“El espíritu de la falsedad, de la mentira y del engaño arrastra a muchos consigo”[1]. Jesús ya advirtió: “Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy el Cristo ´, y engañarán a muchos.”[2]. Y a través de la pluma de san Pablo, “el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas, por la hipocresía de embaucadores que tienen marcada a fuego su propia conciencia.”[3].
El jinete que monta el primer caballo del Apocalipsis no se conforma con provocar un abandono de la fe y la religiosidad en Occidente, ni siquiera -de forma general- en el Mundo; sino extender el pecado y la maldad a toda la Tierra. Es decir, establecer su reinado de tinieblas en Orbe entero, creación de Dios.
Este falso caballo blanco es el que conduce a la Humanidad a la negación del Dios de amor, a la aniquilación de la fe activa en la práctica del amor.
Este alejamiento de Dios, que es Amor, y fuente de él, va a provocar consecuencias trágicas para el devenir de la humanidad. Cada vez más veremos la decadencia de ser humano, en su dimensión singular que es su espíritu, acentuarse hasta llegar a lo trágico, pues el príncipe de este mundo lo hará a su imagen y semejanza, es decir, infernar, repleto de odio y crueldad. Los otros tres caballos esperan para emprender su galope.
Si en muchas partes del mundo ese intento de acallar la fe en Cristo se está llevando a cabo a base de una proceder estruendoso: eliminando físicamente a los cristianos, mediante, más o menos abiertas, persecuciones. Ahí están la expulsión histórica de una gran población de cristianos del Medio Oriente, de su cuna; o en otras zonas, de expectativas de crecimiento, como en el África negra, o en país asiáticos, como la China y demás países dragones, y también la India.
En Occidente, especialmente Europa, el hacer desaparecer o renunciar a la fe se produce de manera callada y sostenible, en lo que se ha llamado «apostasía silenciosa«. Aquí se corroen las entrañas mismas de la fe religiosa, a base de movimientos ideológicos —laicismo, relativismo, nihilismo, tecnicismo y cienticismo materialistas— que, aunque huelen a rancio, tratan de eliminar y remplazar el mensaje evangélico que proclama la Iglesia. La cual se ha convertido en un intento constante de desprestigio, desprecio explícito y al hostigamiento mediático, político y social.
Poco a poco, con el cabalgar de este caballo impostor de gran poder de engaño, se ha instalado en el ánimo de la gente una antipatía contra la religión cristiana; de modo que la creencia en Dios ha perdido atractivo, especialmente para las nuevas generaciones. La fe, de forma fulminante, ha perdido influencia e importancia en la vida de la gente, y hay que decirlo, por doloroso que sea, nada aportará a la sociedad, ni a la cultura, ni a la dimensión ética y moral. Esta apostasía silenciosa se ha extendido a todo el cuerpo social de Occidente, contagiando incluso a los bautizados y discípulos de Cristo, de familias procedentes de una fe de arraigo profundo, que ven como sus hijos -renegando de su tradición de creencias y tradición- abandonan la práctica religiosa.
La religión cristiana, en concreto, se encontrará en peligro de extinción. Un vertiginoso aceleramiento de la increencia está aconteciendo como jamás se ha visto[4]. Su crecimiento sostenido alcanza tal magnitud en Occidente que en unos pocos años, ya mismo, “el no tener religión” será la nueva normalidad[5]. Algo[6] que ya profetizó el argentino Parravicini, en 1938: “El ateísmo será moda y boga”. De manera que el mismo Papa llegaría a afirmar rotundamente: “Hoy la humanidad ha construido una civilización sin Dios, de tal forma como jamás se conoció desde el comienzo de su historia”. Se trata de una mentalidad sustancialmente atea y diabólica. La apostasía del hombre, que arroja de sí la natural semejanza divina (“no queremos ser lo que Dios ha llamado `hombre´”). Es una apostasía de una envergadura tal que provoca la pérdida de la espiritualidad y la moral en los jóvenes europeos y estadounidenses. Esta “civilización” actual es esencialmente atea y hostil a la idea de Dios[7].
Cada vez más se detecta un paganismo montaraz y grosero, que alardea de su propósito satánico de la destrucción del Bien, y de la civilización cristiana que lo ha encarnado y lo ha hecho prevalecer en medio del mundo. La apoteosis de la apostasía se produce con la degeneración total de la conciencia que tacha al bien de mal y al mal lo califica como bien, a la vez que niega que la verdad exista[8]. A eso se está llegando de manera inmediata.
Esta rebeldía generalizada o renuncia del hombre a Dios, está provocando —aun sin ser conscientes de ello ni de adivinar sus consecuencias, pero que se verán— la mayor crisis existencial, de una gravedad y magnitud extraordinarias. Este mundo que se obstina en negar a Dios, alegando que no existe o que ha muerto; pero resulta que no puede vivir sin Él, no se sostiene si su presencia. En realidad, el hombre sin Dios no puede comprenderse a sí mismo ni realizarse, porque se haya constitutivamente creado así: en religación a Dios[9], su Creador. Esta quiebra o rebelión es de consecuencias trágicas para su existencia. Ese borrar por entero la entraña, la raíz espiritual de la sociedad, conduce, necesariamente, a la configuración de una Humanidad ausente, sin alma.
