Santa Teresa de Jesús

Hoy celebramos la festividad de la santa española Teresa de Jesús o de Ávila, virgen y doctora de la Iglesia. Que viviera entre los años 1515 y 1582. Incansable fundadora de claustros; que reformara y relanzara la espiritualidad carmelita, junto con otro gigante de la espiritualidad, san Juan de la Cruz.

 

Sus doctos escritos han ejercido gran influencia en quienes los han leído (entre ellos mencionamos a dos mujeres: Dorothy Day y, muy especialmente, Edith Stein, de nombre religioso santa Teresa Benedicta de la Cruz,  judía convertida tras leer Vida de santa Teresa de Jesús, aquí puede conseguirlo):

http://www.santateresadejesus.com/wp-content/uploads/Libro-de-la-Vida.pdf

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 Unas breves líenas de su obra Vida:

Representándome Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que de aquello le pasaba. Vile con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los ojos del cuero, y quedóme tan impreso, que ha esto más de veinte y seis años, y me parece lo tengo presente. c. 7.

 Andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas, que es menester hacerse espaldas uno a torso los que le sirven, para ir adelante, según se tiene por bueno andar en las vanidades y contentos del mundo; y para estos hay pocos ojos. Y, si uno comienza a darse a Dios, hay tantos que mueren, que es menester buscar compañía para defenderse hasta que ya estén fuertes en no pesarles de padecer; y si no, veránse en mucho aprieto. c.7.

 Que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama. c. 8.

 Algunas veces leyendo, venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en El. Esto no era manera de visión; creo que lo llaman mística teología. Suspende el alma de suerte que toda parecía estar fuera de sí. Ama la voluntad, la memoria me parece está casi perdida, el entendimiento no discurre, a mi parecer, mas no se pierde; sino está como espantado de lo mucho que entiende; porque quiere Dios entienda que de aquello que Su Majestad le representa, ninguna cosa entiende. c. 10.

 Es cosa muy clara que amamos más a una persona cuando mucho se nos acuerda las buenas obras que nos hace. c. 10.

 Determinámonos a ser pbores, y es de gran merecimiento; mas muchas veces tornamos a tener cuidado y diligencia para que no nos falte, no solo lo necesario, sino lo superfluo, y a granjear los amigos que nos lo den, y ponernos en mayor cuidado (y, por ventura, peligro), porque no nos falte, que antes teníamos en poseer la hacienda. c. 11.

 Pensar que nos podemos esforzar, con el favor de Dios, a tener un gran desprecio del mundo, un no estimar honra, un no estar atado a la hacienda, que tenemos unos corazones tan apretados, que parece nos ha de faltar la tierra, en queriéndonos descuidar un poco del cuerpo y dar al espíritu. c. 13.

 Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéramos en los otros y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados. c. 13.

Hay muchas almas que aprovechan más en otras meditaciones que en la de la Sagrada Pasión; que,  así como hay muchas moradas en el cielo, hay muchos caminos. c. 13.

Tornando a lo que decía, de pensar en Cristo a la columna, es bueno discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo, y por qué las tuvo, y quién es el que las tuvo, y el amor con que las pasó. Mas que no se canse siempre en andar a buscar esto, sino que se esté allí con El, callado el entendimiento. Si pudiere ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe, y hable, y pida, y se humille y regale con El y acuerde que no merecía estar allí. Cuando pudiere hacer esto, aunque sea el principio de comenzar oración, hallará grande provecho, y hace muchos provechos esta manera de oración, al menos hallóle mi alma. c. 13.

 Un recogerse las potencias dentro de sí para gozar de aquel contento con más gusto; mas no se pierden ni se duermen; sola la voluntad se ocupa, de manera que, sin saber cómo, se cautiva; sólo da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien bien sabe ser cautivo de quien ama. c. 14.

