Anómos. Sin Dios, sin moral…

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Ya lo mencionó san Pablo (2 Tes 1-12), al referirse a ciertos tiempos en que se aparecería el Anómos (en griego: ho ánomos), el hombre sin Ley. (Ah, entiéndase: varón o mujer).

Todo parece indicar que, como nunca en la historia humana, estos momentos presentes se destacan como propicios para que ese tipo de hombre-mujer sin ley, sin moral natural, sin ética del sentido común, sin responsabilidad ni escrúpulos… y. en definitiva, sin conciencia tenga lugar sobre el planeta. Este sujeto humano -y es lo más grave- ya no se escandaliza; lo cual habla bien a las claras del punto de deterioro o locura en que nos encontramos y las terribles consecuencias que supone.

La ausencia de moral, de conciencia, supone también -pues en ella, como mediación, resuena la voz de la voluntad divina que reclama optar por el bien- la ausencia de Dios.

La “ausencia de Dios”, en la medida en que el hombre le ha vuelto la espalda y se niega a creer en Él; con lo que significa, entre otras cosas, en cuanto que creer implica escucharle y obedecerle; es decir, el cumplimiento de imperativo moral originario impreso por Dios que inspira y responsabiliza a que se haga el bien y se rechace el mal.

Esta ley impresa en el alma humana como parte constituyente de ella, tal y como fue creado por el Divino Creador, es lo que hoy está en proceso de destrucción.

Dios todo lo ha creado sujeto a un orden: la ley natural. Y todo sigue ese patrón establecido; en cambio, la persona humana, por su elevada y excepcional dignidad, ha sido invitado a la elección libre del bien. Cada vez que la persona se comporta según le voluntad de Dios (ley del amor) se halla dentro del orden salvador.

Lo contrario: el alejamiento de Dios, la amoralidad, el desorden, la locura… conduce la condenación; es decir, frustra, contradice cuanto el Señor quiere para los seres humanos, hijos suyos, la Salvación.

Este estado de locura, de perdición,   tan perseguido por el enemigo del ser humano y de su Señor es el que se manifestara el hombre sin ley, el impío, el delegado de Satanás, el Anticristo.

Procuremos estar firmes y en vela. Vivamos de los sacramentos, la oración, ejercitando las virtudes, pendientes de la voluntad de Dios, sujetos a su ley del amor (a Él y al prójimo), y sin perder de vista los signos de los tiempos.

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