“Ante Dios no hay acepción de personas” (Rom 2,11)

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          Si tenéis acepción de personas, cometéis un pecado y la Ley os condena como transgresores (Sant 2,9).

          No hay judio, ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús  (Gál 3,28).

           Dios me enseñó a no llamar profano o impuro a ningún hombre (Hch 10,28b).

 

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            En el siglo XVIII, en Atlanta, en una celebración Eucarística, en el momento de la Comunión el sacerdote, un misionero recién llegado al lugar, dio —ignorando lo protocolos establecidos— la Sagrada Forma primero a un esclavo que coincidía con su ama al acercarse a comulgar.

           Al terminar la celebración la dama sintiéndose ofendida, entró en la sacristía y recriminó al joven sacerdote su comportamiento. Entonces éste repuso:

         Señora, aquí todos somos iguales.

           E inmediatamente oyó resonar en su conciencia: “¿Sólo aquí…?”

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        Según una tradición judía, cuando los egipcio se ahogaron en el mar, querían los ángeles entonar un canto de alabanza a Dios. Pero El exclamó: “Hombres creados por mí se hunden en el mar, ¿y queréis vosotros lanzar gritos de júbilo?” (Micha Josef Bin Gorion).

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Dios nos ha dado igual dignidad a todos. Cada uno lleva la impronta espiritual de su Creador: cada ser humano “imagen y semejanza de Dios” (Gn 1,26). Esto es una absoluto irrevocable, sagrado. El Dios persona divina, ha hecho personas humanas. Y es más Dios, por su propia y libre voluntad, ha querido constituirnos en hijos suyo en el Padre, y hermanos suyos en el Hijo, e impregnarnos del sople vital de su amor, el Espíritu Santo. La cual es de una grandeza sobrecogedora, contra la que nadie jamás podrá atentar.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos -de inspiración cristiana- habla de “igualdad en dignidad y derechos”. «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos», reza en su artículo 1º.

Y aunque cada persona es distinta de la otra, e irrepetible, es igual el dignidad. Todos somos personas, pero con distinta peculiaridad, personalidad, aptitudes (morales, intelectuales), carácter, talante, cultura, raza, sexo, religión, idiosincrasia, talento, habilidad, las circunstancias vitales, bienes, etc. Los talentos no han sido distribuidos por igual; pero la responsabilidad sí será exigida por igual, con arreglo a los talentos dados.

El valor de la persona está al margen de lo que es representa, tiene, etc. La dignidad está por encima de la situación, de la opinión, de los hechos, de los resultados, de los logros y fracasos. “Porque mucho vales a mis ojos, /  eres precioso y yo te amo” (Is 43,4a).

“La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios”. (Vaticano II, GS 19,1).

Dios que estuvo al principio creándonos a todos iguales, nos predestino a una igual vocación a la comunión con Él.

Ante esto no cabe discriminación humana alguna. Es más, allí donde se da una persona desfigurada, irreconocible, miserable… es el momento de apreciarlo, levantarlo, dignificarlo, abrazarlo como hermano.

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