En estos tiempos postreros, la falta de fe y el alejamiento de Dios irán ligados, de forma dramática, al odio y la iniquidad. Así consta en muchos escritos[10].
Recordando el reciente centenario de Fátima, el 13 de octubre de 1917 se produjo el milagro del sol. En él se alertaba contra la apostasía silenciosa, y recordaba cómo la oposición al rosario dentro de la misma Iglesia era símbolo de pérdida de fe de quienes debían conservarla y enseñarla a los otros. Más aún, el milagro del sol también alertaba de esa iglesia en autodemolición que parecía querer destruir la fe del pueblo, la fe de la misma Iglesia. Se trataba de una apostasía de consecuencias incalculables; porque cuando la fe desaparece sólo cabe la destrucción de todo. Bajo este prisma, se descubre resumen del mensaje moral de Fátima: porque es el Rosario el arma dada al mundo para evitar su ruina.
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[1] La Señora de todos los Pueblos, el 8 de diciembre de 1952, festividad de la Inmaculada Concepción, decía: “El enemigo de Nuestro Señor Jesucristo ha trabajado despacio, pero seguro. Los centinelas ya están en sus puestos. Su obra está casi concluida. Pueblos, ¡tened cuidado! El espíritu de la falsedad, de la mentira y del engaño arrastra a muchos consigo. La víspera ya ha comenzado.”
[2] Mt 24,4-5 y Mc 13,5-6. Efecto de ese caballo blanco, vendrán muchas denominaciones, cada una dirá que ella es la portadora de la Verdad. Las denominaciones protestantes superan ya las cuarenta mil. Lo que contrasta con aquello que dijo Jesús: “Que sean uno como Tu, Padre, y yo somos uno” (Jn 17,11).
[3] 1 Tm 4,1-2.
[4] En 2019 el número que se declara ateo en EEUU triplica al de hace tan sólo 12 años, en 2007.
[5] Un lustro atrás se afloraba esta posición vital en países occidentales, principalmente. ‘Ninguna’ religión es la nueva normalidad en Gran Bretaña y Estados Unidos. la “ninguna religión” está creciendo a un ritmo más rápido que las religiones en Gran Bretaña, los EE.UU. y Nueva Zelanda, que es de donde tenemos datos, lo que probablemente suceda en todo occidente. Es decir, la “ninguna religión” es la nueva religión en Gran Bretaña. 38 por ciento de los adultos en Gran Bretaña, y el 48 por ciento de aquellos entre 18 y 29 años, no tienen ninguna religión. En 2012, el 48 por ciento afirmó no tener religión.
[6] El Mundo llegará a ser desnaturalizado por el poder de la pantalla doméstica (La TV- anticipo la invención). Toda mala influencia será desparramada groseramente sobre todo hogar y será impuesta por el comercio avisador que busca la masa. La masa embrutecerá dominada por las órdenes disfrazadas de paraísos fáciles y superiores, contemplará la estupidez y la inmoralidad con ficción. Llegará el día en que el grueso popular será manejando como aprisco.
[7] Es lo que decía Nicolás Berdyaev: El Materialismo destruye al espíritu eterno. El capitalismo industrial de la «civilización» demostró ser el destructor del espíritu eterno y de las tradiciones sagradas. El espíritu de la «civilización» es el de las clases medias, está adherido y se aferra a las cosas corruptas y transitorias y teme a la eternidad.
[8] La corrupción hasta de los sentimientos, ya se ha dado en el orden artístico durante el siglo XX. Es lo que se conoció como feísmo. Ahora se pretende dar en el orden del bien y de la verdad… El bien y la verdad son más importantes que la belleza pero el virus ha alcanzado su plenitud cuando se ha inoculado en los sentimientos, cuando ha pasado de la ética a la estética.
[9] El mayor filósofo en lengua española en el siglo XX fue Javier Zubiri. Él dijo: «El hombre no tiene, sino que velis nolis, quieras o no, es religación” respecto de lo divino, o sea, la religión. Lo que uno tiene, por ejemplo un bolígrafo, la cartera, lo puede perder. Lo que uno es, lo es mientras es o existe. Por eso el hombre o adora a Dios o venera a un ídolo de oro, plata o simplemente imaginario (F. Dostoievski).
[10] Uno de ellos es La Didajé ¾escrita en los orígenes del cristianismo¾. En su capítulo 16 dice: “En los últimos días se multiplicarán los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se convertirán en lobos, y el amor se convertirá en odio.” (16:3). “En efecto, al crecer la iniquidad, los hombres se odiarán entre sí, y se perseguirán y se traicionarán: entonces aparecerá el extraviador del mundo, como hijo de Dios, y hará señales y prodigios, y la tierra será entregada en sus manos, y cometerá iniquidades como no se han cometido desde siglos.” (16:3).
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