Comienza Su Majestad a comunicarse a esta alma, y quiere que sienta ella cómo se le comunica. Comiénzase luego en legando aquí a perder la codicia de lo de acá, y pocas gracias; porque ve claro que un momento de aquel gusto no se puede haber acá, ni hay riquezas, ni señoríos ni honra, ni deleites que basten a dar un cierra ojo y abre de este contentamiento, porque es verdadero, y contento que se ve que nos contenta. c. 14.

 Querría mucho el Señor me favoreciese para poner los efectos que obran en el alma estas cosas, que ya comienzan a ser sobrenaturales, para que se entienda por los efectos cuándo es espíritu de Dios. Digo se entienda conforme a lo que acá se puede entender, aunque siempre es bien andemos con temor y recato; que, aunque sea de Dios, alguna vez podrá transfigurarse el dominio en ángel de luz; y si no es alma muy ejercitada, no lo entenderá. c. 14.

  Plegue a Su Majestad me dé gracia para que yo dé esto a entender bien, porque hay muchas, muchas almas que llegan a este estado, y pocas las que pasan adelante. c. 15.

Háblanse aquí muchas palabras en alabanzas de Dios, sin concierto, si el mismo Señor no las concierta: al menos el entendimiento no vale aquí nada. Querrían dar voces en alabanzas el alma, y está que no cabe en sí; un desasosiego sabroso. c. 16.

 (…no estoy fuera de esta santa locura celestial por vuestra bondad y misericordia, que tan sin méritos míos me hacéis esta merced), que o estén todos los que yo trataré locos de vuestro, amor, o permitáis que no trate yo con nadie, u ordenad, Señor, cómo no tenga ya cuenta en cosas del mundo, o sacadme de él. c. 16.

Suplico a vuestra merced seamos todos locos, por amor de quien por nosotros se lo llamaron. c. 16.

En tener ya aborrecida la vida, y en poca estima la honra; que no se les daba más, a trueque de decir una verdad y sustentarla para gloria de Dios, perderlo todo que ganarlo todo; que a quien de veras lo tiene todo arriesgado por Dios igualmente lleva lo uno que lo otro. c. 16.

El cómo es esta que llaman unión, y lo que es, yo no lo sé dar a entender. En la mística Teología se declara,  que yo los vocablos no sabré nombrarlos, ni sé entender qué es mente, ni qué diferencia tenga del alma, o espíritu tampoco; todo me parece una cosa, bien que el alma alguna vez sale de sí misma, a manera de un fuego que está ardiendo, y hecho llama, y algunas veces crece este fuego con ímpetu. Esta llama sube muy arriba del fuego, mas no por eso es cosa diferente, sino la misma llama que está en el fuego. c. 17.

Señor mío, que dais como quien sois. c. 17.

Díjome el Señor estas palabras: Deshácese toda, hija, para ponerse más en Mí; ya no es ella la que vive, sino í; ya no es ella la que vive, sino Yo: como no puede comprender lo que entiende, es no entender entendiendo. c. 18.

Muchas veces queda sano que estaba bien enfermo y lleno de grandes dolores, y con más habilidad, porque es cosa grande lo que allí se da; y quiere el Señor algunas veces, como digo, lo goce el cuerpo, pues ya obedece a lo que quiere el alma. Después que torna en sí, si ha sido grande el arrobamiento, acaece andar un día o dos, y aun tres, tan absortas las potencias, o como embobecida, que no parece anda en sí. c. 20.

  Si con ellos se pudiera comprar el bien que ahora veo en mí, tuviéralos en muchos; mas ve que este bien gana con dejarlo todo. c. 20.

Negro descanso se procura, que tan caro cuesta. Muchas veces se procura con ellos el infierno, y se compra fuego perdurable y pena sin fin. c. 20.

De poco a poco, en llegando el Señor aquí un alma, le va comunicando muy grandes secretos. c. 21.

Acá sí, que, sin verse, se imprime con una noticia tan clara, que no parece se puede dudar; que quiere el Señor esté tan esculpido en el entendimiento, que no se puede dudar más que lo que se ve ni tanto, porque en esto algunas veces nos queda sospecha si se nos antojó; acá, aunque de presto dé esta sospecha, queda por una parte gran certidumbre, que no tiene fuerza la duda. c. 27.

