La descristianización de España, y la recristianización

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El repentino y desmedido abandono de la fe cristiana en la otrora católica España, no es que ya sorprenda viendo los tiempos en que vivimos, tan materialistas, tan llenos cosas efímeras, de ambiciones posesivas, evanescentes, tan incrédulos y carentes de inquietudes profundas, sin verdades ni principios indeclinables…, y de un relativismo nihilista que lo agosta todo, dejado las conciencias insensibles y las almas secas. 

A estas razones que explican el porqué de esa acelerada deserción religiosa podríamos añadir otras más, pero añadiremos una par más: la mentalidad cientificista de aproximarse a la realidad y el sentirse a gusto ante el comprometedora verdad de que exista la Trascendencia, creer no es cómodo.

Esta descristianización no es solo de la llamada tierra de María, España, sino de todo Occidente.

Para que nos hagamos una idea, un par de datos más recientes de España: menos de un tercio de los nacidos en 2020, 100.222 bautizos de 341.315 nacidos, un 29,36%, fueron bautizados. Y solo uno de cada cinco matrimonios fueron por la Iglesia. (Aunque tengamos en cuenta que la pandemia ha influido negativamente en el descenso).

Una razón que no hemos mencionado de entre las causas de este fenómeno sin paragón, es esta -y a la cual hemos de acometer-: La pésima manera de comunicar la fe, el dosel doctrinal de la verdad del credo o evangelio cristiano.

Los creyentes tenemos mucho que hacer: saber comunicar en forma y contenido. Hay que cambiar en la presentación del mensaje, de la Nueva Buena, se ha de presentar con una elaboración de diálogo de acuerdo a la comprensión del mundo actual, con sólidos discursos sólidamente argumentados, convincentes, que no sean despreciados como absurdos, sin fundamentos, sin racionalidad, como rancias antiguallas de tiempos de mitos y supersticiones. Hay que trasladar a la gente una palabra de Dios más razonable que sus pobres visiones de la existencia; hay que ahormar la verdad de la fe de tal manera que nadie la pueda ridiculizar y dejarla de lado, sino que constituya un desafío para este mundo laicista y su cultura nada ejemplar, contra la que ha de chocar con una cultura más bella, hermosa y no de muerte, sino de vida (un caso concreto es el debate y pulso que se está manteniendo por parte de los provida contra el aborto).

Y otra cosa más, a lo anterior hay que añadir, la forma de comunicarlo: amén de la evangelización tradicional, la catequesis, el testimonio de los cristianos, etc., está el hecho fundamental de abrirse a la sociedad, transmitiendo valientemente, saliendo de los muros de la parroquia, de la sacristía, para profetizar, despertar críticamente la conciencia y la sensibilidad adormecidas, oscurecidas, de la gente. Este tener una palabra valida, una verdad indestructible, una cosmovisión real y más autentica que cualquier otro planteamiento vital… se ha de trasmitir haciéndolo llegar a la sociedad arriesgando, con valencia y libertad, sin complejos y aunque nos cueste perder algunas cosas… y todo ello bajo la acción del Espíritu Santo. Y ahí los primeros, los pastores, marcando el camino de todos los cristianos, que estamos llamados a predicar el evangelio, según nuestras posibilidades, cuanto menos desde la oración, que no es poco.

Lo dicho: hay que cambiar o repensar la trasmisión la fe, en cuanto al contenido y en cuanto al comunicarlo.    

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