Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído (1 Jn 4,16).
Con amor eterno te he amado (Jr 31,3a).
Con cuerdas de bondad los atraía, con lazos de amor (Os 11,4).
«Dios me ama. (…) Constituye la experiencia más íntima de nuestra existencia; pero justamente porque la experiencia más íntima de nuestra vida está sostenida por su gracia infinita.» (Rahner) (1)
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En el siglo XIII el místico alemán Eckhart contó en uno de sus sermones una historieta que decía así:
Una mujer, tras haber perdido un ojo, se sintió profundamente triste y abatida. Entonces, su marido, viéndola en ese estado, le dijo:
—¿Por qué estás tan triste, esposa mía? No te debería entristecer tanto el haberte quedado sin un ojo.
Ella le contestó:
—No es tanto el hecho de haber perdido un ojo lo que me hace sentirme así, como el temor a que a partir de ahora me puedas querer menos.
El aseguró que no era así. Pero no fue suficiente, pues su mujer seguía igual de triste. Entonces, decidió vaciarse un ojo. Cuando lo hizo fue a ver a su mujer y le dijo:
—Esposa mía, para que puedas creer que te amo, me he igualado a ti; ya no tengo sino un solo ojo.
El místico maestro Eckhart concluye así:
«Lo mismo sucede con el ser humano; apenas podía creer lo mucho que lo amaba Dios hasta que por fin Dios mismo se vació un ojo y adoptó la naturaleza humana».
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Cristo enseña a amar, amando: contagiaba ese amor por el ser humano a cuantos le rodeaban. (2)
Dios nos ama seamos —como la mujer de que habla Eckarht, seamos feos o no, tengamos cualquier carencia, defecto…, o no— buenos o no.
Hay quien piensa que no será amado por Dios hasta que merezca su amor. Si llegas así a un punto en que te crees merecedor de su amor, es que no conoces aún la calidad de su amor; que es lo mismo que no conocerle a El mismo. Y si llegas al otro de pensar que nunca serás amado, pues nunca serás digno, caes en el mismo error.
Dios, por amor, desciende a la tierra, se involucra en la historia de los hombres. Dios se rebaja para que le hombre se eleve. Dios se humaniza y el hombre se diviniza.
Nos cuesta creerlo, pero tal vez es porque es demasiado hermoso: Dios asume, por amor, la naturaleza humana. Sólo en Dios cabe la grandeza inconmensurable de descender de lo infinito a lo finito, de la divinidad a la humanidad.
Si comprendiéramos por un momento, por solo un instante, lo que significa el amor de Dios hacia el hombre, quedaríamos inmediatamente convertidos. Pero no lo comprendemos. Pidamos con urgencia esa gracia.
Descubrir el amor que Dios nos tiene, es el principio de todo. De donde parte la aventura mística, la conquista dada.
En vez de «amar y ser amado», «ser amado y amar». La mística nace de la experiencia de la plenitud de sentirse amado por su Creador, por el Ser-Transcendente. El creyente es alguien que se descubre amado y que la mejor respuesta que puede dar, la única, manera de dar gracias por el amor que recibe, es la de amar. Quien no siente la necesidad de amar no ha descubierto el amor originario que lo constituye. «El descubrimiento más profundo de mi mismo es: soy alguien al que Cristo ama» (3).
Sentirse amado por Dios lo es todo. Esta es la verdad fundamental, el «único dogma», la única enseñanza, la única experiencia. Todo lo demás arranca de ahí. De esa verdad y experiencia cumbre se deriva todo, cuantos mandamientos nos podamos crear en cada instante según ese Amor que nos inspira y nos acompaña siempre.
Este debería ser el primer mandamiento del cristiano: el dejarse amar por Dios. Todo empieza —y sigue— por sentirse amado. El cristiano es alguien que se ha sentido amado extraordinariamente. Me atrevería a decir que creer y aceptar ser amados son la misma cosa.
El cristiano tiene la experiencia de amor que se encarna hasta la muerte; y quien así siente es capaz de hacer los mismo.
La única manera de amar a Dios es dejarnos que él nos ame. Es todo. Todo el secreto está en cuanto Dios, su amor, pueda hacer por nosotros. Dejarse amar es lo que Dios nos pide, y yo diría más, es lo único importante. Porque cuando su amor esté en nosotros, todo sobrevendrá por añadidura.
El sentirse amado por Dios, envuelto en esta cálida corriente divina, es una experiencia mística tan desbordante, que todo ya queda en un segundo plano.
Cuanto más ahondamos en el amor de Dios, más posibilitamos que ese amor se manifieste en nuestras vidas.
La única manera de amar a Dios y a nuestro prójimo es dejarnos que El nos ame. Es todo. Pues Dios no es sólo el fin de tu amor, es principalmente el principio, pues «yo no puedo darte nada que Tú mismo no me hayas dado» (4). Quien ama por Dios, es quien ama desde Dios, es quien permite que Dios ame desde ti y en ti. Buscamos más que nada amar a Dios; pero no comprendemos que es suficiente dejarse amar por El. Eso requiere una luz extremadamente profunda sobre la dimensión completamente loca del amor Dios que nos tiene.
Ser cristiano, pues, no es una cuestión de voluntarismo, sino de amor. El cristiano es uno que se descubre amado y que en consecuencia se ve sobrepujado por ese fuerza amatoria a amar.
«Sentirnos amados» es la necesidad más verdadera que cada uno de nosotros lleva dentro de sí. No se puede dar amor si no se ha recibido. No se puede comenzar a amar si no se ha tenido ese empuje inicial.
La persona se siente lanzada a la existencia: existe gratuitamente. Y se alegra por ello, en vez de angustiarse; se acepta, en lugar de revelarse; goza y saborea la gratuidad de la existencia.
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El cristiano tiene la experiencia de amor hasta la muerte; quien así siente es capaz de hacer los mismo. «Quia amasti me, feciste me amabilem», decía Agustín: «Porque me amaste primero me hiciste también amable y capaz de amar.»
Dios me ama. Esto es el Evangelio, y basta.
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Esto decían las lecturas de la Liturgia de la Palabra de la Misa de este domingo 6º de Pascua
Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4,7-10):
Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (15,9-17):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»
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1.- RAHNER, K.: en DE ANDRES, R.: o. c., p.255.
2.- Cf. GARCIA MORENTE, M.; «Ejercicios Espirituales», Espasa-Calpe, Madrid 1961, p.127
3.- MERTON, Th., citado en STINISSEN, W.: «Meditación cistina profunda», Sal Tarrae, Santander, 1980, p.21.
4.- UNDSET, S.: «Santa Catalina de Siena», Ed. Orbis, Barcelona 1983, p.234