Quien consagrada su vida de una manera tan absoluta a Dios lo hace porque no le queda más remedio, es decir, que ha comprendido por lo que siente que su vida no tiene más sentido que dedicarse en cuerpo y alma a Aquel que le ama y al que ama, todo ello en un exceso —efecto de la gracia abrasadora del Espíritu Santo— que le lleva a dar ese salto en el vacio de ruptura total, de abandono total, de entrega total.
Es aquello de los discípulos cuando respondieron a Jesús, ante la posibilidad de que le fueran a dejar; «Pedro le contestó: `Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna´» (Jn 6,68).





