Dios cuida de los suyos

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         “No os inquietéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿qué beberemos? o ¿cómo vestiremos? Por todas esas cosas se afanan los gentiles. Vuestro Padre celestial sabe que las necesitáis. Buscad primero el Reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura. Así que no os inquietéis por el día de mañana, que el mañana traerá su inquietud. A cada día le basta su afán.” (Mt 6, 31ss).

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             En 1958, sin más información que un reportaje aparecido  en una publicación religiosa, solicitó ingresar como aspirante una joven alemana, Barbara Bonk, estudiante de medicina, que quería dedicarse al cuidado de los leprosos.

         Cuando llegó a Calcula, no disponían de un colchón libre para acogerla.

           La Madre Teresa pidió a una hermana que descosiese su propia almohada para preparar un colchón para la recién llegada con los trapos de que estaba hecha.

           —¿Por Dios, Madre, eso! —protestaron tanto la encargada de la tarea como la destinataria del nuevo colchón.

      —Claro; Sí, hermanas. Lo haré yo dijo la Madre Teresa, disponiéndose a empuñar las tijeras y a descoser la almohada.

             Aún lo estaba diciendo cuando llamaron a la puerta.

         Acababa de llegar un camión cargado de colchones: un hotel de Calcuta había renovado todos los muebles y había decidido regalar los viejos a la Madre Teresa.

            Al narrar el hecho, la Madre Teresa puntualizaba:

        —Aquellos colchones, todavía en muy buen estado, hubieran podido llegar un día antes o un día después. Pero no: llegaron en el momento justo.[1]

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Dios —aunque, a veces y a los ojos profanos, no lo parezca—cuida de los suyos, está atento a sus necesidades, vive pendiente —como una madre de sus hijos— de los seres humanos pero especialmente de aquellos que creen en Él y le consideran como un padre amoroso, al que se confían.

Es condición necesaria la disposición fiel y confiada en las manos protectoras de la Providencia divina, y poner de nuestra parte cuanto podemos…; Dios cuando no lleguemos…, y lo precisemos, hará el resto.

La providencia divina se da allí donde se le posibilita. Dios, respetuosamente, no interviene donde no le es posible: allí donde se le niega, no se le permite o, simplemente, no se le acoge (aunque sea hasta inconscientemente. Aquí entra muy en juego la responsabilidad de la maldad acumulada por los pecados cometidos).

Es de recordar como Dios está con los suyos, tan solo hay que asomarse a la vida de los santos para comprobarlo, para descubrir como Dios obra en sus vidas; pero Dios no les ahorra el esfuerzo, a no ser que este sea imposible. Vemos, como ejemplo, a san José y a la Virgen María poniéndose en camino a Egipto huyendo de Herodes, o -según una tradición- ante la edad de Isabel e incluso de Zacarías, para movilizarse…, al Cielo buscar una salida más cómoda para san Juan Bautista, ocultándole tras unas rocas ante la presencia de los soldados de Herodes en la matanza de los inocentes.

La acción de Dios no viene a remplazar el esfuerzo de los hombres; su intervención «milagrosa» no elimina ni suplanta el compromiso humano.

Pero muy especialmente y con toda certeza de que siempre ocurre así, es a nivel espiritual, donde vela y se manifiesta más claramente su asistencia auxiliadora. Así habría de ponerse el acento expresiones como esta:“Ved que os he dado poder de pisar serpientes y escorpiones, y sobre toda asechanza del enemigo, sin que nada os dañe” (Lc 10,18-29).

 

Esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

         Cristo nos invita a abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf. Mt 6,26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: «Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros» (1 P 5,7).n. 322

         La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios le concede cooperar libremente en sus designios. n. 323

         Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber?… Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6,31-33). n.305

         Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios Todo poderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de toras y de cooperar así a la realización de su designio. n. 306

[1] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid, 1998, p.199.

 

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