Hoy celebramos a esta extraordinaria santa dominica, de tan sólo 33 años de vida, que aunque de salud débil fue un portento de actividad apostólica, de acción política y diplomática a favor de la Iglesia.
Esto escribía nuestro admirado padre carismático fray dominico Chus de Villarroel en tienes de la pandemia, recordando a santa Catalina:
Es 29 de abril, día de Santa Catalina de Siena. En este confinamiento casi nunca sé en qué día vivo. Ya he hablado un día de ella porque vivió la peste negra de 1350 a tope con la muerte de muchos sobrinos, niños todavía. Entonces tenían otra teología muy distinta de la nuestra pero también otra fe muy distinta. Lo digo porque cada sobrino que se moría en sus brazos, rezando con él una oración, aunque fuera un niño, gozaba de podérselo entregar al Padre del cielo sin miedo ni pérdida de ninguna clase. El niño iba derecho al cielo. Y, si el niño no estaba bautizado, lo bautizaba ella y se le redoblaba el gozo porque el bautismo era el pasaporte más seguro para su entrada en el cielo. Su Cristo no quedaba en el pasado, le vivía en cada minuto y en cada persona que ella ayudaba a bien morir.
“Arreciaba la peste en Siena (año de 1347) y Catalina se lanzó de cabeza entre los apestados y se zambulló en la muerte sin morir y asombró al pueblo donde había nacido. Primero en su propia casa donde Lapa, (su madre) resistía al frente de once nietecitos de los cuales murieron ocho. Catalina los sepultó con sus propias manos pues no había que pedir ayuda para los muertos cuando los vivos la necesitaban toda. Con cada uno que enterraba repetía: “A éste ya no lo pierdo para la eternidad”.
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Estando un día Catalina de Siena en oración, se le presentó Jesús y le dijo:
«Yo me llamo Jesús, tu te llamas Catalina. Somos diferentes, y eso es maravilloso, porque vamos a poder amarnos… Yo me llamo El que soy, tú te llamas la que no eres, pero eso no tiene ninguna importancia y desde le punto de vista del amor se podría muy bien invertir los papeles; yo no tengo la culpa de estar del lado del Ser, y por mi parte no pediría otra cosa mejor que estar del lado de la nada, con tal que el amor pueda realizar entre nosotros el juego eterno de sus diálogos, como lo realiza entre mi Padre y Yo. (…) Alégrate de mi Ser como yo me alegro de tu nada porque la amo, y alégrate de tu nada como te alegras de mi ser, pues gracias a él me ofreces un rostro nuevo, un rostro trinitario que no es, sin embargo, ninguno de los Tres, rostro cuya pequeñez ha fascinado desde toda la eternidad el corazón de los Tres”[1].
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Si alguno se imagina ser algo, siendo nada, se engaña a si mismo (Gál 6,3).
“No seas y podrás más que todo lo que es”, dice el maestro fray Juan de los Ángeles[2].
«La aniquilación del santo ante Dios no es el retorno a la nada (de donde salió por obra de Dios), sino la integración en el todo que Dios es. (…) La criatura que voluntariamente se anula en Dios no retorna, pues, a la nada, sino, por el contrario, reconoce su nada propia y, anegándose en Dios, se sume en la infinitud positiva del Ser infinito actual”[3].
«Si llegásemos a creer que somos algo, siendo nada, no solamente no recibiremos lo que no somos, sino que hasta perderemos lo que somos” (San Agustín). [4]
No se trata de conseguir sino de perder; no de hacer sino de dejarse hacer.
La nada, la pequeñez… es el único tesoro humano, y lo es porque Dios se fija ahí; es el pararrayos al que se precipita el rayo de la gracia.
Es un recipiente vacío, baldío, como todo lo humano, sin importancia, pero al descubrirse como tal, al ofrecerse así, sin nada, se hace propicio para que se llene de riqueza, para que sin ser tesoro, por el tesoro mismo se haga cofre.
«El sabor de nuestra nada es lo mismo que el sabor de Dios: no es el sabor de no ser nada, sino el de sentirse dependiente, que es algo positivo, y por consiguiente una alegría”[5].
