«Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán»

 

Hay expresiones de Jesucristo que son como sentencias de por vida; que suenan lapidariamente y que se prolongarán a lo largo de la historia humana. Una de estas verdades que permanecen y así nos lo ha confirmado el tiempo es esta que da título al artículo y que se lee en el evangelio de hoy, 9 de mayo.

Lectura del santo evangelio según san Juan (15,18-21):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros.
Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo
, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.
Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.

Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

 Son muchos los lugares de las Sagradas Escrituras donde se contempla esta misma verdad: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. (… )todos os odiarán a causa de mi nombre.» (Lc 21,12-19). «Si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?» (Lc 23,31). «En verdad, que quienes quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús habrán de sufrir persecución» (2 Tim 3,12).

Y esto es lo que ha ocurrido a lo largo de los siglos: la sangre de los mártires desde los orígenes, desde la misma llegada de Jesucristo en la historia humana, ha regado la Tierra. Desde los Santos Inocentes hasta cualquier atentado, secuestrado, asesinado…

 La Iglesia, cuerpo místico de Cristo, tiene que sufrir la pasión como su Señor.  Y al final de los tiempos la persecución será aún mayor: se dará la gran tribulación profetizada, ver AQUÍ.

El Papa Francisco anunció el 11 de mayo de 2023 que los 21 mártires coptos de Egipto, degollados el 15 de febrero de 2015 por terroristas del Estado Islámico (ISIS) en una playa de Libia, serán incluidos en el Martirologio Romano «como signo de la comunión espiritual que une» a la Iglesia Católica y a la Iglesia Copta Ortodoxa.

Pero además de esta persecución cruenta, se da otra, sobre todo en este tiempo y en Occidente, la “persecución blanca” o «silenciosa» o «cortes», pero real y dolorosa: se va extendiendo como una atmosfera de tiniebla una cultura cristianofóbica, de aversión e intolerancia contra todo lo que cristiano… Es un mundo que rechaza a Jesucristo y a los suyos. Se repele y expulsa a Jesús y su evangelio, porque el mundo se conduce por otros criterios, que los principios y valores evangélicos contradicen y pone en evidencia. de Jesús. De igual manera los seguidores de Cristo, correrán su suerte: «Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.»

Es más que sorprendente esta hostilidad a los cristianos, cuya divisa es el amor, el amor misericordioso, el perdón, el espíritu de la bienaventuranzas (pacíficos, mansos, humildes, sufridos, justos, nobles de corazón, etc.). Tiene que haber una causa no propiamente mundana, sino de carácter demoniaco. Esta persecución planetaria ha de deberse, sin duda alguna, a razones inhumanas que ejercen una influencia extraordinaria sobre los corazones de las gentes cada vez más expuestas a la influencia del mal. Todo ello es consecuencia de la profusión de la maldad, de su avance de la capacidad de influencia en medio del Mundo, sin que se comprenda o se quiera poner nombre a  “la mano que mueve la cuna”.

Esta situación contra la libertad religiosa singularmente cristiana se está radicalizando y globalizando.

Este es unos de los signos previos que habría de suceder a la venida del Señor. Y es, sin duda alguna -aunque siempre ha sido así desde que el cristianismo nació-, unas realidad que se da hoy día, pero ahora de manera universal y con gran virulencia e incluso amenazando con incrementarse.

Como dijera el profeta Daniel «la iniquidad aumentará» (12,4); «los impíos seguirán haciendo el mal; ningún impío comprenderá nada; sólo los doctos comprenderán» (12,10).

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Palabras del papa Francisco

(Homilía Santa Marta, 16 de mayo de 2020)

Jesús muchas veces, y especialmente en su despedida con los apóstoles, habla del mundo (cf. Jn 15,18-21). Y aquí dice: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros» (v. 18). Claramente habla del odio que el mundo ha tenido contra Jesús y tendrá contra nosotros. Y en la oración que hace en la mesa con los discípulos durante la Cena, le pide al Padre que no los retire del mundo, sino que los defienda del espíritu del mundo (cf. Jn 17,15).

Creo que podemos preguntarnos: ¿cuál es el espíritu del mundo? ¿Qué es esta mundanidad, capaz de odiar, de destruir a Jesús y sus discípulos, es más, de corromperlos y corromper a la Iglesia? Nos hará bien reflexionar sobre cómo es el espíritu del mundo, qué es. Es una propuesta de vida, la mundanidad. Hay quien piensa que la mundanidad es ir de fiesta, vivir haciendo fiestas… No, no. La mundanidad puede ser esto, pero fundamentalmente no es esto.

La mundanidad es una cultura; es una cultura de lo efímero, una cultura de la apariencia, del maquillaje, una cultura de “hoy sí, mañana no, mañana sí y hoy no”. Tiene valores superficiales. Una cultura que no conoce la fidelidad, porque cambia según las circunstancias, lo negocia todo. Esta es la cultura mundana, la cultura de la mundanidad. Y Jesús insiste en defendernos de esto y reza para que el Padre nos defienda de esta cultura de la mundanidad. Es una cultura de usar y tirar, según la conveniencia. Es una cultura sin lealtad, no tiene raíces. Pero es una forma de vida, un modo de vivir también de muchos que se llaman cristianos. Son cristianos pero son mundanos.

