Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Esta celebración al final del año litúrgico de Cristo Rey más que ser del Universo es total, origen de todo, por  el que todo fue hecho y por hacer…; incluido los seres angélicos existentes en el Cielo; como dice la 2ª lectura de este día de San Pablo a los Colosense: «en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él

Al principio de entrar Jesús en la historia humana, Isabel reconoció la grandeza de su señorío divino estando en el vientre de María; luego, tras su nacimiento, los Reyes Magos le adoraron como alguien superior a ellos, como Rey de Reyes, y ahora a la salida de este mundo, un hombre pecador y moribundo, le reconoce como Rey: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42).

Algo que parecía imposible, en un cuadro tremendo, trágico, Cristo entre dos delincuentes, colgado con clavos de una cruz -martirio cruel y vergonzoso, como un maldito en que pende de un madero-, un ladrón, un pobre hombre entre pobres hombres miserables, un desgraciado, en sus agonizantes últimos momentos de vida, allí, donde todos se burlaban, insultaban y humillaban de Jesús, éste hombre es capaz de reconocer en él, al Rey eterno. ¡Qué pudo ocurrir para que allí donde todo el mundo veían a un ser humano sin apariencia humana, al ecce homo, al hombre destruido, escarnecido, fracasado…, aquel ladrón arrepentido viera a Dios!

Y Jesucristo, el Rey que juzgará a mundo entero, desde el trono de la cruz, imparte sentencia: a una lado, está el hombre que implora misericordia, y la abstiene: «hoy estarás conmigo en el paraíso« (Lc 23,43); al otro lado, el hombre -como tantos- al que le es posible reconocer la presencia «invisible» de Dios en medio de nosotros, e incluso formar parte de aquellos que le ofenden. Sin embargo, en este caso el Señor no se pronuncia, no sentencia; como sí hace en el caso de Dimas, al que canoniza como quien muere en santidad y goza de la presencia de Dios en el Cielo: en esa misma tarde estaría con Él en el Paraíso. Siempre hay tiempo; ante la misericordia divina hasta el último instante hay posibilidades de ser salvado; nada está perdido…

Sobre el trono de la cruz se leía «este es el rey de los judíos». Lo colocó Pilatos, ante quien Cristo afirmará: «Yo soy Rey. Para esto nací, para esto vine al mundo, para ser testigo de la Verdad» (Jn 18, 36-37). Para un mundo que naufraga en la mentira, como son los tiempos de entonces como los de hoy, la posibilidad de reconocer la Verdad divina y acceder a su Reino es absolutamente imposible.

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Lecturas del domingo, 23 de noviembre de 2025

Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel (5,1-3):

En aquellos días, todas las tribus de Israel se presentaron ante David en Hebrón y le dijeron:
«Hueso tuyo y carne tuya somos. Desde hace tiempo, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel. Por su parte, el Señor te ha dicho: “Tú pastorearás a mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel”».
Los ancianos de Israel vinieron a ver al rey en Hebrón. El rey hizo una alianza con ellos en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos le ungieron como rey de Israel.
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Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,12-20):

Hermanos:
Demos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
Él es imagen del Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque en él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles.
Tronos y Dominaciones,
Principados y Potestades;
todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo,
y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas,
las del cielo y las de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (23,35-43):

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo:
«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:
«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
Había también por encima de él un letrero:
«Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:
«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo».
Y decía:
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le dijo:
«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

 

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Palabras del papa Francisco

(Homilía de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. 20 de noviembre de 2022)

Hoy es de nuevo el Evangelio el que nos devuelve a las raíces de la fe. Se encuentran en la tierra árida del Calvario, donde la semilla de Jesús, al morir, hizo brotar la esperanza: plantada en el corazón de la tierra, nos abrió el camino del Cielo; con su muerte nos dio la vida eterna; a través del madero de la cruz nos trajo los frutos de la salvación. Miremos, pues, a Él, miremos al Crucificado. 

En la cruz sólo aparece una frase: «Es el Rey de los judíos» (Lc 23,38). Este es el título: Rey.  Sin embargo, cuando miramos a Jesús, nuestra idea de un rey se trastoca. Intentemos imaginar visualmente a un rey: pensaremos en un hombre fuerte sentado en un trono con preciosas insignias, un cetro en sus manos y anillos brillantes entre sus dedos, mientras pronuncia palabras solemnes a sus súbditos. 

