El reino de Dios está dentro de vosotros

El Evangelio de la liturgia de hoy, 14 de noviembre, nos habla del reino de Dios y del Hijo del hombre, entre los que hay una íntima conexión. Ambos están relacionados con Jesús: él los encarna.

La figura del Hijo del hombre aparece proyectada hacia futuro final, con la parusía, cuando venga a hacer justicia. Venía que será sorprendente. Pero previamente habrá de padecer; algo que ocurre desde los orígenes de su encarnación y ahora en su cuerpo la Iglesia perseguida. El reino de Dios sufre violencia.  

Dicho lo cual –algo que tenemos que tener muy presente y no olvidar un instante de nuestra vida–, queremos principalmente centrar nuestra reflexión en el reino del Dios que vive en nosotros:

De niños aprendimos el Catecismo que nos enseñaba: a la pregunta de “¿dónde está Dios?”, repondría que “Dios está en los cielos, en la tierra y en todas partes”. Sí Dios está presente en todas las parte, pero muy especialmente en la mediación de nuestra realidad más singular en el alma humana y su conciencia, amén claro está de en Eucaristía. Es decir, Dios nos ha creado poniendo algo suyo en cada uno de nosotros, nos ha hecho a su imagen y semejanza, hay en ello gracia divina, presencia imborrable de su huella, erradicada en el corazón; criatura suya que llega a la condición de hijos adoptivos a través de la nueva gracia que supone el Bautismo, gracia incrementada por la Confirmación. Así pues, como dice Jesús en el Evangelio “el reino de Dios está dentro de vosotros.”. El reino de Dios que no es otro sino Dios mismo, presencia trinitaria de amor, porque la Trinidad es comunión de amor, y el Espíritu Santo es su expresión, y allí donde una de las tres personas está están también las otras. Espíritu Santo, el Espíritu que el Padre mediante Jesús ha infundido en nuestros corazones (cfr. Gal 4,6).

El Espíritu Santo desde dentro de nosotros nos configura a semejanza de Jesucristo, para que su señorío vivifique nuestro ser y nos santifique, siendo como él es, teniendo sus sentimientos. En esto consiste el reino de Dios que vive en nosotros: en vivir del amor trinitario.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,20-25):

En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios, Jesús les contestó: «El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros

Dijo a sus discípulos: «Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación.»

 

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Palabras del papa Francisco

(Ángelus, 4 de diciembre de 2016)

¿Pero qué es este reino de Dios, reino de los cielos? Son sinónimos. Nosotros pensamos enseguida en algo que se refiere al más allá: la vida eterna. Cierto, esto es verdad, el reino de Dios se extenderá sin fin más allá de la vida terrena, pero la buena noticia que Jesús nos trae —y que Juan anticipa— es que el reino de Dios no tenemos que esperarlo en el futuro: se ha acercado, de alguna manera está ya presente y podemos experimentar desde ahora el poder espiritual. Dios viene a establecer su señorío en la historia, en nuestra vida de cada día; y allí donde esta viene acogida con fe y humildad brotan el amor, la alegría y la paz.

La condición para entrar a formar parte de este reino es cumplir un cambio en nuestra vida, es decir, convertirnos. Convertirnos cada día, un paso adelante cada día. Se trata de dejar los caminos, cómodos pero engañosos, de los ídolos de este mundo: el éxito a toda costa, el poder a costa de los más débiles, la sed de riquezas, el placer a cualquier precio. Y de abrir sin embargo el camino al Señor que viene: Él no nos quita nuestra libertad, sino que nos da la verdadera felicidad. Con el nacimiento de Jesús en Belén, es Dios mismo que viene a habitar en medio de nosotros para librarnos del egoísmo, del pecado y de la corrupción, de estas actitudes que son del diablo: buscar éxito a toda costa, el poder a costa de los más débiles, tener sed de riquezas y buscar el placer a cualquier precio.

Cuando examinamos nuestra conciencia, cuando escrutamos nuestras actitudes, cuando con sinceridad y confianza confesamos nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. En este sacramento experimentamos en nuestro corazón la cercanía del reino de Dios y su salvación.

La salvación de Dios es trabajo de un amor más grande que nuestro pecado; solamente el amor de Dios puede cancelar el pecado y liberar del mal, y solamente el amor de Dios puede orientarnos sobre el camino del bien. 

 

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Catena Aurea

 

San Cirilo, in Cat graec. Patr

Como el Salvador mencionaba con frecuencia el reino de Dios en los discursos que dirigía a otros, se burlaban de El los fariseos. Por esto dice: «Y preguntándole los fariseos: ¿Cuándo vendrá el reino de Dios?», como si dijeran con tono irrisorio: antes que venga el reino de quien hablas te cogerá la muerte de la cruz. Pero el Señor, manifestando su paciencia, en vez de devolver injuria con injuria, no desdeña responder a los que tan mal le trataban. Sigue, pues: «Les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con muestra exterior», como diciendo: No preguntéis acerca de la época en que el reino de Dios vendrá por segunda vez.
 

Beda

Este tiempo no puede conocerse ni por los hombres ni por los ángeles, como el de la encarnación, que fue anunciado por los vaticinios de los profetas y la voz de los ángeles. Por esto añade: «Ni dirán: Helo aquí o helo allí». O de otro modo: Preguntan por el tiempo del reino de Dios, porque (como se dice más adelante) creían que viniendo el Señor a Jerusalén en seguida se daría a conocer su reino. Por esto el Señor responde que el reino de Dios no vendrá dando muestras exteriores.
 

