La Iglesia, el último baluarte

Lo saben muy bien, y han retratado el objetivo, y lo han divulgado, y está calando en el subconsciente colectivo -por otra parte, ya fácil de lograr- de que el obstáculo a derribar es la Iglesia. Aquí y allá, en todas las partes, es atacada, perseguida y odiada. Arden sus iglesias -como ideal signo- ¡no hay nada que supere en el imaginario una iglesia en llamas! La revuelta contra lo sagrado anida desde Adán enroscado, agazapado, a la espera de manifestar su poder diabólico. En Chile, EE.UU., Polonia, Francia, … los templos son incendiados, en otros lugares son vandalizados, profanados, destruidas sus cruces, perseguidos sus fieles seguidores.  

Un hombre de fe, de conciencia moral, un hombre cristiano, es un domeñable en su libertad, nadie puede anular ni controlar su libre albedrio. Esto resulta ser algo insoportable para las nuevas dictaduras. El que la doctrina de la Iglesia -y cualquiera de forma real lo pueda comprobar yendo a un confesionario, donde el sacerdote deja respetuosamente, como no podía ser menos, que el fiel se determine según su conciencia le dicte- afirme que el recinto de la conciencia es donde resuena la voz de Dios que impele a que te decidas por el bien y rechaces el mal y que el juicio de esa decisión es singularísima y personalmente inalienable; es decir, que ninguna autoridad -ni el mismísimo Papa o hasta la Iglesia- pueden están por encima de la conciencia de cada cual. Esta doctrina de la Iglesia Católica es de una grandeza sublime en cuanto a la libertad personal. Y es algo que los que quieren manipular la voluntad de las gentes no pueden tolerar.

Otro obstáculo que los enemigos de la libertad no pueden soportar es de la ley natural -o ley moral del sentido común o razón moral-, es decir, el orden establecido por el Creador, y que verbalizado en un desgranado por mandamientos, impide el caos, o sea, la recreación, la deconstrucción del ser humano, arrebatándole su dignidad para que reducido a un guiñapo pueda ser reconvertido para hacer de él, no algo a imagen y semejanza del Creador, sino del nuevo creador o recreador, es decir, del que quiere dominar su voluntad y manipularle.  La doctrina de la Iglesia Católica que afirma la grandeza sublime de la dignidad -o naturaleza- sagrada del ser humano, como hijo de Dios, llamado a la eternidad, resultado algo intolerable para los enemigos de este tipo de hombre inaccesible para los que le quieren vulnerar.

Otro núcleo férreo, inexpugnable, es el de la familia. Cele lula de la sociedad que no permite que sus miembros sean educados por otros que no sean los parientes que forma esa comunidad vital de padres, hijos y hermanos. Este espacio de refugio de sus miembros no lo pueden tolerar aquellos que pretenden arrebatar la capacidad de decidir para que hagan lo que ellos quieren. La familia -tradicional, la de la Sagrada Familia- según la doctrina de la Iglesia católica es el más logrado modelo donde nada es capaz de penetrar y violentar; de modo que se convierte en odiado por los que avizoran manipular a las gentes y las sociedades.

Hay otras partes de la doctrina de la Iglesia católica que va en esa línea de reivindicar el derecho -a la vida, al libre albedrio de cada persona, etc.-, de cada conjunto de personas, de la humanidad. Y esto que sostiene -como baluarte- la Iglesia católica es intolerable para los enemigos de la libertad que anda al acecho como león rugiente dispuesto a quien devorar: la ser humano, a cada uno y a todos.

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