Esta es, a grandes rasgos, la imagen que tenemos en la cabeza. Pero mirando a Jesús, vemos que es todo lo contrario. No está sentado en un cómodo trono, sino colgado de una horca; el Dios que «derriba a los poderosos de sus tronos» (Lc 1:52) trabaja como un siervo puesto en la cruz por los poderosos; adornado sólo con clavos y espinas, despojado de todo pero rico en amor, desde el trono de la cruz ya no enseña a las multitudes con palabras, ya no levanta la mano para enseñar. Hace más: no señala con el dedo a nadie, sino que abre los brazos a todos. Así se manifiesta nuestro Rey: con los brazos abiertos, un brasa aduerte. 

Sólo entrando en su abrazo lo entendemos: comprendemos que Dios llegó hasta donde llegó, hasta la paradoja de la cruz, precisamente para abrazar todo lo nuestro, incluso lo que estaba más lejos de Él: nuestra muerte -abrazó nuestra muerte-, nuestro dolor, nuestra pobreza, nuestra fragilidad y nuestra miseria. Y Él abrazó todo esto. Se dejó insultar y burlar, para que en cada humillación ninguno de nosotros estuviera solo; se dejó despojar, para que nadie se sintiera despojado de su dignidad; subió a la cruz, para que en cada crucificado de la historia estuviera la presencia de Dios. 

Aquí está nuestro Rey, Rey de cada uno de nosotros, Rey del universo porque ha cruzado las fronteras más lejanas de lo humano, ha entrado en los agujeros negros del odio, en los agujeros negros del abandono para iluminar cada vida y abrazar cada realidad. Hermanos, hermanas, ¡este es el Rey que celebramos hoy! No es fácil entenderlo, pero es nuestro Rey. Y la pregunta que hay que hacerse es: ¿es este Rey del universo el Rey de mi existencia?  ¿Creo en Él? ¿Cómo puedo celebrarlo como Señor de todas las cosas si no se convierte también en el Señor de mi vida? Y vosotros, que iniciáis hoy este camino hacia el sacerdocio, no olvidéis que éste es vuestro modelo: no os aferréis a los honores, no. Este es tu modelo; si no crees que puedas ser un sacerdote como este rey, mejor detente ahí.  

Vuelve a fijar tus ojos, sin embargo, en Jesús Crucificado. Ya ves, no observa tu vida un momento y ya está, no te echa una mirada fugaz como solemos hacer con Él, sino que se queda ahí, para abrazarte, para decirte en silencio que nada de ti le es ajeno, que quiere abrazarte, levantarte, salvarte tal y como eres, con tu historia, tus miserias, tus pecados. Pero Señor, ¿es verdad? Con mis miserias, ¿me quieres así? Cada uno en este momento piensa en su propia pobreza: «Pero, ¿me amas con estas pobrezas espirituales que tengo, con estas limitaciones?» 

Y Él sonríe y nos hace ver que nos ama y que ha dado su vida por nosotros. Pensamos un poco en nuestras limitaciones, incluso en las cosas buenas: Él nos ama tal como somos, tal como somos ahora. Él nos da la posibilidad de reinar en la vida, si te entregas a su amor manso que te propone pero nunca se impone -el amor de Dios nunca se impone- a su amor que siempre te perdona. Muchas veces nos cansamos de perdonar a la gente y hacemos la cruz, hacemos el entierro social. Nunca se cansa de perdonar, nunca, nunca: siempre te pone en pie, siempre te devuelve la dignidad real. Sí, ¿de dónde viene la salvación? De dejarnos amar por Él, porque sólo así nos liberamos de la esclavitud de nuestro ego, del miedo a estar solos, de pensar que no podemos hacerle frente. 

Hermanos, hermanas, pongámonos a menudo ante el Crucificado, dejémonos amar, porque esa brasa aduerte también nos abre el paraíso, como al «buen ladrón». Escuchemos dirigida a nosotros esa frase, la única que Jesús dice hoy desde la cruz: «Conmigo estaréis en el paraíso» (Lc 23,43). Esto es lo que Dios quiere y desea decirnos, a todos nosotros, cada vez que nos dejamos mirar por Él. Y entonces comprendemos que no tenemos un Dios desconocido que está allá arriba en los cielos, poderoso y distante, no: un Dios cercano, la cercanía es el estilo de Dios: cercanía, con ternura y misericordia. Este es el estilo de Dios. No tiene otro estilo. Cercano, misericordioso y tierno. Tierna y compasiva, cuyos brazos abiertos reconfortan y acarician.  ¡Contempla a nuestro Rey!  

