Tiempos de fidelidad, martirio… y gracia

Según lo profetizado, en los tiempos postreros —pongamos que hablamos de los nuestros— el poder político se encontrará al socaire del influencer mayor del reino (reino de tinieblas, en un mundo de ídem) —pongamos que nos referimos al tan ponderado, o por mejor decir adorado, por la sinagoga satánica, cuyos sacerdotes no usan casulla sino mandil—, es decir, Lucifer o Satanás.

En ese tiempo —pongamos del que ya se ve venir— el poder político y la presión social se van a hacer asfixiantes contra lo cristiano. Las acusaciones a la Iglesia como “enemiga de la humanidad” la pondrán en la diana de un mundo a merced de los hijos de las tinieblas. La presión social, el desprecio y la marginación  a que serán sometidos quienes se confiesen cristianos, hará que muchos se lo piensen y cedan a la tentación de claudicar de su fe, ocultando su condición y simplemente desentendiéndose de cualquier compromiso que le pudiera implicar y complicar.

De modo que el proclamarse cristiano será temeroso y requerirá de un grado de heroicidad rayano en el martirio. La proclamación de la verdad o dar testimonio de ella supondrá en determinados ámbitos un auténtico ejercicio martirial. Quien ose discrepar de las consignas impuestas por la tiranía global no tendrá cabida en ese mundo, y más le valdrá ocultarse en catacumbas. El control de la “opinión” de las masas “occidentales” será total y cualquier intento de disidencia será algo heroico.

En este ambiente infernal, tan sólo los cristianos fieles, indomables a claudicar, como les mostraron tantos que les precedieron en el camino de la cruz, se mantendrá en pie, inquebrantables, sin incensar a los nuevos dioses, aunque les acarre la muerte física o civil.

En ese tiempo —supongamos que hablamos de uno próximo, inmediato tal vez— se atacará blasfemamente, con irreverencias y mofas al culto, a la Eucaristía, a la Iglesia y a los Sacramentos. Y lo harán incluso con las leyes, con prohibiciones, hasta con violencia vandálica y terrorista. Las iglesias serán profanadas; sus altares, saqueados, y finalmente cerradas. La deserción de los que se separaban del Señor, renunciando a la su fe, alcazaba cifras estremecedoras. La Iglesia y sus miembros serán brutalmente perseguidos.  La sangre correrá por todas partes. Será la hora de las tinieblas.

Esto será tal que el Apocalipsis (6,9-11) se ve escrito:

Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Se pusieron a gritar con fuerte voz: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?» Entonces se le dio a cada uno un vestido blanco y se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser muertos como ellos.

El pánico llegará a tal extremo en los creyentes (religiosos y seglares) que provocará un abandono maxivo de la practica religiosa cristiana. La renuncia a la fe cristiana será de tal magnitud, que podría hablarse de nula absoluta práctica religiosa y de su inminente extinción. Tan así, que si el Cielo no precipitara su intervención, cabría preguntarse como Cristo lo hizo: ¿se encontrará fe sobre la tierra cuando el vuelva?

No obstante, aunque la práctica religiosa se habrá reducido alarmantemente, a la mínima expresión y en privado, hasta aparentar desvanecerse, quedará quien sostendrá: un pequeño grupo de valientes o resto mantendrá encendido el fuego de los rescoldos de una fe que —está prometido— renacerá de entre sus cenizas, por intervención divina. De modo que los fieles cristianos serán cada vez menos, pero de una resistencia granítica y de una fe a prueba de de cualquier desafío y amenaza.

En ese tiempo —por ejemplo, en los umbrales de este— todo se decantará. Se llegará al vértice de la purificación, de la gran tribulación y de la apostasía. La apostasía será totalizadora y ámbito de la supervivencia; porque solo se reconocerán y se seguirán al falso Cristo y a la falsa Iglesia.

Cuando el mundo se deje llevar por las fuerzas combinadas del ateísmo y la impiedad, por un lado, y el cruel y opresivo del poder político y pseudorreligioso, por el otro; los pocos cristianos comprometidos brillaban como estrellas en la noche. 

Estos pocos —resto—, buscando con quienes compartir su fe, autoprotegerse y sobrevivir, se arracimaban en pequeñas comunidades marginales. Alentados por las palabras del Papa (tal vez oculto en algún lugar desconocido) y en la esperanza que dimana de su fe en la promesas del Señor.

Eran conscientes, por revelado, que la persecución que sufrían por su condición de cristianos aumentaría en estos “tiempos finales”. En esos términos, viendo sus padecimientos y la persecución de la Iglesia hasta parecer derrota, como dijera el papa Francisco vendrá el Señor para salvarla: “Una vez que se llegue a la plenitud de esta actitud pagana, entonces sí, Él vendrá… verdaderamente el Hijo del Hombre vendrá en una nube con gran poder y gloria”. “Dios sólo nos pide fidelidad y paciencia”. “La fidelidad como Daniel, que fue fiel a su Dios y adoró a Dios hasta el final. Y la paciencia, ya que los cabellos de nuestra cabeza no se caerán. El Señor ha prometido esto”. “La adoración hasta el final, “con confianza y fidelidad: esta es la gracia que debemos pedir”.

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