¡Qué rico se hallará el que todas las riquezas dejó por Cristo!, ¡qué honrado el que no quiso honra por El, sino que gustaba de verse muy abatido!, ¡qué sabio el que se holgó de que le tuviesen por loco, pues lo llamaron a la misma Sabiduría! c. 27.

Esta visión, aunque es imaginaria, nunca la vi con los ojos corporales, ni ninguna, sino con los ojos del alma. Dicen los que lo saben mejor que yo, que es más perfecta la pasada que esta, y esta más mucho que las que se ven con los ojos corporales. c. 28.

No tienen poco trabajo a ánimas que da Dios por su bondad este fuego de amor suyo en abundancia, faltar fuerzas corporales para hacer algo por El. c. 30. 

¡Oh bondad y humanidad grande de Dios, cómo no mira las palabras, sino los deseos y voluntad con que se dicen! ¡Cómo sufre que una como yo habla Su Majestad tan atrevidamente! Sea bendito por siempre jamás. c. 34.

 No se espante ni le parezcan cosas imposibles: todo es posible al Señor; sino procure esforzar la fe y humillarse de que hace el Señor en esta ciencia una viejecita más sabia por ventura con esta humildad aprovechará más a las almas y a sí que por hacerse contemplativo sin serlo. c. 34.

 Ya que algunas veces me tenían convencida, en tornando a la oración y mirando a Cristo en la cruz tan pobre y desnudo, no podía poner a paciencia ser rica. Suplicábale con lágrimas lo ordenase de manera que yo me viese pobre como El. c. 35.

 Yo no quisiera disculparme, porque iba determinada a ello, antes pedí me perdonase y castigase y no estuviese desabrido conmigo.

En algunas coas bien veía yo me condenaban sin culpa, porque me decían lo había hecho porque me tuviesen en algo, y por se nombrada, y otras semejantes; mas en otras claro entendía que decían verdad, en que era yo más rúin que otras, y que pues no había guardado la mucha religión que se llevaba en aquella casa, cómo pensaba guardarla en otra con más rigor, que escandalizaba el pueblo y levantaba cosas nuevas. Todo no me hacía ningún alboroto ni pensa, aunque yo mostraba tenerla, porque no pareciese tenía en poco lo que me decían. En fin, me mandó delante de las monjas diese descuento, y húbelo de hacer. c. 36.

 Comenzóme mucho mayor amor y confianza de este Señor en viéndole, como con quien tenía conversación tan cotidiana. Veía que, aunque era Dios, que era Hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura, sujeta a muchas caídas por el primer pecado que El había venido a reparar. c. 37.

 Es una llama grande, que parece abrasa y aniquila todos los deseos de la vida; porque ya que yo, gloria a Dios, no los tenía en cosas vanas, declaróseme aquí bien como era todo vanidad, y cuán vanos, y cuán vanos son los señoríos de acá. c. 38.

Díjome: ¡Ay, hija, qué pocos me aman con verdad! Que si me amasen, no les encubriría Yo mis secretos. ¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender que todo es mentora lo que no es agradable a Mí. Con claridad verás esto que ahora no entiendes en lo que aprovecha tu alma. c. 40.

Rogóme una persona una vez que suplicase a Dios le diese a entender si sería servicio suyo tomar un obispado. Díjome el Señor, acabando e comulgar: Cuando entendiere con toda verdad y claridad que el verdadero señorío es no poseer nada, entonces le podrá tomar; dando a entender que ha de estar muy fuera de desearlo ni quererlo quien hubiere de tener prelacías, o al menos de procurarlas. c. 40.

 Por estar ya fuera de mundo y entre poca y santa compañía, miro como desde lo alto, y dáseme ha bien poco de que digan ni se sepa. c. 40.