Hermanos, hermanas, habiéndolo contemplado, ¿qué podemos hacer? El Evangelio de hoy nos propone dos caminos. Ante Jesús están los que actúan como espectadores y los que se involucran. Los espectadores son muchos, la mayoría. Observan, es un espectáculo ver morir en la cruz. De hecho -dice el texto- «el pueblo estaba mirando» (v. 35). No eran malas personas, muchos eran creyentes, pero a la vista del Crucificado se quedan como espectadores: no dan un paso adelante hacia Jesús, sino que lo miran de lejos, curiosos e indiferentes, sin interesarse realmente, sin preguntarse qué podrían hacer. Puede que hayan comentado: «Pero mira esto…», puede que hayan expresado juicios y opiniones: «Pero es inocente, mira esto así…», puede que alguien se haya quejado, pero todos se quedaron con las manos cruzadas, con los brazos cruzados. 

Pero incluso cerca de la cruz hay espectadores: los dirigentes del pueblo, que quieren presenciar el espectáculo sangriento del final glorioso de Cristo; los soldados, que esperan que la ejecución termine pronto, para poder volver a casa; uno de los malhechores, que descarga su ira sobre Jesús. Se burlan, insultan, se desahogan.  

Y todos estos curiosos comparten un estribillo, que el texto relata tres veces: «¡Si eres rey, sálvate a ti mismo!» (cf. vv. 35.37.39) ¡Lo insultan así, lo desafían! Sálvate a ti mismo, exactamente lo contrario de lo que hace Jesús, que no piensa en sí mismo, sino en salvarlos a ellos, que lo insultan. Pero salvarse contagia: desde los dirigentes hasta los soldados y el pueblo, la ola de maldad llega a casi todos. Pero pensamos que el mal es contagioso, nos contagia: como cuando cogemos una enfermedad infecciosa, nos contagia inmediatamente y esas personas hablan de Jesús pero no sintonizan ni un momento con Jesús. 

Mantienen la distancia y hablan. Es el contagio letal de la indiferencia. Una fea enfermedad, la indiferencia. «Esto no me toca, no me toca». Indiferencia hacia Jesús e indiferencia también hacia los enfermos, hacia los pobres, hacia los miserables de la tierra. Me gusta preguntar a la gente, y os pregunto a cada uno de vosotros; sé que cada uno de vosotros da limosna a los pobres, y os pregunto: «Cuando dais limosna a los pobres, ¿les miráis a los ojos? ¿Eres capaz de mirar a los ojos a ese pobre hombre o mujer que te pide limosna? Cuando das limosna a los pobres, ¿tiras la moneda o tocas su mano? ¿Eres capaz de tocar una miseria humana?» Cada uno se da a sí mismo la respuesta de hoy. Esas personas eran indiferentes.  Esas personas hablan de Jesús pero no sintonizan con él. 

Y ese es el contagio letal de la indiferencia: crea distancias con la miseria. La ola del mal siempre se extiende así: empieza por distanciarse, por mirar sin hacer nada, por no preocuparse, luego uno sólo piensa en lo que le interesa y se acostumbra a apartarse. Esto también es un riesgo para nuestra fe, que se marchita si se queda en una teoría que no se convierte en práctica, si no hay implicación, si no nos implicamos. Entonces nos convertimos en cristianos de agua de rosas -como he oído en casa- que dicen creer en Dios y querer la paz, pero no rezan y no se preocupan por el prójimo, y además, no les interesa Dios, ni la paz. Estos cristianos sólo de palabras, ¡superficiales! 

Esta era la ola del mal, que estaba allí en el Calvario. Pero también existe la beneficiosa ola del bien. Entre tantos curiosos, uno se involucra, concretamente el «buen ladrón». Los demás se ríen del Señor, él les habla y les llama por su nombre: ‘Jesús’; muchos le echan la bronca, él confiesa sus errores a Cristo; muchos le dicen ‘sálvate’, él reza: ‘Jesús, acuérdate de mí’ (v. 42). Sólo se lo pide al Señor. Hermosa oración esta. 