Sentimos pavor. El pavor del diluirse en la nada. La naturaleza la aborrece; la naturaleza humana por sí sola no lo entiende, ve —naturalmente— el vacío y siente espanto. ¡Pero aparece la gracia! y la fe nos hace descubrir que es allí en la nada donde nos sobrevendrá la Plenitud.
Hay que llegar a ser capaz de hacer una confesión de este tipo: «Me parece ser al mismo tiempo la más miserable y la más feliz… estoy contenta de ser nada, para que mi Dios sea todo… Todo cuanto sucede me lleva a Dios…. Dios Sólo y su santa voluntad en todo y siempre» (Beata Enriqueta Dominici)[6].
Entonces se precipita la gracia de Dios como un torrente, como una lengua de fuego, y se es abrasado por su amor:
«Estas almas, echadas en el horno de mi caridad, no quedando en ellas nada fuera de mí, esto es, nada de su voluntad, se han hecho una cosa conmigo»[7].
Y entonces se ha producido el milagro, el de siendo nada llegar a serlo todo. Dios nos ha asimilado. Su presencia nos ha transformado de tal modo, que ya no somos los mismos, o mejor somos realmente nosotros mismos. Ya nada es igual, aunque todo siga siendo y estando como estaba a nuestro alrededor; todo ha cambiado, transfigurado.
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Ser sabio es saberse dependiente de Dios. Ser valiente es olvidarse de sí, por Dios. Ser fuerte es sentirse en manos de Dios. Estar seguro es contar con la ayuda de Dios. Quien se crea fuerte por sí, no necesita ni espera nada de Dios; y Dios mismo le sobra.
No es nuestra supuesta fuerza, nuestras virtudes…, lo que de nosotros «atrae» a Dios, sino nuestra pobreza, nuestra debilidad, nuestra pequeñez, que no tiene nada de que valerse ni en que apoyarse sino sólo en El.
Y he aquí que para llegar a esto, a esta radical debilidad se requiere de una fuerza singular. Pidamos a Dios esa gracia de ser débiles.
«Cuando la madre Agnès se queja de sus debilidades ante Teresa, ésta responde: ‘También yo tengo debilidades, pero me alegro de ello… ¡Es tan dulce sentirse tan débil y pequeño!’«[8].
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[1] M.-D. MOLINIE, El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.66.
[2] Del sentimiento trágico de la vida, Sarpe, Madrid,1983,p.218.
[3] M. GARCÍA MORENTE, Ejercicios Espirituales, Espasa-Calpe, Madrid, 1961, p.119.
[4] Tr. 1 in Io., n.4.
[5] M.-D. MOLINIE, El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid 1979, p.95.
[6] BEATA ENRIQUETA DOMINICI, citado en EB, p.102.
[7] Cf. W. STINISSEN, Meditación cristiana profunda, Sal Tarrae, Santander, 1980, pp.160-161.
[8] W. STINISSEN, Meditación cristiana profunda, Sal Tarrae, Santander, 1980, p.161.
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Biografia
Nació en Siena, en la calle de los Tintoreros, el año 1347. Hija gemela con Giovanna, dato que no tiene nada de particular, salvo si se tiene en cuenta que antes que ellas le habían nacido a sus padres veintidós hermanos y aún después les vino el benjamín.
Hija de un tintorero, Giacomo Benincasa, casado con Lapa de Puccio del Pagianti. No aprendió nunca a escribir, aunque no por eso deja de ser Doctora de la Iglesia. Cuando le llegó el momento de decir cosas al mundo, siempre dictó su pensamiento irresistible.
Cuando tenía dieciséis años, ingresó en las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo que eran llamadas «mantellate» por su manto negro sobre un hábito blando ceñido con una correa, y que se dedicaban a la atención de pobres y enfermos. Eran la Tercera Orden dominicana. La peste negra, que se llevó por delante más de un tercio de la ciudad, supuso una ocasión para vivir con heroísmo su amor al prójimo.
Terriblemente atormentada con tentaciones sutiles combatidas con mortificación interior y mucha penitencia exterior, se entregó a una actividad incansable, recibiendo abundantes gracias místicas y entremezclando dulzura en el trato con Jesús y con la Virgen. Fuerte por su espíritu de oración y penitencia, se dispuso a influir en personas de toda clase y condición con sus palabras y escritos. Muy pronto comenzó a dictar cartas sobre temas espirituales, que la proporcionaron todavía más admiración. En 1374, Raimundo de Capua, futuro rector general de la orden dominica, se convirtió en su director espiritual, quedando desde entonces asociado de forma estrecha a todas sus actividades.
