
Vivir para Dios no es otra cosa sino hacer real y verdadero eso que rezamos en el padrenuestro: «¡Hágase tu voluntad!», y que se haga de por vida. O cuando Dios llamó a Samuel para que fuera su profeta y este respondió: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 1-13).
«Ven y sígueme», invita Jesús a todos, a una mayor radicalidad o no, pero siempre a poner a Dios en el centro de nuestra vida, a que sea lo más valioso y quien ilumine y determine nuestro hacer constante y cotidiano. Para todos, en cualquier caso, es una invitación a la perfección, a la santidad.
Vivir para Dios en la radicalidad requiere de un coraje extraordinario. El darlo todo, desprenderse hasta de uno mismo para hacer depender sus tiempo de lo que Dios disponga; deponer la propia voluntad y deseo y abrazarse a lo que Dios quiera, supone dar un paso inaudito que no todo el mundo, por mucha fe que diga tener, es capaz de dar. Cuando un joven rico —cuenta el Evangelio— que cumplía la ley se ofreció a seguir a Jesús, para lograr la perfección, y Jesús le dijo que dejara todo, que los muchos bienes que poseía se los diera a los pobres y le siguiera; el joven se puso muy triste, pues se vio incapaz de dar el paso.
Además de coraje, se necesita de un cierto grado de «locura», locura de amor por Cristo, que viene proporcionada por la potencia de la gracia, es decir, el entusiasmo abrasador que otorga la presencia del Espíritu Santo en el corazón que habita. Esa es la Presencia divina la que dice san Pablo: «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).
Solo los que se exponen a la influencia de esa Presencia son capaces de dar ese paso hacia el “vacio”, sustentándose solo en la fe. Es el vacio tremendo de quedar suspendido de por vida en el aire, al albur de lo que Dios disponga, si más asidero que Él mismo, es una prueba absoluta de la confianza. Y que se hace muy concreta y expresiva en todos los que han emprendido la aventura de seguir a Cristo y ponerse a su servicio.
Decía santa Teresa de Jesús —que comunica tan vivamente sus experiencias— que cuando dejó su casa a los 20 años para ir al monasterio: «no creo que será mayor el sentimiento cuando me muera que cuando salí de casa de mi padre; que parecía que cada hueso se me apartaba de mí«. En términos parecidos se manifestaba san Rafael Arnaiz cuando ingresó en la Trapa; siguiendo fielmente el llamamiento divino, abandonó su hogar lleno de comodidades y goces, así como su brillante porvenir…, para dedicarse solo a Dios; la inmolación heroica que suponían el ofrecerse a Dios en entrega total y absoluta, en ocultamiento y en soledad.
Pero no es solo para los que se encierra entre cuatro paredes, lo es también para consagrados en el mundo secular, religiosos que viven en contacto con la gente, sacerdotes, misioneros (entre los que hay también laicos). Quién no ha escuchado alguna entrevista a algún cura de pueblo hablando de cómo fueron sus comienzos; todos ellos cuenta la inquietud que le produjo el partir para una aldea o pueblecito remoto o en un rincón de la provincia o entre las montañas, donde no conocía a nadie ni sabía nada al respecto. Una experiencia bastante común: recuerdo lo que escuche a un sacerdote reciente nombrado y fue destinado a un lugar así: cuando se dirigía hacia el lugar iban “con temor y temblor”; luego, a los pocos meses era muy dichoso de estar allí.
La exigencia de Dios para los suyos está marcada desde los orígenes: el padre de la fe Abraham nos indica el camino, cuando Yahvé le pide «sal de tu tierra». Y así es para todo el que quiera ser de Dios, la renuncia a las seguridades y comodidades, en entrega absoluta, sin condiciones y sin ser dueño de unos mismo, solo se vive para hacer la voluntad de Dios, para lo que él quiera; se está a su servicio y en sus manos.
Hoy día la vocación que lo exige todo es difícil de ser secundada. Se está en otras cosas: Unos persiguen el existo, el triunfo en cualquier despeño de la vida, hacer fortuna, el tener una buena posición social, una profesión que le proporcione dinero y prestigio, u otros metas o sueños semejantes… Pero los hay, cada vez más poco, que lo han dejado todo, hasta los sueños humanos para entregarse solo a Dios, a serle fieles de por vida, al margen del éxito.
El sacerdote de la imagen (que se ha hecho viral), en medio de la inclemencia, los coches y la pandemia, camina impertérrito para ofrecer la asistencia sacramental a un accidente… Cuando le preguntaron simplemente dijo: “Vivimos para Cristo”. Al igual que tantos misioneros.., como Padre Maccalli secuestrado durante dos años en África, que tras ser liberado por los islamistas, dijo: “No tengo otra ofrenda que mi vida”, «El futuro será como Dios quiera».
Estos en el cielo, mientras los demás estaremos en el patio de butacas, ocuparán un lugar preferente, estarán en un palco real.
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios» (Lc 9,62), palabra de Jesús.
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