Si cada uno de nosotros lo recita cada día, es un hermoso camino: el camino de la santidad: «Jesús, acuérdate de mí». Así, un malhechor se convierte en el primer santo: se acerca a Jesús por un momento y el Señor lo mantiene con él para siempre. Ahora, el Evangelio habla del buen ladrón para nosotros, para invitarnos a superar el mal dejando de ser espectadores. 

 Por favor, esto es peor que hacer el mal, la indiferencia. ¿Por dónde empezar? De la confianza, de llamar a Dios por su nombre, como hizo el buen ladrón, que al final de su vida redescubre la confianza valiente de los niños, que confían, piden, insisten. Y en confianza admite sus errores, llora, pero no sobre sí mismo, sino ante el Señor. Y nosotros, ¿tenemos esta confianza, llevamos a Jesús lo que tenemos dentro, o nos disfrazamos ante Dios, quizás con un poco de sacralidad e incienso? Por favor, no hagas espiritualidad de maquillaje: eso es aburrido.

Ante Dios: agua y jabón, solamente, sin maquillaje, pero el alma tal como es. Y de ahí viene la salvación. El que practica la confianza, como este buen ladrón, aprende la intercesión, aprende a llevar a Dios lo que ve, los sufrimientos del mundo, la gente que encuentra; para decirle, como el buen ladrón, «¡Recuerda, Señor!». No estamos en el mundo sólo para salvarnos a nosotros mismos, no: sino para llevar a nuestros hermanos y hermanas al abrazo del Rey. Interceder, recordar al Señor, abre las puertas del cielo. Pero, cuando rezamos, ¿intercedemos? «Acuérdate Señor, acuérdate de mí, acuérdate de mi familia, acuérdate de este problema, acuérdate, acuérdate….» Conseguir la atención del Señor. 

Hermanos, hermanas, hoy nuestro Rey desde la cruz nos mira un brasa aduerte. Depende de nosotros elegir si somos espectadores o nos involucramos. ¿Soy un espectador o quiero participar? Vemos las crisis de hoy, la disminución de la fe, la falta de participación…. ¿Qué hacemos? ¿Nos limitamos a teorizar, a criticar, o nos arremangamos, tomamos la vida en nuestras manos, pasamos del «si» de las excusas al «sí» de la oración y el servicio?

Todos pensamos que sabemos lo que está mal en la sociedad, todos; hablamos todos los días de lo que está mal en el mundo y también en la Iglesia: tantas cosas están mal en la Iglesia. ¿Pero entonces hacemos algo? ¿Nos ensuciamos las manos como nuestro Dios clavado en el madero, o nos quedamos con las manos en los bolsillos y observamos? 

Hoy, mientras Jesús, despojado en la cruz, quita todo velo sobre Dios y destruye toda falsa imagen de su realeza, miremos hacia Él, para encontrar el valor de mirarnos a nosotros mismos, para recorrer los caminos de la confianza y la intercesión, para hacernos siervos para reinar con Él. «Acuérdate Señor, acuérdate»: Recemos esta oración más a menudo. Gracias. 

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Catena Aurea

Crisóstomo in Cat Graec. Patr

Como el Señor había dicho, rogad por los que os persiguen, lo llevó a la práctica en cuanto subió a la cruz. Por esto sigue: ( Mt 5,44) «Mas Jesús decía: Padre, perdónalos». No porque El no podía perdonar, sino para enseñarnos a rogar por los que nos persiguen, no sólo con la palabra, sino también con la obra. Pero dice: perdónalos si se arrepienten. Favorece a los que se arrepienten, si después de tanta iniquidad quieren lavar sus culpas por medio de la fe.
 

Beda

Y no se crea aquí que oró en vano, sino que alcanzó la conversión de aquellos que creyeron en El después que expiró. Debe advertirse que no rogó por aquellos que lo reconocieron como Hijo de Dios, y a pesar de ello prefirieron crucificarlo a confesarlo; sino por aquellos que no sabían lo que hacían, impulsados por la gloria de Dios, pero sin el verdadero conocimiento. Por lo que sigue: «No saben lo que hacen».
 