Trabajó incansablemente por la paz y concordia de las ciudades; se la vio en Lucca, donde trató de impedir la alianza con Florencia, en contra del papa; o acercándose en misión de paz al castillo de Roca de Tentennano, en la Val d’Orca, para intentar apaciguar fuegos de pasiones y aplacar odios enconados; o en Florencia, en rebeldía y condenada a la pena de entredicho, a donde fue enviada por el papa para entablar negociaciones a pesar del tumulto y amenazas de muerte por parte de los florentinos, consiguiendo la paz, aunque ya fuera en tiempos de Urbano VI.
Defendió con energía los derechos y la libertad del Papa en aquellos tiempos difíciles del exilio de Avignon, a donde se desplazó, en 1376, para intervenir ante Gregorio XI, en nombre de Florencia, entonces en guerra con el pontificado, buscando el bien de la Cristiandad tan necesitada de reforma de costumbres en todas partes, de reforma en el clero alto y bajo, en los religiosos y en los fieles. Aunque solo tenía veintinueve años, vio personalmente al Pontífice, pidió su retorno a Roma y convenció al indeciso y endeble papa Gregorio XI para que concluyera el exilio en Avignon. Constató con amargura la triste situación de la Iglesia, atestada de eclesiásticos mundanos, metidos en política hasta los huesos, olvidados de la vida interior propia y de los fieles; previó el terrible cisma y el antipapa; se refugió en la contemplación de la misericordia divina y en el abandono en su providencia; fue cuando dictó su Diálogo que resume toda la existencia y misión de Catalina.
Extremadamente fiel al papa, ya consumado el Cisma de Occidente en el 1378, llevó adelante en Roma una campaña a favor del verdadero papa Urbano VI. Habla con los cardenales en el Consistorio, manda cartas a los príncipes y personas influyentes, se propone hacer ver a todos que los males y renuncias actuales de la Iglesia solo tienen solución con una ola de santidad en la jerarquía y en el pueblo.
El eco de su alma se refleja con claridad en las más de 400 cartas que se conservan; en ellas aparecen con frecuencia juntos dos temas: la reforma y la cruzada.
En Pisa había recibido el premio de los estigmas de la Pasión para expiar por los pecados de la Iglesia y el anillo de las esposas –que significa unidad–, para rubricar la unión mística con el Esposo.
Esta defensora de los derechos divinos y peleona contra los enemigos de dentro de la Iglesia murió en la primavera del 1380, el 29 de abril, con treinta y tres años, al desmoronarse su cuerpo en holocausto, como ella misma refirió: «Sabed que muero de pasión por la Iglesia». En la Vía del Papa, cerca del convento y de la iglesia de Santa María de Minerva que tienen los dominicos, donde ella tenía su habitación cuando estaba en Roma, dictó sus últimas cartas-testamento interrumpidas por la exclamación «pequé, Señor, compadécete de mí», haciendo recaer sobre sus hombros el peso de los pecados de infidelidad, las debilidades endémicas, los desmayos y transigencias con el mundo que habían cometido los demás.
Pío II la canonizó en 1461. Doctora desde que el papa Pablo VI la nombró en 1970.
En la inauguración de las sesiones del Sínodo de obispos del 1999, cuando se preparaba la Iglesia para el comienzo del tercer milenio, el Sumo Pontífice la declaró Patrona de Europa, junto a Edith Stein y Brígida de Suecia, queriendo colocar tres figuras femeninas junto a los patronos Benito, Cirilo y Metodio para subrayar el papel que las mujeres han tenido y tienen en la historia eclesial y civil del continente.
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Santos: Catalina de Siena, virgen, Doctora de la Iglesia y Patrona de Europa; Wilfrido II, arzobispo; Paulino, Severo, obispos; Agapio, Secundino, Tíquico, Torpetes, Emiliano, mártires; Pedro de Verona; Roberto (Bob, Boby), monje; Tértula, Antonia, vírgenes; Hugo, abad; Ursino y Maurelo, confesores; Cercira, virgen y mártir; Senán, anacoreta.
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