Decía un escéptico: El momento en el que me entran dudas y comienzo a sospechar de que probablemente lo que cuenta la Iglesia no sean invenciones y que, efectivamente, Dios, existe, es cuando veo alegres y felices a los cristianos. A algunos les he conocido en situaciones dramáticas, y no se han deprimido ni desesperado. Y es más, incluso -según estadísticas- no solo tienen mejor ánimo y contento, sino que también gozan de mejor salud y viven más.
Aunque se podrá objetar que la alegría y la felicidad no son patrimonios de los creyentes, la verdadera felicidad sí lo es. Como decía Wittgenstein, “el cristianismo representa la única vía segura hacia la felicidad”[1]. El laicismo materialista es incapaz de hacer feliz de forma estable y profunda. La felicidad que el mundo puede ofrecer es una falsa perfección de felicidad, consistente en encadenar satisfacciones para obtener una alegría inconsistente y efímera; es una felicidad fragmentaria, de a ratos, una felicidad a retazos, de a pasárselo lo mejor posible, sin grandes pretensiones, sin un hondo sentido de la plenitud, sin más perspectiva que el aquí y ahora, sin la esperanza que supera la muerte. Por mucho que se quiera disimular, es una felicidad de una mediocridad pasmosa. La felicidad cristiana es sutil, va más allá de lo material, está en la complacencia en el bien y la bondad, en la buena conciencia, en la afectividad más noble, en sentirse amado por un Dios Padre… Es una felicidad imbuida de esperanza, en que la muerte no es una objeción; tiene vocación de perdurabilidad, de ser para siempre, eterna. En una palabra, para los que creemos la felicidad consiste en vivir en amistad con nuestro Señor, lo cual rebasa cuanto corazón humano pudiera desear. Sólo Cristo da la alegría que nada ni nadie nos podrá arrebatar[2].
El cristianismo aporta una visión del mundo mucho más interesante e intelectualmente excitante que el ateísmo. Lo bueno es que el Amor eterno, o sea, Dios, exista; si yo creo que es así, que es mejor y más positiva que exista, si no existe, no es tanto un error mío sino el que no exista, debiendo existir. Prefiero equivocarme creyendo en un Dios inexistente, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Si después de la muerte no hay nada, evidentemente nunca lo sabré; pero si hay algo, si hay Alguien… Como decía Blas Pascal: si al final existe Dios, la situación comprometida será para los que no creyeron. Para los que creímos, si después no existe nada, no habrá ni decepción ni sorpresa, pues ni éstas se darán; pero si existe Dios, para los que no creyeron la sorpresa será mayúscula.
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“El escritor y profesor de historia en Virginia, Sheldon Vanauken ha narrado el largo y complejo itinerario de su conversión al catolicismo. Entre el conjunto de factores que le fueron acercando a la Iglesia, desde su ateísmo satisfecho, hay un detalle que merece la pena destacar: estudiando en Oxford trató con varios compañeros cristianos y vió en todos una alegría sorprendente:
`Los no cristianos ¾ha escrito¾ solían estar contentos, gastar bromas y ser felices cuando las cosas iban bien, pero no había encontrado a menudo aquella alegría serena». Por aquel tiempo hizo una anotación en su diario: «El mejor argumento del cristianismo son los cristianos: su alegría, su seguridad, su estar llenos´”[3].
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[1] Diarios Secretos, 8.12.14.
[2] Jn 16,22.
[3] EUGUI, E.: «Nuevas anécdotas y virtudes», Rialp, Madrid, 1995.
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