Griego

Nadie creerá que aquellos que después de su muerte permanecen en la infidelidad, puedan justificarse por ignorantes, siendo así que lo mostraban como verdadero Dios tantos y tan grandes milagros.
 

San Ambrosio

Debe considerarse ahora cómo sube a la cruz. Se le ve desnudo. Del mismo modo debe subir quien trata de vencer al mundo, esto es, desnudo de todas las afecciones mundanas. Fue vencido Adán cuando buscó con qué vestirse, y venció Aquel que sus vestidos dejó: subió en la forma que la naturaleza nos creó por obra de Dios. De este modo vivió en el paraíso el primer hombre; de este modo entró también en el eterno paraíso el segundo hombre. Muy oportunamente dejó las vestiduras reales cuando había de subir a la cruz, para que sepamos que padeció como hombre y no como Dios, aunque una y otra cosa es Jesucristo.
 

San Atanasio Orat in pasionem vel in crucem domini

El que tomó todas nuestras miserias por nuestro bien, vistió asimismo nuestras vestiduras (que representan la caída de Adán) para dejarlas luego, y nos reviste, en vez de éstas, con las de vida y las de incorruptibilidad.

Prosigue: «Y dividiendo sus vestidos, echaron suertes».
 

Teofilacto

Acaso todos ellos los necesitaban: también puede decirse que hacían esto para mayor oprobio, y llevados de cierta ambición. ¿Qué preciosidad encontraban en aquellos vestidos?
 

Beda

En la suerte vemos una señal de la gracia de Dios. Porque cuando se introduce la suerte, se somete el resultado, no a esta o a aquella persona, sino al desconocido juicio de Dios.
 

San Agustín De conc. evang. lib. 3, cap. 12

Esto lo dicen, aunque con mucha brevedad, los otros tres Evangelistas. Unicamente San Juan explica de una manera detallada lo que entonces sucedió.
 

Teofilacto

Esto lo hacían por burla: porque ¿cuando los príncipes así obraban, qué había de hacer el vulgo? Prosigue: «Y el pueblo estaba (el que había pedido su crucifixión) mirando (esto es, el fin), y los príncipes, juntamente con él, le denostaban».
 

San Agustín De conc. evang. lib. 3, cap. 13

Dijo príncipes, y no añadió «de los sacerdotes», comprendiendo así a todos los que eran jefes, y así iban incluidos también los escribas y los ancianos.
 

Beda

Los que aún contra su voluntad confiesan que ha salvado a otros. Prosigue: «Y decían: a otros hizo salvos; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios».
 

San Atanasio ut supra

No salvándose a sí mismo, sino salvando a sus creaturas, era como quería el Señor ser reconocido por Salvador: el médico no se llama de este modo cuando se cura a sí mismo, sino cuando cura a los demás. De este modo es considerado el Señor como Salvador, cuando El no necesitaba de salvación. Tampoco quería ser reconocido como tal bajando de la cruz, sino muriendo: mucho mayor es el mérito de la muerte del Salvador, respecto de los hombres, que si entonces hubiere bajado de la cruz.
 

Griego

Viendo el diablo que todo le salía mal, vacilaba, y no pudiendo ya otra cosa, suscitó la idea de que se administrase al Salvador un brebaje para que lo bebiese. Prosigue: «Le escarnecían también los soldados, acercándose a El, y presentándole vinagre». Lo que el demonio desconocía que se verificaba contra él mismo; porque presentando al Salvador la amargura de la indignación nacida de la infracción de la ley -con la que dominaba a tantos-, el Salvador la aceptó, y nos dio luego vino en vez de vinagre, que fue el que la sabiduría mezcló.
 

Teofilacto

Fueron los soldados los que ofrecieron el vinagre al Salvador, como militares que asisten a su rey. Prosigue: «Diciendo: Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
 

Beda

Debe notarse que los judíos se burlaban del nombre de Cristo, blasfemando y como si a ellos estuviese ya confiada la interpretación de las Sagradas Escrituras, pero los soldados, como las desconocían, no insultaban a Jesucristo como el escogido de Dios, sino como rey de los judíos.

