De la lectura de libro del Apocalipsis se desprende que al hablar de la resurrección de los muertos, más que referirnos a ella en singular, habría que hacerlo en plural: resurrecciones.
Dos resurrecciones:
Una primera parcial, de los mártires y justos o santos que no adoraron a la Bestia ni se dejaron marcar en la mano o en la frente, y que estarán exonerados de juicio: Vi unos tronos, y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las almas de los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de Dios, y a todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron con Cristo mil años.(…) Es la primera resurrección. Dichoso y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos[1].
Y otra universal[2], al final de los mil años: Los demás muertos no revivieron hasta que se acabaron los mil años[3]; tanto de buenos como de malos. Misericordia para salvar; justicia para dar muerte a los malos, que será la primera muerte, desaparición de la tierra, “juicio en pequeño”, luego, cuando sea el fin del mundo, el juicio final y universal, con la posibilidad de una resolución condenatoria, es decir, de perdición o segunda muerte. La segunda muerte (Ap 20), es la muerte no física, sino la muerte espiritual, la muerte que significa lejanía definitiva y total, con respecto a Dios.
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[1] Ap 20,4-5.
[2] Tal y como San Pablo también lo afirma en 1 Cor 15,20–26.
[3] Ap 20,6.
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