En la parábola de la semilla que cae en la tierra, Jesús dice que las preocupaciones del mundo —es decir, de la mundanidad— sofocan la palabra de Dios, no la dejen crecer (cf. Lc 8,7). Y Pablo dice a los Gálatas: “Eráis esclavos del mundo, de la mundanidad” (cf. Ga 4, 3). Siempre me causa profunda impresión leer las últimas páginas del libro del padre De Lubac: “Las meditaciones sobre la Iglesia” (cf. Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Bilbao 1958), las últimas tres páginas, donde habla precisamente de la mundanidad espiritual. Y dice que es el peor daño que le puede pasar a la Iglesia; y no exagera, porque luego dice algunos males que son terribles, y este es el peor: la mundanidad espiritual, porque es una hermenéutica de vida, es una forma de vida; también un modo de vivir el cristianismo. Y para sobrevivir ante la predicación del Evangelio, odia, mata.

Cuando se dice de los mártires que son asesinados por odio a la fe, sí, realmente para algunos el odio era por un problema teológico; pero no eran la mayoría. En la mayoría [de los casos] es la mundanidad que odia la fe y los mata, como lo hizo con Jesús.

Es curioso: la mundanidad, alguien me puede decir: “Pero padre, esto es una superficialidad de vida…”. ¡No nos engañemos! ¡La mundanidad no es superficial en absoluto! Tiene raíces profundas, raíces profundas. Es como camaleónica, cambia, va y viene según las circunstancias, pero la sustancia es la misma: una propuesta de vida que entra en todas partes, incluso en la Iglesia. Mundanidad, hermenéutica mundana, maquillaje, se maquilla todo para que sea así.

El apóstol Pablo llegó a Atenas, y se quedó impresionado cuando vio muchos monumentos a los dioses en el Areópago. Y pensó en hablar sobre esto: “Sois un pueblo religioso, así lo veo… Me ha llamado la atención ese altar al ‘dios desconocido’. A este yo le conozco y vengo a deciros quién es”. Y comenzó a predicar el Evangelio. Pero cuando llegó a la cruz y la resurrección se escandalizaron y se fueron (cf. Hch 17,22-33). Hay una cosa que la mundanidad no tolera: el escándalo de la Cruz. No lo tolera. Y la única medicina contra el espíritu de la mundanidad es Cristo muerto y resucitado por nosotros, escándalo y necedad (cf. 1Co 1,23).

Es por esto por lo que el apóstol Juan, cuando en su primera Carta trata el tema del mundo, dice: «Es la victoria que venció al mundo: nuestra fe» (1Jn 5,4). La única: la fe en Jesucristo, muerto y resucitado. Y eso no significa ser fanático. Esto no significa descuidar el diálogo con todas las personas, no, pero con la convicción de fe, a partir del escándalo de la Cruz, de la necedad de Cristo y también de la victoria de Cristo. “Esta es nuestra victoria”, dice Juan, “nuestra fe”.

Pidamos al Espíritu Santo en estos últimos días, también en la novena del Espíritu Santo, en los últimos días del tiempo pascual, la gracia de discernir qué es mundanidad y qué es Evangelio, y de no dejarse engañar, porque el mundo nos odia, el mundo ha odiado a Jesús y Jesús ha rezado para que el Padre nos defendiera del espíritu del mundo (cf. Jn 17,15).

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Catena Aurea

San Agustín In Ioannem tract., 86.

Había dicho el Señor: «Os puse para que vayáis y recojáis el fruto» ( Jn 15,16). Nuestro fruto es la caridad y el precepto de este fruto nos dice: «Esto os mando: que os améis mutuamente». Por lo que dice el Apóstol: «El fruto del espíritu es la caridad» ( Gál 5,22), y todo lo demás lo presenta como consecuencia de este principio. Con razón, pues, recomienda respectivamente el amor como la única virtud, sin la cual de nada pueden aprovechar las demás, ni puede adquirirse sin las demás obras con las que el hombre se hace bueno.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 76.

O de otro modo: Yo he dicho que sacrifico mi vida por vosotros, y que yo os he elegido primero. Esto no lo he dicho reprendiéndoos, sino para atraeros al amor de unos a otros. Y después, como era difícil sufrir la persecución y los ultrajes de la muchedumbre, les enseñó que no conviene lamentarse, sino alegrarse, por lo que añade: «Si el mundo os aborrece, sabed que primero me aborreció a mí». Como si dijera: Sé que esto es duro, pero por mí lo soportaréis.
 

San Agustín In Ioannem tract., 87.

¿Por qué los miembros se han de encumbrar sobre la cabeza? Rehusas pertenecer al cuerpo, si te niegas a sufrir el odio del mundo con el que es tu cabeza. Por el amor, pues, debemos padecer el aborrecimiento del mundo, pues es necesario que nos aborrezca a los que ve que no queremos lo que él ama. Por esto dice: «Si fuerais del mundo, éste amaría lo que era suyo».
 

Crisóstomo ut supra.