 

Teofilacto

Véase aquí otra nueva astucia del demonio, promovida en contra de Jesucristo. Publicaba la causa de la muerte del Salvador en tres idiomas diferentes, para que ninguno de los transeúntes ignorasen que había sido crucificado porque se había querido proclamar rey; decía pues: «Y había también sobre El un título escrito en letras griegas, latinas y hebreas: Este es el rey de los judíos». En lo cual se daba a conocer que los más poderosos de todo el mundo, como eran los romanos, los más sabios, como eran los griegos, y los que de un modo especial adoraban a Dios, deberían someterse al imperio de Jesucristo.
 

San Ambrosio

Con razón se impone un título sobre la cruz; porque el reino que tiene Jesucristo no es propio del cuerpo, sino de su poder divino. Leo el título de rey de los judíos, cuando leo, ( Jn 18,36) mi reino no es de este mundo. Leo la causa de Jesús escrita encima de su cabeza, cuando leo: ( Jn 1,1) y Dios era el Verbo; ( 1Cor 11,3) la cabeza de Cristo es Dios.
 

San Cirilo

Uno de los ladrones también le insultaba a la vez con los judíos. Prosigue: «Y uno de aquellos ladrones, que estaban colgados, le injuriaba diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo, y a nosotros». El otro reprobaba sus palabras. Prosigue: «Respondiendo el otro le reprendía, diciendo: Ni aún tú temes a Dios, estando en el mismo suplicio». Y confesaba su propia culpa añadiendo: «Y nosotros en verdad, por nuestra culpa, porque recibimos lo que merecen nuestras obras».
 

Crisóstomo

Este sentenciado hace el papel de juez, y empieza a juzgar sobre la verdad después de haber confesado sus culpas ante Pilato a costa de muchos tormentos, porque una cosa es el hombre cuando juzga a quien no conoce, y otra cosa es Dios, que penetra en las conciencias. Pero ante el hombre, el castigo se sigue a la confesión, mientras que ante Dios, a la confesión sigue la salvación. Mas el ladrón publica que Jesús es inocente cuando añade: «Pero éste ningún mal ha hecho». Como diciendo: Ve aquí un nuevo ultraje: castigar la inocencia junto con la criminalidad. Nosotros, viviendo, hemos matado a otros, pero éste ha dado vida a otros; nosotros hemos robado lo ajeno; pero éste manda distribuir aun lo suyo. El buen ladrón predicaba a los presentes, reflexionando sobre las palabras con que el otro increpaba al Salvador. Pero cuando vio que estaban endurecidos sus corazones, se volvió hacia Aquél que conoce los secretos de la conciencia. Prosigue: «Y decía a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vinieres a tu reino». Ves un crucificado, y lo confiesas Dios. Ves el aspecto de un sentenciado, y publicas su dignidad de rey. Abrumado de tormentos, pides a la fuente de la justicia que perdone tu maldad. Ves, aunque oculto, el reino, mas tú olvidas tus maldades públicas, y reconoces la fe de una cosa oculta. La iniquidad perdió al discípulo de la verdad; la misma verdad, ¿no perdonará al discípulo de la iniquidad?
 

San Gregorio moralium 18, 25

Los clavos habían fijado sus pies y sus manos a la cruz, y nada se encontraba en el ladrón que no padeciese, más que el corazón y la lengua. Por inspiración divina, ofreció al Señor todo lo que en sí había encontrado libre, de conformidad con lo que está escrito: ( Rom 10,10) «Con el corazón se cree lo que es justo; con la boca se confiesa para salvarse». El Apóstol hace mención ( 1Cor 3) de tres virtudes en aquél que está lleno de la gracia, y que el ladrón recibió y conservó en la cruz. Tuvo fe, porque creyó que reinaría con Dios, a quien veía morir a su lado; tuvo esperanza, porque pidió entrar en su reino, y tuvo caridad, porque reprendió con severidad a su compañero de latrocinios, que moría al mismo tiempo que él, y por la misma culpa.
 

San Ambrosio

Se da en esto un admirable ejemplo de verdadera conversión, por lo que se concede tan pronto al ladrón el perdón de sus culpas. El Señor le perdonó pronto, porque pronto se convirtió: la gracia es más poderosa que la súplica. El Señor concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo pedía que se acordase de él, pero el Señor le dice lo que sigue: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso». La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su reino.
 

