ib.) y conviene notar que en la comunidad de Colosas debía ocupar un puesto importante; en todo caso, es la única mujer mencionada por san Pablo entre los destinatarios de una carta suya.
En otros pasajes, el Apóstol menciona a una cierta «Febe», a la que llama diákonos de la Iglesia en Cencreas, pequeña localidad portuaria al este de Corinto (cf. Rm 16, 1-2). Aunque en aquel tiempo ese título todavía no tenía un valor ministerial específico de carácter jerárquico, demuestra que esa mujer ejercía verdaderamente un cargo de responsabilidad en favor de la comunidad cristiana. San Pablo pide que la reciban cordialmente y le ayuden «en cualquier cosa que necesite», y después añade: «pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo».
En el mismo contexto epistolar, el Apóstol, con gran delicadeza, recuerda otros nombres de mujeres:una cierta María, y después Trifena, Trifosa, Pérside, «muy querida», y Julia, de las que escribe abiertamente que «se han fatigado por vosotros» o «se han fatigado en el Señor» (Rm 16, 6.12a.12b.15), subrayando así su intenso compromiso eclesial.
Asimismo, en la Iglesia de Filipos se distinguían dos mujeres llamadas Evodia y Síntique (Flp 4, 2): el llamamiento que san Pablo hace a la concordia mutua da a entender que estas dos mujeres desempeñaban una función importante dentro de esa comunidad.
En síntesis, la historia del cristianismo hubiera tenido un desarrollo muy diferente si no se hubiera contado con la aportación generosa de muchas mujeres. Por eso, como escribió mi venerado y querido predecesor Juan Pablo II en la carta apostólica Mulieris dignitatem, «la Iglesia da gracias por todas las mujeres y por cada una. (…) La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del «genio» femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina» (n. 31).
Como se ve, el elogio se refiere a las mujeres en el transcurso de la historia de la Iglesia y se expresa en nombre de toda la comunidad eclesial. También nosotros nos unimos a este aprecio, dando gracias al Señor porque él guía a su Iglesia, de generación en generación, sirviéndose indistintamente de hombres y mujeres, que saben hacer fructificar su fe y su bautismo para el bien de todo el Cuerpo eclesial, para mayor gloria de Dios.
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(Audiencia general, 14 de febrero de 2007)
En síntesis, la historia del cristianismo hubiera tenido un desarrollo muy diferente si no se hubiera contado con la aportación generosa de muchas mujeres. Por eso, como escribió mi venerado y querido predecesor Juan Pablo II en la carta apostólica Mulieris dignitatem, «la Iglesia da gracias por todas las mujeres y por cada una. (…) La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del «genio» femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina» Como se ve, el elogio se refiere a las mujeres en el transcurso de la historia de la Iglesia y se expresa en nombre de toda la comunidad eclesial. También nosotros nos unimos a este aprecio, dando gracias al Señor porque él guía a su Iglesia, de generación en generación, sirviéndose indistintamente de hombres y mujeres, que saben hacer fructificar su fe y su bautismo para el bien de todo el Cuerpo eclesial, para mayor gloria de Dios.
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Catena Aurea
Teofilacto
El que bajó del cielo, para servirnos de ejemplo y de modelo, nos enseña a instruir sin negligencia. Por esto dice: «Y aconteció después, que Jesús caminaba», etc.
San Gregorio Nacianceno
Va de un lugar a otro, no sólo para ganar a muchos, sino para santificar también muchos lugares. Duerme y trabaja para santificar el trabajo y el sueño. Llora para dar valor a las lágrimas. Predica el reino de los cielos, para elevar a los que lo oyen.
Tito Bostrense
El que bajó del cielo a la tierra explica a los que la habitan el reino celestial, con el fin de convertir la tierra en cielo. ¿Quién puede predicar el reino, sino únicamente el Hijo de Dios, a quien este reino pertenece? Habían venido muchos profetas, pero no predicaron el reino de los cielos; porque ¿cómo pretenderían hablar de lo que no habían visto?
