Hay entre los ateos, agnóstico o sin religión (como gustan decirse ahora) quien opina que las ideas religiosas sobre el alma, la inmortalidad, la trascendencia, Dios, etcétera, han sido metidas en nosotros con la educación y el entorno social y familiar.
Respondiendo: ¿Y por qué no podría ser lo contrario: que la idea de la negación de aquellas realidades no haya sido metida en los incrédulos por una sociedad materialista y agnóstica? El ateísmo es un producto cultural, una idea que los círculos sociales en que nos movemos nos han metido en la cabeza; previamente no estaba en ella ni le pertenecía. Es más afirmamos que el ser humano es religioso por naturaleza. El ser humano nace con la disposición natural a creer en Dios. Dios es un universal constante: se da en todo tiempo y lugar. Las culturas más primitivas o pueblos más naturales todos ellos son creyentes. El pensamiento de Dios ronda la mente del hombre desde tiempo inmemorial. Aparece hasta en las civilizaciones más arcaicas y aisladas de las que se ha tenido conocimiento. No hay ningún pueblo ni período de la humanidad sin religión. Como lo han demostrado los estudiosos de la Historia de la Religiones el hombre es naturalmente religioso. Es algo que le ha acompañado desde siempre, como la sombra al cuerpo. Si la religión es una constante en la historia de los pueblos, ha de ser porque pertenece a la misma esencia del hombre. Lo cual plantea la interrogante de si no es el proceso de culturización lo que provoca precisamente el ateísmo. El ateísmo sería sobrevenido y no la situación primaria del hombre. Si el hombre está constitutivamente religado al Ser Supremo, el problema estará, no en descubrir a Dios, sino en la posibilidad de encubrirlo. La necesidad religiosa está enraizada en las condiciones básicas de la existencia humana. El sentido religioso es, pues, parte integrante del don del ser; es un elemento de la misma estructura de nuestra naturaleza. Todo esto, pues, parece confirmar la tesis de que la apertura a la trascendencia es constitutiva de la condición humana[1].
Y replican: Si la apertura a la trascendencia es constitutiva de la condición humana, tan demostrable…, el mundo occidental se volvería hacia Dios y sería creyente; sin embargo, el ateísmo avanza en esta parte del mundo. Respondiendo: Para creer se necesita de un grado de pureza interior de la que hoy se carece. Es, pues, lógico que una sociedad empecadata sea refractaria a la fe. Así se demuestra el paralelismo actual entre la creciente la inmoralidad y la ausencia de Dios en las sociedades occidentales. Así lo afirma san Pablo de aquellos que no creían en Jesucristo, achacándolo a la dureza de sus corazones: “No andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón.[2]” Cuando nos endurecemos, nos deshumanizamos, nos quedamos sin corazón; es decir, nos quedamos sin la inteligencia verdadera, de la cual decía Fëdor M. Dostoyevski era lo más importante del hombre. Una persona deshumanizada, al tener velada la visión del corazón, no puede acceder a la verdad trascendente, como le pasó a Pilato que teniendo a la Verdad delante fue incapaz de reconocerla. Le faltaba el grado de pureza necesario. Por eso Cristo, decepcionado, guardó silencio cuando Pilato, escéptico, le dijo: “¿Qué es la verdad?”; sobraban inútilmente las palabras. “No es permitido ver con el corazón impuro lo que no se ve sino con el corazón puro”, decía san Agustín. “Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios”[3]. Además de ese factor del endurecimiento, existe el factor contaminante del mundo actual cuya mentalidad nihilista y materialista sofoca la espiritualidad. El pensar y sentir humanos han sido mediatizados por una interpretación científico-materialista y nihilo-relativista de la realidad, infiltrada insidiosamente en el alma humana. El nihilismo constituye la forma más radical de oscurecimiento, ausencia y silencio de Dios. No en vano Nietzsche lo identificó con el acontecimiento de la muerte de Dios. En tiempos pasados la impronta de Dios inscrita en el alma humana, como imagen y semejanza divina, latía presente como una constante invitación a una íntima relación interpersonal con él; ahora, el alma humana se ha desfigurado, la imagen se ha difuminado, y ese reclamo de amistad divina prácticamente ha desaparecido, al unísono que el desvanecimiento del espíritu humano. Un mundo, familiarizado con un nihilismo radical, ha angostado cualquier anhelo, inquietud, pregunta… sobre de Dios y lo que significa, sobrellenándose con una aparente impasibilidad la “insoportable levedad del ser”. Pero como esa añoranza y necesidad de Absoluto, por más que se traten de reprimir, no se pueden sofocar del todo, se alivia con su reverso agigantado: el poder, la ambición, la injusticia, las pasiones, las drogas de todo tipo… Decía san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”[4]. O aquello otro de don Miguel de Unamuno: “Te consume una fiebre incesante, una sed de océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos y la morriña de la eternidad”[5]. En algún momento dado, surge como un relámpago esa nostalgia proveniente de aquella impronta espiritual de Dios en nosotros con la que fuimos creados. Hasta en los corazones más pétreos, siempre hay algún momento en la vida en que se abre la puerta y se asoma la nostalgia de Dios. En el hombre hay una dimensión divina, a la que ha de tender; si no, se frustra. A pesar de ese nihilismo materialista de occidente, como decía el ateo convertido Jünger: “Lo mítico vendrá sin lugar a dudas, se encuentra ya en camino. Más aún, está ya siempre ahí, y llegada la hora, emerge a la superficie como un tesoro”. Unos tratan de cubrir esa innata necesidad con el conocimiento cultural, el yoga, el estudio del humanismo o de la filosofía, con la literatura o con la música clásica, con la práctica de exóticas religiones. La gente tiene necesidad de lo sagrado y las sectas lo aprovechan, proliferando por doquier. Este auge, este retorno de los brujos, no es sino el intento de saciar esa sed. La sed, desgraciadamente, se convierte entonces en tiniebla, que oscurece el camino y oculta la Fuente verdadera. Como resulta que ninguna de estas actividades sacia la sed innata que Dios ha puesto en el ser del hombre, cuanto más bebe de esa agua del mundo, es como si bebiera agua del mar, que tanto más aumenta su sed, hasta que el agua acabe por matarle. La sed existe y reclama el Agua, la Fuente de que mana. Aquí es cuando se suscita la fe. “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”[6].
[1] Vaticano II, GS 19,21,41. [2] Ef 4,17-18. [3] Mt 5,8. [4] Confesiones, 1,1. [5] Prólogo a la Vida de D. Quijote y Sancho. [6] Jn 7,37. |
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