
Todos los años, por estas fecchas, hacemos el «recuento» de nuestros querídos mártires. Son esos a los que el libro del Apocalipsis hace alusión sobre su presencia en el Cielo:
Pronto habría de madrugar el enemigo de Dios y de los seres humanos, para emprender su batalla de maldad cruenta. Ya desde los inicios, desde que Jesús se hizo presente entre los humanos el Maligno comenzó a perseguir la causa de Cristo.
A la grupa de este primer caballo se montarán también miembros de la Iglesia. Colaborarán en menoscabo de la fe que les fue propia, en pro de una impostura religiosa. La mano que desde las tinieblas muebe los hilos habrá logrado alcanzar a algunos a altos dignatarios de la iglesia (algunos que ni ellos mismos sospecharían) y desde allí trabajar en su destrucción.
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“El espíritu de la falsedad, de la mentira y del engaño arrastra a muchos consigo”[1]. Jesús ya advirtió: “Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy el Cristo ´, y engañarán a muchos.”[2]. Y a través de la pluma de san Pablo, “el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas, por la hipocresía de embaucadores que tienen marcada a fuego su propia conciencia.”[3].
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«Primero tiene que venir la apostasía»[1].
«Cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, oí al primero de los cuatro Vivientes que decía con voz como de trueno: `Ven´.
“Miré y había un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; se le dio una corona, y salió como vencedor, y para seguir venciendo.”[2]
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