Carta magna del amor

Ayer, domingo, 3 de febrero de 2019, la segunda lectura de la misa fue la de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,31-13,13), es probablemente lo más clarividente que se ha escrito sobre el amor. Vean si no:

Hermanos:
Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente.
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde.
Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada.
Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría.
El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca.
Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará.
Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño.
Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios.
En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor.
 

Comentario:

Aunque lo tuviera todo todo, sino carezco de amor, de nada nada sirve.

El amor tiene que ser paciente, ni se irrita, ni se engríe, ni presuntuoso…; como Cristo mostró siendo manso y humilde de corazón.

El amor es benigno, no siente envidia, no es indecoros ni egoísta…; se preocupa por hacer el bien generosamente y no desea mal a nadie ni es grosero ni maleducado.

El amor aprecia la verdad, la justicia; quien desprecia y no estima estas dos realidades fundamentales, no está capacitado para amar.

 El amor no lleva cuentas del mal; cuántas cosas -y esto se da mucho en las disputas en la pareja- que no se olvidan cuitas o faltas pasadas, hasta muy remotas y por pequeñas que sean, y se esgrimen como armas arrojadizas contra la otra parte.

 El amor, en cambio, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Todo tendrá un punto final. Toco se acabará: carismas mayores, la profecías, el hablar en lenguas, el conocimiento, la capacidad de desprendimiento de bienes, la fe, la esperanza, etc. Todo pasará, excepto el amor.

 El amor que es la esencia de Dios, será eterno. Y es por éste, según el Amor, que nos salvamos. El amor -y no la fe (propiamente), como dicen los protestantes- es el que salva.

 

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