Isidoro Abad
Este reino de Dios creen algunos que está más alto y que es mejor que el reino de los cielos. Pero otros creen que es uno mismo en cuanto a la esencia, aun cuando se expresa de diverso modo. Algunas veces se le llama reino de Dios, a causa de su Rey, otras veces se le llama reino de los cielos, a causa de los súbditos, los ángeles y los santos, que se llaman cielos.
Beda
Como el águila que excita a volar a sus polluelos, el Señor eleva suavemente a sus discípulos hacia las cosas sublimes. Pues primeramente enseñó en las sinagogas e hizo milagros. A continuación eligió a los doce, que llamó apóstoles. Después los llevó a ellos solos, predicando por las ciudades y aldeas. Por esto sigue: «Y los doce con El».
Teofilacto
No enseñando ellos ni predicando, sino siendo instruidos por El. No impedía tampoco que las mujeres lo siguiesen. Y por esto añade: «Y también algunas mujeres que había El sanado de espíritus malignos y de enfermedades: María que se llama Magdalena, de la cual habían salido siete demonios».
Beda
María Magdalena es aquella misma de quien dijo en el capítulo precedente, callando su nombre, que había hecho penitencia. Con toda oportunidad el evangelista la da a conocer con este nombre, cuando dice que seguía a Jesucristo. Pero cuando la describe como pecadora (pero penitente), la llama solamente mujer, para no empañar un nombre de tanta fama con el recuerdo de los pasados extravíos, de quien se dice habían salido siete demonios, significando que había tenido todos los vicios.
San Gregorio in Evang. hom. 33
¿Qué se entiende por siete demonios, sino todos los vicios? Pues como en siete días se presenta todo el tiempo, así el número siete representa la universalidad. María tuvo siete demonios, porque había cometido toda clase de pecados.
Prosigue: «Y Juana, mujer de Chusa, procurador de Herodes y Susana, y otras muchas; que le asistían de sus haciendas».
San Jerónimo in Mat. 27, 55
Era costumbre entre los judíos, y no incurrían en pecado según se hacía antiguamente, que las mujeres diesen de comer y vistiesen de su propio peculio a los que las instruían. San Pablo refiere ( 1Cor 9) que abolió esta costumbre porque podía escandalizar a los gentiles. Asistían de sus bienes al Señor para que recibiese de ellas las cosas temporales, mientras ellas recibían de El las espirituales. No porque el Señor necesitase comer a costa de sus criaturas, sino para ser el modelo de los maestros, los cuales deben contentarse con el alimento y el vestido de sus discípulos.
Beda
María quiere decir mar amargo 1, por el rigor de su penitencia; Magdalena quiere decir torre, o mejor dicho, la de la torre, a causa de la torre, de la que se dice ( Sal 60,4): «Tú eres mi esperanza, la torre de la fortaleza contra mi enemigo»; Juana quiere decir el Señor es su gracia o misericordioso, porque de El es todo cuanto nos mantiene. Y si María, una vez purificada de todas sus culpas, representa la Iglesia de los gentiles, ¿por qué Juana no ha de representar la misma Iglesia, en otro tiempo dedicada al culto de los ídolos? Porque todo espíritu maligno, mientras trabaja por el imperio del diablo, es semejante al procurador de Herodes. Susana quiere decir lirio o su gracia, por el candor oloroso de la vida celeste y por la caridad de oro de su amor interno.
Notas
- La derivación científica del nombre, a pesar de muchos ensayos de explicación, sigue siendo incierta. Algunos estudiosos opinan que puede significar: ser contumaz; ser corpulento; «amada de Yahveh»; «la vidente»; «señora»; «elevada» o «excelsa»; etc. La explicación de «estrella del mar» es resultado de una corrupción del texto: el latín stilla maris, traducción jeronimiana del hebr. miryam, fue desfigurado en stella maris. (Haag-Van den Born-Ausejo: Diccionario de la Biblia)
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