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Biografía

Teresa de Cepeda y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515 en Ávila (España). Después de la niñez pasada en la casa familiar entre juegos y la buena educación de una hidalga familia cristiana, llega a una adolescencia soñadora, amiga de la lectura de todo lo que caía en sus manos –preferentemente de libros de caballería– y con buenas dosis de coquetería. Si hay algo que no quiere ser es monja.

A los veinte años entra en el monasterio de la Encarnación de su ciudad natal con una ilusión desbordante; pero queda desencantada por la frivolidad de las monjas. Cuenta ella misma en el Libro de la vida que quiso compaginar la vida en religión con las frivolidades que no eran infrecuentes en los monasterios de aquella época. La vista de un Cristo sufriente –esa imagen que el vulgo llama Ecce Homo– la removió tanto por dentro que, rota en lágrimas, decide un radical y sincero cambio de vida y comienza a tomarse en serio la oración, esa actividad espiritual de la que dirá más tarde que «más que en pensar mucho consiste en amar mucho y saberse amada». Comienza a notar dentro de ella la fuerza de un volcán que le lleva a una entrega al Esposo sin condiciones.

Piensa en reformas –la que hoy se llama teresiana o descalza– que lleven a la Orden al rigor y fervor primitivo. Lo decidió en el 1562 por sugerencia del Señor. No habrá bienes materiales ni dotes, solo habrá confianza sin límites en la Providencia de Dios que está empeñado en que esa reforma se haga. Y ahora todo son trabas y dificultades ante la maravillosa aventura: no encuentra apoyo en las autoridades civiles, se le cierran las puertas de las eclesiásticas, los letrados no lo ven claro y algún que otro confesor desaconseja tamaño disparate; las monjas compañeras de convento ven en este deseo reformador una locura.

Su pensamiento pasó primero a deseo y luego llegó a decisión. Funda el «palomar» –así le gustaba a ella llamar a sus fundaciones en lenguaje coloquial– de San José en Ávila, luego vendrán los dieciséis de Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Vera, Palencia, Soria, Granada y Burgos. Así se comprende que se ganara el calificativo de «andariega» cuando los retorcidos caminos de arriba a abajo de España se le hicieran cortos por amor a pesar de que los pisara «sin blanca», mermada su poca salud y desparramando gracejo, humanidad y alegría hasta quedar proverbial su estilo en el pueblo y en sus escritos. De este modo pasaron veinte años de esta mujer organizadora, dotada de sentido común, tacto, inteligencia, coraje y buen humor en los que su alma va creciendo y madurando con la correspondencia a las gracias y dones extraordinarios que Dios le va concediendo. Y la reforma no se quedará en las monjas; se extenderá también a los varones carmelitas descalzos por medio de San Juan de la Cruz, con quien estrechamente colaboró.

A este impresionante trajín enérgico y dulce, tenaz y de un humor incomparable, se añade su enorme actividad literaria. Sus escritos, publicados después de su muerte, están considerados como una contribución única a la literatura mística y espiritual de todos los tiempos; constituyen también una obra maestra de la prosa española. Destacan: su autobiografía espiritual, Camino de perfección (1583), libro de consejos para las monjas de su orden; Castillo interior (1577), volumen más conocido por el título Las Moradas, que contiene una descripción elocuente de su vida contemplativa, y El libro de las fundaciones (1573-1582), un documento sobre los orígenes de las carmelitas descalzas. Sin contar sus numerosas poesías rebosantes de espiritualidad y sus cartas, de las que se conservan más de cuatrocientas.

Murió en Alba de Tormes al anochecer del día 14 de octubre de 1582.

El papa Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970.

Mujer excepcionalmente grande purificó la vida religiosa española de principios del siglo XVI y contribuyó a fortalecer las reformas de la Iglesia católica desde dentro, en un período en que el protestantismo se extendía por toda Europa. Hoy mismo se gana con su grandísima humildad la simpatía de todos los que la conocen a través de sus obras. Vivió –tanto en éxtasis como entre pucheros– la naturalidad sobrenatural; sí, eso que a primera vista parece paradójico.

Archimadrid

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VIDA DE SANTA TERESA EN VOZ DE «SU» PRIOR

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