Creados por el amor de Dios

Un día la Santísima Trinidad en su infinita caridad decidió crear a unos nuevos seres que vinieran a participar de la vida en un existir eterno, que incrementara el número de los ya existentes: ángeles, potestades, principados, etc.

Pero había un problema importante, insuperable, es decir, sería como la cuadratura del círculo, insoluble: Para ser como Él, semejante a Él, con la dignidad personal de la libertad y a su vez ser santo, condición futura y eterna en la Gloria, como ciudadano del cielo, perfecto en santidad, amor y felicidad. Este objetivo final, querido por Dios, sólo cabe realizarse si se cumple el requisito de la fidelidad de la libertad del ser dignificado como persona que acepta voluntariamente el designio o el propósito que Dios ha dispuesto para este nuevo ser invitado a la vida plena y eterna.

Era, pues, grande el riesgo de que se chafara este «invento» de Dios de crear un ser así, tan maravilloso y elevado, que vendría a ser de su familia, cual hijos suyo. Y para que esto no acabara en fracaso, por la más que posible desobediencia de la voluntad humana en el ejercicio de su autonomía con la que iba a ser creado, Dios, en su magnanimidad infinita, por puro amor, tomó una sorprendente y extraordinaria decisión; para que este nuevo ser no se frustrara y acabará siendo un ser no según lo previsto sino todo lo contrario: un ser rebelde, soberbio, que renegara de su identidad, etc., y acabara como los ángeles caídos, llenos de odio y maldad, en condenación eterna…, Dios pergenió una extraordinaria soluciión, para salvar de tal cosa a su ingeniosa nueva creación -y superar la imposible cuadratura del círculo-; esta sería el que Él mismo redimiera, salvara de ese peligro a la Humanidad, haciéndose uno de esa Humanidad, y así rescatándola como propiedad suya, por su encarnación divina y divinizando la especie humana, aún a costa de tener que asumir el evidente desenlace -de la cruz, en prueba- de dar un sí voluntario y libre en nombre de la Humanidad de Jesucristo al designio de la Santísima Trinidad, cuando decidió el paso de crearnos.

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él» (Jn 3,16-17).

Somos fruto del amor de Dios, por pura gratuidad.

Si algún valor tenemos viene del ser amados por el Amor. La presencia de ese amor divino en nuestra vida, en nuestro ser, nos convierte en templos, templos habitados por Dios. Este Ser en nuestro ser no hacer ser cuanto somos; sin Él nada somos, es cuanto nos da valor verdadero; cuanto más este El en nosotros y más nada de nosotros mismos seamos, más –o únicamente- seremos.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


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