San Cirilo, ut sup

Unicamente dice que servirá para bien de todo hombre, aquello que añade: «Porque el reino de Dios está dentro de vosotros». Esto es, en vuestras afecciones y en vuestro poder está el alcanzarlo; porque todo hombre que sea justificado por la fe y la gracia de Jesucristo y que esté adornado con las virtudes, puede alcanzar el reino de los cielos.
 

San Gregorio Niceno, De proposito secundum Deum, sive De scopo Christiani

O quizás da a conocer que el reino de los cielos está en nosotros, para manifestar la alegría que produce en nuestras almas el Espíritu Santo. Ella es como la imagen y el testimonio de la constante alegría que disfrutan las almas de los santos en la otra vida.
 

Beda

O dice que el reino de Dios es El mismo, colocado en medio de ellos, esto es, reinando en sus corazones por la fe.

 

San Cirilo, ut sup

Como el Señor había dicho que el reino de Dios estaba en medio de ellos, quiso que sus discípulos estuviesen dispuestos a ejercitar la paciencia, para que fortalecidos pudieran entrar en el reino de Dios. Les predice también que antes que El vuelva a venir del cielo al fin del mundo, vendrá sobre ellos la persecución. Por esto sigue: «Y dijo a sus discípulos: vendrán días», etc., dando a conocer que será tan cruel la persecución, que desearán ver un sólo día suyo, es decir, de aquel tiempo en que aún trataban con Jesucristo. Y en verdad que los judíos afligieron al Salvador con muchos improperios e injurias, le amenazaron con apedrearle y muchas veces quisieron arrojarle de lo alto de un monte, pero todas estas cosas deberían considerarse como de menor importancia en comparación a los mayores males que habían de venir.
 

Teofilatus

Entonces vivían sin cuidados, porque Jesucristo cuidaba de ellos y los protegía, pero había de suceder que cuando Jesucristo estuviese ausente, se verían expuestos a toda clase de peligros, serían llevados ante los reyes y los jueces y entonces desearían aquel tiempo y lo recordarían como tranquilo.
 

Beda

O bien llama día de Cristo a su reino futuro, que esperamos. Y dice muy bien un solo día, porque en la gloria de la felicidad no tendrán cabida las tinieblas. Bueno es desear el día de Cristo, pero no debemos dejarnos llevar hacia ilusiones y sueños por nuestro gran deseo, creyendo que el día del Señor está próximo. Por esto sigue: «Y os dirán vedle aquí, No queráis ir».
 

San Eusebio,

Como diciendo: Si cuando venga el Anticristo, llega a ser tan grande su fama como si fuere Jesucristo quien hubiere aparecido, no salgáis ni le sigáis, porque es imposible que aquél que fue visto en la tierra una vez, vuelva a verse en la estrechez de ella. Por tanto, éste será aquél de quien se dice: no es el verdadero Cristo. La señal manifiesta de la segunda venida de nuestro Salvador lo es que el brillo que acompañará a su venida, llenará de repente el mundo entero. Por esto sigue: «Porque como el relámpago, que relumbrando en la región inferior del cielo resplandece por todas partes, así también será el Hijo del hombre», etc. Por tanto, no aparecerá andando sobre la tierra como un hombre común (o vulgar), sino que brillará sobre todos nosotros por todas partes, manifestando a todos la grandeza de su divinidad.
 

Beda

Y bellamente dice: «relumbrando bajo el cielo», porque el juicio se celebrará debajo del cielo, esto es, en los aires, según aquellas palabras del Apóstol ( 1Tes 4,16): «Seremos arrebatados con ellos hasta las nubes en presencia de Jesucristo en los aires». Por tanto, si el Señor ha de aparecer en el juicio como un rayo, nadie podrá ocultarse ni aun en conciencia, porque el resplandor del juez lo penetrará todo. Puede también referirse esta contestación del Salvador a la venida con la que todos los días se presenta en su Iglesia. Y como los herejes habían de perturbar muchas veces la Iglesia entre tanto, diciendo que su doctrina era la verdadera fe de Jesucristo, han deseado los fieles de aquel tiempo que el Señor volviese a la tierra por un día -si pudiera ser- y declarase por sí mismo cuál era la verdadera fe. «Y no le veréis», dijo, porque no necesita el Señor venir otra vez en cuerpo visible para manifestar espiritualmente con la verdad del Evangelio lo que ya hizo una vez extendiéndolo y difundiéndolo por todo el mundo.
 

San Cirilo

Los discípulos del Salvador creían que cuando fuese a Jerusalén les daría a conocer en seguida el reino de Dios. Teniendo en cuenta esta idea, les manifiesta que primero convenía que sufriese por nuestra salud los tormentos de la pasión, que después subiría hasta el Padre y que resplandecería para juzgar a todo el mundo en su justicia. Por esto añade: «Mas primero es menester que El padezca mucho y que sea reprobado de esta generación».
 

Beda

Así llama no sólo a la de los judíos, sino también a la de todos los réprobos, de quienes había de sufrir mucho y ser reprobado ahora el Hijo del hombre en su cuerpo (esto es, en la Iglesia). Continúa hablándoles de su pasión y de la gloria de su venida, para calmar los tormentos de su pasión con la promesa de su gloria y también para que se preparasen y no temiesen a la muerte, si deseaban la gloria de su reino.

 

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