Como el padecer por Cristo no era para ellos bastante consuelo, dejando este motivo añadió otro, enseñándoles que es una prueba de santidad el ser aborrecido del mundo; y es de lamentar el ser amado de él, porque sería prueba de nuestra perversidad.
 

San Agustín ut supra.

Esto lo dice a toda la Iglesia, a la que con frecuencia llama mundo, según aquel pasaje de San Pablo a los de Corinto ( 2Cor 5,19): «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo». Todo el mundo, pues, es la Iglesia, y todo el mundo aborrece a la Iglesia. El mundo detesta al mundo: el mundo enemigo, al mundo convertido; el mundo condenado, al mundo salvado; el mundo corrompido, al mundo purificado. Es, pues, de preguntar, si los malos persiguen también a los malos, como cuando los reyes y jueces impíos, a pesar de ser perseguidores de los buenos, castigan también a los homicidas y adúlteros. Y ¿cómo debe entenderse lo que el Señor dice: «Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo que es suyo», sino porque el mundo está en aquellos que castigan los delitos y en los que los cometen? El mundo, pues, aborrece lo que es suyo en la parte que castiga a los delincuentes. Y aun lo que es suyo en aquella que favorece a los crímenes. Si se quiere saber cómo se ama a sí mismo el mundo de perdición que aborrece la redención: amando con falso, no con verdadero amor, porque ama lo que le perjudica. Aborrece la naturaleza y ama el vicio. Esta es la razón por qué se nos prohibe amar lo que él ama y se nos manda amar lo que él aborrece. En fin, debemos detestar en él el vicio y amar lo natural. Y para que no perteneciesen a este mundo reprobado, fueron por lo mismo los discípulos elegidos; no por sus méritos (porque ninguna obra buena había precedido de parte suya) ni tampoco por naturaleza (la cual enteramente había sido viciada en su misma raíz) sino por gracia. Y así dice: Pero como no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.
 

San Gregorio Super Ezech hom. 9.

La censura, pues, de los malos es la aprobación de nuestra vida, porque ya se deja ver que algo participamos de la justificación, cuando empezamos a ser desagradables a aquellos que no agradan a Dios, pues nadie agrada en una misma cosa a Dios y a sus enemigos. Porque niega ser amigo de Dios aquel que complace a su enemigo, y es considerado como un adversario por los enemigos de la verdad, aquel que somete su razón a la misma verdad.
 

San Agustín ut supra.

Exhortando, pues, el Señor a los discípulos a llevar con paciencia el aborrecimiento del mundo, no podía presentarles ejemplo mayor ni más perfecto que el de sí mismo, y por esto dice: «Acordaos de la palabra que os dije: No es el siervo mayor que su señor: si a mí me persiguen, también a vosotros os perseguirán», etc.
 

Glosa.

Los mismos los observaron para calumniarlos, conforme aquello del salmo: «El pecador observó al justo» ( Sal 36,12).
 

Teofilacto.

O de otro modo: si persiguieron al Señor, mucho más perseguirán a sus siervos. Si no lo hubieran perseguido, sino que hubiesen guardado su palabra, también guardarían la vuestra.
 

Crisóstomo In Ioannem hom., 76.

Como si dijera: Conviene que no os turbéis, si participáis de mis sufrimientos, porque no sois vosotros más que yo.
 

San Agustín ut supra.

En donde dice «No es el siervo mayor que su Señor» ( Sal 18) se refiere al siervo temeroso y honesto o santo, que permanece constante en este siglo.
 

Crisóstomo ut supra.

Después dulcifica la pena añadiendo que el Padre sufre con ellos desprecio cuando ellos son injuriados. Y por esto añade: «Pero todas estas cosas harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».
 

San Agustín ut supra.

¿Qué es lo que significa todo esto, si las palabras que dijo, a saber, «Tendrán odio, perseguirán y despreciarán mi doctrina» expresan otra cosa? ¿Qué quiere decir sino que por mi nombre tendrán odio contra vosotros, me perseguirán en vuestras personas, y menospreciarán vuestra palabra porque es doctrina mía? Tanto, pues, serán más desgraciados los que por odio a este santo nombre obran así, cuanto más bienaventurados son los que por este nombre padecen. Los malos observan también la misma conducta con los malos, pero unos y otros son réprobos: los que castigan y los castigados. ¿Cómo, pues, pueden ser verídicas estas palabras: «Todo esto harán con vosotros por causa de mi nombre», siendo así que ellos no obran así por el nombre de Cristo, esto es, por la justicia, sino por su propia perversidad? Esta cuestión se resuelve del modo siguiente: Si se refiere todo a los justos, como se haya dicho: «Todo esto padeceréis por mi nombre»; las palabras por mi nombre, se han de entender como si dijera: «Por mi nombre», que en vosotros aborrecieron, y por la justicia que odiaron en vosotros. Del mismo modo, bien puede aplicarse a los buenos, cuando persiguen a los malos por amor de la justicia y odio a la iniquidad de los mismos malos. Y por eso añadió: «Porque no conocen al que me envió», según aquella ciencia que dice: En conocerte a ti consiste la sabiduría perfecta.

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