Teofil

Y así como un rey trae consigo lo mejor del botín cuando vuelve victorioso de la guerra, así el Señor, habiéndose apoderado de una porción de las presas, que antes eran del diablo -como el ladrón-, la lleva consigo al paraíso.
 

Crisóstomo

Digno era de verse al Salvador entre los ladrones, como la balanza de la justicia, pesando la fe y la infidelidad. El diablo había arrojado a Adán del paraíso, pero Jesucristo introdujo al ladrón en el paraíso, en presencia de todos, y de sus mismos apóstoles. Por una sola palabra y con sola la fe entró en el paraíso, para que nadie dudase de entrar a pesar de sus errores. Obsérvese la prontitud: desde la cruz al cielo, desde la condenación al paraíso; para que se sepa que el Señor lo hizo todo, no para demostrar la bondad del ladrón, sino su clemencia. Algunos dicen: si ya se ha premiado bastante a los buenos, ¿para qué la Resurrección? Si ya introdujo al ladrón en el paraíso, y su cuerpo quedó aquí expuesto a la corrupción, no hace falta que vuelva a resucitar. Pero la carne, que sufrió con el ladrón, ¿habrá de quedar sin premio? Oigamos a San Pablo que dice a los fieles de Corinto: ( 1Cor 15,53) «Conviene que esto, corruptible, revista la incorruptibilidad». Pero si el Señor había ofrecido el reino de los cielos y llevó al ladrón al paraíso, todavía no le ha premiado. Pero dicen que con el nombre de paraíso dio a entender el reino de los cielos, porque se expresaba en los términos acostumbrados cuando hablaba al ladrón, quien nada había oído de la predicación divina. Algunos no leen «hoy estarás conmigo en el paraíso», sino, «te digo hoy»; y después, «que serás conmigo en el paraíso». Pero esto tiene una solución más sencilla: Los médicos cuando desahucian a un enfermo incurable, dicen: Ya está muerto. Pues así el ladrón: como ya no podía volver a su vida pecadora, se dice que entró en el paraíso.
 

Teofilacto

Esto es lo más verdadero para todos, porque tanto el ladrón como los demás santos, aun cuando no han alcanzado todo lo ofrecido -para que, como se dice por el Apóstol a los hebreos ( Heb 11,40), no se les cumpla sin estar nosotros presentes-, se encuentran, sin embargo, en el reino de los cielos, y en el paraíso.
 

San Gregorio Niceno

Ahora conviene dilucidar otra vez, cómo es que se considera al ladrón como digno de entrar en el paraíso, siendo así que una espada de fuego impide la entrada a los santos. Pero obsérvese que el divino anuncio la llama móvil, de tal modo que se vuelve impidiendo la entrada a los que no son dignos de entrar y facilitando la entrada libre a la vida a los que son dignos de ella.
 

San Gregorio moralium 12, 7

Se llama versátil (mudable) aquella espada, porque se sabía que había de llegar tiempo en que se la hiciese desaparecer: cuando viniere Aquél que nos había de facilitar el camino del paraíso, por medio de su Encarnación.
 

San Ambrosio

Pero debe advertirse que otros Evangelistas (San Mateo y San Marcos) dicen que los dos ladrones blasfemaban del Señor, y éste dice que uno lo ultrajaba y el otro reprendía. También puede suceder que este ladrón lo blasfemase al principio, pero que de repente se convirtió. También pudo ser que hablase en plural refiriéndose a uno sólo, como sucede en la carta del Apóstol a los hebreos ( Heb 11,37): «Andaban en pieles de cabra, y fueron aserrados». Sólo Elías tenía tal manto y únicamente Isaías fue aserrado. En sentido místico puede decirse que los dos ladrones representan a los dos pueblos que habían de ser crucificados con Cristo por medio del bautismo, y cuya discordancia también manifiesta la diferencia de los que habían de querer.
 

Beda

Todos los que somos bautizados en nombre de Jesucristo, somos bautizados en virtud de su muerte, porque siendo pecadores, hemos sido purificados por medio del bautismo ( Rom 6,3). Pero hay algunos, que glorificando a Jesús muerto según la carne, son coronados; y otros, que no queriendo obrar según la fe y las promesas del bautismo, son privados de la gracia que recibieron.

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