El peso del dinero

          Quien ama el oro no escapará sin pecado,

           y quien ama el lucro en él se extraviará.

         Muchos se perdieron por amor del oro,

         y dieron de bruces con su perdición (Eclo 31,5-6).

         “Si fuera lo que Dios quiere, fuera siempre lo justo, lo bueno, lo santo; no fuera lo que quiere el diablo, el dinero y la codicia. Pues hoy lo  menos es lo que Dios quiere y lo más lo que queremos nosotros contra su ley. Y ahora el dinero es todos los quereres, porque  él es querido y el que quiere, y no se hace sino lo que él quiere, y el dinero es el Narciso, que se quiere así mismo y no mismo y no tiene amor sino así” (F. Quevedo)[1].

  

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            «Pedro le dijo:

                                   ‘Perezca tu dinero y tú con él, porque has creído que el don de Dios se compra con dinero’» (Hch 8,20).

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            Se cuenta de ese singular filósofo que fue Diógenes, que, no queriendo saber nada de comodidades, tenía por vivienda una tinaja, con un saco como único mueble, y por vestido un manto viejo y remendado,… se cuenta de él —como digo— que si le llegaba algún dinero a sus manos lo arrojaba al mar, a la vez que decía:

           «Te sumerjo para que no me sumerjas». 

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            «El que confía en sus riquezas caerá» (Prov 11,28).

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         “Pero hay una avaricia especial, que recibe vulgarmente el nombre de amor al dinero. Con la palabra de avaricia, significando el género por la especie, quería el Apóstol dar a entender la avaricia universal cuando decía: ‘La raíz de todos los males es la avaricia’. (…) ‘amadores del dinero’, descendiendo de aquella avaricia general, cuya cabeza es la soberbia, a esta especial que es propia de los hombres. Pues no serían los hombres amadores del dinero si no se creyeran tanto más encumbrados por él cuanto más ricos son” (San Agustín)[2].

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         Se ha vaciado al mundo de encanto, de alma, de su sentido profundo; sólo impacta lo que tiene brillo. El vil metal, dinero, dice mucho, tiene el valor más significativo, es la medida básica de estimación y aprecio.

         Para el individuo occidental, el único propósito que alienta su esfuerzo en el trabajo al que dedica su existencia es, como decía Weber, «hundirse en la tumba lastrado por un gran peso material de dinero y bienes». Esta focalización de la existencia en ese exclusivo propósito de adquirir riqueza deja su huella en el alma, la realidad más personal, íntima y verdadera del ser humano. Cabría decir que aquello que hacemos nos hace.

         ¡Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestra consolación! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! (Lc 6,24-25).

         Vuestra riqueza se pudrió y vuestros vestidos se han apolillado. Vuestro oro y plata se han puesto roñosos y su roña será un testimonio en contra vuestra y devorará vuestra carne como fuego (Sant 5,2-3).

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         El amor al dinero y creer en Dios es antagónico. La riqueza genera ateísmo. El oro sustituye a Dios. Su dios es su vientre (Flp 3,19). Dios y el dinero se presentan como dos mundos contrapuestos, entre los que no hay medio; o se sirve a Dios, y entonces hay que renunciar a los bienes de este mundo, despegar de ellos el corazón, o viceversa.

         ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad de Dios? El que quiere, pues, ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios (Sant 4,4).

         Hijos, ¡qué difícil es que entren en el Reino de Dios los que confían en sus riquezas! Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios (Mt 10,24-25).

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         “Provecho y éxito son los dos valores básicos de esta estructura de la existencia. Uno y otro se expresan y miden por la cantidad: el provecho por la unidad valorativa del dinero, y el éxito no sólo por el grado mayor o menor de los ingresos o ganancias, sino también por el número de los que aplauden, de los que alaban y se unen al carro del triunfador; en todo caso, se mide siempre por la cantidad”[3].

         Dinero, medida, cálculo, interés… elementos típicos de los tiempos presentes. La personalidad del mundo occidental está informada por esos «valores», ¡qué pena!

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[1] F. QUEVEDO, Sueños, Plaza y Janés, Barcelona 1984, p.210.

[2] En R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid 1967, n.772.

[3] LERSCH, PH., El hombre en la actualidad, Ed. Gredos, Madrid 1967.

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