San Martín de Porres, 3 de noviembre

 

 “El Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen” (Hch 5,32)

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           Fray Martín de Porres, o fray Escoba, tuvo bien ganada fama de milagros, y a este respecto recoge la siguiente anécdota.

           Muy enfadado el prior por la enorme cantidad de gentes de toda índole que acudían al convento de Santo Domingo en solicitud de la intervención del lego en los más intrincados problemas, le llamó una mañana, resuelto a que aquel estado de cosas terminara. 

          —Hermano Martín, le prohibo que haga milagros sin pedirme antes permiso.

            Acato la prohibición, reverendo padre.

        Sin embargo ocurrió que un día resbalándose de un altísimo andamio un albañil que se ocupaba en la reparación de un claustro, y en su cuita gritó:

            —¡Sálveme, fray Martín!

           El lego alzo las manos y contestó:

          —Espere, hermanito, que voy por la superior licencia.

        Y el albañil se mantuvo en el aire, esperando el regreso del lego dominico.

      —¡A buenas horas, mangas verdes! —dijo el prelado cuando escuchó la petición del lego- ¿Qué permiso te voy a dar si ya has hecho el milagro? En fin, anda y remátalo. Pase por esta vez, pero que no se repita.[1]

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“En verdad, en verdad os digo que el que cree en mí, hará las obras que yo hago, y las hará aún mayores que éstas, porque yo soy al Padre; y lo que pidiereis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Lo que pidáis en mi nombre, y lo haré”  (Jn 14,12-14).

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La humildad es un requisito indispensable para que Dios actue.

¡Cuántos milagros ocurren al día sin saberlo. Cuántos impulsos de la gracia que permanecen desconocidos y en el anonimato, Cuánta bondad derramada en cada instante de forma tímida, operando secretamente desde los corazones. Cuánto amor. Y todo ello es como un milagro silencioso!

Jesús realizar milagros principalmente movido por misericordia. No hace obstentación de su poder taumatúrgico. Es en silencio, en la proximidad y en el encuentro con los sencillos, donde se produce la manifestación simbólica y real de su amor a los hombres.

La oración pidiendo la intervención de Dios ha de caracterizarse por el hecho de que todo lo espera de Dios y nada de sí.

Un corazón misericordioso y humilde lo puede todo. En el resplandece la gloria de Dios. Todo, todo mal retrocede. Los milagros de Jesús son signos del reino de Dios que irrumpe. El reinado de Dios hace desmoronarse el dominio de Satanás: “Si expulso los demonios con el espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12,28). El bien alcanza a todos los niveles, espiritual y corporal.

Donde está o donde se le deja estar Dios es más fácil que se produzcan milagros; esos milagros de amor extremo.

Dios interviene en el mundo pero de forma amorosa, y respetando la libertad y el orden y las leyes dadas; se ofrece y no se impone.

El milagro no viene a sustituir el esfuerzo de los hombres. El milagro no suplanta el compromiso.

Todo lo que favorece el bien integral (física-espiritual) de la persona, pleno, está en el plano del Reinado de Dios.  Cristo, “médico de cuerpos y almas”.

 

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Biografia

 

Nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579. Era hijo natural del español Juan de Porres, un burgalés que pertenecía a la Orden militar de Calatrava, y de la mulata libre de origen panameño, Ana Velásquez.

Martín es bautizado en la iglesia de San Sebastián, donde años más tarde Santa Rosa de Lima también lo fuera.

Religioso dominico peruano. El que tantas veces se presentó como «un perro mulato», primero de América en subir a los altares, es uno de los más grandes santos que Perú ha dado a la Iglesia.

A los doce años Martín entró de aprendiz de peluquero, y asistente de un dentista. 

Sirve y atiende a todos, pero no es comprendido por todos. Un día cortaba el pelo a un estudiante: éste molesto ante la mejor sonrisa de Fray Martín, no duda en insultarlo: ¡Perro mulato! ¡Hipócrita! La respuesta fue una generosa sonrisa.

A los 15 años, Martín conoció al Fraile Juan de Lorenzana, famoso dominico como teólogo y hombre de virtudes, quien lo invita a entrar en el Convento de Nuestra Señora del Rosario.

Las leyes de aquel entonces le impedían ser religioso por el color y por la raza, por lo que Martín de Porres ingresó como Donado, pero él se entrega a Dios y su vida está presidida por el servicio, la humildad, la obediencia y un amor sin medida.

Pero era más que suficiente para su espíritu humilde y servicial, ya que solo deseaba estar más cerca de Dios y ayudar al prójimo. Por lo demás, se gozaba en «pasar desapercibido y ser el último». El trato desigual que le dispensaron, los insultos que recibía por su tez oscura, no le arrebataron su alegría, y la escoba que pusieron en sus manos fue instrumento de gloria para su vida.

 Profesó en junio de 1603.. El P. Fernando Aragonés testificará: “Se ejercitaba en la caridad día y noche, curando enfermos, dando limosna a españoles, indios y negros, a todos quería, amaba y curaba con singular amor”. La portería del convento es un reguero de soldados humildes, indios, mulatos, y negros; él solía repetir: “No hay gusto mayor que dar a los pobres”.

Su hermana Juana tenía buena posición social, por lo que, en una finca de ella, daba cobijo a enfermos y pobres. Y en su patio acoge a perros, gatos y ratones.

San Martín llevaba ya dos años en el convento, y hacía seis que no veía a su padre, éste lo visita y… después de dialogar con el P. Provincial, éste y el Consejo Conventual deciden que Fray Martín se convierta en hermano cooperador.

Pronto la virtud del moreno dejó de ser un secreto. La fama de su santidad corre de boca en boca por la ciudad de Lima. Su servicio como enfermero se extendía desde sus hermanos dominicos hasta las personas más abandonadas que podía encontrar en la calle. Su humildad fue probada en el dolor de la injuria, incluso de parte de algunos religiosos dominicos. Incomprensión y envidias: camino de contradicciones que fue asemejando al mulato a su Reconciliador.

Dios le otorgó el don de milagros, entre otros. Las curaciones extraordinarias se produjeron no solo con sus cuidados sino simplemente con su presencia. Él, humildemente, advertía: «yo te curo, Dios te sana». Como recibió el don de la bilocación, podía vérsele en varios lugares a la vez consolando y remediando los males de unos y de otros.

Los religiosos de la Ciudad Virreinal van de sorpresa en sorpresa, por lo que el Superior le prohíbe realizar nada extraordinario sin su consentimiento.

Cuando la viruela empezó a causar estragos en Lima, la actividad y los cuidados de Martín se multiplicaron. A todas partes llevaba consuelo y remedio. Se cuenta que gozó del privilegio de la multilocación (estar en varios lugares a la vez), pues le veían curando y consolando simultáneamente en varios sitios. Todos acudian a él. Todos le tenían por santo. Era el ángel de Lima.

Era estimado por todos, incluido el virrey, que no ocultaba su veneración por él. En 1639 contrajo el tifus exantemático que cursaba con espasmos, alta fiebre y delirios. Y supo que había llegado su hora: «He aquí el fin de mi peregrinación sobre la tierra. Moriré de esta enfermedad. Ninguna medicina será de provecho». Manifestó que en ese instante le acompañaban la Virgen, San José, santo Domingo, san Vicente Ferrer y santa Catalina de Alejandría. Y besando el crucifijo falleció el 3 de noviembre de ese año. Gregorio XVI lo beatificó en 1837. Juan XXIII lo canonizó el 6 de mayo de 1962, y lo declaró santo patrón de la justicia social.

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[1] PALMA, R., Tradiciones peruanas.

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